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25 octubre 2011 2 25 /10 /octubre /2011 21:02

        De verdadero nombre Giovanni Bernadone, San Franciso de Asís (Asís, 1181- 1226) está considerado, y con razón, uno de los más grandes santos que ha dado la Iglesia Católica. Llamado Il Francesco -El Francesito- por su trato con el lenguaje de los trovadores (que recordemos, provenían principalmente de la Provenza, en el Sur-Este de Francia), abandonó su licenciosa vida de lujos (era hijo de un rico mercader), y lo dejó todo para dedicarse a los más pobres, y más aún, para renovar a la Iglesia, que en aquellos tiempos había perdido el impulso misionero de antaño, quedándose en cierto sentido anclada en la comodidad que había adquirido en Europa occidental. Fundador de la orden franciscana -los Frailes Menores-, cuya regla fue aprobada verbalmente por Inocencio III (aunque no formalmente hasta el pontificado siguiente de Honorio III, concretamente en el año 1223) sus miembros permanecieron fieles a los tres clásicos votos de pobreza, obediencia y castidad, pero dándole un mayor énfasis si cabe al primero de ellos.

         Siempre en el seno de la Iglesia, su labor (junto a la de los dominicos fundados por Santo Domingo -ambas comunidades eran parte de las llamadas órdenes mendicantes) supuso una auténtica revolución en el mundo cristiano; pero eso sí, ojo, siempre dentro de la comunión católica, sin la cual es imposible de comprender el mensaje del santo de Asís. Tenemos varios testimonios que muestran claramente cómo la figura de San Francisco fue considerada un auténtico renacer de la vitalidad espiritual de la Iglesia Católica, que como ya hemos dicho, no andaba por su mejor momento a principios del siglo XIII.

         En primer lugar, veamos el famoso sueño de Inocencio III, que antes de aprobar verbalmente la regla franciscana vio como se derrumbaba la Basílica de San Juan de Letrán (sede del papado en la Edad Media), y un hombre, que luego identificaría como Francisco de Asís, la sostenía para que no cayera. La simbología está más que clara: el Santo de Asís conseguiría mentener en pie el edificio de la Iglesia Católica.

        Por otra parte, tenemos el caso de la Divinia Comedia, en el que el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321) pone en boca de Santo Tomás de Aquino los siguientes versos acerca del fraile de Asís (Paraíso, XI, vv. 49-51).:

 

Por donde esta ladera disminuye

su pendiente, nacióle un sol al mundo,

como hace a veces este sobre el Ganges.

 

        Este sol que le nace al mundo no es ni más ni menos que San Francisco. Dante hará también una defensa de la figura de Santo Domingo, el otro pilar fundamental de la reforma de las órdenes mendicantes; pero creo que estas palabras del poeta italiano comparándolo con el sol, teniendo en cuenta lo que el sol simbolizaba normalmente en la iconografía cristiana -el mismo Cristo-, son más que significativas. Y es que como Benedicto XVI nos recordó en una de sus audiencias, el santo de Asís era considerado una especia de alter Christus, ya que vivió en sus propias carnes incluso los estigmas de las heridas de Cristo.

         ¿Pero por qué este impacto de la figura de San Francisco?

          Desde el año 1000 aproximadamente, tras la disminución de las incursiones vikingas, y con un aumento general de las temperaturas, muchas tierras antes nada aprovechadas, pasan ahora a cultivarse exitosamente; se empizan a utilizar nuevas técnicas agricultoras... Se producirá un aumento fuerte de la población, y el mundo rural cederá importancia (aunque no tanto como se creía) ante el mundo urbano. En resumen, habrá un auge económico general. Pero poco a poco, va naciendo en buena parte del pueblo la sensación de que la Iglesia necesita vivir más profundamente el precepto de pobreza evangélica, y dejar atrás corrupciones como las de la simonía. Así, surgen muchos movimientos que apostaban por una espiritualidad más fuerte en el seno de la Iglesia, como es el caso de los Valdenses, cuyos orígenes se encontraban en Pedro Valdo, comerciante lyonés que predicó el valor de la pobreza de forma incansable. O el caso de la Pataria, en Milán, en pleno siglo XI: en este caso se trataba de un movimiento popular que abogaba por el abandono de la corrupción entre los eclesiásticos. Tal y como explica el historiador Emilio Mitre, estos movimientos no eran mal vistos en un principio por la Santa Sede; pero ya fuera por la introducción de elementos heréticos, o por conflictos con la jerarquía, terminaron siendo condenados. Es aquí donde entran las órdenes mendicantes: defensoras a ultranza de la pobreza evangélica, comprendieron que su labor tenía que realzarse en plena comunión con Roma, con la Iglesia Católica. Consistía en reconducirla, no en romper con ella. He ahí la importancia de San Francisco de Asís; vivió al extremo los profundos anhelos de la humanidad, y siempre dentro de la Iglesia. Si a esto le sumamos que el monaquismo tal y como se conocía hasta entonces (el monacato benedictino, que había conseguido construir Europa, y mantener su cultura) había cumplido ya su misión en un mundo eminentemente rural, y que el nuevo mundo urbano que iba abriéndose paso necesitaba unas comunidades mucho más dinámicas, no "atadas" a un edificio religioso, sino dispuestas a estar aquí o allá, predicando en las ciudades, comprenderemos el por qué del éxito de las órdenes mendicantes (dominicos y franciscanos especialmente, aunque también carmelitas, agustinos...). No olvidemos por ejemplo la gran labor que realizó la orden del Cister (con San Bernardo), partidaria clara del voto de pobreza -al contrario de la deriva hacia la que Cluny se había dirigido-, pero que ejercían su tarea en centros apartados de la vida urbana.

          Pero fue tan fuerte la sensación que causó San Francisco entre sus aquellos hombres, que incluso surgió un movimiento erróneo en el seno de la orden, el de los franciscanos espirituales. Éstos, basándose en el pensamiento de Joaquín de Fiore, milenarista cisterciense de fines del XII, se decantaron por una espiritualidad que no era practicable en este mundo, y que rompía con la jerarquía eclesiástica, legitimamente heredera de Pedro y los Apóstoles. No olvidemos que Joaquín de Fiore creía que tras la Edad del Padre (Antiguo Testamento), había llegado la Edad del Hijo (Nuevo Testamento), pero que ésta también debía ser superada por la Edad del Espíritu, que él pensaba llegaría de manos de un nuevo monaquismo. Todas estas teorías hicieron pensar a muchos que con San Francisco comenzaba una nueva etapa. Gracias a Dios, San Buenaventura, el gran teólogo escolástico, y poco después de la muerte de San Francisco "gobernador" de la orden (1257-1274), comprendió que la misma no podría sobrevivir de aquella manera, y que el mismo Francisco había deseado siempre permanecer en plena comunión con la Iglesia real, la establecida, la jerárquica. Así, aún reconociendo que el Espíritu seguía soplando en su Iglesia, y renovándola, con figuras como la del fundador de Asís, que ciertamente había constituido un jalón importante en la historia del Cristianismo, dejó claro que era siempre el mismo Dios, el Dios encarnado, Cristo,  el que actuaba en el devenir humano, ya fuera con los padres de la Iglesia, ya fuera con los grandes personajes donados por el Espíritu en los tiempos que a él le tocó vivir. En definitivacon Cristo llegó la redención de una vez por todas, aunque Él siguiera actuando en el presente de su Iglesia, con figuras tales como la del Poverello.

 

Fuentes:

Claramunt, Salvador, Portela, Ermelindo, González, Manuel y Mitre, Emilio; Historia de la Edad Media; Ariel, Barcelona, 1999.

Esparza, José Javier y Esolen, Anthony; Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental; Ciudadela, Madrid, 2009. 

Benedicto XVI; Audiencia General, Miércoles, 10 de marzo de 2010; www.vatican.va.

Alighieri, Dante; Divina Comedia; Cátedra, Madrid, 2007.

 

        

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Comentarios

Emilio 10/29/2011 16:31


Un aporte: http://espirituypluma.blogspot.com/2006/12/al-cristo-del-calvario-gabriela-mistral.html


J.L.R.P. 10/29/2011 20:53



¡Qué maravilla de poema Emilio! Es precioso, me ha encantado. Que Cristo crucificado y resucitado sea consuelo en nuestros dolores y esperanza de la salvación eterna. ¡Gracias Emilio, Dios te
bendiga!



Emilio 10/29/2011 15:37


No sé si habrá sido así antes, pero ahora la gratitud escasea. Bueno, creo que siempre fue así, basta leer el pasaje bíblico de los diez leprosos. No quiero actuar de esa manera, deseo cada día dar
gracias por lo que Dios me da, por lo que no me da y por todo los que los hermanos, como instrumentos Suyos, hacen por mí. Gracias, Juan Luis, por enseñarme. Muy interesante lo que nos cuentas
acerca de San Francisco. Un abrazo desde Chile.


J.L.R.P. 10/29/2011 20:47



¡Saludos Emilio! Como tú dices, es muy normal acordarnos sólo de Dios cuando nos pasa algo malo. ¿Pero nos paramos a pensar todo lo bueno que tenemos en nuestra vida? Por ejemplo, nosotros
tenemos el caso de nuestra fe: ¿somos conscientes del regalo que nos ha hecho el Señor haciéndonos nacer en países donde impera la fe cristiana católica. Estamos tan acostumbrados a ello, que nos
parece lo más normal, cuando hay por países lejanos personas que no han tenido la suerte ni siquiera de que le prediquen la Buena Nueva de Cristo.


También nos cuesta mucho trabajo aceptar la voluntad de Dios cuando vienen mal dadas, y recordar aquello de que ni un solo pelo de la cabeza se nos cae sin que lo sepa el Señor. Y es que un Padre
Bueno nunca abandona a sus hijos... No somos conscientes de que si Dios permite el mal en el mundo (que no provocarlo, ni originarlo, ya que Él hizo la creación perfecta), es para que nos
agarremos más fuertemente a su mano.


¡Un abrazo y que Dios te bendiga Emilio! ¡Gracias por tus siempre interesantísimos comentarios!



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