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17 diciembre 2011 6 17 /12 /diciembre /2011 13:23

          No hay Belén o simple Nacimiento en el que falten los entrañables buey y mula junto al pesebre. Pero los Evangelios no dicen nada de que en el establo hubieran un buey y una mula. ¿De dónde viene entonces la tradición de representarlos junto a la Sagrada Familia en el Nacimiento?

           Siguiendo a Benedicto XVI, debemos indicar que para entender este punto hay que retrotraerse a la época de los Padres de la Iglesia, y a la interpretación que hicieron de un famoso pasaje del Libro de Isaías (1, 3):

 

           Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo; Israel no conoce, mi pueblo no entiende.

 

            Con la profundidad teológica que caracterizó a los Padres, éstos interpretaron el pasaje como una alusión al nuevo pueblo de Dios, formado ya por judíos, ya por gentiles, que ante Dios, como acertadamente nos indica Benedicto XVI, son seres insignicantes, carentes de razón al lado de la Razón Eterna y Creadora, el Logos. Pero Dios, haciéndose hombre, cambió nuestra debilidad, y nos abrió los ojos, pudiendo reconocer que la salvación había llegado a nuestras vidas. Mientras, parte del primitivo pueblo elegido, Israel, no supo o no quiso reconocer en el pequeño Niño Jesús al Redentor de la humanidad.

            Evidentemente, los primeros, los que aún siendo insignificantes al lado de Dios, supieron reconocer en Cristo al Mesías -es decir, el buey y la mula-, fueron los pastores, la Virgen María y San José, la prima de María Santa Isabel, y todo hombre de buena voluntad que acogió en su corazón la Buena Nueva. Tal vez muchos no sepamos de Teología, ni tengamos grandes palabras en nuestro vocabulario para expresar las maravillas de Dios -que también los hay-, pero nuestros ojos fueron y son abiertos por aquél humilde Niño en el Pesebre, todo un Dios hecho hombre. Siguiendo con la explicación que nos aporta el Santo Padre Benedicto XVI (eso sí, anteriormente a ser elegido para ocupar la sede de Pedro), resulata muy llamativo que en las representaciones medievales que se hacían de la Natividad, el buey y la mula se pintaban con rostros prácticamente humanos: lógico, ¡si somos nostros! En cambio, Herodes, los grandes sabios judíos de aquél tiempo, y otros personajes soberbios, tanto de antaño como en todos los momentos de la Historia, no supieron ver en Jesucristo al Salvador de sus vidas.

            Ya en el Protoevangelio de Santiago (mitad del siglo II) y en el Evangelio del Pseudo Mateo (a comienzos del siglo VII) se habla del buey y el asno. El mismo Orígenes, en el siglo III, defendía que estos animales se encontraban auténticamente en el Nacimiento de Cristo; y en el siglo IV, la iconogafía cristiana representaba a ambos animales junto al pesebre.

            Además, hay que recordar que en el origen del Belén -entendido éste como representación viviente o mediante imágenes de madera, piedra, barro, cristal..., y no como pintura, ya que de éstas últimas hay muchas que representaban en Nacimiento bastante antes-, situado a principios del siglo XIII en Greccio, Italia, ya contaba con el buey y la mula: bien conocida es la historia de cómo San Francisco montó en aquél pueblo humilde el primer Belén de todos los tiempos -viviente en aquél caso-. Desde entonces, el buey y la mula no faltaron en ningún Nacimiento.

           ¿Somos conscientes nosotros de la grandeza de la fiesta que vamos a celebrar en unos días?; ¿nos damos cuenta de que siendo tan pequeños al lado de Dios, siendo bueyes y mulas, la distancia que existía entre Él y sus criaturas fue salvada gracias a la Encarnación?; ¿puede haber alguna muestra de Amor y de humildad más grande que ésta? ¿Respondemos nosotros a ése Amor con una actitud humilde hacia nuestros hermanos? Si Dios siendo Rey de Reyes, se rebajó a hacerse hombre por puro Amor, no nos cabe otra actitud hacia el prójimo que la de mostrarnos tan humildes -al menos un poquito, jaja- como el mismísimo Hijo de Dios.

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI); La bendición de la Navidad. Meditaciones; Herder, Barcelona, 2007.

 

          

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