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28 julio 2011 4 28 /07 /julio /2011 14:44

           Muchos dudan del carácter sacrificial de la Eucaristía; al menos, que sea más que un simple "recuerdo" del sacrificio que Cristo realizó para librarnos del pecado y darnos vida eterna. Para ello se basan en la Carta a los Hebreos, cuando ésta nos dice en el capítulo 9, 24-28:

            (...). Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para prensentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro, y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el Sumo Sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena. Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio. Y del mismo modo que está establecido que los hombres muera una sola vez, y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación.

           Como vemos, la Carta a los Hebreos deja claro que el sacrificio de Cristo ocurrió una sola vez, para el perdón de nuestros pecados. Eso está claro; ¿pero hay alguna contradicción entre este pasaje y el verdadero carácter sacrificial de la Eucaristía? La Iglesia Católica siempre ha defendido que el sacrificio de Cristo no son muchos, sino uno sólo, pero que éste se actualiza por las mismas palabras de Cristo y la acción del Espíritu Santo en la Eucaristía. Ambas ideas no son ni mucho menos contradictorias; si analizamos la Sagrada Escritura correctamente, incluso esta misma Carta a los Hebreos, se observará claramente que no lo son. En su capítulo 10, 10-14, encontramos:

         (...) Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo.

          Y, ciertamente, todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. Él, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados (...).

          José Antonio Sayés ha incidido en que mientras a veces la Carta usa el término hapax para indicar que Cristo murió una sola vez (Hb 9, 26), otras veces emplea la palabra ephapax, que siginifica de una vez para siempre, para explicar el carácter definitivo del sacrificio de Cristo (Hb 10, 10). Y es que ciertamente, como indica el teólogo navarro, el sacrificio de Cristo queda "eternizado" al entrar en el santuario del cielo con la Ascensión. Este pensamiento queda claro en la Carta a los Hebreos. Cristo ofrece su sacrificio para siempre, para interceder por los hombres. Ya no hace falta repetir sacrificios todos los días, como en la Antigua Alianza (sacrificios que por otra parte, como dice el autor de la Carta, no servía para borrar nuestros pecados -Hb 10, 4-), porque Cristo ha ofrecido su Sangre de una vez para siempre; pero su poder no acaba nunca, sino que perdura: (...). Además, aquellos sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar. Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.

          En relación con esta eternización del sacrificio redentor de Cristo a través de su Ascención, y con la expresión a la diestra de Dios -o muy similares- (p. ej.: Mt 22, 44, Hb 10, 12 y Hch 2, 34hay que sacar a colación las palabras de Benedicto XVI en el segundo tomo de su obra Jesús de Nazaret:

          El Nuevo Testamento -desde los Hechos de los Apóstoles hasta la Carta a los Hebreos-, haciendo referencia al Salmo 110, 1 describe el "lugar" al que Jesús se ha ido con una nube como un "sentarse" (o estar) a la derecha de Dios. ¿Que significa esto? Este modo de hablar no se refiere a un espacio cósmico lejano, en el que Dios, por decirlo así, habría erigido su trono y en el habría dado un puesto también a Jesús. Dios no está en un espacio junto a otros espacios. Dios es Dios. Él es el presupuesto y el fundamento de toda dimensión espacial existente, pero no forma parte de ella. La relación de Dios con todo lo que tiene espacio es la del Dios y Creador. Su presencia no es espacial, sino, precisamente, divina. Estar "sentado a la derecha de Dios" siginifica participar en la soberanía propia de Dios sobre todo espacio.

          Por ello los discípulos vuelven tan contentos a Jerusalén tras la Ascención de Cristo (Lc 24, 52-53); no están tristes por la desaparición "carnal" de Cristo, sino que se alegran tremendamente, porque saben que ahora Jesucristo, sentado a la derecha de Dios, como el Hijo de Dios que es, y por tanto soberano del tiempo y del espacio, estará siempre a su lado, hasta el fin de los tiempos, sobre todo en la Eucaristía.

 

            Y es que si nos ceñimos a los relatos que los tres evangelios sinópticos  y la Primera Carta a los Corintios de San Pablo nos han legado, el carácter sacrificial de la Eucaristía queda fuera de toda duda. Veamos por ejemplo el relato de la tradición jerosimilitanta, en su versión de 1Co 23-26-(recordar que los cuatro relatos de la instititución de la Eucaristía proceden de dos tradiciones diferentes -la tradición jerosimilitana, encontrada en los Evangelios de Marcos y Mateo, y la tradición antioquena, en el Evangelio de Lucas y en 1Co):

            Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío". Asimismo también la copa después de cenar diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío". Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga.

            Cierto es que el mandato de Cristo de que los discípulos celebraran el rito a partir de entonces, sólo lo encontramos en esta versión paulina, y en Lucas (influenciado por la versión de Pablo también y sólo en referencia al pan), pero las palabras de San Pablo están fuera de toda duda, ya que su relato de la institución es el más antiguo de los redactados (1Co es del año 56 aproximadamente), y porque él mismo aseveró la importancia que tenía el seguimiento estricto, casi literal (1Co 15, 1-2), de sus palabras en lo referente a su Credo (1Co 15, 3-8), y que podríamos hacer extensible al relato de la institución de la Eucaristía, ambos teniendo su fuente primera en Jerusalén. Pues con esta premisa que nos asegura la veracidad de las palabras, y su auténtica procedencia del mismo Cristo, y la certeza de que la Última Cena se enmarcó en el contexto de la cena de Pascua judía (independientemente de que como algunos autores afirman, entre ellos Benedicto XVI, no fuera una auténtica cena de Pascua -se celebró un día antes, por lo que no se podía seguir el mismo rito-, lo cual no le hace negar al Santo Padre, evidentemente, que Cristo se movía en el marco del concepto de la Pascua hebrea, fundando la Nueva Pascua -Nueva Alizanza- en su Sangre), está clarísimo que Nuestro Señor nos legó el mandato de que celebráramos el sello de la Nueva Alianza, el sacrificio que consumado en la cruz, adelantó sacramentalmente en la Última Cena. Pero como nos recuerda J.A. Sayés, para la mentalidad judía (y ciertamente también para los paganos) era inconcebible la celebración de un sacrificio sin la participación en la víctima, para lo cual era necesaria su presencia real: por ejemplo, en la cena pascual, el pueblo judío, al comer del cordero inmolado, participaba en la víctima; ahora, como Juan nos quiere hacer ver en su Evangelio, Cristo es el nuevo y definitivo Cordero inmolado para el perdón de los pecados: su presencia es necesaria para que haya un auténtico sacrificio (aunque estemos hablando de la actualización incruenta del único sacrificio realizado por Cristo de una vez para siempre).

 

          Pero hay otro fragmento bíblico que compara directamente la Eucaristía con los sacrificios paganos, enmarcando a aquélla en un contexto plenamente sacrificial. Se trata del texto paulino de 1Co 10, 14-22:

            Por eso, queridos, huid de la idolatría. Os hablo como a prudentes. Juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar? ¿Qué digo, pues? ¿Que lo inmolado a los ídolos es algo? O ¿que los ídolos son algo? Pero si lo que inmolan los gentiles, ¡lo inmolan a los demonios y no a Dios! Y yo no quiero que entréis en comunión con los demonios. No podeís beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O es que queremos provocar los celos del Señor? ¿Somos acaso más fuertes que Él?

            No lo puede dejar más claro San Pablo. En la Eucaristía, en la Mesa del Señor, celebramos el sacrificio de Nuestro Señor, con su consiguiente presencia real; además, entramos en comunión con Él. Evidentemente, se trata de la actualización sacramental e incruenta de su único sacrificio, ya que éste sólo se produjo de una vez para siempre, pero no por ello deja de ser menos real su estancia entre nosotros.

            ¡Cristo aumente nuestra fe en su presencia real en el Pan y el Vino consagrados!

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