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13 febrero 2013 3 13 /02 /febrero /2013 02:42

         Desgraciadamente, el Concilio Vaticano II vio cómo enarbolando la bandera de defensores del "espirítu" del Concilio, muchos teólogos católicos malinterpretaron inmediantamente después sus conclusiones. En este ambiente de confusión encontraron cabida multitud de tesis teológicas más o menos disparatadas, pero todas alejadas de la ortodoxia. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de un tiempo en el que el Modernismo (al que San Pío X calificaría en la Encíclica Pascendi -1907- como el conjunto de todas las herejías) hace estragos en el mismo seno de la Iglesia Católica, tal y como iba sucediendo desde la segunda mitad del siglo XIX.

           Esta deriva teológica afectó también a la cuestión de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Influidos por la filosofía Fenomenológica, teólogos como el dominico belga Schillebeeckx (1914-2009), coautor del famoso y polémico Catecismo Holandés, optaron por expliar la Presencia Real mediante el término Transignificación, frente al usado desde el IV Concilio de Letrán de 1215, que no era otro que el de Transubstanciación: a través de las palabras de la institución de la Eucaristía y la acción del Espíritu Santo, el pan y el vino cambian de sustancia, pasando a ser a partir de entonces Cuerpo y Sangre de Cristo, aunque las especies permanezcan.

          La filosofía Fenomenológica tuvo como principal exponente al alemán Edmund Husserl (1859-1938), y abogaba por considerar el auténtico ser de las cosas no como la sustancia aristotélica, sino como el sentido. Las cosas son lo que significan para nosotros; no se puede separar el objeto del sujeto. Esto no quiere decir, como bien indica José Antonio Sayés en El Misterio Eucarístico, que los teólogos católicos que acuden a la Fenomenología para explicar el ser de las cosas piensen que es el hombre el que crea la realidad; pero se corre el riesgo, como le ocurrió a Schillebeeckx, de creer que la Presencia Real de Cristo en el pan y en el vino es tal en cuanto a su significado, el cual requiere la fe del que contempla el misterio eucarístico: por tanto, para el teólogo belga Cristo estaría presente en las especies sólo para el que tiene fe, porque Cristo realizaría para el sujeto el cambio de significado, la Transignificación. Schillebeeckx pensaba que el mismo Concilio de Trento había usado el concepto de Transubstanciación para utilizar la terminología aristotélico/escolástica; así puestos, como el Hilemorfismo aristotélico había perdido vigencia, según estos autores, ya no tenía mucho sentido mantener los mismo términos. Pero aquí se equivocaba Schillebeeckx y el resto de autores que defendían la misma tesis, porque San Ambrosio (s. IV) y Fausto de Riez (s. V) usaban el concepto de sustancia con bastante anterioridad.

          Por fortuna, Pablo VI reaccionó enérgicamente ante esta doctrina de la Transignificación. Así, en la Mysterium Fidei (1965), se expresaba de la siguiente manera:

En efecto, no se puede —pongamos un ejemplo— exaltar tanto la misa, llamada comunitaria, que se quite importancia a la misa privada; ni insistir tanto en la naturaleza del signo sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de Cristo en este sacramento; ni tampoco discutir sobre el misterio de la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su sangre, conversión de la que habla el Concilio de Trento, de modo que se limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización (...) -Mysteriun Fidei, 2-.

Mas para que nadie entienda erróneamente este modo de presencia, que supera las leyes de la naturaleza y constituye en su género el mayor de los milagros, es necesario escuchar con docilidad la voz de la iglesia que enseña y ora. Esta voz que, en efecto, constituye un eco perenne de la voz de Cristo, nos asegura que Cristo no se hace presente en este sacramento sino por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la sustancia del vino en su sangre; conversión admirable y singular, que la Iglesia católica justamente y con propiedad llama transustanciación. Realizada la transustanciación, las especies del pan y del vino adquieren sin duda un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, y signo de un alimento espiritual; pero ya por ello adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica (Mysterium Fidei, 6).

Porque bajo dichas especies ya no existe lo que antes había, sino una cosa completamente diversa; y esto no tan sólo por el juicio de la fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino tan sólo las especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, pero no a la manera que los cuerpos están en un lugar (Mysterium Fidei, 6).

 

          Por otra parte, no fue el único error doctrinal que el teólogo dominico Schillebeeckx mantuvo acerca de la Eucaristía. Nos recuerda José María Iraburu en su blog Reforma o Apostasía que dicho autor apoyaba la posibilidad de que, ante la ausencia de sacerdotes en una comunidad, pudieran nombrarse "ministros" extraordinarios que saltándose la sucesión apostólica que encarna el sacramento del orden, fueran elegidos por la misma comunidad local de forma "extraordinaria". La Eucaristía celebrada por estos "ministros" sería completamente válida según Schillebeeckx.

          Como vemos, las desviaciones dogmáticas en torno a la Eucaristía siempre están vinculadas con otras equivocaciones doctrinales: en este caso, concepción del sacerdocio, administración del resto de sacramentos...

          ¡Que María nos proteja de toda herejía! ¡Santa Madre de Dios, haznos fieles a Cristo y a su Esposa la Madre Iglesia Católica!    

 

Fuentes: 

  • Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986.



 

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