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23 diciembre 2010 4 23 /12 /diciembre /2010 00:26
        Se suele presentar la cuestión del uso del Belén y el árbol por estas fechas como una batalla entre las dos tradiciones, cuando ambas tienen ya un largo recorrido por la historia del Cristianismo, y son perfectamente compatibles para los católicos. Dicho esto, lo que debe quedar claro es que en España la presencia del Belén es mucho más antigua que la del árbol de Navidad, haciendo "furor" a partir de la llegada al trono de Carlos III en el siglo XVIII, el cual trajo la moda belenística reninante en Nápoles.
       Por muchos es conocida la venerable historia del Belén (también llamado nacimiento o pesebre). Ya en tiempos de las catacumbas romanas (como la de San Sebastián del siglo IV) encontramos alguna pintura en la que la escena del nacimiento es representada; pero no fue hasta san Francisco de Asís, en el siglo XIII, cuando esta práctica vivió su verdadero origen. Andaba el Poverello de Asís predicando en las cercanías de la Navidad por el valle de Rieti (Umbría), en Greccio, cuando tuvo la genial idea de acercar el misterio del nacimiento de Jesucristo a los habitantes de la zona representando el dichoso momento; así, colocó en una gruta del pueblo una imagen del Niño Jesús, acompañado de un buey y una mula reales, e hizo a la población que fuera en plena Nochebuena a visitar el pesebre. Como antaño hicieran los pastores de los alrededores de Belén, los humildes pobladores de Greccio fueron a adorar al Niño que viene a salvar el mundo. La propagación de esta costumbre se extendió rápidamente, sobre todo de manos de los franciscanos (y de sus hermanas clarisas), y no sólo mediante el Belén viviente, sino también a través de las tan clásicas figuritas. Así hasta nuestros días...
       En el caso del árbol navideño la tradición también se remonta bastantes siglos atras. Los católicos solemos tener más reparo a la hora de adornar nuestras casas con él, debido entre otras causas a su origen pagano. Es cierto que su origen no es tan puro como el del Belén, que es una tradición genuinamente cristiana, pero no es menos verdad que la Iglesia siempre ha sabido valorar los aspectos positivos de otras religiones, utilizando de forma muy efectiva elementos típicos de otras culturas. También sentimos cierto rechazo hacia esta práctica al ser muy común en países protestantes. Pero este miedo carece de fundamento, ya que aunque ciertamente nuestros hermanos protestantes han influido bastante en el desarrollo de esta costumbre, la tradición de montar el árbol de Navidad es también patrimonio antiquísimo en muchas zonas católicas, como lo atestigua el árbol más antiguo conservado, en la ciudad austriaca de Steyr; el árbol, que lo encontramos en la Iglesia católica de Christkindl (Niño Jesús), data nada más y nada menos que de 1694. Además, se suele atribuir la fundación de las costumbre a San Bonifacio, clérigo inglés que en el siglo VIII se encontraba predicando a las tribus germánicas de Alemania. Muchas religiones a lo largo de la Historia han venerado a los elementos de la naturaleza, entre ellos los árboles (por ser nexo de unión entre cielo y tierra -se extiende hacia el cielo, y hunde sus raíces en el interior de la tierra-); así ocurría en la antigua mitología nórdica, en especial hacia el roble. Este árbol, que en invierno perdía sus hojas, era adornado por los germanos con cintas y piedras pintadas, en un rito para pedir la vuelta del florecer en primavera. Se cuenta que san Bonifacio un día se encontró ante el inminente sacrificio humano que los sacerdotes germanos iban a realizar a los pies de un roble. Tras un fracasado intento por convencerlos de la barbaridad que iban a cometer, optó por derribar el árbol con un hacha; una de las versiones de la vieja historia dice que al caer el roble, derribó toda la vegetación que se encontró por el camino, menos un abeto, lo cual fue considerado un milagro por el santo, que decidió llamarlo "árbol del Niño Dios". Desde entonces, el abeto es la especie el elegido para adornarlo por estas fechas, lo que se vio confirmado por el simbolismo que fueron adquiriendo sus rasgos: las ramas miran hacia el cielo, y su forma triangular entraba en plena conexión con la iconografía de la Santísima Trinidad; además, al igual que el pino (que también guarda leyendas en torno a su uso como árbol de Navidad), el acebo o el muérdago, el abeto es de hoja perenne, símbolo de la vida eterna.
       Por todo esto, no debemos tener miedo a la hora de orlar nuestros hogares y demás con este bonito y simbólico adorno, ya que hace clara referencia al nacimiento de Cristo (ése es el significado de las luces que lo llenan, provenientes según la tradición del mismo abeto de san Bonifacio, que fue adornado con velas al llegar la noche por sus compañeros, para que pudiera seguir predicando; otra versión otorga la idea de iluminarlo a Lutero), a la vida eterna que gracias a su Encarnación, Muerte y Resurrección hemos obtenido, a la Santísima Trinidad... Lo que ocurre es que está muy extendido el uso del árbol como, digamolo así, sustituto "laico" del Belén, ya que en el primero su signifiado religioso y católico es  implícito, y no explícito como en el caso del Belén, que habla por sí solo. Si a ello le sumamos que en España el Belén tiene una mayor difusión histórica, no tendría mucho sentido que lo sustituyéramos por el árbol. Pero como dijimos al principio, ambos son compatibles, y es una práctica muy sana acompañar al Belén con un bonito arbolito.
Fuentes:
Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI); La bendición de la Navidad. Meditaciones; Herder, Barcelona, 2007.

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books, (sin lugar de edición), 2008.

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Published by inhocsignovinces.over-blog.es - en FIESTAS Y TRADICIONES NAVIDEÑAS
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