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29 agosto 2011 1 29 /08 /agosto /2011 23:36

        A todos nos son conocidos los esfuerzos que la Iglesia Católica (y las demás iglesias y comunidades cristianas) están realizando para alcanzar la unidad total de los cristianos. Ahí están la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos o la Comunidad de Taizé, fundada por el protestante Roger Schutz, natural de Suiza (1915-2005). Por otra parte, no hay que olvidar los grandes progresos obtenidos entre la Iglesia Católica y la Iglesia Anglicana, o entre la Católica y las Iglesias ortodoxas. Son muy alentadores los avances que al respecto se están consiguiendo, y debemos rezar de forma perseverante para que esa unidad finalmente llegue a ser plena, como hizo Cristo en su oración sacerdotal: (...) No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palagra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. (...) (Jn 17, 20-21). Es obligación de todos los cristianos luchar para alcanzar esa unidad y dar testimonio al mundo, para obtener muchos frutos de conversión; de lo contrario, provocaremos el "escándalo".

        La Iglesia Católica, como depositaria verdadera de la Revelación y auténtica comunidad de fieles fundada por Cristo, no ha dudano nunca, a lo largo de toda la Historia, en intentar llevar a la práctica aquellas palabras de Nuestro Señor. Así, si muchos han sido los cismas que desgraciadamente ha provocado el Enemigo en la Santa Madre Iglesia (Monofisismo -una sola naturaleza divinizada en Cristo- en Egipto, Siria y Armenia -tras el Concilio de Calcedonia en el 451-; Cisma de Oriente -a mitad del siglo XI, entre católicos y ortodoxos-; el cisma de la Reforma protestante -que tuvo sus orígenes en 1517, con las 95 tesis de Lutero-; o el cisma anglicano -debido a problemas dinásticos y a las apetencias sensuales de Enrique VIII, también en el convulso siglo XVI-), y que no han producido otra cosa que confusión entre los hijos de Dios, no menos numerosos han sido los esfuerzos de la Iglesia Católica por reunir al pueblo cristiano disperso: así, en 1274, y en 1439, en los Concilios de Lyon y de Florencia respectivamente, se acordó la reunficación con las Iglesias orientales, pero finalmente esta unión no se materializó. Eso sí, no fueron estos intentos totalmente en vano, ni mucho menos, ya que como consecuencia del mismo Concilio de Florencia, llegaron la Unión de Brest, en 1596, y la Unión de Uzhorod, en 1646. Por la primera, la Metropolía de Kiev (con San Isidoro de Kiev a la cabeza) entró en comunión con Roma, formándose la Iglesia greco-católica de Ucrania -los llamados uníatas-; por la segunda, 63 sacerdotes ortodoxos de Mukacevo, dirigidos por el basiliano Partenio Petrovyc, entraron en fidelidad con el Santo Padre. Más tarde, en 1771, Clemente XIV creó la eparquía greco-católica de Mukacevo, que sería sólo la primera de una serie.

       Por su parte, en Rumanía, se produjo un proceso parecido, que culminó el 4 de mayo de 1700, con la aparición de la Iglesia greco-católica de aquel país.

       Mientras, en Egipto, cuyos cristianos -los coptos- vivían separados de la Iglesia Católica desde el Concilio de Calcedonia de 451 -adscribiéndose a la herejía monofisita-, el Papado intentó arreglar la situación mediante el ya mencionado Concilio de Florencia; pero este intento no llegó a buen puerto, por lo que la Iglesia Católica decidió promover las conversiones personales a través de misioneros franciscanos y jesuitas, estrategia la cual sí obtuvo resultados, apareciendo comunidades católicas en aquellas ancianas tierras; más tarde, ya en tiempos de León XIII (finales del siglo XIX), se fundó el Patriarcado copto-católico (¡honor a aquél pueblo cristiano -no sólo católico- tan perseguido!).

      Y en Etiopía, que también profesaba la doctrina monofistia, y cuya comunidad dependió hasta hace bastante poco del Patriarcado copto de Alejandría, unas delegaciones jesuiticas en los siglos XVI y XVII, estuvieron a punto de lograr la unión de aquella Iglesia tan devota de la Virgen María, pero desgraciadamente no terminó de cuajar la empresa debido al recelo que despertó en el clero local la alta latinización llevada a cabo por los miembros de la Compañía. Serían ya los misioneros paúles franceses los que en el siglo XIX consiguieron convertir a un reducido grupo, como bien indica el Padre franciscano Ignacio Peña, quien fuera director de la Revista Tierra Santa.

       Veamos ahora el caso de la Iglesia Asirio-Caldea. Estaríamos hablando de los cristianos de Persia, la antigua Mesopotamia (Irak) y el Kurdistán. Se dice que fue Santo Tomás y su discípulo Addai quien evangelizó la zona, pero lo cierto es que probablemente fueron los cristianos de la ciudad de Edesa, en el siglo I, los que llevaron la fe cristiana a aquellos territorios. Con liturgia propia, esta iglesia asiria dependía del Patriarcado de Antioquía; pero poco a poco esos lazos con la catolicidad de la Iglesia se fueron rompiendo -ya en el siglo IV poseían un "Catholicós" o Patriarca propio-; la adopción de la doctrina nestoriana por parte de la Iglesia Asiria no ayudó mucho: la puntilla la constituyó el Concilio de Éfeso del 431, que con su condena del Nestorianismo, rompió definitivamente los vínculos de unión entre ambos mundos. Justo es decir que la Iglesia Asiria vivió una época de tremendo esplendor, y consiguió llevar el Cristianismo hasta el Lejano Oriente (India, China, Mongolia), llegando al punto de profesar la fe nestoriana unos 60 u 80 millones de personas. Pero a partir del siglo XIII,  empiezan a sufrir la persecución de una manera atroz: China, turcos que se convierten al Islam, aparición del integrismo chií. Posteriormente, ya en el siglo XX, serían de nuevo tratados de forma inhumana, por ejemplo durante la I Guerra Mundial, o en la masacre del año 1933, tras la independencia iraquí, muriendo decenas de miles de fieles. Muchos emigraron a países como EE.UU. Honor a ellos.

       Pero pasemos al punto que más nos interesa, y es la presencia de católicos dentro de la zona original de la Iglesia Asiria. Estos católicos serían los llamados caldeos. Ya en el siglo XIII se intentó la unión con la Iglesia Nestoriana a través de misiones dominicas. No se llegó a ningún acuerdo, pero gracias de nuevo al Concilio de Florencia (1439), se hicieron algunos avances, como la conversión del obispo nestoriano de Chipre, junto a todos sus fieles, a quienes el Papa Eugenio IV mandó llamar caldeos. Pero el auge de las conversiones comenzón en el siglo XVI, cuando un grupo de cristianos asirios, cansado del sistema que había para la sucesión patriarcal, eligieron a otro patriarca; entonces, uno de los grupos, encabezado por el Patriarca Juan Sulaca, pidió el apoyo de Roma, jurándo fidelidad al Papa, por aquel entonces Julio III. Así, nacía la Iglesia Caldea Unida, de estructura también patriarcal. En el siglo XVIII esta actividad ecuménica con la Iglesia Asiria vivió otro "empujón", cuando el Metropolita asirio -por tanto nestoriano- de Mosul, Juan Hormez, pasó al Catolicismo con otros obispos, afianzándose la Iglesia Caldea en el mundo urbano iraquí. Pero esta nueva etapa ecuménica estuvo demasiado marcada por el intento latinizador de aquella Iglesia, lo que provocó la reacción local; así puestos, el Patriarca José VI Audo, (siglo XIX) abogó en el Concilio Vaticano I por la autonomía de la Iglesia Caldea. Como vemos, estamos ante el mismo problema que surgió en Etiopía tras la presencia de los misioneros jesuitas en los siglos XVI y XVII; no obstante, no olvidemos que la Santa Madre Iglesia ha ido aprendiendo de todas estas vicisitudes, y que en líneas generales, su actitud a lo largo de la historia ha sido bastante respetuosa con los particularismos. Terminemos este punto acerca de los caldeos recordando que, aunque no lleguen al número de los asirios nestorianos, también ésta Iglesia ha dado miles de mártires, como ocurrió en el terrible siglo XX, a manos de los turcos. Actualmente, son unos 500.000 los cristianos caldeos repartidos por todo el mundo, especialmente en Irak, pero existiendo también comunidades en países como EE.UU, Francia, Irán, Bélgica... y muchos otros. ¡Honor a ellos, que fieles a Roma, profesan su fe en una situación tan complicada!

       ¡Que todos seamos uno, para que el mundo crea!

      

       Fuentes:

       Juan Pablo II; Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II con motivo del III Centenario de la Unión de la Iglesia greco-católica de Rumanía con la Iglesia de Roma; 2000, www.vatican.va.

       Juan Pablo II; Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del 350º aniversario de la Unión de Uzhorod; 1996, www.vatican.va.

       Juan Pablo II; Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del cuarto centenario de la Unión de Brest; 1995, www.vatican.va.

       Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; Libroslibres, Madrid, 2007.

       Peña, Ignacio, ofm; La Iglesia Copta; www.christusrex.org.

       Peña, Ignacio, ofm; La Iglesia de Etiopía; www.christusrex.org.

       Peña, Ignacio, ofm; La Iglesia Asirio-Caldea.

 

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