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4 enero 2011 2 04 /01 /enero /2011 14:54

Las Navidades son unas fiestas alegres; celebramos la venida al mundo de nada más y nada menos que del Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, Dios de Dios, Luz de Luz...  Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros (...) (Jn 1, 14); la salvación vino a nuestra casa, Dios se hace uno de los nuestros, ¿cómo no íbamos a celebrarlo? Y aunque la Iglesia en un principio estaba articulada completamente en torno a la Resurrección de Cristo, poco a poco, y sobre todo en el siglo IV (siendo San Francisco de Asís más tarde, en el siglo XIII una especia de "Apóstol de la Navidad"), cuando aparece la fiesta litúrgica, la Iglesia comprendió la necesidad de festejar el Nacimiento de Jesucristo, porque es el verdadero inicio de la culminación de la Historia de la Salvación. Para redimir al género humano, Dios quiso cargar con nuestros pecados, dar su vida en sacrificio por nosotros para que tuviéramos vida eterna, y mostrarno lo que verdaderamente es el hombre, porque ningún hombre hubo, hay, ni habrá como Jesús; pero para todo esto, evidentemente, tenía que encarnarse, y así fue. He ahí la importancia de la Navidad.

Dicho esto, no debemos olvidar que la auténtica victoria sobre la muerte y el pecado viene con la pasión, muerte y Resurrección de Cristo. Nada hubiera valido entonces. Como dijo San Pablo, Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados (1Co, 15, 17). Por tanto, aún en estas fechas navideñas, como en el resto del año litúrgico, debemos tener en cuenta esto; de hecho, también en este tiempo, la liturgia gira en torno al Santo Sacrificio de la Eucaristía. No quiere decir que la Navidad no pueda festejarse, faltaría más; hay que estar alegres y contentos, porque nos ha nacido un Salvador; si así lo dijo el Ángel a los pastores, ¿cómo íbamos a estar nosotros de luto? ¡Si es para saltar de alegría, y tocar la zambomba, la pandereta, y comer mantecados (y os aconsejo los roscos de vino de El Cid, marca malagueña)! Pero siempre sin perder de vista que la Navidad, el Nacimiento de nuestro Redentor, es el comienzo de la implantación del Reino de Dios, que tiene su punto álgido (hasta que llegue la segunda venida) en la Resurrección del Hijo de Dios. El arte cristiano ha sabido interpretar desde siempre en este sentido toda la vida de Jesús, incluído su Nacimiento e iInfancia. No hay más que pensar, por ejemplo, en los llamados Niños de Pasión barrocos que podemos contemplar en el Museo de Arte Sacro de la Abadía de Santa Ana del Císter (esculturas del Niño Jesús que parecen predecir su muerte redentora  -corona de espina, etc.-), o el mismísimo icono bizantino de la Virgen del Perpetuo Socorro, al menos del siglo XV, en el que la Virgen María sale con Jesús en brazos, en postura de haber llegado corriendo asustado (se le cae el calzado de un pie), y sobre ellos aparecen los arcángeles Miguel y Gabriel, con los atributos de la pasión (esponja -para el vinagre-, la lanza, la cruz y los clavos). ¿Y qué decir de la tradición popular, recogida en el villancico tan famoso para los españoles de Dime niño de quién eres? ¿Recordáis la letra?

 

Dime Niño de quien eres
y si te llamas Jesús.
Soy amor en el pesebre
y sufrimiento en la Cruz.

 

Por tanto, celebremos la Navidad, con alegría y felicidad, como el Niño Jesús merece, pero siempre con la vista puesta en la Resurrección del Redentor Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, el mismo Dios.

 

Museo del Císter

Niño Jesús de la Espina, obra de taller malagueño del siglo XVII.

Museo de Arte Sacro, Abadía del Císter, Málaga

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