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3 julio 2011 7 03 /07 /julio /2011 14:37

         Existe toda una corriente de interpretación del Nuevo Testamento que trata de "racionalizar" todo lo que en él se narra, negando la posibilidad de acercarnos al "Jesús histórico". Evidentemente, estos autores hacen especial hincapié en rechazar la veracidad de los milagros que en los Evangelios se cuentan.

         El principal autor de esta exégesis fue R. Bultmann (1884-1976), teólogo protestante alemán que se opuso a la tesis de la historicidad de los Evangelios. Para el pensador germano los milagros de Cristo narrados en el Nuevo Testamento son construcciones que guardan un parecido bastante grande con los supuestos milagros helénicos.

         Pero hay razones suficientes para rechazar de plano esta visión de Bultmann, ya que los milagros relaizados por Jesús, relatados por las Sagradas Escrituras, presentan unas peculiaridades que los hacen completamente originales. Veámoslas:

  1.  Los milagros helénicos se realizaban a menudo en el ámbito de los templos dedicados al dios de la medicina Asclepio, donde se practicaba ciertamente la medicina, al menos la natural. Los fenómenos realizados por Jesucristo nada tienen que ver con la medicina, como bien resaltó el filósofo español decimonónico Jaime Balmes, tema que traté en un post anterior. Son relatados como auténticos prodigios.
  2. Los pasajes evangélicos que nos relatan los milagros nos muestran que eran realizados a menudo a la vista de muchas personas, delante de muchedumbres.
  3. Nunca hizo Cristo un milagro con la intención de vanagloriarse, sino siempre buscando el despertar de la fe en sus hermanos.

       Por tanto, no debemos meter en el mismo saco las narraciones de los milagros crísticos con los milagros conocidos en la tradición helénica. Nada que ver.

      

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23 junio 2011 4 23 /06 /junio /2011 21:06

         La importancia que san Juan Bautista guarda para la historia del Cristianismo es tan evidente que no hay más que caer en un hecho esencial: la Iglesia, que nunca ha sido amiga de celebrar las natividades de los santos, sino el día de su muerte, ya que ése es el auténtico paso a la Vida, sólo incluye en su calendario tres de estas celebraciones: la Natividad de Cristo (25 de diciembre), la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre), y la Natividad de san Juan Bautista (24 de junio).

        Si lo pensamos detenidamente, entre el 24 de junio, Natividad de san Juan Bautista, y la Nochebuena (del 24 al 25 de diciembre) transcurren 6 meses, el mismo tiempo que transcurrió entre la concepción de Juan el Bautista y la de Cristo (Lc 1, 23-26). Pero no es el único significado que posee el que se celebre la fiesta de san Juan ése día. Como bien se sabe, uno de los motivos (que no el único ni mucho menos, ya hablaremos de ello más detenidamente) por los que se celebra la Navidad el 25 de diciembre es porque en tiempos del Imperio Romano se celebraba ese día la fiesta del Sol Invicto, del Dios iranio Mitra, culto que disputó contra el Cristianismo en los primeros siglos de nuestra era; unos días antes ocurre el solsticio de invierno, momento a partir del cual los días comienzan a ampliarse, y las noches, al contrario, menguan. Pero existía la tradición de que algunos dioses nacían tres días después del solsticio. Por todo ello (además de por una antigua tradición judía que ya esperaba el nacimiento del Mesías para ese día), la Iglesia consideró oportuno, ya que Cristo es el auténtico Sol que nos ilumina, situar su nacimiento en dicha fecha. ¿Y qué ocurre a partir del solsticio de verano, sino que los días decrecen y las horas sin luz aumentan? ¿Y no dijo acaso Juan el Bautista que Es preciso que él crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30)? Como vemos, el simbolismo resulta evidente. El Bautista empieza a menguar, le da el testigo al verdadero Sol Invicto, a la Luz de nuestras vidas.

       ¡Que san Juan Bautista, el precursor, interceda por nosotros para que seamos capaces de preparar los caminos a Cristo, de forma que su Palabra llegue a todos los rincones del mundo!

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17 junio 2011 5 17 /06 /junio /2011 22:57

       Siguiendo con el filósofo y sacerdote decimonónico Jaime Balmes, veamos un fragmento de su obra El Criterio, en el que, con su caracterísitico estilo prístino pero no exento de belleza, desmonta a los que querían y quieren ver en los milagros narrados por los Evangelios hechos racionales que en aquella época aún no podían ser comprendidos por los hombres.

 

       De estas observaciones surge al parecer una dificultad que no han olvidado los incrédulos. Hela aquí: los milagros son tal vez efectos de causas que, por ser desconocidas, no dejarán de ser naturales; luego no prueban la intervención divina, y, por tanto, de nada sirven para apoyar la verdad de la religión cristiana. Este argumento es tan especioso como futil.

       Un hombre de humilde nacimiento, que no ha aprendido las letrs en ninguna escuela, que vive confundido entre el pueblo, que carece de todos los medios humanos, que no tiene donde reclinar su cabeza, se presenta en público enseñando una doctrina tan nueva como sublime; se le piden los títulos de su misión y él los ofrece muy sencillos. Habla, y los ciegos ven, los sordos oyen, la lengua de los mudos se desata, los paralíticos andan, las enfermedades más rebeldes desaparecen de repente, los que acaban de expirar vuelven a la vida, los que son llevados al sepulcro se levantan del ataud, los que, enterrados de algunos días, despiden ya mal olor, se alzan envueltos en su mortaja y salen de su tumba, obedientes a la voz que les ha mandado salir afuera. Éste es el conjunto histórico. El más obstinado naturalista, ¿se enmpeñaría en descubrir aquí la acción de leyes naturales ocultas? ¿Calificaría de imprudentes a los cristianos por haber pensado que semejantes prodigios no pudieran hacerse sin intervención divina? ¿Creéis que con el tiempo haya de descubrirse un secreto para resucitar a los muertos, y no como quiera, sino haciéndolos levantar a la simple voz de un hombre que los llame? La operación de las cataratas, ¿tiene algo que ver con el restituir de golpe la vista a un ciego de nacimiento? Los procedimientos para volver la acción a un miembro paralizado, ¿se asemejan, por ventura, a este otro: "Levántate, toma tu lecho y veta a tu casa"? Las teorías hidrostáticas e hidráulicas, ¿llegarán nunca a a encontrar en la mera palabra de un hombre la fuerza bastante para sosegar de repente el mar alborotado y hacer que las olar se tiendan mansas bajo sus pies y que camine sobre ellas, como un monarca sobre plateadas alfombras?

     ¿Y qué diremos si a tan imponente testimonio se reúnen las profecías cumplidas, la santidad de una vida sin tacha, la elevación de su doctrina, la pureza de la moral y, por fin, el heroico sacrificio de morir entre tormentos y afrentas, sosteniendo y publicando la misma enseñanza, con la serenidad en la frente, la dulzura en los labios, articulando en los últimos suspiros amor y perdón?

     No se nos hable, pues, de leyes ocultas, de imposibilidades aparentes; no se aponga a tan convincente evidencia un necio "¿quién sabe?..." Esta dificultad, que sería razonable si se tratara de un suceso aislado, envuelto en alguna obscuridad, sujeto a mil combinaciones diferentes, cuando se la objeta contra el cristianismo es no sólo infundada, sino hasta contraria al sentido común.

 

     Y es que los milagros de Jesús presentan una originalidad única, con caractarísticas muy diferentes, por ejemplo, a las de los milagros helénicos ocurridos en sus templos y santuarios. ¡Nuestra fe se basa en razones!

 

Fuentes:

Balmes, Jaime, El Criterio, Espasa Calpe, Madrid, 1968.

      

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10 junio 2011 5 10 /06 /junio /2011 22:35

        Pocos somos los españoles que conocen a esta insigne figura de la Filosofía Española e incluso universal. ¡Quién no ha oído hablar de Kant, de Hegel o incluso de Marx! Pero nosotros, con nuestra peculiar manía de subestimar lo autóctono, buscamos siempre fuera lo que no pocas veces tenemos dentro.

        Y es que Jaime Balmes, sacerdote español del siglo XIX (1810-1848), es un autor de primer nivel en la Historia de la Filosofía; ¡y además se le entiende fácilmente! A él se refirió el Santo Padre Pío XII como luminar de la ciencia eclesiástica (Discurso a los superiores y alumnos del Colegio Pontificio Español de Roma con motivo de los 50 años de su fundación, el 8 de julio de 1943)Se enfrentó en España a las corrientes del Krausismo y del Neokantianismo, y criticó tanto al Empirismo que no aceptaba el Principio de Causalidad (esencial para plantearnos la Metafísica y los principios primeros de la existencia) como al Racionalismo que hacía dudar de todo y sólo consideraba válidas los conocimientos producidos directamente por la razón: no se puede dudar de todo, decía. Vemos cómo se alejó de la doctrina de la Duda Universal de Descartes, que aunque gran filósofo, erró al llevar la inseguridad en la posibilidad de un conocimiento verdadero tan lejos.

        ¿Cómo no encontrar en el desprecio a las teorías de Balmes unos prejuicios anacrónicos, aparecidos a raíz de la Ilustración y sobre todo a partir del siglo XIX, contra todo lo que "huela" a Iglesia?

        Su principal obra fue El Criterio, aunque como autor prolífico nos dejó un sinfin de trabajos: acerca del Protestantismo y la Civilización Occidental, sobre la Iglesia en España, respecto a cómo enseñar religión a los niños...

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2 junio 2011 4 02 /06 /junio /2011 02:31

     ¡Madre Mía, qué extendida está en la sociedad la teoría de que el Cristianismo sumió a la mujer en un abismo de sombrar y marginalidad! Claro está que no todos son luces, que el comportamiento de la Iglesia Católica (por concretizar más el tema) no siempre fue el que debiera, también con respecto a la mujer. Pero no mentimos al decir que la mujer vio realzada tremendamente su dignidad gracias al Cristianismo.

      En torno a este tema creo que hay un punto al que no se le ha dado la importancia que se merece, y es el de el valor de la monogamia impuesto por el Cristianismo. Al contrario de lo que muchos piensan, la monogamia no estaba completamente arraigada antes de la llegada del mensaje evangélico. Basta con leer el pasaje de Mateo, 19, 1-10:

 

Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

Lo siguió una gran multitud y allí curó a los enfermos. Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?».

El respondió: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer;  y que dijo: "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne"?

De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».

Le replicaron: «Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?».

El les dijo: «Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era sí.

Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio».

Los discípulos le dijeron: «Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse».

      

       Aquí hablamos de monogamia y poligamia en el sentido de la vinculación definitiva entre un hombre y una mujer; no sería poligamia sólo el estar casado legalmente con más de una mujer, sino el no guardar la exclusividad, totalidad, y carácter definitivo del amor conyugal.

       Y es que la monogamia es un valor de origen fundamentalmente judeo-cristiano. Y es este concepto el que le da a la mujer un estatus mucho mayor que el que poseía, ya que, ¿dónde está la dignidad de la mujer cuando en el matrimonio, origen de la familia como célula básica de la sociedad, no recibe el amor y la entrega exclusivos del varón, teniendo que compartir su situación con otras mujeres? Como vemos en el fragmento evangélico antes expuesto, Cristo equiparó el pecado del adultario del hombre al de la mujer. Sería bueno que meditarámos sobre este punto, ya que es más importante de lo que puede parecer; no hay igualdad auténtica sin una nivelación de derechos y deberes dentro de la institución matrimonial.

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25 mayo 2011 3 25 /05 /mayo /2011 22:58

        Lo primero de todo, antes de exponer el grueso de la entrada, dejar claro que pocas cosas peores pueden ocurrirle a una nación que una guerra civil, una lucha fratricida, en la que la misma se desangra de una manera absurda y cruel. Precisar también que en nuestra Guerra Civil, que duró de 1936 a 1939, ambos bandos cometieron atrocidades, que ninguno de ellos puede llamarse víctima, ni vencedor de la contienda.

       Dicho esto, me gustaría tratar el tema de la represión que sufrió la Iglesia en territorio republicano durante la contienda, ya que no se habla lo suficiente de ello, sobre todo en determinados ambientes, para los cuales memoria histórica es un término que sólo merecen los muertos de uno de aquellos dos bandos. Y es que nosotros no entramos en luchas de bandos; sólo hablamos de personas que murieron exlcusivamente por motivos religiosos: mártires de la fe.

       Dichos mártires, repartidos por muchas zonas del país que estuvieron en manos de los republicanos, llegaron al número de 10.000. Sí, leéis bien, 10.000 seres humanos a los que se les arrebató la vida, muchas veces de forma perversa y tras torturas, por el simple hecho de ser católicos y no renegar de su fe: sacerdotes diocesanos, miembros del clero regular (tanto masculino como femenino), seminaristas, y muchísimos seglares comprometidos, ya fueran miembros de Acción Católica o de otras asociaciones. Según algunos autores, estamos ante una de las mayores persecuciones religiosas que sufrió la Iglesia Católica desde tiempos del Imperio Romano, superando incluso la acaecida durante la Revolución Francesa.

       Pero esto resulta aún más doloroso si tenemos en cuenta que dicha represión fue muchas veces a sabiendas de las autoridades republicanas, tal y como se ve en este Memorándum que a comienzos de 1937 redactó el por entonces ministro del gobierno republicano (que en aquellos momentos tenía su capital en Valencia) Manuel de Irujo:

      

      La situación del hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:

      a) Todos los alteres, imágenes y obejtos de culto, savlo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.

      b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.

      c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.

      d) Los parques y organismos oficiales recibieron comapanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.

      e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos.

      f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos.

      g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.

      h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal y familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde.

     

       El testimonio es espeluznante, basta con tener un poco de humanidad para percatarse de la gravedad de la persecución que los católicos sufrieron durante la guerra a manos del bando republicano.  10.000 hombres y mujeres que dieron testimonio de su fe y no dudaron en ofrecer su sangre por lealtad a Dios y a la Madre Iglesia, perdonando a sus enemigos, como muchos testimonios demuestran. Por todo esto, tengámoslos presentes siempre en nuestra memoria, y como ellos hiceron, luchemos por una España unida y en paz, y mantengámonos siempre fieles a la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo y a la Iglesia que Él fundó; sin miedo a nada, ya que tenemos su promesa de vida eterna.

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21 mayo 2011 6 21 /05 /mayo /2011 18:33

       Esta gran verdad es la que nos recuerda Benedicto XVI en su segunda encíclica, Spe Salvi. Sólo con una visión trascendente de la vida, con una fe en Aquél que puede darnos vida eterna, el hombre puede tener esperanza; no una esperanza parcial, temporal, sino la esperanza que como anticipo de la Gloria hace que empecemos ya a disfrutarla en esta vida terrena. En estas últimas semanas, con acontecimientos como el tsunami de Japón, o el terremoto de Lorca, el hombre ha visto una vez más hecho añicos su sueño de conseguir por sí mismo el paraíso terrenal, sin contar con Dios. Otra vez, el hombre se vuelve hacia el cielo buscando una razón que justifique todos estos sucesos.

      El británico Francis Bacon (1561-1626), padre de la Nueva Ciencia y defensor acérrimo de método hipotético-deductuvo, quería librar de lo que él llamaba idola (prejuicios) a la práctica científica, limpiándola de la tradición filosófica. Su objetivo no era otro que el dominio de la Naturaleza para el bienestar social. No hay que olvidar sus críticas a la Metafísica de Aristóteles, que según su propia  opinión no valía para otra cosa que para enredar. Este autor, aunque no obstante hubo otros precursores, constituyó uno de los eslabones hacia el olvido de Dios y el trasbase de la esperanza en nuestro Creador a la Ciencia.

      En el siglo XIX, F. Nietzsche (1844-1900) criticó abiertamente al Cristianismo, que según él había siempre arrebatado al ser humano el legítimo anhelo a vivir según sus sentimientos más íntimos, sus pasiones más instintivas, sin verse refrenado. Anunció la muerte de Dios, y el reinado de un nuevo hombre que todo lo podría. Creo que no es necesario decir qué influencia tuvieron estas opinionen en el surgimiento del nazimo en el siglo XX.

      Y no hay que olvidar otras figuras como el filósofo J.P. Sartre, que consideraba que sin Dios el hombre sería completamente libre.

     ¿Hasta cuándo no comprenderemos la desesperación en que cae el hombre cuando olvida su faceta trascendente? Sólo Dios puede dar consuelo y sentido ante las desgracias como las de estos últimos tiempos.

 

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15 mayo 2011 7 15 /05 /mayo /2011 23:44

        Cuenta la leyenda que un compañero de trabajo de Isidro (el cual vivó entre los siglos XI y XII), receloso de éste porque lo veía rezar mucho en las horas laborales, se lo comunicó a su jefe. Éste, queriéndose asegurar de tales acusaciones, sin tomar medidas precipitadas, estuvo espiando a nuestro santo. Y sí, era cierto: en plena hora de labranza, Isidro (¡que era labrador, no lo olvidemos!) se puso a rezar; pero no fue lo único que observó su jefe, ya que mientras aquél oraba a Nuestro Señor, un ángel hacía la labor que a Isidro le correspondía.

       ¿Confiamos los católicos en que en todas las adversidades de nuestra vida cotidiana, en nuestro trabajo, en nuestro grupo de amigos, en nuestra familia, Cristo nos socorre y provee? ¿O más bien nos ahogamos en las dificultades de ese día a día, y las usamos como escusas para no responder a la llamada de amor que nos realiza incesantemente Nuestro Salvador? Fiémonos de Él, y como san Isidro, abandonémonos en sus manos, que ni un solo pelo de la cabeza se nos cae sin que lo sepa el Padre.

      Y no olvidemos que tanto san Isidro como su mujer y su hijo (¡también santos!, Santa María de la Cabeza en el caso de su esposa, y San Illán en el caso de su hijo), son modelo de familia cristiana, imagen de aquella familia de Nazaret... Claro muestra de que todo estamos llamados a la santidad, no sólo los que pertenecen a la vida consagrada.

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11 mayo 2011 3 11 /05 /mayo /2011 00:48

        Sin ánimo de faltar el respeto a los fieles islámicos, que también son hijos de Dios, me gustaría resaltar algunas diferencias grandes que existen entre su religión y la católica:

        Por ejemplo, y esta es esencial, para ellos la trascendencia de Dios es tal, que está incluso por encima de la razón; así, Él perfectamente puede pedir algo que esté en contra de nuestra razón, y por ser su Palabra, estaríamos en la obligación de cumplirlo. En cambio, para el Cristianismo, y en especial para la doctrina católica (la Reforma rompió  esta tendencia), Dios mismo es la Razón, el Logos, como nos dice San Juan en el Prólogo de su Evangelio. Por ello, no nos puede pedir algo que se sitúe en contra de nuestra misma razón, ya que iría en contra de su propia naturaleza. Esta visión tiene claros exponentes en San Agustín y Santo Tomás de Aquino (sobre todo éste último); la libertad no proviene por tanto solamente de la voluntad, sino de ésta y del entendimiento (de la razón). 

       Por otra parte, el Cristianismo tiene en su misma semilla la tendencia reformista (que no cismática); así, lo vemos con la reforma cluniaciense, con la cisterciense, y con la de las órdenes mendicantes de los franciscanos o dominicos. Somos pecadores, y a veces nos alejamos de los designios de Dios, de su Palabra, pero Él siempre nos proporciona personalidades que saben enderezar el rumbo de la gran barca de Pedro. ¿Alguien conoce hechos históricos como éstos en el seno del Islam?

 

      Fuentes: Discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona.

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1 mayo 2011 7 01 /05 /mayo /2011 13:40

No sé por qué (o tal vez sí lo sepa) todo movimiento herético que significó una escisión dentro de la Iglesia Católica suele ser objeto de muchas simpatías por parte de numerosas personas y movimientos. Yo no voy a decir que todos los movimientos cismáticos que se han producido a lo largo de la Historia hayan sido iguales, ni que detrás de ellos muchas veces no hubiera elementos de protesta justificados, porque la Iglesia está formada por pecadores. Eso sí, el problema común a todas ellas es que olvidan las palabra de Cristo en la oración sacerdotal que San Juan nos legó en su Evangelio: Que todos sean uno... Esa es la diferencia entre San Francisco de Asís y Lutero, o entre Santa Teresa de Jesús y Calvino; ellos supieron transformar la Iglesia sin romper su santa unidad.

Hablando ya de las peculiaridades de cada herejía, veamos lo que a veces se escondía detrás de ellas:

1. Nadie va a negar que Lutero llevaba razón en algunas de sus famosas tesis, y que la Iglesia en aquél tiempo verdaderamente necesitaba una Reforma; pero la verdadera Reforma no llegó de manos de los protestantes (ni evangélicos, ni calvinistas, etc.), sino del seno de la misma Iglesia Católica, para ser fieles al mandato evangélico de la unidad. Cierto también que Lutero no perseguía fines políticos con el cisma que provocó (aunque sí perseguía el abandono de fidelidad al Papa), pero no menos cierto es que los nobles y burgueses del Norte de Europa encontraron una ocasión perfecta para enriquecerse y aumentar su poder; porque si como Lutero decía, la Iglesia no era quién para interpretar las Sagradas Escrituras, sino que cada hombre debía ser su propio sacerdote, ya nadie podría oponerse al enriquecimiento de sus arcas: ellos mismos dirían qué era correcto y qué no, "liberados" del para ellos tiránico yugo de la Santa Sede.

2. ¿Y qué decir del Anglicanismo, surgido por los temores dinásticos y las apetencias sensuales del Rey inglés Enrique VIII? Yo me hago cabeza de la Iglesia, y problema resuelto. ¡Por no hablar de la usurpación de tierras pertenecientes a la Iglesia Católica, que les vino de perlas!

 

Continuaremos este repaso a los cismas que la Iglesia Católica ha vivido a lo largo del tiempo...

 

¡Que todos seamos uno, Padre Santo!

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