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17 mayo 2012 4 17 /05 /mayo /2012 22:38

     Suele haber una opinión muy romántica acerca de las herejías que han atacado a lo largo de los siglos la unidad de la Iglesia Católica. Se piensa normalmente que sus defensores fueron hombres (y mujeres) que supieron interpretar correctamente el mensaje evangélico en contra de la interesada exégesis de una Iglesia sumamente jerarquizada. Y se podrán señalar muchos defectos en el actuar histórico de la Madre Iglesia, como que muchas veces no supo mostrar la necesaria tolerancia hacia otras formas de pensar. Pero de lo que no tengo ninguna duda, es que casi ninguna de las más famosas herejías (y las menos también) posee un mínimo sustrato escriturístico. Sin dejar de reconocer la parte de verdad que pueden poseer las herejías en algunas de sus reclamaciones, ya vimos en posts anteriores qué otros aspectos no tan idealistas existían detrás de cismas como el de la Reforma o el del Anglicanismo, ambos del siglo XVI.

    Vamos a echar ahora un vistazo al caso del Arrianismo, herejía surgida en el siglo IV de manos del presbítero Alejandrino Arrio (250-336), y que llegó a extenderse tanto que fue incluso religión oficial de estados como el de los Visigodos. Fue tal la importancia que adquirió esta herejía, que ni siquiera el Concilio de Nicea del 325 consiguió erradicarla. Esto lo comprobamos con facilidad si atendemos a la famosa frase de San Jerónimo (342-420): gimió el orbe entero, al comprobar con asombro que era arriano.  Eso sí, gracias a aquel Concilio, y los sucesivos (I Constantinopla -381-, Éfeso -431-, Calcedonia -451-, II Constantinopla -553-), la Iglesia Católica consiguió salir victoriosa en cuanto a la oficialidad y al número de fieles,  arrinconando al Arrianismo y otras herejías cristológica -Monofisismo, Nestorianismo, etc.- 

    El Arrianismo defendía que Cristo había sido el mejor de los hombres, que había estado tremendamente unido al Padre, pero que no dejaba de ser una criatura. Se ponía en tela de juicio por tanto la encarnación del Verbo eterno y el dogma de la Santísima Trinidad: en resumen, la divinidad de Nuestro Señor. Si el lector medita el significado de esta herejía, se dará cuenta, tal y como observa José María Iraburu, que la misma se hace presente aún hoy día.

  Como ya vimos en el post dedicado a demostrar que Cristo tenía conciencia de ser el Hijo de Dios en un sentido totalmente trascendente, divino, la teoría arriana de que Cristo no era más que un hombre, el mejor de ellos, pero sólo una criatura, no tiene ninguna base evangélica. ¿Por qué tuvo entonces tanto éxito la herejía arriana? Los investigadores señalan que la filosofía clásica, a pesar de acoger con gran entusiamos en líneas generales la novedad del Cristianismo, tuvo problemas en aceptar su originalidad completa: ésta es, que Dios mismo se hiciera hombre. Por ello, era mucho más comprensible a sus ojos racionales que Dios hubiera exaltado a un hombre por encima de los demás, pero sin llegar a ser éste Dios; como bien explica J.A. Sayés, según el Arrianismo, el Creador no se habría encarnado en uno de nosotros, sino que el hombre habría sido elevado por la gracia de Dios, pero externamente. Por tanto, no estamos ante un examen riguroso y sincero de la Palabra de Dios, sino ante una interpretación sesgada de la misma por la visión racionalista no abierta a la fe que parte de las capas cultas del Imperio Romano mantenían.

 

    ¡Bendito sea Cristo, el Hijo de Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado!

 

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Published by J.L.R.P. - en HEREJÍAS
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