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7 febrero 2012 2 07 /02 /febrero /2012 19:17

      Decía Tertuliano (160 d.C.-220 d.C. aproximadamente) que la sangre de los mártires era semilla de nuevos cristianos. Y no le faltaba ni chispa de razón. Tal vez el número de cristianos no aumente sólo en época martirial, ya que por ejemplo, en los siglos IV y V, tras la legalización (313, Edicto de Milán) y el ascenso como religión oficial (380, Edicto de Tesalónica) del Cristianismo, el número de conversos subió como la espuma, entre otros motivos debido a las ventajas sociales que acarreaba formar parte de la nueva creencia obligatoria del Imperio Romano. Pero qué duda cabe que cuando la fe es puesta a prueba hasta el punto de exigirnos dar testimonio con nuestra sangre, se vuelve mucho más pura y fuerte. En este sentido, es increíble que en un ambiente tan hostil como el de los tres primeros siglos de Cristianismo, los fieles fueran en aumento de una forma considerable; ni los perjuicios que la fe en Nuestro Señor podía acarrear en la vida social o laboral, ni la constante amenaza de muerte fueron suficientes para hacer desaparecer el nuevo culto.

     Con el siglo IV cambió todo. Tal y como brillantemente explica el padre y teólogo José María Iraburu, su legalización y posterior conversión en religión oficial imperial hicieron que el mundo secular dejara de ser enemigo del Cristianismo. Cesaron las persecuciones, y lo que antes constituía un handicap para el ascenso en todos los órdenes sociales, pasó a convertirse en requisito indispensable. Ahora, en un mundo que ha dejado de ser hostil, el peligro de éste es de otro tipo: las tentaciones mundanas a las que tiene que hacer frente el cristiano son mucho mayores: posibilidad de riquezas, de acomodamiento, de fama, de obtención de poder, de sexo... Por tanto, a partir del siglo IV el Cristianismo sufre una pérdida de pureza y vitalidad. Ello fue criticado por autores como San Juan Crisóstomo y San Jerónimo. Ante esta relajación en las costumbres, muchos fervorosos cristianos, conscientes de los nuevos obstáculos que el mundo secular presentaba para poder alcanzar la perfección evangélica, decidieron dejarlo todo y seguir a Jesús, recordando sus palabras, y se apartaron de la vida corriente, marchando al desierto. Hay que destacar aquí a los dos padres del monacato oriental, San Antonio Abad (+355) y San Pacomio (+346). Ya con anterioridad se conocían los casos de ascetas y vírgenes que se apartaban del mundo para vivir más santamente, pero es en el siglo IV, con el nacimiento del monacato, cuando la práctica adopta cotas impresionantes. Por decirlo así, los monjes se convirtieron en los nuevos mártires, en el modelo, para todo el pueblo cristiano, de cómo había que amar a Cristo hasta el extremo.

      Hubo muchos autores cristianos de la época que criticaron esta nueva práctica monacal. El origen de esta opinión tan negativa parece estar en que a la par que muchos abandonaban sus riquezas para escapar de un mundo tan tentador y seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias, otros optaron por esta vía por un motivo bien diferente: librarse de la fuerte presión fiscal sufrida en las ciudades; en este último caso, la vocación de dichos monjes dejaba bastante que desear, dedicándose a otros menesteres mucho menos loables. Ésta es por ejemplo la crítica que hace San Jerónimo. Evidentemente, hay que tener claro que muchísimos de los miembros del monacato naciente eran llevados al desierto sintiendo la llamada del Espíritu Santo, al igual que le ocurrió a Cristo cuando marchó al desierto para ser tentado por el Diablo. Mientras, otros autores como San Juan Crisóstomo guradaba una opinión mucho más favorable del monacato, y, frente a todos los que criticaban esta huida del mundo, considerando que también era posible lograr la perfección evangélica en el mundo secular, en las mismas ciudades, él dejaba claro que el mundo se había convertido en un lugar poco apto para alcanzar esas cotas tan altas de pureza cristiana.

      Ya en este punto, hay que recordar el papel que el monacato jugó en la forja de la civilización europea, especialmente gracias a los fundadores del monacato occidental, San Agustín (354-430) y San Benito de Nursia (480-547). Fue en los monasterios donde se conservó todo el saber de la Antigüedad, y fueron ellos los que permitieron el tránsito de personas a lo largo de la Europa occidental. Aquí hay que tener en cuenta también otro aspecto importante: ambos autores (San Benito y San Agustín) considereban necesarios que los monjes se dedicaran, además de a rezar, a ganarse el sustento mediante la labranza directa a través de sus manos. San Bernardo de Claraval (1090-1153), reformador de la Orden del Cister y del monacato en general, llevará estos presupuestos a niveles más evolucionados, formando un monacato mucho más comprometido con el mundo, en el que no se consideraba la actividad de los monjes como una simple huida del mundo, sino que quedaban tan incardinados en la Historia de la humanidad como lo estaba la existencia de un cristiano laico de cualquier ciudad.

       ¡Que Dios siga surtiendo a la humanidad de estos fieles siervos que dejándolo todo, siguen a Cristo hasta el fin del mundo!

 

Fuentes:

Bravo, Gonzalo; Historia del mundo antiguo. Una introducción; Alianza Universal. 

Miret Magdalena, Enrique (prol.); Diccionario de las religiones; k-z; Espasa Calpe, 1998, Madrid.

Benedicto XVI; Spe Salvi; San Pablo, 2007, Madrid.

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Published by J.L.R.P. - en VARIOS
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