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8 enero 2012 7 08 /01 /enero /2012 14:36

       Como decíamos el año pasado con motivo de esta fiesta tan arraigada en el Cristianismo, el Bautismo de Jesucristo era celebrado en un principio el mismo día 6 de enero, junto a la Adoración de los Reyes, a las Bodas de Canáa y a la Navidad. Pero he aquí que una rama de la herejía gnóstica, el Docetismo (-a partir del siglo II d.C., proveniente de la palabra griega dokeo, que vendría a significar aparecer o parecer- que como todos sabemos no veía con buenos ojos la Encarnación, ni creía que Jesucristo, auténtico Dios, pudiera sufrir como nosotros, negando por tanto su verdadera humanidad) en una de sus facciones pensaba que la divinidad en el cuerpo humano de Jesús sólo llegó con el Bautismo en el Jordán a manos de Juan. Por ello, en el siglo IV, la Iglesia creyó conveniente llevar la celebración de la Navidad a otro día, más concretamente al 25 de diciembre; quería la Madre Iglesia de forma sabia reincidir en la divinidad de Jesús desde el momento de su Concepción y Nacimiento: Él mismo era portador del Espíritu desde siempre. Más tarde, el mismo Bautismo se llevó en el calendario a una localización posterior al 6 de enero; estuvo localizado en el último día de la octava de la Epifanía, y posteriormente, ya en el 69, pasó a celebrarse en el domingo siguiente a Reyes -Epifanía-, situación que se mantiene hoy día, marcando el final del período litúrgico de la Navidad.

      Ya hablamos el año anterior del significado teológico que se nos manifiesta a través del Bautismo de Nuestro Señor. ¡Que Cristo nos conceda comprender su misterio de redención, su inmersión en las aguas para cargar con el pecado del ser humano, y su emersión que nos indica el nuevo hombre en el que todos debemos convertirnos, bajo la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo! No necesitaba el Bautismo, y a pesar de ello, quiso simbolizar nuestra muerte al pecado de esa manera tan desbordante de humildad. ¡Cómo gustó al Padre aquél gesto! Lo consideró el momento perfecto para indicar a los hombres que Él era el Ungido, el Mesías, el Cristo, que sobre su Primogénito descansaba el Espíritu Santo (Mt 3, 13-17). ¡Venga sobre nosotros también el Espíritu de Dios!

 

Fuentes:

Bernabé Ubieta, Carmen; El Evangelio de Pedro; en Tragán, Pius-Ramón (ed.); Los evangelios apócrifos. Origen-Carácter-Valor. Actas de las V Jornadas Universitarias de Cultura Humanista en Montserrat. 23-24 de marzo de 2007.; Verbo Divino, Estella (Navarra), 2008.

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

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