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17 julio 2013 3 17 /07 /julio /2013 02:41

             Los historiadores y teólogos se suelen preguntar con insistencia por qué el Evangelio de Juan no relata la institución del Sacramento de la Eucaristía. Nos expone en aquella Santa Cena el lavatorio de pies, la despedida, el discurso de la vid verdadera, el anuncio de la venida del Espíritu Santo y de su retorno cercano, y la oración sacerdotal de Cristo, pero nada dice de forma explícita acerca de la Eucaristía. Ahora bien; hacemos bien al resaltar que la inexistencia de datos es más bien explícita; porque de forma implícita, las referencias al Santísimo Sacramento son constantes.

              Pero empecemos por orden: ¿por qué San Juan obvia el momento de la institución? Aquí los historiadores y teólogos no se ponen de acuerdo. Hay autores que hablan de una antisacramentalidad del Evangelio de Juan, como es el caso de Bultmann; para ello se sustentan en que los versículos 51-58 son una interpolación realizada por la comunidad cristiana primitiva, siendo esta clara alusión a la Eucaristía una elaboración posterior. Adelantemos que ésta es una concepción errónea por completo, ya que como hemos dicho, hay claras alusiones implícitas, aún en otros pasajes, a la Eucaristía en el cuarto Evangelio. La clave posiblemente reside en que Juan (y por tanto Cristo) quiere hacernos comprender que la Eucaristía es una continuación de la Encarnación: el Logos que se ha hecho carne y ha puesto su morada entre nosotros (cfr. Jn 1, 14), es el mismo pan vivo que ha bajado del cielo (cfr. Jn 6, 51), su carne que Él dará por la vida del mundo (cfr. Jn 6, 51). Es por ello que no menciona la institución del sacramento: como dice Mollat y nos recuerda José Antonio Sayés, "la Eucaristía nos pone en contacto directo con el misterio de la Encarnación"; lo observamos perfectamente con el término sarx, que es usando tanto en la Eucaristía como para tratar el tema de la Encarnación (Jn 1, 14; 1Jn, 4, 2).

              La Iglesia de los primeros siglos siempre vio en la Eucaristía una continuación de la Encarnación. Era algo común, por ejemplo, entre los teólogos de tradición griega. Veamos algunos ejemplos de aquellos tiempos, independientemente de su origen geográfico.

              San Ireneo de Lyón (130-200): "¿Cómo, pues, les constará que este pan, en el que han sido dadas las gracias, es el cuerpo del Señor y el cáliz de su sangre, si no dicen que él es el Hijo del hacedor del mundo, esto es, su Verbo, por el cual el leño fructifica y las fuentes manan, y la tierra da primero tallo, y despúes espiga y, finalmente, trigo pleno en la espiga?". Como vemos, San Ireneo no concibe la presencia del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía independientemente del Cuerpo de Nuestro Señor encarnado. Hay que tener en cuenta que nuestro santo (discípulo de San Policarpo, que a su vez era discípulo de San Juan Evangelista), argumenta de este modo porque se tuvo que enfrentar a los gnósticos (más concretamente a los gnósticos marcionitas) que veían en el mundo y en el Dios creador del Antiguo Testamento, el Demiurgo, elementos puramente malignos, por lo que no concebían la Encarnación tal y como nosotros la entendemos. 

            San Hilario de Poitiers (315-367): "Si es verdad que la Palabra se hizo carne y que nosotros, en la cena del Señor, comemos esta Palabra hecha carne, ¿cómo no será verdad que habita en nosotros con su naturaleza Aquél que, por una parte, al nacer como hombre, asumió la naturaleza humana como inseparable de la suya y, por otra, unió esta misma naturaleza a su naturaleza eterna en el sacramento en que nos dio su carne?" (Del tratado Sobre la Trinidad).         

            Volvamos a lo que decíamos antes. La segunda parte del discurso del pan de vida (Jn 6, 51-58) es de un sabor eucarístico innegable: 

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

             ¿Y cómo sabemos perfectamente que estos versículos hacen referencia a la Eucaristía? Aquí debemos aludir, tal y como nos recuerda Sayés en su Misterio Eucarístico, a los dos argumentos que expone Brown: comer la carne y beber la sangre nunca lo hallamos en la Biblia en un sentido figurado que encajara en este contexto; pero hay mucho más: "el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo" son las palabras que vemos en Lucas a la hora de relatar la institución de la Eucaristía: "Este es mi cuerpo entregado por vosotros" (cfr. Lc 22, 19). Como vemos, la referencia a la Eucaristía es clarísima.

            Ahora bien, como decíamos, hay teólogos que ven en esta segunda parte del discurso del pan de vida (cfr. Jn 6, 51-58) un añadido posterior, que no encajaría bien con la primera parte (cfr. Jn 6, 31-51), a la cual algunos autores como Bultmann encuentran incluso un carácter antisacramental. Pero cada vez son más los investigadores que defienden la unidad literaria y temática en todo el conjunto del discurso del pan de vida. La primera parte (31-51) muestra a Jesús como el pan de vida que ha bajado del cielo y que debe ser aceptado por la fe -Encarnación-, y en la segunda observamos cómo este pan debe ser comido realmente en la Eucaristía. Podríamos citar muchas muestras que indican que el texto presenta una unidad, pero basten las dos siguientes que nos señala José Antonio Sayés en la obra arriba mencionada: en la primera parte del discurso se menciona el binomio hambre-sed (35), y en la segunda parte, el binomio comer-beber (53), lo que demuestra que ambas partes están interrelacionadas. Otro indicativo sería que sendas partes presentan una estructura similar en cuanto a la provocación que producen las palabras de Cristo: en la primera parte, al hablar de la Encarnación, los judíos muestran su desconcierto ante la idea (42); y en la parte segunda, ocurre lo mismo, pero con la idea de comer la carne de Cristo -Eucaristía- (cfr. Jn 6, 60).

           Pero no acaban en el discurso dado en Cafarnaún acerca del pan de vida las referencias del Evangelio de Juan en cuanto a la Eucaristía. Veamos el caso de la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15), colocada, de forma deliberada, justo antes de dicho discurso. Encontramos en este pasaje claro sabor eucarístico; veamos porqué, siguiendo el análisis del sacerdote y teólogo Sayés: en primer lugar, y a diferencia de las multiplicaciones de los panes relatadas por los evangelios sinópticos, es el mismo Cristo quien distribuye el pan; es tan importante la posición de los panes, que casi desaparecen los peces del relato; la frase "tómo los panes, dio gracias y los distribuyó" representa claramente la celebración eucarística; se usa además el verbo eucharistésas, muy utilizado por la Iglesia primitiva; Cristo da la orden de que se recogan los pedazos de pan para que no se pierda nada (12); para terminar, en el versículo 23 ya no se habla de panes, sino de pan, en nítida referencia al pan eucarístico.

 

           Y es que la Eucaristía es la prolongación del milagro de la Encarnación, Dios entre nosotros... 

           ¡Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar! ¡Sea por siempre bendito y alabado!

 

Fuentes:

  • Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986.     

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