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28 octubre 2012 7 28 /10 /octubre /2012 00:02

        De todos es sabido que la Iglesia Católica siempre ha sentido gran interés por el estudio del universo y de los innumerables cuerpos celestes que lo pueblan por doquier. Observándolo, el hombre se da cuenta de lo maravilloso de la creación de Dios.

           Desde tiempos inmemoriales el hombre ha intentado escrutar en los astros el devenir de su existencia (de forma supersticiosa, qué duda cabe, aunque es fácil decirlo con los ojos de nuestra civilización científica); también procuró estudiarlos para ver su influencia en la naturaleza terrestre, o, y este es el asunto que ahora nos ocupa, para fijar el transcurso del tiempo. Para ello se fueron estableciendo calendarios, bien basados en el movimiento lunar, o en el desplazamiento del sol. Los calendarios lunares constaban de 10 meses, tales como el judío -o también el musulmán- y los de tradición greco-romana (estos a veces eran solilunares). Pero en el 45 a.C., Julio César decidió que el mundo romano se rigiera por un calendario solar; es decir, que contara el tiempo en años solares: esto no es ni más ni menos que el tiempo que tarda La Tierra en dar un giro completo alrededor del Sol (o como creían por aquel entonces, en rodear el Sol a nuestro planeta). Este calendario estaba formado por 12 meses y un total de 365 días al año, ó 366 cada cada cuatro -los llamados años bisiestos-. Pero a pesar de lo importante que fue este cambio, el Calendario Juliano seguía manteniendo un defecto que aunque a corto plazo no tenía la menor importancia, a la larga terminó constituyendo un auténtico problema; presentaba un desfase respecto al calendario solar natural de diez minutos de retraso, lo que conllevaba perder un día cada 128 años. Cuando en 1582 la Pascua cayó 10 días antes de lo que debía a causa de ese retardo, el Papa Gregorio XIII mandó estudiar el tema a fondo, y se llegó a la conclusión de que el calendario requería una modificación: nacía así el Calendario Gregoriano, que retocaba el sistema de años bisiestos, perdiendo ahora tan solamente 26'3 segundos al año respecto al solar natural. De esta forma, para que se llegara a un día de retraso, debían transcurrir más de 4.300 años. En cuanto a los diez días que se habían perdido a causa de la imperfección del Calendario Juliano, se solucionó ese mismo año de 1582, saltando el mes de octubre del 4 al 15. ¡Asunto solucionado!

          Como vemos, la Iglesia Católica, desde sus más altas instancias, siempre ha promovido la investigación científica, pese a quien le pese. Es obligación de todo historiador imparcial aclarar la mentira tan extendida sobre el supuesto oscurantismo secular de la Esposa de Cristo.

 

Fuentes:

  • Burgueño, José Manuel; El Libro de la Navidad; Luna Books, 2008.

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