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20 septiembre 2011 2 20 /09 /septiembre /2011 13:47

           El Cristianismo, desde tiempos de la Iglesia Primitiva, asoció la figura de Cristo con determinados símbolos (ya fueran animales u otro tipo de imágenes), bien como señal secreta de identificación entre los cristianos -en este caso en los primeros tiempos-, o bien para dar una enseñanza al pueblo de Dios, por ejemplo, a través de las supuestas características de un determinado animal. El caso de la cruz ya lo hemos visto; analicemos ahora otros ejemplos:

           1. El pez: evidentemente, tiene claras connotaciones cristianas al hacer referencia a la profesión de la mayoría de los apóstoles, la pesca. Además, hay que recordar el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y los peces (p.ej.: Jn 6, 1-15); como vemos, la simbología es muy amplia. Pero aún no hemos expuesto la más importante. Pez, en griego, es Ichthys, acrónimo de la expresión de fe Jesucristo Hijo de Dios Salvador. ¡Toda una profesión de fe! Servía de clave de identificación entre los cristianos en tiempos de persecución.

               2. La pantera: dice la tradición, reflejada en los bestiarios  medievales -obras que describían tanto a animales reales como a otros completamente fantasiosos-,  que este animal, después de una abundante cena, duerme durante tres días, para despertar luego y exhalar un dulce aroma que atrae a todos los animales, menos al dragón, que asustado por el olor, huye a esconderse. Es evidente lo que este mito quiere enseñar al pueblo cristiano: Nuestro Señor Jesucristo es la pantera que luego de instituir la Eucaristía en la Última Cena y morir en la cruz, descansa muerto tres días en el sepulcro, hasta su Resurrección, la cual trae la salvación a todos los hombres; tan sólo el Diablo (representado en el dragón) se opone desde el principio a los designios salvadores de Cristo.

              3. El Crismón: es un monograma compuesto por dos letras griegas, la X y la P, que son las dos primeras de la palabra Cristo en griego. Ambas se entrecruzan, formando un símbolo que encontramos en las fuentes multitud de ocasiones.

               4. El Grifo: este animal fantástico, mezca de águila (cabeza, alas y garras) y león (cuerpo), se usó como símbolo del mal en un principio, para pasar luego a simbolizar al mismo Cristo, ya que el águila y el león representaban a sus naturalezas divina (águila) y humana (león).

              5. El Cordero: Cristo es el auténtico Cordero de Dios (cf. Jn 1, 36) que quita el pecado del mundo, dando su vida por toda la humanidad a través de su sacrificio voluntario, culminación y superación de todos los que se hicieron en la Antigua Alianza. San Juan hace coincidir temporalmente (y esta cronología es posiblemente la correcta) el sacrificio de Cristo con la inmolación de los corderos pascuales, en la víspera de la Pascua -la Parasceve-, no en el mismo día de la fiesta.

               6. El Buen Pastor:  Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas (Jn 10, 11). Desde los comienzos del Cristianismo la Iglesia fue fiel a la Palabra de Cristo y vio en la figura del pastor que cuida de sus ovejas, tan importante en el mundo judío de la época y en otras culturas de aquel entonces, a su Señor. Esta representación de Cristo como buen pastor se entrelaza perfectamente con la del Cordero; es más, en algunas catacumbas aparece el Cordero con los utensilios característicos del Pastor: por ejemplo, en las catacumbas de Domitila, el Cordero aparece con la vara y el balde de leche (recipiente para ordeñar).  Aquí hay que hacer una llamada importante: como nos recuerda el teólogo Johannes Betz, la Iglesia Primitiva consideraba a la Eucaristía "leche de Dios". Esto no quiere decir que se consagrara con leche para la Presencia Real de Cristo (dejando de lado herejías como la de los Priscilianistas o la de los Montanistas, que celebraban la Eucaristía con leche y queso respectivamente). Hay que pensar que el Bautismo es para los cristianos un nuevo nacimiento, obra del Espíritu: así, al igual que los recién nacidos se alimentan de la leche materna, los nacidos de nuevo por las aguas del Bautismo se alimentaban de la "leche divina", es decir, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta es la visión de autores tan importantes como San Clemente de Alejandría (a caballo entre los siglos II y III), y San Hipólito de Roma (siglos II-III también). Incluso podemos observar, sobre todo a partir del siglo II, cómo en determinadas zonas (Roma, Norte de África y Egipto) en la Eucaristía que seguía al bautismo de los nuevos cristianos la noche de la Pascua de Resurrección, se ofrecía además del Pan y el Vino con la Presencia Real de Cristo, un caliz con leche y miel -no dejemos de lado tampoco que Dios había prometido al pueblo elegido (y la Iglesia era el nuevo pueblo) una tierra que manaba leche y miel-. Pero ojo: no era Presencia Real.

           Por tanto, cuando en las catacumbas de Pedro y Marcelino vemos unas pinturas en las que un cordero se nos presenta con el balde de leche y rodeado de una aureola, es muy posible que la representación esté haciendo referencia a la mismísima Eucaristía.

            7. El arado: desde los orígenes del Cristianismo, tal y como demuestra Daniélou en su obra Los símbolos cristianos primitivos, el arado se consideraba símbolo de la cruz y del mismo Verbo Encarnado. No es de extrañar, cuando ya en el siglo II muchos elementos del Antiguo Testamente que se presentaban compuestos de madera, eran tomados como prefiguraciones de la cruz: arca del Paraíso, cayado de Moisés, madera del arca, y el mencionado arado. Pero hay algo más: la forma física del arado. Ésta se asemeja bastante a una cruz. Así lo veía San Justino (100-165), que mencionaba dicho utensilio agricultor como figura de la cruz en el mundo sensible, al igual que el palo mayor del barco, la doladera del carpintero, el rostro del hombre, o el estandarte militar. Algunos vestigios descubriertos en Palestina parecen demostrar que en el arte figurativo el arado hacía ciertamente alusión a la cruz. 

                Pero no queda ahí la cosa. Siguiendo siempre al gran Jean Daniélou, traemos ahora a colación a otra figura insigne del Cristianismo primitivo: San Ireneo Lyon (135/140-200 aprox.). Pieza clave para entender la Iglesia del siglo II tanto en Oriente -de donde era originario- como en Occidente -no olvidemos que fue obispo de Lyon-, equiparaba sin lugar a dudas el arado con la cruz. Más aún, no veía en el arado simplemente el madero en el que murió Cristo, sino al mismo Verbo. Así se desprende del comentario que hace sobre Isaías 2, 3-4: (...) y acudirán pueblos numerosos, que dirán; ¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! El nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas». Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén, la palabra del Señor. El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y hoces con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. Ireneo, lógicamente, interpreta este pasaje dentro del sentido de la paz que el Cristianismo ha traído al mundo. Nuestro Señor ha transformado la violencia en amor, la espada en arado para cultivar la tierra... Pero Ireneo va mucho más allá, con una intepretación más rica y completa: "Ya que Nuestro Señor mismo es quien ha hecho el arado y entregado la hoz: esto designa la primera siembra del hombre, que fue el hecho de modelar a Adán, y la recogida de la cosecha por el Verbo en los últimos tiempos. Y a causa de esto, el que unía el principio con el fin y es el Señor de uno y otro, ha manifestado al final el arado, la madera unida al hierro, y así ha escardado la tierra: en efecto, el Verbo sólido, unido a la carne y de tal manera clavado, ha limpiado la tierra inculta". Aquí vemos una interpretación aguda y fascinante a la vez: igual que el arado -señal de la cruz- está formado por madera e hierro, el Verbo se ha unido a la carne en Nuestro Señor Jesucristo, cultivando la tierra para la producción de abundante fruto, labor que el arado realiza en los campos. Como se puede observar, Verbo y carne se han unido formando el verdadero arado para la preparación de la tierra de nuestros corazones. El hierro, según Daniélou, sería símbolo del Verbo, y la madera, de la carne, aunque esta interpretación es inversa en otros Padres. 

            8. La letra TAV: en la obra ya antes mencionada, J. Daniélou expone una interesante teoría acerca del símbolo de la cruz que desde los mismos orígenes de la Iglesia se imponía en la frente bien a los catecúmenos que se preparaban para el bautismo o a los ya bautizados. Según el jesuita y cardenal francés, esta cruz no haría referencia al instrumento de tortura en que murió Jesucristo, sino a la letra Tau. Pero hablamos de la Tau del alfabeto hebreo, que en tiempos de Nuestro Señor podía representarse mediante la + o la X. Además, hay que tener en cuenta que la Tau hebrea era la última letra de su alfabeto, al igual que la Omega griega, por lo que era una manera de designar a Dios, de nombrarlo. No hay que olvidar, por otra parte, que ya el Antiguo Testamento profetizaba que los componentes de la comunidad mesiánica, tal y como nos cuenta Daniélou, serían marcados por el signo Tau en la frente; así lo recuerda el libro de Ezequiel. Otros pasajes del Apocalipsis de Juan parece que incide en la mismo dirección. En el Capítulo 8, versículo 3, podemos ver cómo el ángel no permite que las plagas destrozen el mundo Hasta que hayamos marcado a los servidores de Dios, con el sello (sphragis) en la frente. Y en el capítulo XIV, versículo 1, San Juan ve a 140.000 hombres que tenían escrito en la frente el Nombre del Cordero y el de su Padre. Ya hemos dicho anteriormente que la Tau hebrea, por ser la última letra del alfabeto, estaba considerado símbolo y Nombre de Dios. Y no podemos dejarnos atrás un último dato: para la Iglesia Primitiva, el Nombre de Dios era signo de su presencia en el mundo, al igual que la Palabra, por lo que Cristo, como Palabra encarnada, era el auténtico Nombre del Padre. Así, la Didaché, redactada en los primeros años del Cristianismo, dice: Te damos gracias, Padre Santo, por tu Santo Nombre que has hecho habitar en nuestros corazones (X, 2-3); Peterson parece haber probado que este Nombre hace referencia a Cristo, al Verbo.

                    El trabajo de Daniélou me parece de una agudeza impresionante. Acepto completamente que el signo de la cruz que recibían los bautizados (a veces incluso "tatuado") en la frente fuera la Tau hebrea. Pero dicho esto, hay algo del pensamiento del gran autor galo que me cuesta mucho compartir. Para el investigador jesuita, en los primerísimos años de la Iglesia, la cruz no haría alusión al madero en el que murió Cristo, sino a la letra; ya posteriormente, cuando el signo llegara a territorio helenizado, éstos, que no conocían el alfabeto hebreo, creerían que el símbolo de la cruz hacía mención al instrumento con el que se dio muerte a Jesús. No niego que el de la Tau como nombre de Cristo y el Padre fuera el significado más directo del símbolo impuesto en la frente; pero de ahí a pensar que toda referencia al símbolo de la cruz, ya fuera literario o iconográfico, en esos primeros momentos únicamente aludía a la Tau, sin hablar del madero, me parece cuanto menos inverosímil: se me antoja imposible que el pueblo cristiano no viera en la cruz el símbolo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Sabemos con seguridad que San Justino ya hacía mención al símbolo de la cruz como el lugar en que se dio muerte a Cristo; y San Justino murió en el 165...

 

FUENTES:

Daniélou, Jean; Los símbolos cristianos primitivos; Ediciones Ega, Bilbao, 1993.

Lillo Redonet, Fernando; La persecución a los cristianos. Mártires por la fe, en Historia National Geographic, n. 43, pp. 68-79; National Geographic Society, Barcelona, 2007.

Grau-Dieckmann, Patricia; Los perfumes en el Cristianismo, en Arqueología, Historia y viajes por el mundo  medieval, n. 30, pp. 22-33; Arion Editorial/Editorial Toison, 2009.

Royuela, Sofía; Bestiarios medievales, en Haciendo Memoria. La Historia de cerca, n. XXXII, pp. 69-78; Fundación Dalpa para la creación, 2010.

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Published by J.L.R.P. - en VARIOS
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