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6 agosto 2012 1 06 /08 /agosto /2012 21:35

      Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46; Mc 15, 34) Este versículo, que encontramos tanto en el Evangelio de Mateo como en el de Marcos, ha sido interpretado de diferentes maneras a partir del siglo XIX. Autores como el teólogo alemán Rudolf Bultmann (1884-1976) han sido partícipes de la teoría según la cual Cristo habría lanzado aquella exclamación en la cruz en un momento de angustia tal que Él mismo se habría sentido olvidado por Dios, y fracasado en su misión. Pero esta interpretación "humanizante" de la figura de Cristo no es acorde con un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras y del modo en que el pueblo judío oraba los salmos. Pienso sinceramente que el análisis realizado por los antiguos Padres de la Iglesia, y que Benedicto XVI ha expuesto en Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, tan brillantemente como siempre, es mucho más acertada.
      Como todos sabemos, el versículo que analizamos es el comienzo del salmo 22, oración del hombre que sufre tremendamente y siente la tentación de sentirse abandonado por Dios. Ciertamente, es un salmo con un fuerte sabor mesiánico, cuyos versículos encajan perfectamente con la "empresa" salavadora del Enviado de Dios. (Yo puedo contar todos mis huesos; ellos me miran con aire de triunfo, se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica).  Pero como Benedicto XVI nos recuerda en la citada obra, cuando un judío rezaba un salmo, no sólo lo oraba en su nombre (que también podía ser, por supuesto), sino que se hacía portavoz de todos sus hermano; sería la figura que han tenido bien a llamar "Personalidad Corporativa". Por ello, parece más adecuado pensar que cuando Cristo exclamó aquel grito desesperado al Padre, estaba, una vez más, como correspondía a su misión redentora, cargando con todo el sufrimiento humano, también de aquéllos que experimentaban en su interior la soledad mayor, la que se siente cuando Dios aparentemente permanece en silencio ante nuestros dolores.

       ¡Leamos atentamente el salmo 22, y alabemos al Mesías, a nuestro Salvador, que cargó con nuestras culpas y nuestro sufrimiento! 

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos?

Te invoco de día, y no respondes,

de noche, y no encuentro descanso;

y sin embargo, tú eres el Santo,

que reinas entre las alabanzas de Israel.

En ti confiaron nuestros padres:

confiaron, y tú los libraste;    

clamaron a ti y fueron salvados,  

confiaron en ti y no quedaron defraudados.  

Pero yo soy un gusano, no un hombre;  

la gente me escarnece y el pueblo me desprecia;

los que me ven, se burlan de mí,  

hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:

«Confió en el Señor, que él lo libre;  

que lo salve, si lo quiere tanto».  

Tú, Señor, me sacaste del seno materno,  

me confiaste al regazo de mi madre;  

a ti fui entregado desde mi nacimiento,  

desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios.    

No te quedes lejos, porque acecha el peligro  

y no hay nadie para socorrerme.

Me rodea una manada de novillos,

me acorralan toros de Basán;  

abren sus fauces contra mí  

como leones rapaces y rugientes.  

Soy como agua que se derrama  

y todos mis huesos están dislocados;  

mi corazón se ha vuelto como cera  

y se derrite en mi interior;

mi garganta está seca como una teja  

y la lengua se me pega al paladar.  

Me rodea una jauría de perros,  

me asalta una banda de malhechores;  

taladran mis manos y mis pies

y me hunden en el polvo de la muerte.

Yo puedo contar todos mis huesos;    

ellos me miran con aire de triunfo,

se reparten entre sí mi ropa  

y sortean mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;  

tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme

Libra mi cuello de la espada  

y mi vida de las garras del perro.

Sálvame de la boca del león,  

salva a este pobre de los toros salvajes.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,  

te alabaré en medio de la asamblea:

«Alábenlo, los que temen al Señor;

glorifíquenlo, descendientes de Jacob;  

témanlo, descendientes de Israel.

Porque él no ha mirado con desdén  

ni ha despreciado la miseria del pobre:

no le ocultó su rostro

y lo escuchó cuando pidió auxilio»

Por eso te alabaré en la gran asamblea

y cumpliré mis votos delante de los fieles:

los pobres comerán hasta saciarse  

y los que buscan al Señor lo alabarán.  

¡Que sus corazones vivan para siempre!

Todos los confines de la tierra  

se acordarán y volverán al Señor;  

todas las familias de los pueblos  

se postrarán en su presencia.  

Porque sólo el Señor es rey

y él gobierna a las naciones.

Todos los que duermen en el sepulcro   

se postrarán en su presencia;

todos los que bajaron a la tierra

doblarán la rodilla ante él,

y los que no tienen vida  

glorificarán su poder.   

Hablarán del Señor a la generación futura,

anunciarán su justicia a los que nacerán después,    

porque esta es la obra del Señor.

 

Fuentes:

Benedicto XVI; Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Encuentro, 2011, Madrid. 

 

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Published by J.L.R.P. - en VARIOS
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