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15 noviembre 2012 4 15 /11 /noviembre /2012 20:51

       Habla la leyenda negra: el astrónomo Galileo Galilei (Pisa, 1564-Arcetri, Florencia, 1642), tras exponer su revolucionaria teoría que abogaba por que La Tierra no era el centro del universo, como se creía, sino que era ella la que giraba alrededor del Sol, fue víctima de la persecución de una oscurantista Iglesia Católica, que mediante la Inquisición, se oponía a cualquier avance científico. Hay incluso quien cree que fue torturado, y por qué no, quemado en la hoguera.

       Habla ahora la verdad histórica: cuando Galileo se adhiere al Heliocentrismo -no completo- del polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), no había expuesto ninguna teoría desconocida por sus contemporáneos. No sólo porque Copérnico hubiera expuesto aproximadamente ese sistema astronómico con anterioridad, sino porque ya el astrónomo griego Aristarco de Samos, en el siglo III a.C., había defendido que el Sol no giraba alrededor de nuestro planeta, sino que era al contrario. Por no hablar de que poco antes que Copérnico, en el siglo XV, ya el cardenal Nicolás de Cusa, como vimos en otro post anterior, abogó por la misma teoría.

        El problema de Galileo, tal y como nos recuerda el erudito jesuita Manuel Carreira, no fue la oposición de la Iglesia al avance científico. Al contrario de lo que piensa muchísima gente, el argumento principal para afirmar que La Tierra era el centro del cosmos no era que nos creyésemos muy importantes, sino que al elemento tierra (había cuatro elementos -fuego, aire, agua, tierra- más un quinto -la quitan esencia- del cual estaban formados los astros), como el más innoble de todos, le correspondía estar en el fondo de toda la creación. El verdadero problema de Galileo fue que durante el proceso por el que se juzgaron sus teorías en 1633, el astrólogo italiano no supo dar ni una sola prueba de que La Tierra giraba alrededor del Sol, lo cual hubiera sido aceptado por la Iglesia Católica si se hubiera demostrado; pero Galileo Galilei sólo argumentó que era por este movimiento terrestre que existían las mareas, lo cual como todos sabemos, es completamente erróneo.

       Y es que, siguiendo el estudio realizado por el investigador italiano Vittorio Messori, hay que reconocer que en aquel siglo XVII, tan "científica" era la postura ptolemaica, que abogaba por que la Tierra era el centro, y la postura copernicana heliocentrista, que era apoyada por muchos clérigos -y atacada por Lutero, dicho sea de paso-. No había pruebas concluyentes para decantarse ni por una ni por otra. Prueba de esto que decimos, es que el gran astónomo danés Tycho Brahe (1546-1601), que frente al Heliocentrismo de Copérnico, situaba a Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno orbitando alrededor del Sol, pero a su vez, posicionaba a éste girando en torno a La Tierra. Se pudo probar que La Tierra giraba alrededor del sol tan sólo en 1748, confirmándose ya definitivamente en 1851.

       Por lo tanto, queda claro lo injusta que resulta la acusación de oscurantismo que se adjudica a la Iglesia Católica, ya que ésta nunca ha estado en contra del avance científico y cultural; al contrario, ha contribuido fehacientemente, y no de forma escasa, al desarrollo de aquél.

      Eso sí, hay que reconocer, tal y como hizo la Iglesia posteriormente, la importancia de no hacer ciencia a partir de las Sagradas Escrituras, respetando la autonomía (pero a su vez mutua relación) de los diferentes campos del saber, incluida la Teología. Bien aprendimos los católicos, comenzando por nuestra jerarquía, de este error.

      Siguiendo con el caso concreto de Galileo, en el que algunos piensan que tan cruelmente actuó la Iglesia, creo que sería muy curioso ver cómo terminó el proceso, y cuál fue esa terrible condena que se le impuso al científico: tras la sentencia, fue llevado a la Villa Medici en el Pincio,  luego al palacio arzobispal de Siena, cuyo ocupante era un gran admirador de Galileo; al final, fue trasladado a su formidable villa de Arcetri, conocida como La joya. Pudo continuar sus investigaciones y seguir publicando, e incluso de seguida se le retiró la obligación de no alejarse de dicha villa de Arcetri. Sólo le quedó el gran castigo inhumano de rezar una vez a la semana los siete salmos penitenciales, el cual "prescribió" a los tres años; ahora bien, es curioso ver cómo él decició de motu proprio continuar con esta práctica. La hora de la muerte le llegó con 78 años, en Arcetri, el 8 de enero de 1642, contando con la bendición papal y la indulgencia plenaria.

      Será conveniente terminar este artículo recordando algo que escribió ya cercana su muerte, y que de nuevo nos lo cita Messori: En todas mis obra no habrá quien pueda encontrar la más mínima sombra de algo que recusar de la piedad y reverencia de la Santa Iglesia.

      Ahí queda eso, leyenda negra. 

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