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29 marzo 2012 4 29 /03 /marzo /2012 21:27

         Voy a publicar una serie de artículos acerca del asunto de la virginidad perpetua de María: es decir, antes, durante, y después del  parto. No descubro nada si digo que este dogma mariano es atacado por los cuatro costados, e incluso no defendido con la fuerza que merece por muchos católicos. Tampoco descubriré nada, al menos para los lectores más formados, si afirmo que bastantes autores, adelanto que de forma errónea, consideran que el interés de la Tradición por interpretar la expresión "hermanos del Señor" en un sentido que defienda la idea de una María virgen también después del parto es un intento posterior a la proclamación del dogma de la perpetua virginidad de Nuestra Señora, cimentada con la decisión en el 391 del Papa Siricio, y con el II Concilio de Constantinopla de 553, el cual le otorgó a María el título de aeipàrthenos, siempre virgen.

       En contra de estas teorías, podemos asegurar, tal y como dice Vittorio Messori en su Hipótesis sobre María, valiéndose de los estudios del gran exegeta alemán Josef Blinzler, que esta interpretación católica del concepto "hermanos del Señor" no es una excusa para defender el citado dogma, sino que se encuentra arraigada ya en los primeros momentos de la Historia de la Iglesia. Nunca se dudó en estos primero años de Cristianismo que el término hermano hacía referencia no sólo a los hermanos carnales, sino también a otros parentescos (como el de primos) e incluso a otros miembros del clan, discípulos, o conciudadanos. Está demostrado fehacientemente que detrás de la palabra griega adelfòs (hermano) está el vocablo hebreo 'ah, o bien el arameo aha, los cuales poseen un significado mucho más amplio que el de simple hermano de unos mismos padre y madre; como bien puntualiza Messori, tanto el Antiguo Testamento como en Nuevo están plagados de ejemplos que señalan este sentido del término. La tradición oriental se decantó por considerar que esos supuestos hermanos del Señor eran hijos de José, engendrados por un antiguo matrimonio suyo. Por su parte, la Iglesia Occidental, representada por San Jerónimo (342-420), el mayor exegeta bíblico de su tiempo (no obstante, fue el primero en traducir la Biblia al Latín -la famosa Vulgata-), y estudioso tanto del Griego como del Latín, optaba por considerar a estos "hermanos" como primos de Jesús en su De Perpetua virginitate Mariae.

      Suele señalar la crítica que este argumento acerca del trasfondo hebreo/arameo que poseería el término griego adelfòs (hermano) está carente de fundamento, ya que, por ejemplo, en griego existían palabras específicas para denominar a los primos (anepsios), o a parientes en general (synguenes o synguenys). Pero esta tesis es difícil de mantener, ya que ¿acaso no conocían los autores de la traducción del Antiguo Testamento al Griego, realizada algo más de cien años antes de Cristo -hablamos, evidentemente, de la famosa Biblia de los Setenta- el término anepsios, y en cambio usan en la mayoría de esos casos la palabra adelfòs?. Es cierto que estos términos (synguenes o synguenys) son usados varias veces en el Nuevo Testamento en otros pasajes no referentes a los hermanos de Jesús, pero no menos cierto es lo anterior, por lo que inferir del uso de estos términos que cuando los autores neotestamentarios hablan de los hermanos de Jesús (adelfòs) se refieren a hermanos carnales, es totalmente impreciso.

 

      Volviendo al tema de la anterioridad de esta creencia en la virginidad perpetua de María respecto a la proclamación del dogma, valgan estos dos datos, entre otros muchos:

  •  Ya el Protoevangelio de Santiago, de mitad del siglo II,  afrmaba que estos "hermanos" no eran sino hijos de un matrimonio anterior de San José. ¡Mucho antes de la proclamación del papa Silicio en el 391! Veamos el fragmento: El sacerdote dijo a José: A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor. José replicó: Tengo hijos y soy viejo, mientras que ella es una niña; no quisiera ser objeto de risa por parte de los hijos de Israel.
  •  Aproximadamente en el 160 (notemos que de nuevo nos encontramos en fechas muy anteriores al Santo Padre Silicio), Hegesipo, quien siendo originario de Palestina se supone debió conocer bien aquellas tierras, atestiguaba que había conocido a algunos descendientes de la familia de Jesús, y menciona a uno de esos hermanos como primo, por lo que podemos deducir, siguiendo de nuevo a V. Messori, que los demás podían serlo también perfectamente. Pero hay que incidir en otro aspecto de este testimonio de Hegesipo, y es el de que lo afirma sin duda alguna, como dándolo por "sentado"; es decir, como un dato aceptado por todos.

 

      Dudaba mucho el investigador P. Bonnard, palabras a las que se suma el historiador y teólogo español César Vidal, de que si tanta erudición por mostrar el significado amplio del concepto hermano se habría producido de no existir la necesidad de defender el dogma de la virginidad perpetua. Queda esta tesis claramente desmontada con los ejemplos que hemos comentado anteriormente (Protoevangelio de Santiago y narración de Hegesipo). Además, aún considerando los tiempos anteriores al dogma, si, como dicen Bonnard y Vidal, se hicieron tan arduos esfuerzos para defender la tesis católica, no fue en un intento a posteriori para demostrar una preconcepción infundada, sino porque empezó a ponerse en cuestión lo que antes nadie había dudado: que María no tuvo ningún hijo más aparte de Nuestro Señor. Pensemos que en hasta mediados del siglo II aproximadamente, debían existir aún un recuerdo fresco del verdadero parentesco de estos hermanos del Señor: incluso conocidos descendientes de la familia de Jesús; cuando esta memoria fue desapareciendo, se hizo necesario, ante las dudas que surgieron, ir dando respuesta argumentada a la inexistente maternidad múltiple de María. Así, frene a la incredulidad del por entonces ya montanista Tertuliano (160-220), Orígenes (185-254) fue tajante. Lo mimo ocurriría en el 380, cuando un laico llamado Helvidio expresó su creencia, de forma muy poco fundamentada, de que María no había guardado la virginidad tras Cristo. San Jerónimo publicó en ese momento su famoso (ya mencionado unas líneas más arriba) De perpetua virginitate Mariae, en el que dejaba a Helvidio sin defensa posible gracias a la lucidez de sus argumentos, tal y como nos recuerda V. Messori. Es interesante indicar que posiblemente Helvidio emprendió este camino de ataque a la virginidad perpetua para defender la dignidad del matrimonio, en pleno siglo IV, centuria que vio nacer a nivel global el fenómeno del monaquismo, y con ello la elevación de la virtud de la virginidad.

     Y si hacemos un balance de los autores de estos primeros siglos del Cristianismo, encontramos que sólo poquísmas personalidades, entre ellos los herejes Tertuliano y Helvidio, defendieron la maternidad múltiple de María, mientras que toda una pléyade de grandísimos Padres de la Iglesia (sin robarle importancia a Tertuliano, quede claro) se mostraban partidarios de ver en Cristo el único Hijo de de Nuestra Señora, indicando a todas luces la existencia de una tradición antiquísima que hablaba en ese mismo sentido: San Clemente de Alejandría (150-215), San Hipólito romano (170-235), Orígenes (185-254), San Efrén (306-373), San Siricio (ocupó el Solio Pontificio del 384 al 398), San Ambrosio (339-397), el propio San Jerónimo (342-420), San Agustín (354-430), San Epifanio... Como vemos, muchos de ellos anteriores al nacimiento formal del dogma, y tanto teólogos de raíz griega como latina. 

      Veamos algunos de estos textos:

      San Epifanio (año 374):  el Hijo de Dios se encarnó, es decir, fue engendrado de modo perfecto por santa María, la siempre virgen, por obra del Espíritu Santo (Ancoratus, 119, 5: DS 44).    

      San Agustín (año 400): Al nacer de una madre, que lo fue sin conocer varón y que concibió siendo virgen, vivió y murió virgen (...) -Tratado Catequístico, Parte II, Capítulo VII, 40-.

     

     Evidentemente, el tipo de relación que guardaban estos hermanos con Jesucristo, siempre fuera de una supuesta maternidad múltiple de María, es objeto de discusión. No podemos conocer exactamente cuál era ése parentesco o vínculo afectivo/social que los unía, pero eso sí, queda claro que en ningún caso fueron hermanos carnales de Nuestro Señor.

     En los siguientes posts, iremos viendo algunas de estas diferentes interpretaciones "ortodoxas", además de otros argumentos que derriban el edificio de la supuesta maternidad múltiple de la Madre de Dios, con la que muchos han querido atacar a la Iglesia Católica, y que sorprendentemente es aceptado por multitud de estudiosos católicos (también sacedotes), olvidando la debida fidelidad al dogma, fidelidad nunca reñida con un auténtico conocimiento racional, profundo y completo de las Sagradas Escrituras. La razón nunca la encontramos opuesta a la fe.

 

Fuentes:

  • Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; LIBROSLIBRES, Madrid, 2007.
  • Piñero, Antonio; Los evangelios de la infancia, en Pius-Ramón Tragán (ed.); Los evangelios apócrifos. Origen-Carácter-Valor; Verbo Divino, Estella (Navarra), 2008.
  • San Agustín; Tratado Catequístico; Apostolado Mariano, Sevilla, 1991.
  • Vidal, César; El Documento Q; Planeta, Barcelona, 2007.

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