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13 julio 2011 3 13 /07 /julio /2011 23:10

         A lo largo de la historia de la Filosofía y del pensamiento religioso, la dualidad cuerpo-alma ha estado presente en todo momento. Pero esta dualidad ha originado más de una vez una visión bastante negativa del cuerpo, de lo material, pienso yo que motivada por los lazos que lo unen con el sufrimiento, el cansancio, el hambre... Han sido muchos las escuelas, corrientes y religiones que han mantenido esta visión. No hay más que pensar en el Budismo, o sin ir más lejos, a pensamientos filosóficos clásicos como el Platonismo o el Neoplatonismo.

        Platón, filósofo de la Grecia clásica (más concretamente de los siglos V/IV a.C.), defendía al "mundo de las ideas" como fuente del auténtico conocimiento, el que no variaba, frente al proporcionado por los sentidos; para el autor griego, el cuerpo era la cárcel del alma (recordad el famoso Mito de la Caverna): como vemos, presentaba una visión totalmente negativa del mundo material.

        Estas tesis volvieron a aparecer con los neoplatónicos, entre ellos el filósofo del siglo III d.C. Plotino, quien como nos recuerda Benedicto XVI en la segunda parte de Jesús de Nazaret, apostaba por una creación del mundo que había consistido en la degradación de lo divino, de lo sublime: un descenso que había significado llegar a lo material y humano, lo degradado; de esta forma, la vuelta a lo divino requería necesariamente desasirse del mundo material.

        Frente a esta visión, comprensible ante la contemplación de las miserias humanas, pero totalmente desacertada, el Cristianismo (siguendo la tradición de al menos parte del Juadísimo) consiguió que se impusiera una visión del mundo material, de la creación, mucho más positiva. Sí, ciertamente, nuestra existencia está llena de sufrimiento, e incluso de atrocidades dentro de la misma familia humana; pero como pensaba San Agustín, la historia es historia de salvación, y a pesar de su caída, del pecado original, el hombre tiene en sus manos, auxiliado por la Gracia, cambiar el rumbo de la historia. Mucho se ha hablado acerca de San Agustín y su aparente aversión hacia el cuerpo, hacia lo sensible; pero no se puede negar que él mismo nos recordó que el hombre, lejos de ser sólo espíritu, era una unidad formada por el alma y el cuerpo.

         Esta conceptción cristiana del cuerpo está sustentada, evidentemente, en la Encarnación del Hijo de Dios y en su Resurrección, dos aspectos que resaltan su importancia en el plan creador y salvífico del Señor. Era tan distintiva del Cristianismo (por aquél entonces, salvo la escuela de los fariseos -que yo recuerde ahora mismo-, que también defendían la Resurrección de los muertos) la creencia en la Resurrección (pero no la resurrección de alguien que tiene que volver a morir -como Lázaro-, sino la entrada en un nuevo estado de existencia humana -para no morir más-, que en Cristo como primicia ha marcado nuestro camino y nuestra meta) que cuando Pablo realizó su discurso en el Areópago de Atenas, la mayoría de su audiencia se burló de él, y no quiso seguir escuchando al oír el anuncio y la garantía de la Resurrección de Cristo de entre los muertos (Hch 17, 30-34).

        Pocos han reflejado como San Juan Damasceno (s. VII/VIII d.C.) esta salvación de la creación material que Cristo con su Encarnación ha realizado, pero a este respecto ya escribí un post hace algún tiempo, que todos podéis visitar en este mismo blog.

        Pero a pesar de todo lo dicho anteriormente, también el Cristianismo ha experimentado en su seno la tentación de dejarse llevar por una consideración pesimista de la creación en su vertiente material, incluido, lógicamente, el cuerpo del ser humano. Qué decir de la herejía gnóstica, que tan negativamente hablaba de la creación visible, y que veía como una aberración que el mismo Dios pudiera tomar un cuerpo físico. También el Monofisismo (condenado por el Concilio de Calcedonia) contaba con rasgos de esta postura, ya que afirmaba que Cristo sólo tenía una naturaleza, la divina.

       Pero no quedó ahí la cosa; como Benedicto XVI nos relata en la obra antes mencionada, en el siglo XIX hubo un rebrote de esta visión "destripada" del hombre, que sólo encontraba en el cuerpo humano posibilidades de pecar, especialmente a través de la sexualidad.

      Por tanto, no olvidemos que somos, a imagen y semejanza de Cristo, una unidad de cuerpo y alma, ambas creadas por Dios; tratemos convenientemente a nuestro cuerpo, haciéndolo santo, y repitamos con San Pablo: ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 19-20).

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Published by J.L.R.P. - en VARIOS
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Comentarios

Emilio 07/30/2011 17:43



Sí, en el Génesis, Dios vio que todo lo por él creado era bueno. Luego, en la resurrección, el primer día de la semana, la creación entera fue restaurada por la obediencia del Hijo de Dios.
Recordemos, que el pecado entró al mundo, por no creer en el mandato de Dios y desobedecerle.


Gracias por sus enseñanzas, hermano.



J.L.R.P. 07/30/2011 22:41



Tienes toda la razón, Emilio; no se comprendería que Dios hubiera creado el mundo si éste tuviera sólo connotaciones negativas. La visión de la Iglesia Católica, dentro de su realismo, que como
tú dices está reflejado en el pecado original, es mucho más optimista (y realista a la vez) que la de otras religiones, porque sabe ver lo bello y bueno de este mundo. ¡Dios contigo Emilio!



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