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24 mayo 2012 4 24 /05 /mayo /2012 19:16

     Aunque el hombre de hoy no quiera escuchar nada acerca del sacrificio, de la entrega, del sufrimiento, y lo que es aún peor, aunque los mismos cristianos se hayan acomodado al mundo, y rehuyan completamente del testimonio hasta el extremo, nadie puede negar que la historia del Cristianismo, y por tanto de la esposa de Cristo, la Santa Iglesia Católica, ha estado indisolublemente unida a la cruz. Nadie, por muy cegado que esté, o aún siendo miembro de otra religión, puede negar el valor de tantos y tantos cristianos que han preferido dejarse cazar por la muerte antes que renegar de su fe, o dejar de llevar la Buena Nueva a cualquier rincón del orbe. Estremece y llena de emoción leer los testimonios de muchos de los mártires que, parafraseando a Tertuliano, se convirtieron en semilla de nuevos cristianos mediante el riego de su sangre. Podemos decir, sin lugar a dudas, que estos hombres y mujeres encararon la muerte de forma alegre, sabiendo que Cristo estaba esperándolos tras el velo que separa esta vida de la del más allá; más aún, me atrevería a decir que para ellos el martirio era una auténtica bendición, la oportunidad de morir por Cristo, tal y como Él hizo por todos los hombres, continuando así su labor redentora. Veamos algunos ejemplos que señalan hacia esa dirección:

 

San Ignacio de Antioquía, muerto al comienzo del siglo II d.C., en tiempos del Emperador Trajano, dejó escrito en su carta a los romanos: Para mí es mejor morir en (eis) Jesucristo, que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a Aquél que murió por nosotros; quiero a Aquél que resucitó por nosotros... Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios.

 

El Beato Alonso de Mena, fraile dominico, que fue martirizado en Japón en 1622 (hay que subrayar que a finales del siglo XVI y durante todo el siglo XVII -y aún después- murieron miles de cristianos en aquéllas tierras niponas), dejó testimonio de cómo era la cárcel en la que fue encerrado: Nueve palmos de ancho, nueve de alto y once de largo, cuando hace sol nos tostamos, cuando llueve o nieva, pasa, de parte a parte, el agua, viento y nieve, gusanos, piojos, ciempiés, cangrejos, sapos y otras sabandijas. Pero a pesar de esto, dejó claro que es tanto el consuelo que nuestro señor nos comunica en esta jaula semejante, que le certifico que en este mundo no puede haber palacio más suntuoso, ni jardín de más recreación.

 

El Beato Fr. Recaredo de Torrent, martirizado durante la Guerra Civil española, ante las muertes que se estaban produciendo de cristianos, exclamó: ¡Ay, qué suerte!, a lo que añadió, Mueren por Dios. ¡Yo no tendré esa suerte! Finalmente, sí la tuvo.

 

 

En cuanto a otras religiones, cabe decir que no siempre encontramos la misma visión y actitud hacia el martirio. Por ejemplo, en el Islam, existe un precepto, el de la taqiyya, que libraba a los musulmanes de tener que seguir profesando públicamente su fe cuando eran perseguidos y obligados a convertirse; por tanto, podían convertirse, por ejemplo, al Catolicismo (como ocurrió con muchos mudéjares que se bautizaron en la España cristiana), conservando la práctica del Islam en la privacidad como auténtica religión. 

 

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5,11-12).

 

Fuentes:

Alabús, Rosa María; La purga religiosa de los shogunes. Mártires en Japón, en La Aventura de la Historia, nº 164; Unidad Editorial Sociedad de Revistas S.L.U., Madrid.

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