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20 septiembre 2011 2 20 /09 /septiembre /2011 13:47

           El Cristianismo, desde tiempos de la Iglesia Primitiva, asoció la figura de Cristo con determinados símbolos (ya fueran animales u otro tipo de imágenes), bien como señal secreta de identificación entre los cristianos -en este caso en los primeros tiempos-, o bien para dar una enseñanza al pueblo de Dios, por ejemplo, a través de las supuestas características de un determinado animal. El caso de la cruz ya lo hemos visto; analicemos ahora otros ejemplos:

           1. El pez: evidentemente, tiene claras connotaciones cristianas al hacer referencia a la profesión de la mayoría de los apóstoles, la pesca. Además, hay que recordar el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y los peces (p.ej.: Jn 6, 1-15); como vemos, la simbología es muy amplia. Pero aún no hemos expuesto la más importante. Pez, en griego, es Ichthys, acrónimo de la expresión de fe Jesucristo Hijo de Dios Salvador. ¡Toda una profesión de fe! Servía de clave de identificación entre los cristianos en tiempos de persecución.

               2. La pantera: dice la tradición, reflejada en los bestiarios  medievales -obras que describían tanto a animales reales como a otros completamente fantasiosos-,  que este animal, después de una abundante cena, duerme durante tres días, para despertar luego y exhalar un dulce aroma que atrae a todos los animales, menos al dragón, que asustado por el olor, huye a esconderse. Es evidente lo que este mito quiere enseñar al pueblo cristiano: Nuestro Señor Jesucristo es la pantera que luego de instituir la Eucaristía en la Última Cena y morir en la cruz, descansa muerto tres días en el sepulcro, hasta su Resurrección, la cual trae la salvación a todos los hombres; tan sólo el Diablo (representado en el dragón) se opone desde el principio a los designios salvadores de Cristo.

              3. El Crismón: es un monograma compuesto por dos letras griegas, la X y la P, que son las dos primeras de la palabra Cristo en griego. Ambas se entrecruzan, formando un símbolo que encontramos en las fuentes multitud de ocasiones.

               4. El Grifo: este animal fantástico, mezca de águila (cabeza, alas y garras) y león (cuerpo), se usó como símbolo del mal en un principio, para pasar luego a simbolizar al mismo Cristo, ya que el águila y el león representaban a sus naturalezas divina (águila) y humana (león).

              5. El Cordero: Cristo es el auténtico Cordero de Dios (cf. Jn 1, 36) que quita el pecado del mundo, dando su vida por toda la humanidad a través de su sacrificio voluntario, culminación y superación de todos los que se hicieron en la Antigua Alianza. San Juan hace coincidir temporalmente (y esta cronología es posiblemente la correcta) el sacrificio de Cristo con la inmolación de los corderos pascuales, en la víspera de la Pascua -la Parasceve-, no en el mismo día de la fiesta.

               6. El Buen Pastor:  Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas (Jn 10, 11). Desde los comienzos del Cristianismo la Iglesia fue fiel a la Palabra de Cristo y vio en la figura del pastor que cuida de sus ovejas, tan importante en el mundo judío de la época y en otras culturas de aquel entonces, a su Señor. Esta representación de Cristo como buen pastor se entrelaza perfectamente con la del Cordero; es más, en algunas catacumbas aparece el Cordero con los utensilios característicos del Pastor: por ejemplo, en las catacumbas de Domitila, el Cordero aparece con la vara y el balde de leche (recipiente para ordeñar).  Aquí hay que hacer una llamada importante: como nos recuerda el teólogo Johannes Betz, la Iglesia Primitiva consideraba a la Eucaristía "leche de Dios". Esto no quiere decir que se consagrara con leche para la Presencia Real de Cristo (dejando de lado herejías como la de los Priscilianistas o la de los Montanistas, que celebraban la Eucaristía con leche y queso respectivamente). Hay que pensar que el Bautismo es para los cristianos un nuevo nacimiento, obra del Espíritu: así, al igual que los recién nacidos se alimentan de la leche materna, los nacidos de nuevo por las aguas del Bautismo se alimentaban de la "leche divina", es decir, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta es la visión de autores tan importantes como San Clemente de Alejandría (a caballo entre los siglos II y III), y San Hipólito de Roma (siglos II-III también). Incluso podemos observar, sobre todo a partir del siglo II, cómo en determinadas zonas (Roma, Norte de África y Egipto) en la Eucaristía que seguía al bautismo de los nuevos cristianos la noche de la Pascua de Resurrección, se ofrecía además del Pan y el Vino con la Presencia Real de Cristo, un caliz con leche y miel -no dejemos de lado tampoco que Dios había prometido al pueblo elegido (y la Iglesia era el nuevo pueblo) una tierra que manaba leche y miel-. Pero ojo: no era Presencia Real.

           Por tanto, cuando en las catacumbas de Pedro y Marcelino vemos unas pinturas en las que un cordero se nos presenta con el balde de leche y rodeado de una aureola, es muy posible que la representación esté haciendo referencia a la mismísima Eucaristía.

            7. El arado: desde los orígenes del Cristianismo, tal y como demuestra Daniélou en su obra Los símbolos cristianos primitivos, el arado se consideraba símbolo de la cruz y del mismo Verbo Encarnado. No es de extrañar, cuando ya en el siglo II muchos elementos del Antiguo Testamente que se presentaban compuestos de madera, eran tomados como prefiguraciones de la cruz: arca del Paraíso, cayado de Moisés, madera del arca, y el mencionado arado. Pero hay algo más: la forma física del arado. Ésta se asemeja bastante a una cruz. Así lo veía San Justino (100-165), que mencionaba dicho utensilio agricultor como figura de la cruz en el mundo sensible, al igual que el palo mayor del barco, la doladera del carpintero, el rostro del hombre, o el estandarte militar. Algunos vestigios descubriertos en Palestina parecen demostrar que en el arte figurativo el arado hacía ciertamente alusión a la cruz. 

                Pero no queda ahí la cosa. Siguiendo siempre al gran Jean Daniélou, traemos ahora a colación a otra figura insigne del Cristianismo primitivo: San Ireneo Lyon (135/140-200 aprox.). Pieza clave para entender la Iglesia del siglo II tanto en Oriente -de donde era originario- como en Occidente -no olvidemos que fue obispo de Lyon-, equiparaba sin lugar a dudas el arado con la cruz. Más aún, no veía en el arado simplemente el madero en el que murió Cristo, sino al mismo Verbo. Así se desprende del comentario que hace sobre Isaías 2, 3-4: (...) y acudirán pueblos numerosos, que dirán; ¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! El nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas». Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén, la palabra del Señor. El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y hoces con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. Ireneo, lógicamente, interpreta este pasaje dentro del sentido de la paz que el Cristianismo ha traído al mundo. Nuestro Señor ha transformado la violencia en amor, la espada en arado para cultivar la tierra... Pero Ireneo va mucho más allá, con una intepretación más rica y completa: "Ya que Nuestro Señor mismo es quien ha hecho el arado y entregado la hoz: esto designa la primera siembra del hombre, que fue el hecho de modelar a Adán, y la recogida de la cosecha por el Verbo en los últimos tiempos. Y a causa de esto, el que unía el principio con el fin y es el Señor de uno y otro, ha manifestado al final el arado, la madera unida al hierro, y así ha escardado la tierra: en efecto, el Verbo sólido, unido a la carne y de tal manera clavado, ha limpiado la tierra inculta". Aquí vemos una interpretación aguda y fascinante a la vez: igual que el arado -señal de la cruz- está formado por madera e hierro, el Verbo se ha unido a la carne en Nuestro Señor Jesucristo, cultivando la tierra para la producción de abundante fruto, labor que el arado realiza en los campos. Como se puede observar, Verbo y carne se han unido formando el verdadero arado para la preparación de la tierra de nuestros corazones. El hierro, según Daniélou, sería símbolo del Verbo, y la madera, de la carne, aunque esta interpretación es inversa en otros Padres. 

            8. La letra TAV: en la obra ya antes mencionada, J. Daniélou expone una interesante teoría acerca del símbolo de la cruz que desde los mismos orígenes de la Iglesia se imponía en la frente bien a los catecúmenos que se preparaban para el bautismo o a los ya bautizados. Según el jesuita y cardenal francés, esta cruz no haría referencia al instrumento de tortura en que murió Jesucristo, sino a la letra Tau. Pero hablamos de la Tau del alfabeto hebreo, que en tiempos de Nuestro Señor podía representarse mediante la + o la X. Además, hay que tener en cuenta que la Tau hebrea era la última letra de su alfabeto, al igual que la Omega griega, por lo que era una manera de designar a Dios, de nombrarlo. No hay que olvidar, por otra parte, que ya el Antiguo Testamento profetizaba que los componentes de la comunidad mesiánica, tal y como nos cuenta Daniélou, serían marcados por el signo Tau en la frente; así lo recuerda el libro de Ezequiel. Otros pasajes del Apocalipsis de Juan parece que incide en la mismo dirección. En el Capítulo 8, versículo 3, podemos ver cómo el ángel no permite que las plagas destrozen el mundo Hasta que hayamos marcado a los servidores de Dios, con el sello (sphragis) en la frente. Y en el capítulo XIV, versículo 1, San Juan ve a 140.000 hombres que tenían escrito en la frente el Nombre del Cordero y el de su Padre. Ya hemos dicho anteriormente que la Tau hebrea, por ser la última letra del alfabeto, estaba considerado símbolo y Nombre de Dios. Y no podemos dejarnos atrás un último dato: para la Iglesia Primitiva, el Nombre de Dios era signo de su presencia en el mundo, al igual que la Palabra, por lo que Cristo, como Palabra encarnada, era el auténtico Nombre del Padre. Así, la Didaché, redactada en los primeros años del Cristianismo, dice: Te damos gracias, Padre Santo, por tu Santo Nombre que has hecho habitar en nuestros corazones (X, 2-3); Peterson parece haber probado que este Nombre hace referencia a Cristo, al Verbo.

                    El trabajo de Daniélou me parece de una agudeza impresionante. Acepto completamente que el signo de la cruz que recibían los bautizados (a veces incluso "tatuado") en la frente fuera la Tau hebrea. Pero dicho esto, hay algo del pensamiento del gran autor galo que me cuesta mucho compartir. Para el investigador jesuita, en los primerísimos años de la Iglesia, la cruz no haría alusión al madero en el que murió Cristo, sino a la letra; ya posteriormente, cuando el signo llegara a territorio helenizado, éstos, que no conocían el alfabeto hebreo, creerían que el símbolo de la cruz hacía mención al instrumento con el que se dio muerte a Jesús. No niego que el de la Tau como nombre de Cristo y el Padre fuera el significado más directo del símbolo impuesto en la frente; pero de ahí a pensar que toda referencia al símbolo de la cruz, ya fuera literario o iconográfico, en esos primeros momentos únicamente aludía a la Tau, sin hablar del madero, me parece cuanto menos inverosímil: se me antoja imposible que el pueblo cristiano no viera en la cruz el símbolo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Sabemos con seguridad que San Justino ya hacía mención al símbolo de la cruz como el lugar en que se dio muerte a Cristo; y San Justino murió en el 165...

 

FUENTES:

Daniélou, Jean; Los símbolos cristianos primitivos; Ediciones Ega, Bilbao, 1993.

Lillo Redonet, Fernando; La persecución a los cristianos. Mártires por la fe, en Historia National Geographic, n. 43, pp. 68-79; National Geographic Society, Barcelona, 2007.

Grau-Dieckmann, Patricia; Los perfumes en el Cristianismo, en Arqueología, Historia y viajes por el mundo  medieval, n. 30, pp. 22-33; Arion Editorial/Editorial Toison, 2009.

Royuela, Sofía; Bestiarios medievales, en Haciendo Memoria. La Historia de cerca, n. XXXII, pp. 69-78; Fundación Dalpa para la creación, 2010.

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13 septiembre 2011 2 13 /09 /septiembre /2011 20:17

            Como todos sabemos, en el Concilio de Nicea del año 325, convocado en esencia para hacer frente a la herejía arriana, se definió dogmáticamente que Cristo era consubstancial (de la misma substancia) al Padre, y que Dios era uno y trino, es decir, que existía una unidad divina, pero tres personas a la vez.

            Pero leamos lo que dice el historiador Gonzalo Bravo, doctor por la Universidad de Salamanca y profesor de la Universidad Complutense, en su obra Historia del mundo antiguo. Una introducción:

            (...) el propio Constantino inauguraría el sínodo y propondría una definición de la Trinidad, un "credo" antiarriano que no convenció a la mayoría de los obispos orientales, expertos teólogos y buenos conocedores de la Biblia. Según el nuevo "credo"  el Hijo es consustancial al Padre y fue engendrado, no creado, por éste, idea que no se correspondía con las Sagradas Escrituras ni con la tradición (Blázquez, 1990, 152). "Con sustancial", en el sentido de que Padre e Hijo eran de una "misma" y "única" sustancia, definición que chocaba a los teólogos, pues la consustancialidad implicaba la identidad de ambos y se oponía calramente a la "ousía" o sustancia propia de la individualidad. Sin embargo, esta versión sí fue aceptada por los obispos occidentales, mientras que la mayoría de los orientales, identificando "sustancia" a "naturaleza", propusieron la "hipostasis" para entender el misterio trinitario: tres personas  distintas, pero una sola naturaleza divina, Se formó así un grupo de obispos antinicenos en Oriente, fueran o no expresamente arrianos; estos últimos se oponían abiertamente al dogma niceno, mientras que otros grupos orientales eran partidarios de buscar uan alternativa al problema teológico suscitado abogando por sustituir la idea de "misma sustancia" ("homoousios") por la de similar sustancia ("homoiousios"), propuesta que suscitaría numerosas divisiones en las jerarquías orientales.

          Comencemos, como debe siempre hacerse, por el principio:

          Dice Gonzalo Bravo que los obispos orientales no estaban de acuerdo con la expresión consubstancial que había defendido el Concilio, ya que se corría el peligro de difuminar la división de personas en el seno de la Trinidad. Pero el teólogo y sacerdote José Antonio Sayés, profesor en la Universidad de Teología del Norte, en sus Principios filosóficos del Cristianismo, aclara que si en un principio hubo confusión entre los obispos orientales y los latinos, no fue tanto por diferencias de contenido, sino por confusiones lingüísticas. Pensemos que estamos en una época en la que aún no se había asentado definitivamente el concepto de persona: el mundo griego no conocía este concepto; ellos hablaban de physis, naturaleza. Por ejemplo, para los estoicos el término persona era simplemente la especificación de la naturaleza por las propiedades concretas del individuo. Podemos decir, sin temos a equivocarnos, que el concepto de persona es una creación cristiana, surgido para explicar el misterio de la Santísima Trinidad y la "naturaleza" de Cristo, Dios y hombre al mismo tiempo. Sigamos: los prelados de tradición griega traducían la palabra latina persona como prosopon, que para ellos no significaba otra cosa que "papel": por decirlo de alguna manera. Por ello, cuando los latinos hablaban de un sólo Dios, pero tres personas a la vez, creían que defendían la existencia de un único Dios no con tres seres diferentes (hypóstasis), sino tan sólo con tres "papeles", tal y como profesaban los sabelianos.

           Por su parte, los occidentales traducían el vocablo griego hypóstasis como substantia -en este caso, la substancia divina-, por lo que cuando la teología oriental expresaba su fe en las tres hypóstasis, los obispos latinos tendían a pensar que hablaban de la existencia de tres seres divinos completamente separados.           

           Pero es que además de tratarse principalmente de una confusión lingüística la discusión entre "nicenos" y "antinicenos", ésta fue solventada posteriormente. Así, San Atanasio, en el Sínodo de Alejandría del 362, intentó aclarar esta confusión de términos; el Sínodo declaró que eran igualmente válidas las expresiones tres hypóstasis (griega), siempre que no hiciera referencia a tres dioses diferentes, y mía hypóstasis (latina), si, evidentemente, no anulaba la diferenciación de tres personas. Un poco despúes, en el 380, el capadocio Gregorio Nacianceno explicó de nuevo que todo se debía a un problema de leguaje. Y dos años después (382), tras el Primer Conciio de Constantinopla (381), la disputa se solucionó en buena medida cuando una asamblea de obispos envió al Papa Dámaso una confesión de fe que Sayés nos reproduce: Nosotros creemos que la divinidad, la potencia, la ousía -la naturaleza divina en este caso- es única en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; igual gloria y coeterna dominación en las tres perfectas hypóstasis o bien en las tres perfectas personas. Roma asintió a esta confesión, y la discusión acerca de la Trinidad cesó en gran parte.

            Eso sí, la formación del concepto de persona, para explicar bien "qué" es lo que sucede en Cristo, no cesaría hasta el Concilio de Calcedonia (451). Había dos corrientes o escuela teológicas que propugnaban dos conceptos distintos de persona. La Escuela Alejandrina, con autores como San Atanasio y San Cirilo de Alejandría defendían una concepción teológica, surgida a partir de las Sagradas Escrituras, en la que Cristo, el Verbo, el Logos,  es el único sujeto (así lo explica J.A. Sayés) al que se le deben atribuir todos los actos, tanto los divinos -milagros-, como los humanos -llanto, alegría-; es una concepción del término persona que aclara mucho el asunto de la comunicación de idiomas -el humano y el divino, en una sóla persona-, aunque a veces corría el riesgo de subyugar la naturaleza humana a la divina. Mientras, la Escuela Antioquena, con los padres capadocios (San Basilio, San Gregorio Nacianceno  y San Gregorio de Nisa) al frente, abogaban por un concepto de persona elaborado de forma mucho más filosófica, y en el que se expresó maravillosamente la existencia de las dos  naturalezas -humana y divina- en Cristo, pero que falló a la hora de "unirlas", ya que no usaron al Verbo como sujeto que lograra esa síntesis necesaria. Aunque Sayés reconoce que ambas tenían sus puntos positivos y negativos (recordemos que estamos en pleno proceso), deja claro que en dicho Concilio se impuso la visión alejandrina, mucho más acorde con la unidad de Cristo: (...) que ha de reconocerse un solo y el mismo Cristo Hijo Señor Unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división (...), aunque, eso sí, conservó de la escuela antioquena la perdurabilidad de la naturaleza en sus características propias. Así, la confesión de fe en la única Persona del Verbo, Cristo, en dos naturalezas, fue la culminación en el proceso formativo del concepto de persona, que aunque no fue definido científicamente, ya tenía en la mente de todos un claro significado, tal y como hoy lo entendemos. Con dicho Concilio, el concepto de persona se diferenció definitivamente del de naturaleza (physis). 

             Me llamó también mucho la atención que Benedicto XVI, en su segunda parte de Jesús de Nazaret, con un argumento similar al de José Antonio Sayés -confusión lingüística-, indicara que aún después del Concilio de Calcedonia, las disputas cristológicas que continuaron, por ejemplo, con nestorianos y monofisitas, estaban basadas a menudo más en devociones particulares que en motivos auténticamente doctrinales.           

            ¡Bendito sea Cristo, Hijo de Dios y Dios verdadero, que asumió nuestra naturaleza humana para atraernos hacia el seno de la Trinidad!

 

Fuentes:     

Sayés, J.A.; Principios filosóficos del Cristianismo; URL: www.obracultural.org.  

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI); Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Encuentro, Madrid, 2011.

Bravo, Gonzalo; Historia del mundo antiguo. Una introducción; Alianza.

          

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12 septiembre 2011 1 12 /09 /septiembre /2011 21:24

Para estudiar el tema de cómo san Agustín trata la percepción de la verdad, debemos mencionar la llamada teoría de la iluminación. A pesar de que en dicha teoría elaborada por el santo encontramos elementos platónicos y neoplatónicos, siguiendo el esquema del filósofo Plotino (siglo III), que establecía una analogía entre Dios y el sol de lo inteligible, volvemos a  hallar aspectos de la cristianización realizada por el obispo hiponense: para él este Sol es la Luz divina del Dios cristiano, que alumbra la razón humana cuando ésta busca las verdades eternas o ideas: “Las ideas son las formas principales, las razones estables e invariables de las cosas, que en sí mismas son no "formatas", y por eso son eternas, siempre permaneciendo de un mismo modo en el divino entendimiento. No nacen ni mueren, sino que según ellas se forman todas las cosas que pueden nacer o existir y las que en realidad nacen y perecen. No toda alma, sino el alma racional las puede intuir con aquella parte más excelente que tiene y que se llama mente o razón, como con una especie de ojo o vista interior e inteligible. Aún más, esta intuición de las ideas no las logra un alma racional cualquiera, sino el alma pura y santa, que tiene una vista sincera, serena, sana y semejante a las cosas que intuye en su inteligibilidad” (De diversis quaestionibus octoginta tribus; q.46). Podemos ver que el sabor platónico es evidente, pero siempre dentro de la doctrina católica.[1]

Por otra parte, en la cita textual que hemos transcrito en el párrafo anterior, queda claro que san Agustín se centraba en el conocimiento de lo eterno, de las ideas, ya que ahí radicaba la verdadera sabiduría o ratio superior. Para ser más específicos, podemos afirmar que establece tres estratos en el conocimiento. En primer lugar estaría la sensación, poseída tanto por los hombres como por los animales; en segundo lugar, la ratio inferior, que es conocimiento racional, pero enfocado a la acción: se captan los objetos materiales con los sentidos, pero la mente trabaja sobre ellos a partir de los modelos eternos o ideas; y finalmente, en el tercero, está la contemplación de las verdades eternas, sin intervención de la sensación: esta sería la ratio superior.[2]

Pero no sólo esto se puede deducir del texto antes reproducido. Aún más, esta intuición de las ideas no las logra un alma racional cualquiera, sin el alma pura y santa”. Para san Agustín, la razón más alta no podrá alcanzar su objetivo, la Verdad última, Dios mismo, si no se ve auxiliada por la gracia que otorga las virtudes teologales, fe esperanza y caridad.[3] He ahí su polémica con Pelagio: el hombre, tocado por el pecado original, es incapaz de lograr la santidad sin la gracia.



[1] Cf Ferrer Santos, U.-Román Ortíz, Á. D., San Agustín de Hipona, en Fernández Labastida, F. Mercado, J. A. (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/20102008/voces/agustin/Agustin.html.

[2] Cf Ibid.

[3] Cf Ibid.

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6 septiembre 2011 2 06 /09 /septiembre /2011 22:31

         El próximo 14 de semtiembre la Iglesia Católica celebra la Exaltación de la Cruz, trono desde el cual Cristo redime al mundo. Se solía decir (¡los "críticos" siempre prestos a lanzar lo que ellos consideran "desmitificaciones" de nuestras tradiciones!) que los cristianos no habíamos utilizado la cruz como símbolo de nuestra fe en los primerísimos tiempos. Así, se creía que una de las primeras representaciones gráficas de la cruz (referida a Cristo, claro) era un dibujo humillante hacia los cristianos, de aproximadamente el año 200, encontrado en el Palatino, en el que un hombre aparece adorando a un ser con cabeza de caballo que cuelga de una cruz, sobre la inscripción Alexamenos adora a su dios. Y podemos decir que tienen razón al afirmar eso. Pero hay un dato que nos proporciona el estudioso Vittorio Messori, y que poca gente conoce: en los restos de la ciudad de Pompeya, se encontró en un pilar la siguiente inscripción:

                

SATOR

AREPO

TENET

OPERA

ROTAS

 

          Se trata de un cuadrado mágico, en el que las misma palabras se pueden leer desde distintos puntos. Ahora bien, lo más "gracioso" es que este cuadrado, tal y como descubrieron unos avezados investigadores, si cambiábamos la estructura de las letras de una determinada manera, guardaban dos Pater Noster que formaban una cruz: están exactamente las letras necesarias para formar dos veces esa jaculatoria, con una sóla N, por lo que habría que entrelazar las dos expresiones cristianas formando una cruz. Además, sobrarían dos A, y dos O, simbolizando el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin, atributos de Dios.  Evidentemente, estamos ante una referencia gráfica de la cruz, aunque sólo pudieran saberlo los cristianos que conocían esta especie de "contraseña", y no fuera percibida visualmente de forma directa. Pompeya fue destruida por el Vesubio en el año 79, por lo que todo parece indicar que dicha inscripción es más antigua, demostrando que el culto a la cruz es bastante anterior a lo que se creía. Y es que los cristianos, a pesar de la constante presencia de la tentación de hacernos una fe a nuestra medida, siempre hemos entendido que la vida eterna no se puede lograr sin pasar por la cruz; ¡Cristo, enséñanos a cargar con ella, como tú hiciste para la salvación del hombre!

 

Fuentes:

Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; LIbroslibres, Madrid, 2007.

Youcat (catecismo joven de la Iglesia Cátólica); Ediciones Encuentro, Madrid, 2011.

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1 septiembre 2011 4 01 /09 /septiembre /2011 23:13

      Lo prometido es deuda, y como dije, vamos a ir desgranando los motivos que existen detrás de la existencia de algunas herejías. Con ello no quiero decir que los diferentes movimientos que desembocaron en ellas estén siempre exentos de motivos religiosos, ni mucho menos. Tan sólo me gustaría mostrar, en una sociedad que tiende a mirar de antemano siempre con simpatía a todo lo que signifique ir en contra de los fundamentos de la civilización cristiana y más concretamente, de la Iglesia Católica.

      Veamos el caso del crisitanismo copto (egipcio) referido a la rama monofisita. Cuando el Concilio de Calcedonia (año 451) definió dogmáticamente la doble naturaleza humana y divina que la única persona del Verbo Divino (Cristo) poseía, hubo pueblos cristianos, como el Egipcio o el Sirio, que optaron por no aceptar la palabra del Concilio, sino que permanecieron en la creencia de una sola naturaleza divina (por eso monofisismo -mono, una, physis, naturaleza-).

     ¿Pero fue verdaderamente éste el único motivo que llevó a la separación del pueblo egipcio -en su mayoría- del resto de la Iglesia Católica (en aquellos tiempos abarcaba también a la Iglesia Ortodoxa)? Parece que no; echemos la vista aún más atrás. En el 325, el Concilio de Nicea dictaminó que la sede alejandrina era la segunda en importancia después de Roma; no olvidemos que Alejandría era la sede del patriarcado copto. Hasta ahí todo bien; pero con el Concilio de Constantinopla del año 381 ese puesto se le concedió a Constantinopla, lo cual no fue muy bien aceptado por el Patriarcado de Alejandría. Así lo describe el franciscano Ignacio Peña, antiguo director de la magnífica revista Tierra Santa. Desde entonces, se abrió una brecha que hasta hoy no ha podido cerrarse ni con los católicos, ni con las demás Iglesias Ortodoxas encabezadas por el Patriarca de Constantinopla.

     Como he señalado antes, esto no significa que el cisma allí producido no tuviera motivos dogmáticos; no es esa mi intención. ¡Bendito sea aquel pueblo que tanta persecución sufre de manos de los musulmanes! Es cierto que en los primeros siglos del Cristianismo hubo muchas discusiones teológicas acerca de la verdadera naturaleza de Cristo, de su voluntad, y todo en relación al concepto de persona: debemos recordar que la antigua filosofía griega no conocían éste concepto tal y como nosotros lo entendemos, sino que el mismo fue poco a poco descubierto por la Iglesia. Pero tampoco es menos cierto que a veces en esas disputas primaban otros intereses que no eran los puramente teológicos.

     ¡Que todos seamos uno, como tu Cuerpo, Señor; como Tú solo eres Uno!

 

     Fuentes:

     Peña, Ignacio, ofm; La Iglesia Copta; en www.christusrex.org.

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29 agosto 2011 1 29 /08 /agosto /2011 23:36

        A todos nos son conocidos los esfuerzos que la Iglesia Católica (y las demás iglesias y comunidades cristianas) están realizando para alcanzar la unidad total de los cristianos. Ahí están la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos o la Comunidad de Taizé, fundada por el protestante Roger Schutz, natural de Suiza (1915-2005). Por otra parte, no hay que olvidar los grandes progresos obtenidos entre la Iglesia Católica y la Iglesia Anglicana, o entre la Católica y las Iglesias ortodoxas. Son muy alentadores los avances que al respecto se están consiguiendo, y debemos rezar de forma perseverante para que esa unidad finalmente llegue a ser plena, como hizo Cristo en su oración sacerdotal: (...) No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palagra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. (...) (Jn 17, 20-21). Es obligación de todos los cristianos luchar para alcanzar esa unidad y dar testimonio al mundo, para obtener muchos frutos de conversión; de lo contrario, provocaremos el "escándalo".

        La Iglesia Católica, como depositaria verdadera de la Revelación y auténtica comunidad de fieles fundada por Cristo, no ha dudano nunca, a lo largo de toda la Historia, en intentar llevar a la práctica aquellas palabras de Nuestro Señor. Así, si muchos han sido los cismas que desgraciadamente ha provocado el Enemigo en la Santa Madre Iglesia (Monofisismo -una sola naturaleza divinizada en Cristo- en Egipto, Siria y Armenia -tras el Concilio de Calcedonia en el 451-; Cisma de Oriente -a mitad del siglo XI, entre católicos y ortodoxos-; el cisma de la Reforma protestante -que tuvo sus orígenes en 1517, con las 95 tesis de Lutero-; o el cisma anglicano -debido a problemas dinásticos y a las apetencias sensuales de Enrique VIII, también en el convulso siglo XVI-), y que no han producido otra cosa que confusión entre los hijos de Dios, no menos numerosos han sido los esfuerzos de la Iglesia Católica por reunir al pueblo cristiano disperso: así, en 1274, y en 1439, en los Concilios de Lyon y de Florencia respectivamente, se acordó la reunficación con las Iglesias orientales, pero finalmente esta unión no se materializó. Eso sí, no fueron estos intentos totalmente en vano, ni mucho menos, ya que como consecuencia del mismo Concilio de Florencia, llegaron la Unión de Brest, en 1596, y la Unión de Uzhorod, en 1646. Por la primera, la Metropolía de Kiev (con San Isidoro de Kiev a la cabeza) entró en comunión con Roma, formándose la Iglesia greco-católica de Ucrania -los llamados uníatas-; por la segunda, 63 sacerdotes ortodoxos de Mukacevo, dirigidos por el basiliano Partenio Petrovyc, entraron en fidelidad con el Santo Padre. Más tarde, en 1771, Clemente XIV creó la eparquía greco-católica de Mukacevo, que sería sólo la primera de una serie.

       Por su parte, en Rumanía, se produjo un proceso parecido, que culminó el 4 de mayo de 1700, con la aparición de la Iglesia greco-católica de aquel país.

       Mientras, en Egipto, cuyos cristianos -los coptos- vivían separados de la Iglesia Católica desde el Concilio de Calcedonia de 451 -adscribiéndose a la herejía monofisita-, el Papado intentó arreglar la situación mediante el ya mencionado Concilio de Florencia; pero este intento no llegó a buen puerto, por lo que la Iglesia Católica decidió promover las conversiones personales a través de misioneros franciscanos y jesuitas, estrategia la cual sí obtuvo resultados, apareciendo comunidades católicas en aquellas ancianas tierras; más tarde, ya en tiempos de León XIII (finales del siglo XIX), se fundó el Patriarcado copto-católico (¡honor a aquél pueblo cristiano -no sólo católico- tan perseguido!).

      Y en Etiopía, que también profesaba la doctrina monofistia, y cuya comunidad dependió hasta hace bastante poco del Patriarcado copto de Alejandría, unas delegaciones jesuiticas en los siglos XVI y XVII, estuvieron a punto de lograr la unión de aquella Iglesia tan devota de la Virgen María, pero desgraciadamente no terminó de cuajar la empresa debido al recelo que despertó en el clero local la alta latinización llevada a cabo por los miembros de la Compañía. Serían ya los misioneros paúles franceses los que en el siglo XIX consiguieron convertir a un reducido grupo, como bien indica el Padre franciscano Ignacio Peña, quien fuera director de la Revista Tierra Santa.

       Veamos ahora el caso de la Iglesia Asirio-Caldea. Estaríamos hablando de los cristianos de Persia, la antigua Mesopotamia (Irak) y el Kurdistán. Se dice que fue Santo Tomás y su discípulo Addai quien evangelizó la zona, pero lo cierto es que probablemente fueron los cristianos de la ciudad de Edesa, en el siglo I, los que llevaron la fe cristiana a aquellos territorios. Con liturgia propia, esta iglesia asiria dependía del Patriarcado de Antioquía; pero poco a poco esos lazos con la catolicidad de la Iglesia se fueron rompiendo -ya en el siglo IV poseían un "Catholicós" o Patriarca propio-; la adopción de la doctrina nestoriana por parte de la Iglesia Asiria no ayudó mucho: la puntilla la constituyó el Concilio de Éfeso del 431, que con su condena del Nestorianismo, rompió definitivamente los vínculos de unión entre ambos mundos. Justo es decir que la Iglesia Asiria vivió una época de tremendo esplendor, y consiguió llevar el Cristianismo hasta el Lejano Oriente (India, China, Mongolia), llegando al punto de profesar la fe nestoriana unos 60 u 80 millones de personas. Pero a partir del siglo XIII,  empiezan a sufrir la persecución de una manera atroz: China, turcos que se convierten al Islam, aparición del integrismo chií. Posteriormente, ya en el siglo XX, serían de nuevo tratados de forma inhumana, por ejemplo durante la I Guerra Mundial, o en la masacre del año 1933, tras la independencia iraquí, muriendo decenas de miles de fieles. Muchos emigraron a países como EE.UU. Honor a ellos.

       Pero pasemos al punto que más nos interesa, y es la presencia de católicos dentro de la zona original de la Iglesia Asiria. Estos católicos serían los llamados caldeos. Ya en el siglo XIII se intentó la unión con la Iglesia Nestoriana a través de misiones dominicas. No se llegó a ningún acuerdo, pero gracias de nuevo al Concilio de Florencia (1439), se hicieron algunos avances, como la conversión del obispo nestoriano de Chipre, junto a todos sus fieles, a quienes el Papa Eugenio IV mandó llamar caldeos. Pero el auge de las conversiones comenzón en el siglo XVI, cuando un grupo de cristianos asirios, cansado del sistema que había para la sucesión patriarcal, eligieron a otro patriarca; entonces, uno de los grupos, encabezado por el Patriarca Juan Sulaca, pidió el apoyo de Roma, jurándo fidelidad al Papa, por aquel entonces Julio III. Así, nacía la Iglesia Caldea Unida, de estructura también patriarcal. En el siglo XVIII esta actividad ecuménica con la Iglesia Asiria vivió otro "empujón", cuando el Metropolita asirio -por tanto nestoriano- de Mosul, Juan Hormez, pasó al Catolicismo con otros obispos, afianzándose la Iglesia Caldea en el mundo urbano iraquí. Pero esta nueva etapa ecuménica estuvo demasiado marcada por el intento latinizador de aquella Iglesia, lo que provocó la reacción local; así puestos, el Patriarca José VI Audo, (siglo XIX) abogó en el Concilio Vaticano I por la autonomía de la Iglesia Caldea. Como vemos, estamos ante el mismo problema que surgió en Etiopía tras la presencia de los misioneros jesuitas en los siglos XVI y XVII; no obstante, no olvidemos que la Santa Madre Iglesia ha ido aprendiendo de todas estas vicisitudes, y que en líneas generales, su actitud a lo largo de la historia ha sido bastante respetuosa con los particularismos. Terminemos este punto acerca de los caldeos recordando que, aunque no lleguen al número de los asirios nestorianos, también ésta Iglesia ha dado miles de mártires, como ocurrió en el terrible siglo XX, a manos de los turcos. Actualmente, son unos 500.000 los cristianos caldeos repartidos por todo el mundo, especialmente en Irak, pero existiendo también comunidades en países como EE.UU, Francia, Irán, Bélgica... y muchos otros. ¡Honor a ellos, que fieles a Roma, profesan su fe en una situación tan complicada!

       ¡Que todos seamos uno, para que el mundo crea!

      

       Fuentes:

       Juan Pablo II; Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II con motivo del III Centenario de la Unión de la Iglesia greco-católica de Rumanía con la Iglesia de Roma; 2000, www.vatican.va.

       Juan Pablo II; Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del 350º aniversario de la Unión de Uzhorod; 1996, www.vatican.va.

       Juan Pablo II; Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del cuarto centenario de la Unión de Brest; 1995, www.vatican.va.

       Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; Libroslibres, Madrid, 2007.

       Peña, Ignacio, ofm; La Iglesia Copta; www.christusrex.org.

       Peña, Ignacio, ofm; La Iglesia de Etiopía; www.christusrex.org.

       Peña, Ignacio, ofm; La Iglesia Asirio-Caldea.

 

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26 agosto 2011 5 26 /08 /agosto /2011 22:30

       Estamos de enhorabuena. El blog que creé el 23 de diciembre de 2010 -In hoc signo vinces-, apenas hace 8 meses, ha superado ya el millar de visitantes únicos. Quería mostrar mi agradecimiento a todos los que de una manera u otra, habéis entrado en este sitio web. Creo que es una gran noticia el que estos temas, en concreto los concernientes a la Historia de la Iglesia, atraigan la atención de los internautas; ello muestra que no sólo los contenidos "basura" audiovisuales son objeto del interés de la sociedad.

        Deseo de todo corazón que el esfuerzo invertido en este espacio esté siendo de utilidad para todos vosotros, ya sea para profundizar en la fe, o para adquirir conocimientos útiles a la hora de defender a la Santa Madre Iglesia y dar testimonio de la Palabra de Dios, cuyo rastro lo encontramos a lo largo de toda la Historia. Con que esto haya sido así en tan sólo una persona, me doy de sobra por pagado.

        Quería pedir disculpas por los errores ortográficos que os podáis encontrar. Los datos históricos que expongo en los posts estás totalmente revisados, y provienen de fuentes fiables. Pero si cada vez que escribo uno de los artículos tuviera que revisar la ortografía... ¡Seguro que me comprendéis y me sabréis perdonar!

        Sin más, un fuerte abrazo, y gracias de nuevo por vuestro interés y colaboración; seguiremos "viéndonos" en el blog. ¡Que Dios os bendiga y Santa María esté con vosotros!

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24 agosto 2011 3 24 /08 /agosto /2011 00:41

     Ya sé que éste es un blog de Historia de la Iglesia (e intentaré dejar alguna pinceladilla desde esta perspectiva), pero no puedo resistirme (¡ni debo!) a comentar mi experiencia en la JMJ de Madrid.

     Acabo de volver del evento, y tengo que decir que a pesar del calor, de la sed, del poco dormir, de la masificación de la vigilia en Cuatro Vientos, de la lluvia y el viento, ha sido una de las experiencia más maravillosa que me ha ocurrido en la vida.

      Han intentado derribar a la Iglesia, a la Iglesia que fundó Cristo; y no han reparado en que Él no abandona a sus pequeños... Banderas de EE.UU., de Polonia, de Ucrania y Rusia, de Uruguay, de Kuwait, de Vietnam, de China, de México (entre tantos otros), dos millones de peregrinos en Cuatro Vientos, capillas con el Santísimo expuesto allí mismo, y ¡he visto tanta fe!... Contra el fatalismo que la situación mundial parecía indicar, y aún más en España, los católicos hemos demostrado que estamos unidos como cuerpo místico de Cristo que somos, con el Santo Padre al frente. ¡Dios siempre socorre a su pueblo! La fe mueve montañas: otra vez ha quedado claro. Frente a la división del hombre a causa de su caída, del pecado original, surgida por su egoísmo y falta de humildad, que también reflejada está en el episodio de la Torre de Babel, en el que el ser humano intentó competir con Dios, en vez de crecer a partir de su unión con Él, la Jornada Mundial de la Juventud ha mostrado al mundo que la Resurrección de Cristo y la acción de su Espíritu verdaderamente ha devuelto la unidad a su pueblo; ciertamente han venido del Oriente y del Occidente: Cristo, nuestro Salvador, nos ha reunido. El poder del Infierno no han podido con la Santa Iglesia.

      Ha sido la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, desde que el beato Juan Pablo II la instituyera en 1985, en la ciudad de Roma. Evidentemente, de forma conjunta las diferentes diócesis del mundo sólo la celebran con una periodicidad de tres años ahora, dos anteriormente; pero a nivel diocesano se produce todos los años. Grande fue la intuición de Juan Pablo II al fundar este magno evento, que tantos frutos y tanta renovación está produciendo en el seno de la Iglesia Católica, no sólo entre los jóvenes. Bendito sea el beato Juan Pablo II por su decisión, de seguro inspirada por el Espíritu Santo, y su sucesor Benedicto XVI.

     ¡Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe! (cf. Col 2, 7).  

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14 agosto 2011 7 14 /08 /agosto /2011 14:17

           Mañana 15 de agosto celebramos la Asunción de la Virgen María, la "Virgen de Agosto", como coloquialmente se suele denominar. Aunque el dogma de la Gloriosa Asunción de María en cuerpo y alma  fue declarado solemnemente por Pío XII en 1950, la celebración de dicha fiesta, y en ese mismo día ya la tenemos documentada desde la Antigüedad; y no porque sea la cristianización de las Feriae Augusti (fiestas en honor del emperador, que en verdad se celebraban el uno del mes, y no el quince), sino porque en la Jerusalén del Emperedor Constantino, ya se celebraba en aquel concreto día, en la Iglesia sita en el Monte de los Olivos, donde según una de las tradiciones, se había producido la Dormición de María.

           Pues contemos ahora una anécdota (verdaderemente mucho más que eso) relacionada con esta fiesta tan antiquísima. Napoleón, aquél señor con tantas ansias de poder y al que tan mal le caía la fe cristiana y la Iglesia Católica (pero que paradójicamente no dudó en hacerse proclamar Emperador por el Papa), nació curiosamente un 15 de agosto, el día de la Asunción, fiesta que en Francia tenía un arraigo impresionante. Pero claro, el insigne emperador francés no podía permitir que el día del aniversario de su nacimiento quedara "oscurecido" por una fiesta mariana, que además coincidía con el festejo de la coronación de Luis XIII, rey que un 15 de agosto, esta vez del año 1637, proclamó a María protectora de la nación gala. Además, como bien recalca Vittorio Messori, no era agradable para el corso la presencia de una figura que había mencionado en el famoso Magnificat que Dios derriba del trono a los poderosos, y que dispersa a los soberbios de corazón. Por tanto, se puso manos a la obra, y mediante unos cuantos obispos de escasa catadura moral y algunos estudiosos comprados, se sacó de la manga que en Roma, en el pasado, se llegó a celebrar el martirio de un tal Neopolo, entre otros; de este Neopolo derivaría el nombre Napoleo. Así, el 19 de febrero de 1806, publicó un decreto oficial que cambiaba en todo el imperio la fiesta mariana de la Asunción por la del santo "Napoleone".

          Evidentemente, el Papa Pío VII se quejó como la ocasión merecía, ya que era una flagrante intromisión del poder temporal en los asuntos espirituales. Poco caso hizo Napoleón de las protestas del Santo Padre. Gracias a Dios, este desvarío acabó con la desaparición del desmesurado emperador francés.

          Pero he aquí que, curiosidades de la vida, tal y como cuenta el historiador Gérard Mathon, el hecho de que durante un tiempo se celebrara esta fiesta de San Napoleone provocó que el día 15 de agosto permaneciera como fiesta de precepto, ya que de lo contrario posiblemente habría sido suprimida, como otras, por el Concordato de 1801. ¡Si es que los caminos del Señor son inescrutables!

          Durante unos días no podré publicar posts, ya que me marcho como humilde peregrino a las Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid. Que María, Madre de Dios y Madre nuestra, y asunta al cielo, interceda por este maravilloso evento para que sus frutos sean abundantes entre la juventud española y mundial, y entre todo el pueblo católico. ¡Santa María, que subiste hacia tu hijo en cuerpo y alma, imagen de la esperanza y de la promesa hecha por Cristo a su Iglesia, ruega por nosotros! ¡Nos vemos tras la JMJ!

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11 agosto 2011 4 11 /08 /agosto /2011 23:09

    

Solemos diferenciar entre conocimiento sensible y conocimiento racional, causa de todas las disputas entre racionalistas (sólo la razón puede proporcionar un verdadero conocimiento -Descartes-) y empiristas (el auténtico saber sólo llega a través de la percepción sensorial -Hume y Locke-); pero esta distinción, posiblemente debida a la definición latina del hombre como animal rationale, no es adecuada, ya que en el conocimiento humano (separado del meramente animal) también participa su percepción sensorial. Si somos fieles al término griego, heredado de Aristóteles, zoon logon echein, sería más preciso decir que el hombre es el animal que tiene sensibilidad y logos, razón. Pero es que además logos no sólo significa razón, sino también discurso, palabra; así, el hombre es el animal sensible que puede dar cuenta, responder ante los demás.

De lo anterior sacamos una mejor definición de lo que es esencial para el ser humano en cuanto ser humano: su meta es la libertad; pero ahora bien, no hay libertad sin responsabilidad, sin el dar cuenta a los demás miembros de la sociedad. En estos tiempos actuales, en los que caemos en la tentación de quedarnos sólo con una parte de la libertad, es decir, con la que hace referencia a los derechos, dejando a un lado la necesidad de responder a unos deberes, hay que sacar a colación las palabras del pensador vienés de origen judío V. Frankl (1905-1998), que tras sufrir la persecución nazi y pasar por los campos de Auschwitz y Dachau, nos dejó escrito lo siguiente: “En las situaciones extremas somos conscientes de que la vida tiene un sentido único y que en cada momento nos ofrece la oportunidad, también única, de hacer algo que valga la pena. Una de las lecciones más importantes que aprendí en el campo fue que sólo quienes estaban orientados hacia una tarea que les esperaba, hacia una misión que tenían que cumplir en la vida, demostraban mayor capacidad de sobrevivir. Cuando hay un porqué para vivir se aguanta también cualquier cómo”. En este sentido, Frankl opinaba que lo más importante en el hombre era su dimensión trascendente, su capacidad de mantener un sentido sobrenatural que explique todo lo que hacemos, nuestra vida al completo. Pero cuando el ser humano no atiende a esta necesidad, cae enfermo y entra en la angustia, que según el autor de origen judío (y no estaba equivocado) era la enfermedad clásica de los tiempos modernos. El hombre, olvidándose de la tradición, y más concretamente, de Dios, sólo se mira a sí mismo, y olvida que la libertad, además de derechos, conlleva siempre unos deberes; de esta forma, sentencia: “la esencia misma de la existencia humana está en la capacidad de ser responsables”. Por tanto, la felicidad no se debe buscar de forma directa, ya que únicamente nos llegaría tras haber entregado nuestra misma vida a favor de una causa que mereciera la pena.[1]

Este es uno de los verdaderos dramas del mundo actual. El hombre, separado de su capacidad de trascendencia, de la posibilidad que tiene de llegar a las verdades metafísicas, ha banalizado el concepto de libertad hasta extremos increíbles. Un claro ejemplo de esta desvirtuación del valor de la libertad lo tenemos en J.P. Sartre, filósofo francés que defendía una visión de la libertad como la meta ineludible del hombre; “estamos condenados a la libertad”, nos decía el autor franco. Y ciertamente tenía razón, pero se le olvidaba, siguiendo las premisas que debe seguir la meta humana según Kant, que ésta no puede ser discrecional, no, pero tampoco necesaria. El recientemente fallecido filósofo jesuita Albert Keller explica muy bien cómo se puede dar esta posibilidad cuando afirma que podemos hacer todas las cosas posibles, actuando de forma libre, pero no siempre con la misma libertad, ya que en nuestra actuación existe una graduación, y según sea mayor la determinación que nos provoquen otros elementos, y el interés que nosotros pongamos en la cuestión (aspecto importante éste, ya que es en la relación con los demás cuando ponemos toda la carne en el asador a la hora de usar nuestra libertad), así será el nivel de nuestro libre actuar. Además, el filósofo existencialista (Sartre) concebía esta libertad fuera de Dios, centrándose en el hombre solamente; así, se olvidaba de la capacidad trascendente del ser humano, y a su vez, de la obligatoriedad de cumplir con unos deberes como contraprestación a la existencia de unos derechos. “El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de su existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él hace”. También sentencia en otro momento: “(…) todo está permitido si Dios no existe, y en consecuencia está el hombre abandonado, porque no encuentra en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse… El hombre está condenado a ser libre.” Pero es una libertad absoluta que no acepta la existencia de una ley natural emanada de Dios; esos valores que rigen el mundo sólo podrían ser establecidos por la vía del consenso, encaminados a la tolerancia;[2] pero por desgracia, ya sabemos lo que el hombre puede realizar cuando se olvida de Dios e intenta ser fuente y meta de valores por él solo. Y es que sin la Verdad, la libertad pierde su razón de ser, yerra en su caminar.

No olvidemos los cristianos cuál es la auténtica Verdad, la única, la que puede dar sentido a la existencia, a la historia del hombre, y la que da vida eterna. Que no nos pase como a Pilatos, que delante de Ella, aún la buscaba.


[1] Cf Sayés, J.A., Principios filosóficos del Cristianismo, pp. 61-62, URL: www.obracultural.org.

[2] Cf ibid, pp. 62-63.

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