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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 20:05

        A petición de nuestro gran amigo Emilio, que tanto está participando en el blog, voy a incidir en el famoso principio de la "Sola Scriptura", tan defendido por los reformadores protestantes. Como ya vimos en otros posts anteriores, los padres de la Reforma protestante pensaban que el seguimiento de las Sagradas Escrituras debía hacerse sin mediación de la jerarquía eclesiástica, de forma personal, y olvidando a su vez la tradición de los Padres y el Magisterio de la Iglesia Católica. Aquellos hombres que rompieron con la Santa Madre Iglesia creían que había que eliminar de la interpretación bíbilica todo rastro filosófico, tal y como explicó brillantemente Benedicto XVI en su famosa y ¡polemíca! conferencia de la Universidad Ratisbona. Como bien sabemos, ya desde los tiempos helenísticos de la Biblia de los 70, y en los últimos siglos de la Antigüedad, con la prolongación que al respecto constituyó la Edad Medía, se produjo una fuerte colaboración entre fe y cultura (éste es uno de los auténticos logros del Cristianismo), más concretamente entre fe cristiana -con antecedentes claros en el Judaísmo- y filosofía clásica, griega y romana. ¡Qué decir de figuras como San Pablo, San Justino, San Basilio, San Agustín, San Anselmo de Canterbury, San Buenaventura, o el gran Santo Tomá de Aquino! Estos autores, aún teniendo presente siempre la primacía de la fe, reconocían la importancia de la razón en el camino que lleva hacia Dios mismo, y para explicar toda esta unión, se sirvieron de los postulados filosóficos de los autores griegos y romanos, sobre todo Platón y Aristóteles.

        Pero Lutero era de la opinión de que esta unión había sido de todo menos favorable. Había que "liberar" a la Palabra de Dios de toda influencia ejercida por el pensamiento filosófico; había que escucharla sin una participación activa de la razón. Más aún, Lutero tenía un concepto muy negativo acerca de la razón humana; creía que al igual que el resto del hombre, aquélla estaba también corrompida, por lo que la unión entre fe y razón era completamente desaconsejable. Esta visión tan pesimista del hombre y de su razón que defendieron los reformadores protestantes fue una de las causas que abrieron un tajo amplísimo entre fe y razón, división que ya había comenzado aproximadamente en el siglo XIV, con la escuela filosófica del Nominalismo (Guillermo Ockham fue su principal exponente) o con autores tales como el beato Duns Escoto.

       Mientras, los católicos seguimos creyendo en aquel entonces, y también hoy día, que la razón es obra creada por Dios, y que su participación y colaboración con la fe es esencial para alcanzar la Verdad auténtica, la Verdad con mayúscula, Dios. Y seguimos creyendo, como bien demuestran los Evangelios, que Cristo dio a la Iglesia por Él fundada la potestad de interpretar la acción reveladora de Dios, que por otra parte no acababa con las Sagradas Escrituras, sino que sería afianzada por el Espíritu Santo.

      ¡Espero haberme explicado, dentro de mi torpeza, de forma relativamente clara!

      ¡Muchas gracias de nuevo por tu colaboración, Emilio; que Dios te bendiga!

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14 noviembre 2011 1 14 /11 /noviembre /2011 20:42

        Recordemos algunas anécdotas acerca del beato Juan Pablo II. Algunas veces, estas pequeñas  historias, aparentemente sin importancia ninguna, dicen mucho más de las personas de lo que en un primer momento podríamos pensar.

         Copio la siguiente literalmente del libro de Miguel Álvarez, El joven que llegó a Papa. Juan Pablo II:

         Asistía el cardenal Wojtila a uno de los sínodos de obispos que se celebran en Roma y, al llegar el fin de semana, propuso a otros padres sinodales salir a esquiar.

         - ¿A esquiar dice usted, eminencia? -pregunta uno de ellos.

         - Sí, claro, a esquiar. ¿Es que aquí en Italia los cardenales no esquían? Pues en Polonia el cuarenta por ciento de los cardenales suele hacerlo.

         - ¿Por qué dice usted el cuarenta por ciento? Que sepamos, en Polonia hay tan sólo dos cardenales, Wyszynski y usted.

         - Sí, pero no me negarán que el cardenal Wyszynski vale, por lo menos, un sesenta por ciento.

        

        Hombre de santa humildad y gran sentido del humor... ¡Bendito sea Dios por el regalo que nos hizo con su pontificado, y con su reciente beatificación!

 

Fuentes:

Álvarez, Miguel; El joven que llegó a Papa; Casals, Barcelona, 2004.

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7 noviembre 2011 1 07 /11 /noviembre /2011 23:00

     ¿No os habéis preguntado nunca porque el trébol de tres hojas es el símbolo nacional de Irlanda? Pues la respuesta parece estar en el patrón y evangelizador de aquella bendita tierra. Según cuentan, cuando llegó a Irlanda, e intentó explicar a los nativos el misterio de la Santísima Trinidad, pensó cómo podría hacerles comprender tan compleja cuestión; y al parecer, se valió del trébol de tres hojas, que surgían de un mismo tallo.

     ¡Qué sabiduría nos da Dios, si somos humildes! ¡Para mayor gloria suya y el bien de nuestros hermanos!

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31 octubre 2011 1 31 /10 /octubre /2011 13:03

        Cuenta José Antonio Sayés que el concepto más bonito de todo el Antiguo Testamento es el de Anawin, que podríamos traducir como los Pobres de Yahveh (relacionándose también con el Resto de Israel). Este término aparece en muchos de los libros veterotestamentarios. Hace referencia a los humildes, a los que incluso en medio de la tribulación (en un sentido amplio) y las dificultades saben dejar sus preocupaciones en manos de Dios, confiados en que Él los sacará adelante. Por ejemplo, lo encontramos en el destierro de Babilonia (siglo VI a.C.), cuando un Resto del Israel deportado, frente a la tentación de poder llevar una vida opulenta dedicados a los negocios si se dejaban inculturar por las costumbres paganas babilonias, decidieron permanecer fieles al Señor, con la esperanza segura en que Él los sacaría adelante. Ciertamente, así fue, y de esos Pobres de Yahveh, de ese Resto de Israel, de los humildes que supieron dejar sus preocupaciones en manos de Dios, surgió la salvación del pueblo elegido; por su fidelidad Dios continuó la historia de la salvación, y de su más sublime representante, una joven virgen de Nazaret, María, nacería el Mesías prometido, el Hijo de Dios, el cual viviría auténticamente como un Pobre de Yahveh.

         ¿Somos los cristianos conscientes hoy día de la deriva a la que nos lleva la corriente de este mundo? ¿Permanecemos fieles a Dios, seguros de que nos protegerá en todo momento, a pesar del chantaje que nos hace el mundo? Porque constantemente nos está diciendo esta sociedad (manejada por el Demonio): ¡Oh, si quisieras, qué éxito tendrías, qué bien visto por el mundo serías; tan sólo póstrate ante mí, y lo tendrás todo! ¿Os suena? La historia se sigue repitiendo una y otra vez... pero nosotros, miembros de la Iglesia Católica, el auténtico Resto, debemos ser conscientes de que la salvación del mundo traída por Cristo pasa por nuestras manos, y que nos corresponde mantenernos fieles a Dios, con la esperanza puesta en Él ante toda adversidad. ¡Así sea!

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25 octubre 2011 2 25 /10 /octubre /2011 21:02

        De verdadero nombre Giovanni Bernadone, San Franciso de Asís (Asís, 1181- 1226) está considerado, y con razón, uno de los más grandes santos que ha dado la Iglesia Católica. Llamado Il Francesco -El Francesito- por su trato con el lenguaje de los trovadores (que recordemos, provenían principalmente de la Provenza, en el Sur-Este de Francia), abandonó su licenciosa vida de lujos (era hijo de un rico mercader), y lo dejó todo para dedicarse a los más pobres, y más aún, para renovar a la Iglesia, que en aquellos tiempos había perdido el impulso misionero de antaño, quedándose en cierto sentido anclada en la comodidad que había adquirido en Europa occidental. Fundador de la orden franciscana -los Frailes Menores-, cuya regla fue aprobada verbalmente por Inocencio III (aunque no formalmente hasta el pontificado siguiente de Honorio III, concretamente en el año 1223) sus miembros permanecieron fieles a los tres clásicos votos de pobreza, obediencia y castidad, pero dándole un mayor énfasis si cabe al primero de ellos.

         Siempre en el seno de la Iglesia, su labor (junto a la de los dominicos fundados por Santo Domingo -ambas comunidades eran parte de las llamadas órdenes mendicantes) supuso una auténtica revolución en el mundo cristiano; pero eso sí, ojo, siempre dentro de la comunión católica, sin la cual es imposible de comprender el mensaje del santo de Asís. Tenemos varios testimonios que muestran claramente cómo la figura de San Francisco fue considerada un auténtico renacer de la vitalidad espiritual de la Iglesia Católica, que como ya hemos dicho, no andaba por su mejor momento a principios del siglo XIII.

         En primer lugar, veamos el famoso sueño de Inocencio III, que antes de aprobar verbalmente la regla franciscana vio como se derrumbaba la Basílica de San Juan de Letrán (sede del papado en la Edad Media), y un hombre, que luego identificaría como Francisco de Asís, la sostenía para que no cayera. La simbología está más que clara: el Santo de Asís conseguiría mentener en pie el edificio de la Iglesia Católica.

        Por otra parte, tenemos el caso de la Divinia Comedia, en el que el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321) pone en boca de Santo Tomás de Aquino los siguientes versos acerca del fraile de Asís (Paraíso, XI, vv. 49-51).:

 

Por donde esta ladera disminuye

su pendiente, nacióle un sol al mundo,

como hace a veces este sobre el Ganges.

 

        Este sol que le nace al mundo no es ni más ni menos que San Francisco. Dante hará también una defensa de la figura de Santo Domingo, el otro pilar fundamental de la reforma de las órdenes mendicantes; pero creo que estas palabras del poeta italiano comparándolo con el sol, teniendo en cuenta lo que el sol simbolizaba normalmente en la iconografía cristiana -el mismo Cristo-, son más que significativas. Y es que como Benedicto XVI nos recordó en una de sus audiencias, el santo de Asís era considerado una especia de alter Christus, ya que vivió en sus propias carnes incluso los estigmas de las heridas de Cristo.

         ¿Pero por qué este impacto de la figura de San Francisco?

          Desde el año 1000 aproximadamente, tras la disminución de las incursiones vikingas, y con un aumento general de las temperaturas, muchas tierras antes nada aprovechadas, pasan ahora a cultivarse exitosamente; se empizan a utilizar nuevas técnicas agricultoras... Se producirá un aumento fuerte de la población, y el mundo rural cederá importancia (aunque no tanto como se creía) ante el mundo urbano. En resumen, habrá un auge económico general. Pero poco a poco, va naciendo en buena parte del pueblo la sensación de que la Iglesia necesita vivir más profundamente el precepto de pobreza evangélica, y dejar atrás corrupciones como las de la simonía. Así, surgen muchos movimientos que apostaban por una espiritualidad más fuerte en el seno de la Iglesia, como es el caso de los Valdenses, cuyos orígenes se encontraban en Pedro Valdo, comerciante lyonés que predicó el valor de la pobreza de forma incansable. O el caso de la Pataria, en Milán, en pleno siglo XI: en este caso se trataba de un movimiento popular que abogaba por el abandono de la corrupción entre los eclesiásticos. Tal y como explica el historiador Emilio Mitre, estos movimientos no eran mal vistos en un principio por la Santa Sede; pero ya fuera por la introducción de elementos heréticos, o por conflictos con la jerarquía, terminaron siendo condenados. Es aquí donde entran las órdenes mendicantes: defensoras a ultranza de la pobreza evangélica, comprendieron que su labor tenía que realzarse en plena comunión con Roma, con la Iglesia Católica. Consistía en reconducirla, no en romper con ella. He ahí la importancia de San Francisco de Asís; vivió al extremo los profundos anhelos de la humanidad, y siempre dentro de la Iglesia. Si a esto le sumamos que el monaquismo tal y como se conocía hasta entonces (el monacato benedictino, que había conseguido construir Europa, y mantener su cultura) había cumplido ya su misión en un mundo eminentemente rural, y que el nuevo mundo urbano que iba abriéndose paso necesitaba unas comunidades mucho más dinámicas, no "atadas" a un edificio religioso, sino dispuestas a estar aquí o allá, predicando en las ciudades, comprenderemos el por qué del éxito de las órdenes mendicantes (dominicos y franciscanos especialmente, aunque también carmelitas, agustinos...). No olvidemos por ejemplo la gran labor que realizó la orden del Cister (con San Bernardo), partidaria clara del voto de pobreza -al contrario de la deriva hacia la que Cluny se había dirigido-, pero que ejercían su tarea en centros apartados de la vida urbana.

          Pero fue tan fuerte la sensación que causó San Francisco entre sus aquellos hombres, que incluso surgió un movimiento erróneo en el seno de la orden, el de los franciscanos espirituales. Éstos, basándose en el pensamiento de Joaquín de Fiore, milenarista cisterciense de fines del XII, se decantaron por una espiritualidad que no era practicable en este mundo, y que rompía con la jerarquía eclesiástica, legitimamente heredera de Pedro y los Apóstoles. No olvidemos que Joaquín de Fiore creía que tras la Edad del Padre (Antiguo Testamento), había llegado la Edad del Hijo (Nuevo Testamento), pero que ésta también debía ser superada por la Edad del Espíritu, que él pensaba llegaría de manos de un nuevo monaquismo. Todas estas teorías hicieron pensar a muchos que con San Francisco comenzaba una nueva etapa. Gracias a Dios, San Buenaventura, el gran teólogo escolástico, y poco después de la muerte de San Francisco "gobernador" de la orden (1257-1274), comprendió que la misma no podría sobrevivir de aquella manera, y que el mismo Francisco había deseado siempre permanecer en plena comunión con la Iglesia real, la establecida, la jerárquica. Así, aún reconociendo que el Espíritu seguía soplando en su Iglesia, y renovándola, con figuras como la del fundador de Asís, que ciertamente había constituido un jalón importante en la historia del Cristianismo, dejó claro que era siempre el mismo Dios, el Dios encarnado, Cristo,  el que actuaba en el devenir humano, ya fuera con los padres de la Iglesia, ya fuera con los grandes personajes donados por el Espíritu en los tiempos que a él le tocó vivir. En definitivacon Cristo llegó la redención de una vez por todas, aunque Él siguiera actuando en el presente de su Iglesia, con figuras tales como la del Poverello.

 

Fuentes:

Claramunt, Salvador, Portela, Ermelindo, González, Manuel y Mitre, Emilio; Historia de la Edad Media; Ariel, Barcelona, 1999.

Esparza, José Javier y Esolen, Anthony; Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental; Ciudadela, Madrid, 2009. 

Benedicto XVI; Audiencia General, Miércoles, 10 de marzo de 2010; www.vatican.va.

Alighieri, Dante; Divina Comedia; Cátedra, Madrid, 2007.

 

        

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18 octubre 2011 2 18 /10 /octubre /2011 19:48

Creen los apologistas de la Teoría de la Evolución que con ella todo el "tinglado" de la religión (especialmente de la católica, claro está; siempre da más morbo si la que sale perjudicada es la Santa Madre Iglesia) queda demontado. Un relato como el del Génesis, en el que la creación del mundo y del hombre se cuenta como se cuenta, desacreditaría totalmente la fe en un Dios Todopoderoso que creó a los seres vivos, especialmente al hombre, de forma inmediata. Pero todos estos críticos no caen en la cuenta que la verdad que narra el Génesis en sus dos relatos acerca de la creación del hombre no es histórica, sino teológica. Ya autores tan antiguos como San Agustín reconocían que no había que tomarse al pie de la letra el relato de la creación en seis días (Gn 1, 2, 1-4). Y sin ir más lejos, recordemos lo que decía el Santo Padre Pío XII en su Encíclica Humani Generis (1950):

Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios— (Humani Generis, 29).

Como vemos, el Magisterio de la Iglesia Católica acepta completamente la Teoría de la Evolución, en lo concerniente al cuerpo humano, y a todo el mundo material; eso sí, no podrá dar nunca su asentimiento -no podría ser de otra manera- a que la dimensión trascendente del ser humano, es decir, la aparición del alma humana, es resultado de dicha evolución, ya que ésta procede directamente de Dios, como ya dijo Santo Tomás de Aquino.

A su vez, Pío XII deja claro que la doctrina del Pecado Original no permite dudar de la creencia en una primera pareja de hombres -Adán y Eva-, de cuya unión surgieron generación tras generación, toda la humanidad:

Mas, cuando ya se trata de la otra hipótesis, es a saber, la del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un solo Adán individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generación, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio (Humani Generis, 30).

 

¿Pero cuál era la verdad teológica que el autor sagrado recibió por inspiración del Espíritu Santo y que dejó escrita en el Génesis? Lo primero que hay que recalcar es que el  Génesis contiene dos relatos acerca de la creación del hombre. Veamos cada uno de ellos:

El primero es el de Gn 1, 1-31.

Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas.

Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió.

Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas;

y llamó Día a la luz y Noche a las tinieblas. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el primer día.

Dios dijo: «Que haya un firmamento en medio de las aguas, para que establezca una separación entre ellas». Y así sucedió.

Dios hizo el firmamento, y este separó las aguas que están debajo de él, de las que están encima de él;

y Dios llamó Cielo al firmamento. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el segundo día.

Dios dijo: «Que se reúnan en un solo lugar las aguas que están bajo el cielo, y que aparezca el suelo firme». Y así sucedió.

Dios llamó Tierra al suelo firme y Mar al conjunto de las aguas. Y Dios vio que esto era bueno.

Entonces dijo: «Que la tierra produzca vegetales, hierbas que den semilla y árboles frutales, que den sobre la tierra frutos de su misma especie con su semilla adentro». Y así sucedió.

La tierra hizo brotar vegetales, hierba que da semilla según su especie y árboles que dan fruto de su misma especie con su semilla adentro. Y Dios vio que esto era bueno.

Así hubo una tarde y una mañana: este fue el tercer día.

Dios dijo: «Que haya astros en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche; que ellos señalen las fiestas, los días y los años,

y que estén como lámparas en el firmamento del cielo para iluminar la tierra». Y así sucedió.

Dios hizo que dos grandes astros –el astro mayor para presidir el día y el menor para presidir la noche– y también hizo las estrellas.

Y los puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra,

para presidir el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios vio que esto era bueno.

Así hubo una tarde y una mañana: este fue el cuarto día.

Dios dijo: «Que las aguas se llenen de una multitud de seres vivientes y que vuelen pájaros sobre la tierra, por el firmamento del cielo».

Dios creó los grandes monstruos marinos, las diversas clases de seres vivientes que llenan las aguas deslizándose en ellas y todas las especies de animales con alas. Y Dios vio que esto era bueno.

Entonces los bendijo, diciendo: «Sean fecundos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares y que las aves se multipliquen sobre la tierra».

Así hubo una tarde y una mañana: este fue el quinto día.

Dios dijo: «Que la tierra produzca toda clase de seres vivientes: ganado, reptiles y animales salvajes de toda especie». Y así sucedió.

Dios hizo las diversas clases de animales del campo, las diversas clases de ganado y todos los reptiles de la tierra, cualquiera sea su especie. Y Dios vio que esto era bueno.

Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo».

Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.

Y los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra».

Y continuó diciendo: «Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento.

Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde». Y así sucedió.

Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el sexto día.

 

El segundo, a continuación del otro, lo encontramos en Gn 2, 4-23.

Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo,

aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra ni había brotado ninguna hierba, porque el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra. Tampoco había ningún hombre para cultivar el suelo,

pero un manantial surgía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.

Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado.

Y el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, que eran atrayentes para la vista y apetitosos para comer; hizo brotar el árbol del conocimiento del bien y del mal.

De Edén nace un río que riega el jardín, y desde allí se divide en cuatro brazos.

El primero se llama Pisón: es el que recorre toda la región de Javilá, donde hay oro.

El oro de esa región es excelente, y en ella hay también bedelio y lapislázuli.

El segundo río se llama Guijón: es el que recorre toda la tierra de Cus.

El tercero se llama Tigris: es el que pasa al este de Asur. El cuarto es el Eufrates.

El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara.

Y le dio esta orden: «Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín,

exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte».

Después dijo el Señor Dios: «No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada».

Entonces el Señor Dios modeló con arcilla del suelo a todos los animales de campo y a todos los pájaros del cielo, y los presentó al hombre para ver qué nombre les pondría. Porque cada ser viviente debía tener el nombre que le pusiera el hombre.

El hombre puso un nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo; pero entre ellos no encontró la ayuda adecuada.

Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío.

Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre.

El hombre exclamó: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre».

 

Curiosamente, el segundo relato, es mucho más antiguo que el primero. Áquel, el segundo, el más antiguo, corresponde a la llamada fuente yahvista, y se centra en la creación del hombre. Pero el primero, el más moderno, data aproximadamente del siglo VI, cuando el pueblo elegido estaba cautivo en Babilonia: es la denominada fuente sacerdotal o elohista; en este primer relato, el autor sagrado quiso desmarcar la fe de Israel completamente de las tradiciones religiosas de los pueblos circundantes, ya fuera la egipcia, la babilonia, etc.. -pensemos en lo duro que fue para Isarel vivir en el mundo pagano de los babilonios-. Así, mostrando una cosmogonía, lo primero que hace es explicar que Dios existía antes que nada: no surgió a partir de un caos previo, como ocurría en algunas de esas religiones paganas, sino que Él era anterior a ese mismo caos  (Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas.

Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió). Es un Dios al que se le atribuye el verbo hebreo bará, crear: crear de la nada, no a partir de lo existente. Ninguna de las civilizaciones de alrededor afirmaban tal cosa; ni siquiera los mismo griegos, cuya sabiduría fue altísima, disponían del concepto de creación.

A su vez, es un Dios único, omnipotente, que no disputa con otros dioses; todo procede de Él; así, el autor de la fuente elohista incide en que la naturaleza es creación de Dios, no un dios o varios en sí misma: el sol, la luna, las estrellas... (Dios dijo: «Que haya astros en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche; que ellos señalen las fiestas, los días y los años, y que estén como lámparas en el firmamento del cielo para iluminar la tierra». Y así sucedió.  Dios hizo que dos grandes astros –el astro mayor para presidir el día y el menor para presidir la noche– y también hizo las estrellas). Nada hay que temer, ya que los mismos demonios tienen su origen existencial en Dios; ninguno puede hacerle frente: así, de un plumazo, fulmina las doctrina dualistas del combate eterno entre bien y del mal. Y, como no, coloca al hombre como culmen de la obra creadora de Dios.

¡Abandonémonos a su divina Misericordia, y a su poder infinito! ¡Nada hay que temer en los brazos de Cristo, ni al mismísimo Diablo!

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13 octubre 2011 4 13 /10 /octubre /2011 20:08

       Postrema Christus. Esta sentencia la encontramos en la pared de una de las mazmorras de la Torre de Londres, donde encerraron y torturaron en el siglo XVI a muchos ingleses (entre ellos el gran Santo Tomás Moro) que permanecieron fieles a Roma, a la Iglesia Católica, y no aceptaron el cisma causado por Enrique VIII. Postrema Christus, Al final Cristo: aquellos hombres dieron su vida por su fe, pero sentían a pleno corazón que no saltaban al vacío, sino que se dirigieron a la muerte con la esperanza y la seguridad puestas en que tras el adiós a este mundo, Cristo, nuestro Redentor, está al otro lado esperándonos para compartir la vida eterna con nosotros. Postrema Christus, Al final Cristo. Este valiente testimonio nos demuestra que dichas personas no concebían la fe en Cristo fuera de la Iglesia Católica y de su fidelidad al Santo Padre; no era éste un aspecto accesorio, intrascendente, sino que tocaba al mismo mensaje de Cristo recogido en los Evangelios. No cumplían con la Palabra de Dios y no eran fieles a Cristo si rompían su unión con Roma.

       ¿Pero creemos verdaderamente los católicos de hoy en el Cielo? Da toda la impresión de que hemos perdido la fe en la vida eterna; sí, creemos en Dios, en su Hijo Nuestro Señor Jesucristo, y en la Acción del Espíritu Santo. ¿Pero nos compensa la promesa del Cielo ante tanto progreso terreno? Tenemos tantas cosas, tanto avance, tantos placeres mundanos... ¿seguirmos creyendo que el Cielo nos recompensará y nos dará una alegría superior a cualquier otra que los sentidos puedan regalarnos? Dios sigue siendo Dios, y por mucho que el hombre progrese, nunca podrá lograr la felicidad plena fuera de Dios, ni aún dentro de Él pero sólo con la esperanza de que esta vida nunca acabe. Aquí no podremos alcanzar nunca la plena felicidad, la cual nos espera con Cristo en el cielo; eso sí, ya hemos comenzado en La Tierra la vida eterna con la acción salvadora de Dios por medio de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, que nos da la presencia real de Cristo entre nosotros, en cuerpo, alma y divinidad. Pero nunca lo olvidemos: ni temamos la muerte, ni amemos tanto esta vida que nos olvidemos de lo que nos espera en la otra; y es que, como dijo aquél mártir católico del siglo XVI, Postrema Christus...

 

Fuentes:

Sayés, José Antonio; Escatología; Palabra, Madrid, 2006.

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6 octubre 2011 4 06 /10 /octubre /2011 23:11

       Mañana, 7 de octubre, celebramos la festividad de Nuestra Señora del Rosario. ¡Qué devoción tan santa la de rezar el Santo Rosario! Es, fuera de la oración litúrgica, el más alto ejemplo de piedad popular en el ámbito de la oración, y un gran complemento para aquella, como ya señaló Pablo VI en su Exhortación Apostólica Marialis Cultus (1974).

       Me gustaría hablar algunos aspectos acerca de la historia de dicha devoción. Más que hacer un análisis detallado del proceso de formación, que lo dejaré para otra ocasión, veremos un par de puntos concretos. Eso sí, antes hagamos un pequeño resumen de su evolución general:

       Parece claro que el motivo de la recitación de 150 Avermarías a lo largo de un rosario completo (aunando los misterios gozosos, los dolorosos y los gozosos, antes, claro está, de que el beato Juan Pablo introdujera los luminosos) son los 150 salmos que componen el Salterio (el libro bíblico de los Salmos). Así, el Santo Rosario constituiría una especie de Salterio mariano paralelo. Hay un par de testimonios que son muy reveladores; por ejemplo, tenemos el Salterio Mariano del siglo XII de la abadía cisterciense de Pontigny, en el que junto a versículos de cada salmo, se recitaban antífonas, formando 150 estrofas: pero el detalle esencial es que éstas comenzaban con un "Ave", el saludo del Arcángel Gabriel a María en la anunciación (en su traducción latina).

      Fue Pío V (1504-1572) quien dio al Rosario su estructura moderna (hasta la modificación del Santo Padre Juan Pablo II), y los dominicos quienes tuvieron buena parte de "culpa" en su extensión por todo el mundo (aunque está probado que, al contrario de lo que se creía, no fe Santo Domingo quien lo instituyó en su forma básica, sino más bien los cartujos en el siglo XV, justo antes del impulso definitivo dado por Pío V). No obstante, el Santo Rosario siguió evolucionando después de San Pío V, hasta llegar a nuestros días, con la ya mencionada reforma de Juan Pablo II.

     ¿Pero por qué repetir 150 veces la misma oración? ¿Qué beneficios reporta este método? No es el Rosario la única oración en la tradición cristiana que se basa en la importancia de la repeteción. En oriente, tenemos la Oración de Jesús, muy usada por la doctrina hesicasta -hesychia es la paz del alma-, encabezada sobre todo por Evagrio Póntico (356-399): bien se repetía el nombre de Jesús, o la jaculatoria Jesús, hijo de Dios vivo, ten misericordia de mí, pecador. San Juan Clímaco (ss. VI y VII), relacionará la repetición del nombre de Jesús con la respiración, hablando de la sincronicidad que se creaba, para lograr la necesaria paz espiritual. He ahí posiblemente la clave: el clima de meditación -¡el Rosario no existe para rezarlo de "carretilla"!- constante alrededor de los misterios de la vida de Cristo, guiados por la mano de María Santísima, nuestra Madre y Madre de Dios. ¡Nunca perdamos tan bendita costumbre, alimento de las almas! ¡La Virgen del Rosario os bendiga a todos vosotros!

 

Fuentes:

Brian Farrelly; Génesis histórica y valor teológico pastoral del Rosario mariano, en Vida Sobrenatural, nº.623, pp. 325-351; San Esteban, Salamanca, 2002.

Benedicto XVI; Audiencia general, miércoles 11 de febrero de 2009; Librería Editrice Vaticana, www.vatican.va.

Pablo VI; Exhortación Apostólica de Su Santidad el Papa Pablo VI para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María; Delegación Diocesana de Catequesis Diócesis de Málaga, Málaga, [sin datación].

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2 octubre 2011 7 02 /10 /octubre /2011 20:04

       Como ya vimos anteriormente en otro artículo, a diferencia de las comunidades protestantes, que bajo el principio de la Sola Scriptura abogaban por considerar las Sagradas Escrituras como único sustento de la verdad divina, la tradición cristiana primitiva, mantenida por la Iglesia Católica, ya consideraba que aún ocupando los mismos Evangelios un lugar primordial en la Revelación, las palabras y obras de Nuestro Señor Jesucristo no se reducen a ellos: por tanto, Palabra de Dios no sería sólo las Escrituras, sino la Tradición originada con los Apóstoles, y el Magisterio de la Iglesia, heredera de dicha Tradición, y guiado por el Espíritu Santo, que como dijo Cristo, nos guiaría hasta el verdad completa -cf. Jn 16, 13-.

        Así nos lo recuerda acertadamente Juan Pablo II en su Carta Apostólica Duodecimun saeculum, con motivo del 12º. centenario del II Concilio de Nicea. Al respecto son bastante claros varios pasajes evangélicos, como el final del Evangelio de Juan -21, 25-: Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran. Hay otros, pero creo que este es bastante concluyente. Aquí estamos ante la llamada tradición apostólica, tal y como nos relata 2Pe 3, 1-2: Esta es ya, queridos, la segunda carta que os escribo; en ambas, con lo que os recuerdo, despierto en vosotros el recto criterio. Acordaos de las predicciones de los santos profetas y del mandamiento de vuestros apóstoles que es el mismo del Señor y Salvador.

        En este sentido se fueron manifestando los Padres de la Iglesia. San Agustín (siglos IV y V) afirmó: Una observancia mantenida por toda la Iglesia y conservada siempre sin haber sido instituida por los Concilios, pasa por ser, con pleno derecho, una tradición derivada de la autoridad de los Apóstoles. Por su parte, San Basilio Magno (330 aprox.-379), hablaba de las doctrinas, tanto a las que han llegado a nosotros a través de las Escrituras, como a las no escritas que hemos recibido a través de la tradición de los Padres, nacida esta del testimonio de los Apóstoles. También se refirió a la validez de esta tradición apostólica San Juan Damasceno (siglos VII y VIII), el gran defensor del culto a las imágenes -iconos-, al indicar que si alguno os presentase un evangelio diverso del que la Iglesia Santa católica ha recibido de los Santos Apóstoles, de los Padres y los Concilios, y que ella ha conservado hasta ahora no le prestéis oído.

      Esta doctrina se declaró como dogma en el II Concilio de Nicea, último ecuménico, acaecido en el año 787, para defender la ortodoxia del culto a las imágenes, que era ferozmente atacada en el Imperio Bizantino por la herejía iconoclasta. Había que conservar todas las tradiciones eclesiásticas (derivadas siempre de los Apóstoles), ya fueran escritas o no escritas, como ocurría con los iconos.

      Y es que nuestra fe es la misma que la de los santos Apóstoles... Una, Santa, Católica y Apostólica. ¡Gracias por el don del Espíritu, Señor!

 

Fuentes:

Juan Pablo II; Carta Apostólica Duodecimum Saeculum; 1987, www.vatican.va.   

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27 septiembre 2011 2 27 /09 /septiembre /2011 23:33

Nuestra mentalidad cientifista, heredada de la Ilustración y de la fe en el progreso del siglo XIX, aún después de los desastres de las dos guerras mundiales en el siglo XX, perdura de forma insistente en estos comienzos del siglo XXI. Todos tenemos en mente que con el paso del tiempo, la familia humana va avanzando en todos los sectores de la vida. Pero aquí caemos en un gran error; esta visión, que es válida para la historia de la ciencia (no hay más que ver cómo ha aumentado la esperanza de vida gracias al perfeccionamiento de la medicina, o cómo podemos conectar con la otra punta del mundo en apenas unos segundos gracias al espectacular desarrollo de las telecomunicaciones), no lo es tanto para las ciencias humanas y sociales, tales como la Filosofía. ¡Qué duda cabe que en algunos aspectos como la conciencia a favor de la libertad -en contra de la esclavitud, o a favor los derechos humanos, a nivel general- se ha avanzado mucho, al menos en el mundo occidental! ¿Pero qué decir acerca del aborto? ¿Y de la falta de valores que muestra la sociedad? No por avanzar el tiempo, necesariamente avanza el hombre espiritualmente. ¿Acaso eran las teorías filosóficas de Nietzsche, expuestas en el siglo XIX, y tan influyentes en el desarrollo del fascismo, más evolucionadas que la escolástica medieval cristiana?; éste es un solo ejemplo de muchos que encontramos a lo largo de la historia del pensamiento. Como decía Pío XII, lo malo del mundo moderno (¡y ya han pasado unos pocos de años!) no es que se caiga en el pecado, ya que eso ha ocurrido en todas las épocas históricas; lo peor es que hemos perdido la conciencia de haber pecado.

 

Albert Keller, en su obra Teoría General del Conocimiento  insiste en la necesidad de que dicha ciencia, como en el resto de disciplinas filosóficas, aún teniendo en cuenta los trabajos, teorías y pensamientos de autores anteriores, no dogmatice sobre ellos. Con este fin nos expone palabras de Kant en su Lógica: Quien quiera aprender a filosofar, tiene que ver, por el contrario, todos los sistemas de la filosofía sólo como una historia del empleo de la razón y como objetos del ejercicio de su talento filosófico. Así, pues, el verdadero filósofo, como pensador por sí mismo, debe hacer un uso libre y personal de su razón, sin imitar servilmente; porque como bien señala el autor germano, la ciencia filosófica no puede ir acumulando como conocimiento verdadero lo dicho a lo largo de la Historia, sin un análisis racional previo: es ésta una de las principales diferencias entre la Filosofía (con las diferentes disciplinas que abarca, incluida la Teoría del Conocimiento) y las ciencias naturales. Creo que sería interesante, en este momento, relacionando las nociones de comienzo filosófico nuevo en cada persona y de libertad, recordar las palabras del Santo Padre Benedicto XVI en su Encíclica Spe Salvi:

En cambio, en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral, no existe una posibilidad similar de incremento, por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio. Es verdad que las nuevas generaciones pueden construir a partir de los conocimientos y experiencias de quienes les han precedido, así como aprovecharse del tesoro moral de toda la humanidad. Pero también pueden rechazarlo, ya que éste no puede tener la misma evidencia que los inventos materiales. El tesoro moral de la humanidad no está disponible como lo están en cambio los instrumentos que se usan; existe como invitación a la libertad y como posibilidad para ella.

(…) Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana.

(…) No obstante, cada generación tiene que ofrecer también su propia aportación para establecer ordenamientos convincentes de libertad y de bien, que ayuden a la generación sucesiva, como orientación al recto uso de la libertad humana y den también así, siempre dentro de los límites humanos, una cierta garantía también para el futuro.

No se trata de menospreciar la labor de los grandes pensadores del pasado, y menos aún dentro de la Doctrina de la Iglesia Católica, ni de negar la existencia de unos derechos universales, faltaría más; al contrario, se trata de percatarnos que incluso las verdades más elementales debemos experimentarlas en nuestro interior como verdaderas, como irrenunciables.

 

Por otro lado, llegados a este punto, es importantísimo señalar también la diferencia entre conocimiento científico, o incluso nivel cultural, y sabiduría. No es lo mismo un hombre culto, o con alto nivel de conocimeinto científico-natural, que un auténtico hombre sabio; lo mismo se podría decir de un pueblo o una nación. Volvamos con el ejemplo de la Alemania nazi (¡y que conste que no tengo nada en contra de ese estupendo país): cuando Hitler ya gobernaba Alemania dictatorialmente, Otto Hahn hizo un descubrimiento trascendental, en 1938, para llegar a la fisión nuclear. Unos cuantos años antes, en 1927, el físico cuántico germánico W. K. Heisenberg, formuló el famoso Principio de la incertidumbre. Ambos científicos recibieron el Premio Nobel, el primero en la categoría de Química, y el segundo, en la de Física. Alemania posiblemente era el país más culto y avanzado científicamente de toda Europa por aquel tiempo. Y en cambio, mataron a seis millones de judíos, entre otras barbaries. Era un pueblo culto, ¿pero lo era sabio? Los cristianos sabemos que no, ya que sabio es aquél que teme al Señor, y sigue sus caminos. ¡Nunca abandonemos el camino de la verdadera sabiduría, hermanos!

 

Fuentes:

  • Alfonseca Moreno, Manuel; Grandes científicos de la humanidad, a-l; Espasa Calpe, Madrid, 1998.
  • Keller, Albert; Teoría General del Conocimiento; Herder, Barcelona, 1988.
  • Benedicto XVI; Spe Salvi. Salvados en la Esperanza; San Pablo, Madrid, 2007.

 

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