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4 marzo 2012 7 04 /03 /marzo /2012 00:46

          Si los otros días hablábamos del error doctrinal referente a la Eucaristía que pecaba por defecto (negar la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el pan y el vino, tal y como promulgaban Berengario de Tours -aunque no se ponen de acuerdo todos los autores- y más tarde Calvino y Zuinglio), esta vez vamos a analizar el caso contrario: el error por exceso. Estamos hablando de la herejía cafarnaítica, que promulgaba que la presencia de Cristo se producía de forma sensible,  hasta el punto de llegar a afirmar que se estaba masticando el Cuerpo de Cristo de forma casi caníbal. La calificación de cafarnaítica para la herejía que ahora tratamos viene del pasaje del capítulo 6 del Evangelio de Juan, en el que Cristo imparte su polémico discurso acerca del pan de vida, e identifica a este pan con su Persona, todo ello en la sinagoga de Cafarnaún. Como se observa en el fragmento joánico, muchos judíos interpretaron sus palabras con un realismo exacervado.

 

<<(...) Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?».

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza?

¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?

El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.

Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo (Jn 6, 51-66).

 

      Ante ese mismo realismo exagerado con que muchos de los oyentes de aquél discurso interpretaron las palabras de Cristo, Él se encargó de señalar que era una presencia real pero espiritual: El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.

 

      La Tradición de la Iglesia, tanto en los Santos Padres como en autores posteriores siempre fue consciente de esta presencia real bajo la apariencia y cualidades del pan y del vino, que no desaparecían. Era una presencia que se producía cambiando Cristo y su Espíritu Santo el ser profundo de esos elementos, su subsistencia ontológica: cambiando, por tanto, la substancia (ver artículos inmediatamente anteriores, en los que se explica cómo la Tradición y el Magisterio poco a poco fueron profundizando en el misterio de este cambio de substancia); pero no por ello la presencia auténtica de Cristo era menos cierta ni menos real; ahí, bajo las especies del pan y del vino, estaban verdaderamente su Cuerpo y su Sangre.

      Vamos a exponer sólo algunos ejemplos, entre muchísimos, en los que observamos cómo la Iglesia, a lo largo de la Historia, fue interpretando esta presencia real de un modo auténtico, pero sin caer en el error de un realismo desmesurado, incluso muchísimo antes de que se declarara oficialmente el dogma de la Transubstanciación en el IV Concilio de Letrán de 1215.

       San Juan Crisóstomo (347-407). Este autor, uno de los grandes padres de la Iglesia, y llamado Doctor Eucarístico por lo mucho y bien que habló de la Eucaristía, decía lo siguiente: Inclinémonos ante Dios; y no lo contradigamos, aún cuando lo que él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia, sino que su palabra prevalezca sobre nuestra razón e inteligencia. Observemos esta misma conducta respecto al Misterio Eucarístico, no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus palabras. Porque su palabra no puede engañar.

      San Cirilo de Jerusalén (315-386): No los tengas, pues, por mero pan y mero vino, porque son cuerpo y sangre de Cristo, según la aseveración del Señor. Pues aunque los sentidos te sugieran aquello, la fe debe convencerte. No juzgues en esto según el gusto, sino según la fe, que cree con firmeza, sin ninguna duda, que has sido hecho digno del cuerpo y la sangre de Cristo.

      En un apotegma (los apotegmas son los dichos de los antiguos padres del desierto que se nos han transmitido) que hace referencia a supuestas palabras del abba Daniel en relación con la presencia real de Cristo en la Eucaristía, leemos: Le dijeron los ancianos: Dios conoce la naturaleza humana, y sabe que no puede comer carne cruda, por eso transformó su cuerpo en pan y su sangre en vino para los que lo reciben con fe. Tenemos que considerar la antigüedad de estas palabras, ya que Daniel fue discípulo del gran abba Arsenio, viviendo como monje en Escete (Egipto) en el siglo V.

      Para finalizar este breve recorrido histórico, pasemos al caso del Doctor Angélico, el gran Santo Tomás de Aquino (1224/1225-1274), ya posterior al IV Concilio de Letrán. En ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; solamente se cree al oído con certeza. Creo que lo ha dicho el Hijo de Dios, pues no hay nada más verdadero que la Palabra de la verdad. Palabras de Santo Tomás; más claro, agua.

     

      Siendo sinceros, aunque la posición de la Iglesia Católica fue siempre y es, desde los primeros siglos hasta hoy, la que hemos expuesto, la tentación de caer en el realismo cafarnaítico ha rondado alguna que otra vez a la Barca de Cristo. Así, en la confesión de fe que se le hizo firmar a Berengario de Tours (quien según muchos autores negaba la presencia real, y sin ninguna duda, el cambio de substancia) con motivo del sínodo romano de 1059, defendía una presencia real de Cristo con bastante significado cafarnaítico. Pero la Madre Iglesia, sabia siempre, rectificó, y en el sínodo romano de 1079, bajo el pontificado del ínclito Gregorio VII, Berengario de Tours tuvo que aceptar otra fórmula, ésta sí acorde con toda la tradición anterior. 

      A otro autor que ya mencionamos en los artículos anteriores, Pascasio Radberto (s. IX), le atribuyen también haber adoptado una postura cafarnaítica cuando habla de que el Cuerpo de Cristo presente en el pan es el mismo que nació de María y resucitó. Pero como bien indica J.A. Sayés, se trata de un juicio erróneo, ya que el mismo Pascasio dejó claro que en la Eucaristía sabemos mediante la fe, y no a través de la visión. Además, es injusto achacarle esta tendencia cafarnaítica a Pascasio por sus palabras, cuando el propio San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Juan Evangelista, indicaba que la carne de Cristo en la Eucaristía es la misma que sufrió por nosotros, y resucitó.

 

Fuentes:

Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986.

Elizalde, Martín (trad. e introducción); Los Dichos de los Padres. Colección alfabética de los Apotegmas, Vol. I; Reprografía Malagueña, Málaga, 1991.

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