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30 diciembre 2011 5 30 /12 /diciembre /2011 22:08

      El origen de estos bellos cantos cargados de alegría y esperanza por la venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo es bastante confuso. Lo primero de todo, aclarar una cuestión. El término villancico hacía referencia en un principio a un tipo de composición musical que no tenía porqué girar en torno al Misterio de la Navidad, ni siquiera a una temática religiosa forzosamente. Tal y como explica la especialista Carmen Cabrera, eran piezas que intercalaban estrofas -o coplas- con estribillos que se repetían; estos estribillos se cantaban con la melodía del último verso de la estrofa. Es cierto que estos villancicos "cultos", que nacieron con el Renacimiento, estaban basados en muchas ocasiones en piezas populares (de hecho, la palabra villancico proviene de villanos, los que poblaban las villas y aldeas, no los burgueses de las ciudades); pero aún no se usaba la palabra villancico en el sentido actual de canción popular de temática navideña. Muchos de estos villancicos eran sátiras, trataban temas políticos, o asuntos religiosos, pero no siempre de Navidad.

       Fue en el siglo XVII, con el Barroco, cuando empezó a llamarse villancico concretamente a las canciones populares de inspiración navideña. En aquellos años, a pesar de la prohibición del Concilio de Trento, que no quería que se introdujeran elementos populares en la liturgia, en España se empezaron a entremeter canciones populares en las Misas en el lugar de los responsorios; esto ocurría en fiestas como la Navidad o Semana Santa. He ahí ya el villancico que nosotros conocemos.

      No obstante todo lo dicho anteriormente, esto no quiere decir que no existieran piezas navideñas con anterioridad al Renacimiento y el Barroco. Hoy día, también a esas composiciones se les conoce vulgarmente como villancicos. Así, ya en el siglo II, el famoso himno Gloria in Excelsis Deo, tal vez compuesto por el Papa Telesforo, y que aún se canta en nuestras iglesias en este tiempo litúrgico, presentaba una temática navideña. Por su parte, de San Hilario de Poitiers (siglo IV) es el Jesus refulsit omnium. También habría que hablar del canto gregoriano Puer natus est.

     Los villancicos, qué duda cabe, son elementos utilísimos para enseñar la fe de forma sencilla, especialmente a nuestros niños, además de ser un modo, desde mi punto de vista acertadísimo, de declarar al mundo la alegría que embarga nuestros corazones por la venidad de Dios al mundo. Hagamos buen uso de esta humilde pero eficaz  herramienta de evangelización.

     ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo hermanos!

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

Cabrera, Carmen; programa Noche de Cometas; Cadena Cope, diciembre de 2009.

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28 diciembre 2011 3 28 /12 /diciembre /2011 20:27

        Puede parecer ésta una cuestión baladí, pero ni mucho menos lo es. Como ocurre en el caso de la herradura, o de otros muchos, estamos ante un símbolo con un fuerte significado cristiano, más concretamente relacionado con la Historia de la Iglesia Católica. Lo que ocurre es lo que ya hemos comentado en otras ocasiones; si llevamos a la práctica estas costumbres (la verdad es que la de colgar los calcetines en la chimenea no es muy típica de España, pero sí en otros países) como loros que repiten lo que ven, sin saber el significado de lo que estamos llevando a cabo, se puede convertir en una especie de superstición. Pero si aprovecháramos el arsenal de costumbres, tradiciones, (e incluso leyendas) que giran en torno a la fe católica... el resultado sería desde luego muy positivo.

        Vayamos ahora a explicar el origen de esta costumbre de colgar los calcetines en la chimenea para recibir regalos por el día de Navidad:

        Aunque en las mitologías escandinava  y germánica ya existía la creencia de que por la chimenea entraban los dioses (en el caso de la mitología escandinava era el dios Thor, y en la germánica, la diosa Bertha, que bajaba por ella durante el solsticio de invierno), el auténtico nacimiento de esta tradición parece estar en una de las varias leyendas que se cuentan en torno a un personaje fascinante: San Nicolás de Bari. Este santo obispo de Myra (en la acutal Turquía), que vivió en el siglo IV, es el auténtico trasfondo de Papá Noël (pensemos que en holandés al santo se le llama Sinter Klaas, y de ahí provendría el nombre de Santa Claus, como se le conoce en muchos sitios a Papá Noël), figura que surgió por la paganización del personaje del obispo de la ciudad de Asia Menor.

        San Nicolás de Bari adquirió muy pronto fama de ser un hombre altamente caritativo y lleno de bondad, especialmente con los niños; en torno suya se fue tejiendo una maraña de leyendas que fueron conformando la imagen del obispo que repartía regalos en Navidad (aunque en países como Polonia los regalos los realiza en su día, el 6 de diciembre). Una de esas leyendas es la de las tres jóvenes a las que libró de caer en la esclavitud. Según cuenta la historia, el padre de las tres muchachas se encontraba arruinado, y pensó en vender a sus hijas. San Nicolás, enterado de la atrocidad en la que iba a incurrir, decidió dar parte de su fortuna familiar a la familia. Como no quería alardear de bondadoso, se le ocurrió echar oro por la chimenea de la casa en la que vivían el padre con sus tres hijas; como allí estaban las medias de las muchachas colgadas para que se secaran al calor del fuego, el oro fue a parar a dentro de una de ellas. Así hizo una primera noche, y una segunda... A la tercera, el padre no resistió la tentación de averiguar quién estaba comportándose con tanta caridad hacia su familia, por lo que se permaneció oculto "espiando"; de esa forma descubrió la identidad del noble personaje, y aunque éste le pidió que no lo "delatara", la noticia del hecho terminó por recorrer todas partes.

         He ahí el origen de la tradición de colgar los calcetines (en Holanda los zuecos) en la chimenea o en la ventana para recibir los regalos por parte de Papá Noël. Y es que San Nicolás de Bari es una figura que tenemos recuperar sí o sí, para volver a recristianizar muchas costumbres navideñas que han perdido su significado. Por tanto,  papás y mámás que leáis este artículo, ¡¡a contar a vuestros hijos las maravillas de la Historia de la Iglesia!!; estoy seguro que es una bella forma de educar a los más pequeños de la familia en la fe que Cristo nos enseñó, y de recuperar el auténtico sentido de la Navidad.

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

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25 diciembre 2011 7 25 /12 /diciembre /2011 20:25

       Un argumento que no sé porqué les da mucho morbo a los detractores del Cristianismo, y más concretamente de la Iglesia Católica, es atacarnos esgrimiendo que al contrario de lo que dicen nuestras celebraciones, Cristo no nació el 25 de diciembre. No han entendido absolutamente nada acerca del Cristianismo. De todos modos, veamos el tema más a fondo, que verdaderamente merece la pena:

        Los Evangelios no mencionan en ningún pasaje la fecha del Nacimiento de Nuestro Señor. Tan sólo Lucas (del que hablaremos más adelante, ya que puede aportarnos unos interesantísimos datos) nos da algunos indicios al decir que aquella Santa Noche los pastorcillos dormían al raso, por lo que se suele pensar que debió ser en primavera, ya que en invierno el frío sería tremendo como para que los pastores actuaran así. Otros autores, siguiendo el estudio realizado por José Manuel Burgueño en su Libro de la Navidad, son de la opinión de que más bien habría que situar la llegada del Mesías en otoño, alegando que no es probable que las autoridades romanas hubieran impuesto realizar el censo en invierno, ya que era una época muy complicada en Palestina para trasladarse a la ciudad de los antepasados; pero esta teoría, que no termino de entender bien, ya que el Emperador César Augusto dudo mucho que meditara sobre si en aquellas tierras el invierno era tan duro, no explicaría que hubiera nacido en otoño, sino simplemente que no fue en invierno.

        El problema para datar la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios es que a los cristianos este asunto no les interesó en un principio; hasta finales del siglo II, nos cuenta José Manuel Burgueño, no se dató el acontecimiento. En este sentido, nos dice el autor español que la primera vez que se propuso el 25 de diciembre como fecha del Nacimiento de Cristo fue entre los años 171 y 183, posiblemente de manos de Teófilo de Antioquía, aunque a propósito de comentar la fecha de la Pascua; por tanto, de forma indirecta. Por su parte, Benedicto XVI nos dice en la joyita La bendición de la Navidad (obra cuyos textos ya tienen unos años, eso sí), afirma que el primero en establecer el 25 de diciembre como día del Advenimiento de Jesús fue Hipólito de Roma, aproximadamente en el 204. Y ello no quiere decir que en esa época se celebrara ya la Navidad como fiesta litúrgica, sino que se hicieron aproximaciones, llamémoslas "intelectuales", al tema.  Posteriormente, serían los Papas Julio I (337-352) y Liberio (352-362) quienes datarían el Nacimiento de Cristo definitivamente el 25 de diciembre.

       ¿Pero por qué no les interesaba apenas a las primeras comunidades cristianas el día del Nacimiento del Redentor? La respuesta es bastante fácil: para los cristianos el acontecimiento que auténticamente cambió la Historia de la humanidad fue la Resurrección de Nuestro Señor, que constituía el culmen de la obra redentora de Dios: es decir, la celebración importante era la Pascua. Como indica Burgueño, hubo incluso un Papa, Fabián (cuyo pontificado se extendió del 236 a 250), que condenó investigar la fecha del Nacimiento, ya que Cristo no era un "faraón", aludiendo a este término muy intencionadamente, debido a que de ellos si se conocía su fecha de nacimiento). Como vemos, lo que auténticamente importaba era la Pasión, Muerte y Resurrección del Salvador.

       En relación a su celebración litúrgica, habría que retrotraerse al siglo IV: en el Cronógrafo Filocaliano, documento del 336, y que podemos decir que se trata de un auténtico calendario litúrgico, ya observamos datada la fiesta, y el mismo 25 de diciembre. El sermón de Navidad más antiguo conservado es el de Optato de Mileto, del 368; éste hombre era obispo en África. Pocos años después, San Gregorio Nacianzeno establece la fiesta en Constantinopla, y en el 386, San Juan Crisóstomo habla del 25 de diciembre como fecha concreta del Nacimiento de Dios; estos dos últimos Padres de la Iglesia fueron esenciales para fijar en ese día la fecha de la celebración de la Navidad.

      ¿Pero por qué el 25 de diciembre? Muchos autores, incluídos batantes historiadores, creen que el motivo fue sustituir las fiestas paganas celebradas con motivo del solsticio de invierno ( entre el 21 y el 22 de diciembre; hay que tener en cuenta un dato importante: existía la creencia de que muchos dioses nacían tres días después del solsticio -por ello lo del 25 en lugar del 22). Esto es cierto. Continuando con la exposición de J. M. Burgueño, diremos que es bien conocido que los romanos celebraban entorno a esos días varias fiestas a diversos dioses, entre ellas, las famosas Saturnalias, en las que se hacían regalos a los niños, no se guerreaba... También otras culturas celebraban sus ritos durante el solsticio de invierno; es el caso de los pueblos nórdicos. Además, hay que tener en cuenta que en el siglo III, se produjo un fenónemo dentro del Imperio Romano que puso en peligro al Cristianismo: el Mitraísmo, religión procedente de Persia, y que giraba en torno al dios Mitra, empezó a expandirse de forma espectacular, hasta el punto de que el Emperador Aureliano la declaró oficial en el año 274 d.C. Esta religión, que como decíamos, adoraba al dios Mitra, cuya fiesta tenía lugar el 25 de diciembre, asociándose con la del Sol Invicto (no olvidemos que con el solsticio de invierno las noches empiezan a menguar, y los días a crecer). Evidentemente, aquí tenemos un motivo por el que la Madre Iglesia colocó en el 25 de diciembre el Nacimiento del Hijo de Dios. Pero la elección de este día no se produjo tan al azar y de forma tan ventajista como suponen estos autores: era lógico que si los mismos evangelistas habían extendido el uso del término Luz del mundo para referirse a Cristo, los seguidores del Mesías vieran en el Nacimiento de Jesús el auténtico triunfo del Sol Invicto. En este sentido, por ejemplo, se expresó ya San Jerónimo: Hasta aquel día (25 de diciembre) crecen las tinieblas y desde aquel día disminuye el error y viene la verdad. Hoy nace nuestro sol de justicia.

        Por tanto, podemos decir que los enemigos de la Iglesia que creen hacernos mucho daño con sus "furibundos" ataques basados en la creencia de que somos una religión que basó su triunfo en la sustitución aprovechada de fiestas paganas por otras cristianas, para que los gentiles no notaran tanto la diferencia del cambio, se equivocan de cabo a rabo. Para empezar, porque lo de menos es que naciera o no el 25 de diciembre, ya que lo importante es el significado profundo de la fiesta, la celebración de que una Luz aparece entre las tinieblas del mundo; y en segundo lugar, porque lo que ellos ven como una estrategia inmoral, no es más que una inteligencia astuta completamente lícita, y el resultado de la semilla que guarda dentro de sí el mensaje cristiano: cualquier cultura y religión puede guardar elementos de verdad, y la Iglesia sabe valorarlos. Esto lo vemos claramente en el discurso de San Pablo en el Areópago de Atenas (Hch 17, 22-28):  la razón es capaz de buscar a tientas, aunque de forma imperfecta, a Dios. Por tanto, sepan nuestros detractores que van por mal camino.

        Pero he aquí un descubrimiento asombroso, del que nos da noticia Benedicto XVI en la obra anteriormente citada: el exegeta Bo Reicke, hace ya bastantes años, demostró que San Lucas establece una relación directa entre los relatos del nacimiento de San Juan Bautista y el del Nacimiento del Niño Dios, y que de ello se obtendría el importante dato de que el evangelista determinaba la venida al mundo de Cristo el 25 de diciembre. Esto cobra un sentido pleno si tenemos en cuenta que el 25 de dicimbre el pueblo judío celebraba (hoy día también) la fiesta de la Hanukkah o fiesta de las luces, en la cual se rememoraba la Purificación del Templo por parte de Judas Macabeo, que el 25 de diciembre del 165 a.C. eliminó del Templo la estatua de Zeus que se había hecho erigir el Rey sirio Antíoco (quien quiso recibir culto como Zeus), también un 25 del mismo mes. Por tanto, la venida del Mesías al mundo, sería la auténtica Purificación del Templo, del Templo de la creación, la venida de la Luz al mundo.. Ya en el 100 a.C., nos señala providencialmente Ratzinger (aún no era Papa cuando escribió estos textos que compones La bendición de la Navidad), el pueblo elegido esperaba la llegada del Redentor ese mismo día. Por tanto, podemos concluir que independientemente de que ése fuera el auténtico día en que nació nuestro Salvador, el establecimiento del 25 de diciembre como el día de la Navidad no fue nada arbitrario.

       ¡Bendito sea nuestro Redentor, verdadero Sol Invicto! Que Él ilumine con su Nacimiento nuestras vidas, y las llene del amor y la humildad que nos mostró y nos muestra día a día. ¡Feliz Navidad a todos!

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

Fuentes:

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI); La bendición de la Navidad. Meditaciones; Herder, Barcelona, 2007.

          

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23 diciembre 2011 5 23 /12 /diciembre /2011 22:39

        Vamos a proceder hoy a explicar el significado que puede tener para los cristianos el uso de la herradura como adorno navideño en nuestros hogares, bien sea colgando del árbol, o de la puerta de la casa. Como tantos otros símbolos de estas fechas, la herradura tiene un origen posiblemente pagano. El hierro siempre ha sido un metal muy bien visto, muy útil, y desde antiguo se le otorgaba muchos atributos sobrenaturales. Evidentemente, aunque las herraduras de hierro fueran consideradas como benéficas por lo dicho anteriormente, no es por esto que los cristianos usamos éste objeto como adorno en época de Navidad. Digamos que posiblemente se dio un proceso de "cristianización", como ocurrió con muchas otras costumbres paganas. En este sentido, la leyenda dice que San Dunstan, arzobispo de Canterbury durante el siglo X, había trabajado como herrero en el pasado. Una vez se le presentó el Demonio, y le pidió que le pusiera una herradura en uno de sus pies; el santo británico lo engañó, y después de responderle afirmativamente a su petición, asió con sus tenazas ardiendo la nariz de Satanás. Éste, desesperado por el dolor, pidió por favor que lo soltara, a lo que accedió San Dunstan, pero sólo bajo la condición de que no entrara nunca en los hogares que tuvieran una herradura; el Diablo aseguró que así haría, y desde entonces tuvo que abandonar la idea de "atacar" las casas que contaran con una herradura.

         Como podemos observar, podemos sacar mucho jugo de estas antiquísimas tradiciones católicas, incluso a la hora de educar a nuestros hijos en la fe. El problema que yo veo en todas estas antiguas costumbres paganas que fueron luego cristianizadas por la Iglesia, es que hoy día nadie entiende el significado de estos símbolos, y cuando son usados, se les suele atribuir otro tipo de interpretación, o se ignora directamente, y se ve como un simple adorno gracioso. Por eso, mi humilde consejo sería que está muy bien usar todo este tipo de objetos cargados de símbología cristiana, pero siempre que seamos conscientes de porqué lo empleamos, enseñemos el significado que posee dentro de nuestra fe a los que lo desconocen, empezando por nuestros pequeños, y sólos si lo hacemos acompañar de un Belén, ya sea grande o chico, ya que éste porta un mensaje tan explícito, que resulta perfecto para testimoniar nuestra fe católica, para educar a los más pequeños de la casa,  y expresar nuestra alegría por el Nacimiento del Hijo de Dios.

         ¡Que la inminente venida de Nuestro Señor nos llene de alegría y esperanza hermanos! Tan sólo Él puede dar sentido a nuestra existencia. ¡¡Feliz Navidad a todos!!

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books, (sin lugar de edición), 2008.

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17 diciembre 2011 6 17 /12 /diciembre /2011 13:23

          No hay Belén o simple Nacimiento en el que falten los entrañables buey y mula junto al pesebre. Pero los Evangelios no dicen nada de que en el establo hubieran un buey y una mula. ¿De dónde viene entonces la tradición de representarlos junto a la Sagrada Familia en el Nacimiento?

           Siguiendo a Benedicto XVI, debemos indicar que para entender este punto hay que retrotraerse a la época de los Padres de la Iglesia, y a la interpretación que hicieron de un famoso pasaje del Libro de Isaías (1, 3):

 

           Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo; Israel no conoce, mi pueblo no entiende.

 

            Con la profundidad teológica que caracterizó a los Padres, éstos interpretaron el pasaje como una alusión al nuevo pueblo de Dios, formado ya por judíos, ya por gentiles, que ante Dios, como acertadamente nos indica Benedicto XVI, son seres insignicantes, carentes de razón al lado de la Razón Eterna y Creadora, el Logos. Pero Dios, haciéndose hombre, cambió nuestra debilidad, y nos abrió los ojos, pudiendo reconocer que la salvación había llegado a nuestras vidas. Mientras, parte del primitivo pueblo elegido, Israel, no supo o no quiso reconocer en el pequeño Niño Jesús al Redentor de la humanidad.

            Evidentemente, los primeros, los que aún siendo insignificantes al lado de Dios, supieron reconocer en Cristo al Mesías -es decir, el buey y la mula-, fueron los pastores, la Virgen María y San José, la prima de María Santa Isabel, y todo hombre de buena voluntad que acogió en su corazón la Buena Nueva. Tal vez muchos no sepamos de Teología, ni tengamos grandes palabras en nuestro vocabulario para expresar las maravillas de Dios -que también los hay-, pero nuestros ojos fueron y son abiertos por aquél humilde Niño en el Pesebre, todo un Dios hecho hombre. Siguiendo con la explicación que nos aporta el Santo Padre Benedicto XVI (eso sí, anteriormente a ser elegido para ocupar la sede de Pedro), resulata muy llamativo que en las representaciones medievales que se hacían de la Natividad, el buey y la mula se pintaban con rostros prácticamente humanos: lógico, ¡si somos nostros! En cambio, Herodes, los grandes sabios judíos de aquél tiempo, y otros personajes soberbios, tanto de antaño como en todos los momentos de la Historia, no supieron ver en Jesucristo al Salvador de sus vidas.

            Ya en el Protoevangelio de Santiago (mitad del siglo II) y en el Evangelio del Pseudo Mateo (a comienzos del siglo VII) se habla del buey y el asno. El mismo Orígenes, en el siglo III, defendía que estos animales se encontraban auténticamente en el Nacimiento de Cristo; y en el siglo IV, la iconogafía cristiana representaba a ambos animales junto al pesebre.

            Además, hay que recordar que en el origen del Belén -entendido éste como representación viviente o mediante imágenes de madera, piedra, barro, cristal..., y no como pintura, ya que de éstas últimas hay muchas que representaban en Nacimiento bastante antes-, situado a principios del siglo XIII en Greccio, Italia, ya contaba con el buey y la mula: bien conocida es la historia de cómo San Francisco montó en aquél pueblo humilde el primer Belén de todos los tiempos -viviente en aquél caso-. Desde entonces, el buey y la mula no faltaron en ningún Nacimiento.

           ¿Somos conscientes nosotros de la grandeza de la fiesta que vamos a celebrar en unos días?; ¿nos damos cuenta de que siendo tan pequeños al lado de Dios, siendo bueyes y mulas, la distancia que existía entre Él y sus criaturas fue salvada gracias a la Encarnación?; ¿puede haber alguna muestra de Amor y de humildad más grande que ésta? ¿Respondemos nosotros a ése Amor con una actitud humilde hacia nuestros hermanos? Si Dios siendo Rey de Reyes, se rebajó a hacerse hombre por puro Amor, no nos cabe otra actitud hacia el prójimo que la de mostrarnos tan humildes -al menos un poquito, jaja- como el mismísimo Hijo de Dios.

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI); La bendición de la Navidad. Meditaciones; Herder, Barcelona, 2007.

 

          

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15 diciembre 2011 4 15 /12 /diciembre /2011 23:19

         En estas fechas tan cercanas a la Navidad, en pleno Adviento, creo que sería muy provechoso ver el significado de algunos símbolos navideños, que año tras año usamos para adornar nuestras católicas ciudades, sin saber siquiera el porqué de su utilización, desconociendo por tanto su relación simbólica con la celebración del Nacimiento del Hijo de Dios.

         En este post vamos a hablar de la Flor de Pascua o Pascuero. ¿Quién no conoce el uso de esta bella planta durante la Navidad? En Málaga, por ejemplo, la encuentras en plazas, puentes... ¿Pero por qué se usa la Flor de Pascua en estas fechas? Muchos nos sabrán que el origen de esta planta se encuentra en México. Explica José Manuel Burgueño en su entrañable obra El libro de la Navidad, que cuando llegaron los españoles, se quedaron maravillados con dicha especie, sobre todo al percatarse que al contrario de las demás plantas, el Pascuero no florecía en primavera, sino en invierno, con la Navidad; si a esto le sumamos que los colores que presenta, el rojo y el verde, son tan típicos en estas fiestas, comprenderemos por qué se relaciona la Flor de Pascua con la Navidad.

         Y es que si usamos los símbolos navideños -siempre que sean de origen cristiano o cristianizados- con propiedad, sabiendo lo que hacemos, éstos nos ayudarán sin duda a vivir el misterio del Dios que se hace hombre para redimirnos de una forma más profunda. El problema radica cuando utilizamos muchos de estos símbolos por pura superstición o como meros adornos, especialmente los de origen pagano, sin conocer el significado que la tradición cristiana le ha ido dando con el paso del tiempo.

         ¡Conozcamos las maravillas de nuestras costumbres cristianas!

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books, (sin lugar de edición), 2008.

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11 diciembre 2011 7 11 /12 /diciembre /2011 20:28

    El 13 de diciembre celebramos la fiesta de Santa Lucía. Aunque es un día importante en todo el mundo católico, ya que la devoción a Santa Lucía está extendida por muchísimos lugares, el país en el que tal vez sea más fuerte el culto a esta virgen y mártir del siglo IV es posiblemente Suecia, donde es un día arraigado incluso dentro de las costumbres "prenavideñas".

    Nos relata la investigadora Irene González Hernando que la historia recogida por Santiago de la Vorágine en la Leyenda Dorada (s. XIII) cuenta que Lucía, nacida en Siracusa, pidió a su madre, la cual la había entregado en matrimonio, que echara marcha atrás, y repartiera la dote entre los más necesitados. Así hizo la madre, pero su prometido, al entrarse, denunció a Lucía ante el cónsul Pascasio de ser cristiana. La joven "siciliana" se discutió arduamente con el cónsul romano, y se mostró orgullosísima de permanecer virgen hasta entonces. Pascasio no se conformó con burlarse de ella, sino que la cedió al pueblo para que la llevaran a un prostíbulo con la intención de que fuera violada. Pero cuál no sería la sorpresa del pueblo cuando al intentar arrastrarla hacia el lupanar, les fue imposible, ya que la muchacha parecía pegada al suelo literalmente; volvieron a intentarlo con la fuerza de muchos hombres, bueyes, orinándose sobre ella, y quemándola, pero ninguna de estar artimañas surtió efecto. Viendo que no conseguian su objetivo, procedieron a clavarle una lanza en la garganta, lo cual tampoco acabó con su vida antes de que ella misma se declarara patrona de Siracusa.

     Señala inteligentemente Irene González que en este relato no se cuenta nada acerca del episodio de sus ojos, los cuales dice la tradición que fueron arrancados por ella misma para enviárselos a su prometido, que tantas veces había expresado lo bello que le parecían sus ojos, para que luego la Virgen María le diera otros nuevos todavía más bellos (de ahí que se la patrona de los ciegos). Según Louis Réau, este capítulo de su biografía surgió posiblemente a partir del significado de su nombre, Lucía, que hace referencia a la luz; de ahí se conformaría la tradición de representarla con los ojos en una bandeja o copa, la cual no debió ser anterior al siglo XIV (aunque es cierto que ya a fines del siglo IV o a comienzos del V el culto a Santa Lucía como protectora de la vista estaba presente, por un epígrafe encontrado en la catacumba de Siracusa, tal y como indica Irene González).

     El culto a Santa Lucía se extendió primero por Italia, y luego por toda Europa Occidental, para pasar posteriormente (según las tesis de Leonardi) a Europa Oriental. No hay más que leer la Divina Comedia de Dante Alighieri para percibir la intensa devoción que existía ya en el siglo XIV a la santa italiana: el poeta la coloca en un lugar eminente dentro del Paraíso.

     Pero como decíamos, su culto es, quitando Italia, cuna de la virgen y mártir Lucía, especialmente fuerte en Suecia. Hay que tener en cuenta un dato importante; a partir del significado de su nombre, la santa fue asociada con el triunfo de la Luz, y por tanto se le relacionó con el solsticio de invierno, a partir del cual los días empezaban a hacerse más largos. Lo que ocurrió fue que tras la implantación del Calendario Gregoriano, con la consiguiente rectificación de días, necesaria por el desfase surgido por la inexactitud del Calendario Juliano, la fiesta pasó a celebrarse el día 13 de diciembre. Por tanto, no erramos si dicemos que hoy día podemos darle un profundo significado dentro del Adviento a este día de Santa Lucía: nos anuncia la llegada del verdadero Sol Invicto, de la auténtica victoria de la Luz divina sobre las sombras de la noche.

     Y para terminar este artículo, recordar que Santa Lucía es la encargada, en algunas zonas de Europa, de realizar los regalos navideños.

     ¡Que Santa Lucía interceda por nosotros para que vivamos el Adviento de una forma mucho más intensa y llena de esperanza!

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6 diciembre 2011 2 06 /12 /diciembre /2011 21:35

        Como todos sabemos, el Adviento, las cuatro semanas anteriores a Navidad, es un tiempo de espera, de esperanza, ante la inminente venido del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo, ya que el nacimiento de Cristo no es algo que simplemente ocurrió una vez en la Historia (que también), y se acabó. El Hijo de Dios sigue viniendo al mundo en cada conversión que tiene lugar, y siempre que el Reino de Dios se implanta en el corazón de algún hombre. Además, como ya señalamos en un post del año pasado, en el Adviento la Iglesia mantiene una actitud de espera ante la segunda venida del Mesías.

        ¿Pero cómo podríamos vivir más a fondo el Adviento? Un aspecto que se repite en muchos lugares del mundo es el carácter mariano de este período litúrgico. No obstante, nuestro espíritu de espera debe ser semejante al que María tuvo aquellos nueve meses en que portó a Jesucristo en su seno; María es la mujer de la esperanza, imagen de la Iglesia, que espera la llegada Reino de Dios. Pasemos a ver cómo se concreta este carácter mariano del Adviento en diversos países.

         Por ejemplo, el primer santo de Guatemala, el canario San Pedro de San José (siglo XVII), iba todos los años, por el día de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre (¡pasado mañana la celebramos!), a felicitar a la Virgen María por el pronto nacimiento de Nuestro Señor. No en vano, es con esta fiesta cuando empiezan las fiestas "prenavideñas" en muchos países, tal y como señala el periodista y divulgador José Javier Esparza.

        También nos recuerda el mismo autor, que en Paraguay, las peregrinaciones al santuario de la Virgen de Caaucupé, marca el comienzo de los preparativos de cara a la Navidad.

        Por su parte, en Guatemala, las fiestas navideñas podríamos decir que comienzan el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América.

        ¡Que María, Madre de Dios y de los hombres, nos acompañe en nuestra espera gozosa ante la venida del Salvador del Mundo!

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5 diciembre 2011 1 05 /12 /diciembre /2011 19:58

Echémosle ahora un vistazo a esta tremenda anécdota que se dio a conocer en un programa de televisión estadounidense, en la cadena EWTN. El texto que la narra lo he obtenido de la fantástica página www.corazones.org, que seguro que muchos de ustedes conocéis. Leedla atentamente, porque no tiene desperdicio.

 


Un sacerdote norteamericano de la diócesis de Nueva York se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que conocía a aquel hombre. ¡Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él¡. Ahora mendigaba por las calles.

El sacerdote, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido.

Al día siguiente el sacerdote llegado de Nueva York tenía la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa al que podría saludar al final de la celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso de arrodillarse ante el santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario, y describió brevemente la situación al Papa.

Un día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de asearse.

El Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote de Nueva York que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: "una vez sacerdote, sacerdote siempre". "Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero", insistió el mendigo. "Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso", dijo el Papa.

El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y le pidió a su vez que escuchara su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos.

 

http://www.corazones.org/articulos/anecdotas/papa_mendigo.htm

 

¡Qué hombre tan extraordinario! Verdaderamente el Espíritu Santo actuaba a través suya...

 

 

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28 noviembre 2011 1 28 /11 /noviembre /2011 20:35

        Veamos otra gráfica anécdota acerda del Beato Juan Pablo II, narrada esta vez también por Miguel Álvarez Morales en su entretenidísima obra El joven que llegó a Papa.

 

        En el Parque de los Príncipes de París, en su primer viaje francés, se concentraron miles de jóvenes. A la salida del estadio, un muchacho de unos veinte años logró acercarse a él y le gritó:

        -Soy ateo, ¡ayúdeme!

        El Papa se acercó al chico y, tomándolo aparte, le dirigió unas palabras. El caso es que un tiempo después, ya en Roma, Juan Pablo II manifestó a su secretario que sentía cierta preocupación:

        -No sé si he sabido darle la respuesta adecuada a aquel joven de París. Escriba al cardenal a ver si es posible localizarlo.

        Aunque parecía imposible dar con él, a través de algunas organizaciones que colaboraron en aquella magna concentración, y de algunas personas que fueron fotografiadas a la salida del acto, pudieron encontrar al joven ateo.

        -El Papa -le dijeron- ha pedido que te buscáramos. Quiere que sepas que reza por ti y que está preocupado porque le parece que no supo darte la respuesta adecuada a lo que le preguntaste.

        -La verdad es que al salir del acto fui a una librería y compré el Nuevo Testamento. Al abrilo y leer, encontré la respuesta a lo que buscaba. Ahora estoy recibiendo intrucción en la fe católica. Díganle al Papa que pronto recibiré el bautismo.

 

          Pastor de almas...

 

Fuentes:

Álvarez, Miguel; El joven que llegó a Papa; Casals, Barcelona, 2004.

 

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