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13 septiembre 2011 2 13 /09 /septiembre /2011 20:17

            Como todos sabemos, en el Concilio de Nicea del año 325, convocado en esencia para hacer frente a la herejía arriana, se definió dogmáticamente que Cristo era consubstancial (de la misma substancia) al Padre, y que Dios era uno y trino, es decir, que existía una unidad divina, pero tres personas a la vez.

            Pero leamos lo que dice el historiador Gonzalo Bravo, doctor por la Universidad de Salamanca y profesor de la Universidad Complutense, en su obra Historia del mundo antiguo. Una introducción:

            (...) el propio Constantino inauguraría el sínodo y propondría una definición de la Trinidad, un "credo" antiarriano que no convenció a la mayoría de los obispos orientales, expertos teólogos y buenos conocedores de la Biblia. Según el nuevo "credo"  el Hijo es consustancial al Padre y fue engendrado, no creado, por éste, idea que no se correspondía con las Sagradas Escrituras ni con la tradición (Blázquez, 1990, 152). "Con sustancial", en el sentido de que Padre e Hijo eran de una "misma" y "única" sustancia, definición que chocaba a los teólogos, pues la consustancialidad implicaba la identidad de ambos y se oponía calramente a la "ousía" o sustancia propia de la individualidad. Sin embargo, esta versión sí fue aceptada por los obispos occidentales, mientras que la mayoría de los orientales, identificando "sustancia" a "naturaleza", propusieron la "hipostasis" para entender el misterio trinitario: tres personas  distintas, pero una sola naturaleza divina, Se formó así un grupo de obispos antinicenos en Oriente, fueran o no expresamente arrianos; estos últimos se oponían abiertamente al dogma niceno, mientras que otros grupos orientales eran partidarios de buscar uan alternativa al problema teológico suscitado abogando por sustituir la idea de "misma sustancia" ("homoousios") por la de similar sustancia ("homoiousios"), propuesta que suscitaría numerosas divisiones en las jerarquías orientales.

          Comencemos, como debe siempre hacerse, por el principio:

          Dice Gonzalo Bravo que los obispos orientales no estaban de acuerdo con la expresión consubstancial que había defendido el Concilio, ya que se corría el peligro de difuminar la división de personas en el seno de la Trinidad. Pero el teólogo y sacerdote José Antonio Sayés, profesor en la Universidad de Teología del Norte, en sus Principios filosóficos del Cristianismo, aclara que si en un principio hubo confusión entre los obispos orientales y los latinos, no fue tanto por diferencias de contenido, sino por confusiones lingüísticas. Pensemos que estamos en una época en la que aún no se había asentado definitivamente el concepto de persona: el mundo griego no conocía este concepto; ellos hablaban de physis, naturaleza. Por ejemplo, para los estoicos el término persona era simplemente la especificación de la naturaleza por las propiedades concretas del individuo. Podemos decir, sin temos a equivocarnos, que el concepto de persona es una creación cristiana, surgido para explicar el misterio de la Santísima Trinidad y la "naturaleza" de Cristo, Dios y hombre al mismo tiempo. Sigamos: los prelados de tradición griega traducían la palabra latina persona como prosopon, que para ellos no significaba otra cosa que "papel": por decirlo de alguna manera. Por ello, cuando los latinos hablaban de un sólo Dios, pero tres personas a la vez, creían que defendían la existencia de un único Dios no con tres seres diferentes (hypóstasis), sino tan sólo con tres "papeles", tal y como profesaban los sabelianos.

           Por su parte, los occidentales traducían el vocablo griego hypóstasis como substantia -en este caso, la substancia divina-, por lo que cuando la teología oriental expresaba su fe en las tres hypóstasis, los obispos latinos tendían a pensar que hablaban de la existencia de tres seres divinos completamente separados.           

           Pero es que además de tratarse principalmente de una confusión lingüística la discusión entre "nicenos" y "antinicenos", ésta fue solventada posteriormente. Así, San Atanasio, en el Sínodo de Alejandría del 362, intentó aclarar esta confusión de términos; el Sínodo declaró que eran igualmente válidas las expresiones tres hypóstasis (griega), siempre que no hiciera referencia a tres dioses diferentes, y mía hypóstasis (latina), si, evidentemente, no anulaba la diferenciación de tres personas. Un poco despúes, en el 380, el capadocio Gregorio Nacianceno explicó de nuevo que todo se debía a un problema de leguaje. Y dos años después (382), tras el Primer Conciio de Constantinopla (381), la disputa se solucionó en buena medida cuando una asamblea de obispos envió al Papa Dámaso una confesión de fe que Sayés nos reproduce: Nosotros creemos que la divinidad, la potencia, la ousía -la naturaleza divina en este caso- es única en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; igual gloria y coeterna dominación en las tres perfectas hypóstasis o bien en las tres perfectas personas. Roma asintió a esta confesión, y la discusión acerca de la Trinidad cesó en gran parte.

            Eso sí, la formación del concepto de persona, para explicar bien "qué" es lo que sucede en Cristo, no cesaría hasta el Concilio de Calcedonia (451). Había dos corrientes o escuela teológicas que propugnaban dos conceptos distintos de persona. La Escuela Alejandrina, con autores como San Atanasio y San Cirilo de Alejandría defendían una concepción teológica, surgida a partir de las Sagradas Escrituras, en la que Cristo, el Verbo, el Logos,  es el único sujeto (así lo explica J.A. Sayés) al que se le deben atribuir todos los actos, tanto los divinos -milagros-, como los humanos -llanto, alegría-; es una concepción del término persona que aclara mucho el asunto de la comunicación de idiomas -el humano y el divino, en una sóla persona-, aunque a veces corría el riesgo de subyugar la naturaleza humana a la divina. Mientras, la Escuela Antioquena, con los padres capadocios (San Basilio, San Gregorio Nacianceno  y San Gregorio de Nisa) al frente, abogaban por un concepto de persona elaborado de forma mucho más filosófica, y en el que se expresó maravillosamente la existencia de las dos  naturalezas -humana y divina- en Cristo, pero que falló a la hora de "unirlas", ya que no usaron al Verbo como sujeto que lograra esa síntesis necesaria. Aunque Sayés reconoce que ambas tenían sus puntos positivos y negativos (recordemos que estamos en pleno proceso), deja claro que en dicho Concilio se impuso la visión alejandrina, mucho más acorde con la unidad de Cristo: (...) que ha de reconocerse un solo y el mismo Cristo Hijo Señor Unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división (...), aunque, eso sí, conservó de la escuela antioquena la perdurabilidad de la naturaleza en sus características propias. Así, la confesión de fe en la única Persona del Verbo, Cristo, en dos naturalezas, fue la culminación en el proceso formativo del concepto de persona, que aunque no fue definido científicamente, ya tenía en la mente de todos un claro significado, tal y como hoy lo entendemos. Con dicho Concilio, el concepto de persona se diferenció definitivamente del de naturaleza (physis). 

             Me llamó también mucho la atención que Benedicto XVI, en su segunda parte de Jesús de Nazaret, con un argumento similar al de José Antonio Sayés -confusión lingüística-, indicara que aún después del Concilio de Calcedonia, las disputas cristológicas que continuaron, por ejemplo, con nestorianos y monofisitas, estaban basadas a menudo más en devociones particulares que en motivos auténticamente doctrinales.           

            ¡Bendito sea Cristo, Hijo de Dios y Dios verdadero, que asumió nuestra naturaleza humana para atraernos hacia el seno de la Trinidad!

 

Fuentes:     

Sayés, J.A.; Principios filosóficos del Cristianismo; URL: www.obracultural.org.  

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI); Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Encuentro, Madrid, 2011.

Bravo, Gonzalo; Historia del mundo antiguo. Una introducción; Alianza.

          

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