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5 mayo 2013 7 05 /05 /mayo /2013 22:25

      En la segunda mitad del siglo XIX adquiere forma definitiva la herejía llamada Modernismo, que en palabras del teólogo José María Iraburu se trataba de una síntesis de protestantismo liberal, Ilustración, positivismo, naturalismo, liberalismo, exégesis crítica, historicismo, evolucionismo. No era la primera vez que la Madre Iglesia tenía que hacer frente a los envites de una herejía, desde luego; el problema era que ésta había echado auténticas raíces en el seno de la misma Barca de Pedro. Así lo veía San Pío X, que en su Encíclica Pascendi, escrita en 1907 para atajar al Modernismo, aseveraba: 

Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados (Pascendi, 1).

       ¿Pero qué era (y es) verdaderamente el Modernismo? ¿Cuál era el contenido doctrinal heterodoxo que exactamente propugnaba esta herejía? Pues lo cierto es que, al menos en un principio, y siguiendo las palabras del historiador Roger Aubert, el Modernismo no presentaba unos enunciados doctrinales exactamente determinados. Más bien se trataba de una tendencia de personajes católicos que deseaban "actualizar" a la Iglesia ante los nuevos tiempos que corrían -con el peligro que esta actitud conlleva para la salud de la misma-. Igual nos encontrábamos con un exegeta bíblico que creía que el contenido de las Sagradas Escrituras debía re-analizarse (y "desmitificarse") a partir de los nuevos métodos de investigación histórica, que con unos políticos católicos que abogaban por una acción  separada del mando eclesiástico. Como vemos, algunas de estas reivindicaciones eran justas y necesarias; pero no siempre se realizaron con mesura. Por ejemplo: algunos teólogos llevaron a cabo una gran labor de exégesis bíblica, que ayudó a avanzar en la investigación de las Sagradas Escrituras y del hecho religioso en general. El problema -y por tanto la herejía- estribaba en que algunos autores católicos (ése era y es el auténtico mal del Modernismo) llegaron a poner en duda verdades de la fe debido a un uso incorrecto de la nueva crítica bíblica. Así, nos encontramos un caso paradigmático, el del sacerdote y exegeta galo Alfred Loisy (1857-1940), que llevó a tal extremo esta tendencia "racionalista" que incluso llegó a afirmar que el estudioso de las Sagradas Escrituras debía dejar a un lado el "supuesto" carácter sobrenatural de las mismas. Evidentemente, esta actitud es adecuada para determinado tipo de análisis del Libro Sagrado; pero un católico no debe perder nunca de vista que Dios está detrás de toda la Biblia, por lo que decimos correctamente que es Palabra de Dios. A esto añadimos que Loisy llegó a afirmar en su obra L'Évangile et l'Église que los dogmas no son verdades caídas del cielo, sino que como él mismo diría, eran conceptos que podían evolucionar, y por tanto, susceptibles de ser estudiados en este desarrollo; así puestos queda clara la confrontación con la Verdad que la Iglesia Católica defiende. Por no hablar de sus dudas acerca de la divinidad de Cristo, y de la intencionalidad del Salvador a la hora de fundar la Iglesia; intencionalidad que él negaba (Vicente Cárcel Ortí, Historia de la Iglesia, III. La Iglesia en la Época Contemporánea). Así puestos, a nadie le debe extrañar que en 1908 el sacerdote francés fuera excomulgado. 

        En esta misma línea de Modernismo racionalista a la hora de realizar un análisis histórico-crítico de la Biblia y la doctrina católica debemos incluir al exjesuita irlandés Georges Tyrrell (1861-1909), que influenciado por autores como el mismo Loisy, interpretaba los dogmas como intentos racionales del ser humano para lograr encauzar el instinto de lo divino resindente en su interior. Aún así, lo peor es que discípulos suyos llegaron todavía mucho más lejos.

        Podría parecer que la Iglesia Católica no estaba a favor del creciente interés que había nacido ya hacía unos años respecto al estudio de las Sagradas Escrituras; pero esto no es así. Es cierto que vio aquél movimiento con recelo (¿pero acaso no con motivo, visto lo que hemos visto en los párrafos anteriores?), pero no menos verdad es que ya con la Encíclia Providentissimus, de 1893, León XIII había promovido el estudio científico de la Biblia, pero siempre, claro está, dentro de la ortodoxia. No hay que olvidar a este respecto la labor que realizó el Santo Padre para que la figura de Santo Tomás de Aquino volviera a un primer plano. El propio León XIII daría otro paso más en la misma línea, nueve años después, en 1902, con la Carta Apostólica Vigilantiae, mediante la cual constituía la Pontificia Comisión Bíblica.  

          Posteriormente, el 7 de mayo de 1909 San Pío X fundó el Pontificio Instituto Bíblico con el mismo objetivo. Otros hitos en este deseo de la Iglesia Católica de profundizar en el estudio histórico-crítico de las Sagradas Escrituras, pero siempre fiel al Magisterio de la Iglesia, a la Tradición Apostólica y al carácter sobrenatural de la Revelación, es la Encíclica Divino Afflante Spiritu de Pío XII (1943), y la Constitución Dogmática  Dei Verbum (1965), nacida como todos sabemos del seno del Concilio Vaticano II.

         Adelantábamos anteriormente, al comentar el caso del exegeta Georges Tyrrell, lo que sería una constante en el pensamiento filosófico de los modernistas más marcados: el dogma católico, como todo hecho religioso, no provenía de una revelación sobrenatural exterior, sino que era más bien la respuesta emitida por el hombre ante el impulso divino sentido dentro de síEs lo que Roger Aubert llama apologética de la inmanencia. También fue este punto muy criticado por la Encíclica Pascendi; en ella, San Pío X aseveraba: 

En consecuencia, el sentimiento religioso, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo cuanto en cada una haya habido o habrá. Oscuro y casi informe en un principio, tal sentimiento, poco a poco y bajo el influjo oculto de aquel arcano principio que lo produjo, se robusteció a la par del progreso de la vida humana, de la que es —ya lo dijimos— una de sus formas. Tenemos así explicado el origen de toda relígión, aun de la sobrenatural: no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada: queda al nivel de las demás en todo. Tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la inmanencia vital, y no de otra manera.

¡Estupor causa oír tan gran atrevimiento en hacer tales afirmaciones, tamaña blasfemia! ¡Y, sin embargo, venerables hermanos, no son los incrédulos sólo los que tan atrevidamente hablan así; católicos hay, más aún, muchos entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y tales delirios presumen restaurar la Iglesia! No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Se ha ido mucho más adelante, a saber: hasta afirmar que nuestra santísima religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontáneo de la naturaleza. Nada, en verdad, más propio para destruir todo el orden sobrenatural (Pascendi, 8).

        También en el campo social y político se dejó notar el Modernismo, sobre todo en Italia. Nos recuerda Roger Aubert que alrededor del sacerdote Romolo Murri se reunió un grupo de personas que quisieron realizar una labor política inspirada en los principios cristiano-demócratas, pero sin tener que rendir cuentas a la jerarquía eclesiástica. Otra iniciativa de parecidos tintes, nos sigue contando Aubert, fue la de la revista Il Rinnovamento, fundada por jóvenes católicos laicos en Milán, con la intención de expandir el pensamiento liberal en materia política y religiosa.

           Por desgracia, el Modernismo en sus distintas facetas (que ya vimos que eran variadas y numerosas) realizó en algo más de un siglo de existencia destrozos considerables. Pero no es algo del pasado de lo que ya no debamos preocuparnos si no es para hacer un análisis histórico. Al contrario, la herejía modernista sigue totalmente vigente: ¿quién, lamentablemente, no conoce a algún seglar, teólogo, religioso, o aún peor, sacerdote, que niegue la historicidad de la Resurrección de Cristo, dejándola en mera experiencia de fe?; ¿quién no ha escuchado comentarios del tipo "los milagros narrados en los Evangelios constituyen un género literario", o aquél otro de "la Iglesia tiene que adaptarse a los nuevos tiempos"?

           Un claro ejemplo de la extensión  que tuvo (y tiene) en el tiempo el Modernismo es el caso de la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI -1968-, y todos los sucesos que la rodearon. Como todos sabréis, dicha Encíclica prohibía a los católicos el uso de los anticonceptivos, siendo así fiel a toda la tradición doctrinal de la Iglesia. El sacerdote y doctor en Teología Miguel Ángel Fuentes nos cuenta cómo en tiempos de Juan XXIII se constituyó una Comisión para tratar el tema; Comisión que en la mayoría de sus miembros era paratidaria de la relajación del Magisterio hacia la anticoncepción. Existía la creencia generalizada de que la Iglesia iba a permitir el uso de dichos métodos anticonceptivos; y entonces, traca: Pablo VI publica la Humanae Vitae, y se lía la de San Quintín. Nunca se hablará lo suficiente acerca del sufrimiento injusto que las interpretaciones de esta Encíclica causó al Santo Padre; todo por permanecer fiel a la sana doctrina tradicional de la Esposa de Cristo. 

             Las reacciones no se hicieron esperar: un grupo de 87 teólogos estadounidenses, tan sólo dos días después de publicarse la Humanae Vitae, acusaron infundadamente a Pablo VI  de oponerse al Concilio Vaticano II; por otra parte, el famoso teólogo jesuita Karl Rahner (1904-1984) -que dicho sea de paso, tan buena "prensa" tiene-, alentó a los fieles católicos a desobedecer el contenido de la Encíclica.  Y hubo más ejemplos de estas reacciones contrarias a la Humanae Vitae...  todas surgidas del pensamiento modernista.

               Para terminar este artículo, no puedo más que hacer mía la reflexión del historiador Aubert acerca de las pretensiones del Modernismo para con la Iglesia Católica, de cara a un acomodamiento de ésta al mundo secular que la rodea: De esta manera se esperaba conservar o recuperar a los hombres para la Iglesia, no teniendo en cuenta que, bajo el pretexto de acomodación de la Iglesia a la situación del tiempo, se corría el peligro de olvidar que eran más bien las aspiraciones del presente las que debían acomodarse a las exigencias del espíritu cristiano.

 

Fuentes:

  • Cárcel Ortí, Vicente; Historia de la Iglesia, III. La Iglesia en la Época Contemporánea; Ediciones Palabra, Madrid, 2009.
  • San Pío X; Carta Encíclica Pascendi; www.vatican.va .   

 

 


 

 

 

 


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27 abril 2013 6 27 /04 /abril /2013 20:55

        Ya vimos en el artículo anterior cómo en las elecciones que catapultaron a los nazis al poder pocos católicos los habían votado. Pasaré ahora a analizar más en profundidad cuáles fueron las auténticas relaciones entre la Alemania nacionalsocialista y la Iglesia Católica. Se habla mucho, y siempre con poca o ninguna escrupulosidad histórica, acerca de una supuesta connivencia entre los nazis y la Iglesia Católica/Vaticano. Pero la verdad contrastada por multitud de historiadores y por cualquiera que se acerque al asunto sin ideas preconcebidas es que el régimen de Hitler veía en la Iglesia Católica a uno de sus mayores enemigos. 

        No es de extrañar que a Hitler le entraran sudores fríos (en sentido figurado) cuando escuchaba hablar de la Iglesia. En 1937 Pío XI había publicado la Encíclica Mit Brennender Sorge, en la que expresaba su profundo desacuerdo ante el pensamiento enarbolado por los nazis:


Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a esta (Mit Brennender Sorge, 12).

 

Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios, creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son como gotas de agua en el caldero (Is 40, 5) -Mit Brennender Sorge, 15-.

 

       A nadie se le escapa que las ideas de los nacionalsocialistas acerca de la supremacía de la raza aria, la eugenesia y la eutanasia, entre otras, chocaban frontalmente con el mensaje del Evangelio. El historiador Édouard Husson nos recuerda un hecho paradigmático de lo que hablamos: Reinhard Heydrich, jefe de la RSHA (Reichssicherheitshauptamt u Oficina Central de la Seguridad del Reich, que unía a la Gestapo con la SD -Sicherheitsdienst o Servicio de Seguridad de las SS-), sabía perfectamente que la Iglesia Católica no aceptaría nunca el asesinato de discapacitados físicos y mentales. Cuando Clemens August von Galen, obispo de Münster, pronunció en 1941 sus tres famosos sermones criticando la eutanasia, Heydrich visitó a Goebbels y a Bormann para que intentaran convencer a Hitler de la necesidad de detener a von Galen. Curiosamente, fue el dictador quien paró la maniobra, aunque, eso sí, y éste dato es importantísimo, les aseguró que Tiempo vendrá en que yo ajuste cuentas con ellos. Heydrich, siempre fiel a Hitler, aceptó esta estratagema política más "paciente", y le comunicó a los suyos que era necesario perfeccionar el sistema de información de modo que el día en que ajustemos cuentas con la Iglesia tengamos en la mano todas las pruebas de lo que ella ha emprendido contra el Estado.

        Conscientes de que la Iglesia Católica, y más concretamente el Vaticano, combatían soterradamente las acciones del Tercer Reich, la RSHA infiltró en las nunciaturas a agentes que pudieran falicitarle información al respecto. De nuevo Édouard Husson nos proporciona unas palabras que R. Heydrich comunicó a sus subordinados en una directiva de abril de 1940:

Es necesario reunir todos los elementos que permitan probar que los obispos se sirven de la valija diplomática de la nunciatura para comunicarse con Roma. Hay que identificar todos los medios utilizados por los obispos y la nunciatura para comunicarse entre sí. Hay que introducir  informadores en este sistema de comunicación.

          Resulta llamativo que haya aún quien acuse a Pío XII de no realizar una declaración explícita contra el genocidio que los nazis estaban ejecutando sobre el pueblo judío. No voy a entrar ahora en profundidad acerca de este tema, ya que lo abordaré detalladamente en otro artículo que versará sobre la impagable labor que la Iglesia Católica, y más concretamente el Santo Padre realizaron en favor de la vida de los judíos. Pero sí tengo que señalar lo que Husson ya remarca de forma muy inteligente:  ¿cómo podría haber mantenido el Vaticano una política de salvación de judíos si la hubiera llevado a cabo por los cauces establecidos, poseyendo la Alemania nazi espías en las mismísimas nunciaturas? Si Pío XII consiguió salvar a tantos judíos, posiblemente fue gracias a lo oculto de su acción.

          La animadversión que Hitler llegó a sentir hacia Pío XII fue tal que él y otros jerarcas nazis se plantearon el secuestrar al Sumo Pontífice y exiliarlo de Italia. Aunque se reservaba la final venganza para después de la "victoria" en la guerra, los católicos fueron constantemente perseguidos por las autoridades nazis. Por citar algunos casos llamativos, recordemos que el tan activo Heydrich mandó detener y matar a Erich Klausener, presidente de Acción Católica y que había trabajado en la administración del Tercer Reich, acusando a los nazis de mantener un régimen totalitario, y a Adalbert Probst, que dirigía la Organización Católica de Deportes. Fueron también muchos los católicos, sacerdotes, religiosos y laicos, que vieron como eran conducidos a campos de exterminio, tal fue el caso de Edith Stein (Santa Teresa Benedicta de la Cruz) o el presbítero San Maximiliano Kolbe, muertos ambos en el campo de concentración de Auschwitz.

             ¡Que el mundo lo sepa! La Iglesia fue tal vez la que tuvo una mayor y más eficaz actuación en contra del régimen nacionalsocialista, aún a costa de muchas vidas de sus hijos.

          

          

 


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16 abril 2013 2 16 /04 /abril /2013 21:27

      La leyenda negra, azuzada por la obra teatral El Vicario (escrita por Rolf Hochhuth en 1963, y a todas luces "patrocinada" por la propaganda comunista), ha querido presentar a la Iglesia Católica, especialmente al Santo Padre Pío XII, como impasible y pasiva ante la shoa de los judíos durante la II Guerra Mundial. Es un tema que necesita un tratamiento largo y pausado; y como por algún lugar hay que comenzarlo, lo haremos con el papel que jugaron los católicos en la elección democrática de Hitler en 1932.

     El historiador José Manuel García Pelegrín publicó en su obra Cristianos contra Hitler dos mapas en los que comparaba las zonas con mayoría católica del territorio alemán por aquel entonces con los territorios que mas votos aportaron al Partido Nacional-Socialista en las elecciones de 1932. Por el tema de respetar los derechos de autor, hasta que no tenga el permiso concedido no publicaré los mapas, aunque cualquiera de ustedes puede buscarlos en internet, y les aseguro que la comparación resulta impresionante: hasta un niño pequeño podría observar, con una exactitud que casi asusta, que los lugares en los que la población católica era mayoría (por ejemplo, la Baviera de Benedicto XVI), Hitler apenas recibió votos. Se calcula que de unos 20 millones de católicos que poblaban Alemania (había alrededor de 40 millones de protestantes), tan sólo 5 votaron a Hitler, y cuando aún no había realizado las barbaridades que poco después llevaría a cabo.

          ¡Empecemos a poner las cosas claras!

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11 abril 2013 4 11 /04 /abril /2013 01:29

          Existe una preciosa leyenda que entronca con el tema de la Sábana Santa (aunque el asunto de la Síndone deberemos dejarlo para otro artículo, con el permiso de vosotros, queridos lectores), y es la de la supuesta correspondencia entre Abgar, Rey de Edesa, y Nuestro Señor Jesucristo. 

             Siguiendo el trabajo de Mark Guscin (licenciado en Filología Clásica y con un Máster en Latín Medieval, además de ser miembro del Equipo de Investigación del Centro Español de Sindonología -EDICES-), podemos decir que la leyenda ya existía con seguridad en los siglos III y IV. En resumidas cuentas, la historia sería la siguiente: el rey Abgar de Edesa, teniendo noticias acerca de Cristo, le envía una carta pidiéndole que visite su tierra para curarle una enfermedad de la piel, ofreciéndole a cambio protección frente a los judíos que querían verlo muerto. A su vez, Cristo le contesta con otra carta, en la que le comunica que no puede acudir a Edesa, debido a que tiene que cumplir su misión, pero que enviará a un discípulo para sanarlo. Como hemos dicho, la leyenda es antiquísima y sabemos que ya existía en los siglos III y IV; posteriormente, cuando la llamada Imagen de Edesa aparece (que posiblemente sea la mismísima Sábana Santa, pero eso, como mencioné anteriormente, es otra historia) en el siglo VI, se introduce en la narración la siguiente novedad: la curación se realizaría mediante dicha Imagen, que sería trasladada desde Tierra Santa a Edesa. 

           Sabemos que ciertamente hubo un Rey en Edesa en aqueños años, que gobernó más concretamente entre el 4 a.C.-7 d.C., y posteriormente entre el 13 y el 50 d.C. Al parecer, tenía el sobrenombre de Ukkama o Uchama, que viene a significar "el Negro", probablemente por alusión a la enfermedad de piel que presentaba. También es un hecho cierto que a finales del siglo II el Cristianismo ya había aparecido en Edesa. Todo los demás datos presentados por la leyenda son de escasa credibilidad, por muy bellos que nos puedan parecer.

           Siguiendo a Mark Guscin, podemos afirmar que el historiador cristiano Eusebio de Cesarea, que vivió a caballo entre los siglos III y IV, menciona la historia de Abgar, e incluso no ofrece un fragmento de la carta del Rey de Edesa a Jesús, el cual aquí presento: 

           Abgar Uchama a Jesús, que ha aparecido como salvador en la región de Jerusalén -saludos. Me he enterado de ti y de tus curaciones, que efectúas sin drogas ni hierbas. Si lo que oigo es cierto, haces que los ciegos recuperen la vista, que los cojos anden bien, curas a los leprosos, expulsas a los demonios y a los espíritus inmundos, curas a los que sufren enfermedades crónicas y dolorosas y resucitas a los muertos. Cuando me enteré de todo eso, llegué a la conclusión de que o bien eres Dios que ha bajado del cielo para hacer estas cosas, o bien eres el hijo de Dios que las hace. Por lo tanto te escribo para rogarte que vengas, sea como sea, para curar mi enfermedad. Entiendo también que los judíos te menosprecian y desean hacerte daño; mi ciudad es pequeña, pero muy respetada, adecuada para ambos.

            Y sigue contándonos Guscin que según la leyenda, Jesucristo contestó a su vez a Abgar con las siguientes palabras: 

            Bendito seas, que has creído en mí sin haberme visto. Está escrito que los que me hayan visto no creerán en mí pero los que no me hayan visto creerán y vivirán. En cuanto a tu petición de ir a ti, tengo que completar mi misión aquí y al completarla debo enseguida volver al que me envió. Cuando suceda esto, te enviaré uno de mis discípulos para curar tu enfermedad y llevar la vida tanto a ti como a los tuyos.

           Por su parte, la monja hispana Egeria, que peregrinó a Tierra Santa a fines del siglo IV, nos cuenta en su diario conservado parcialmente, que visitó Edesa y la obsequiaron con una copia de las cartas, reconociendo que aquella versión era más extensa que la conocida en su tierra. De aquí se deduce, por tanto, que existían ya por aquel entonces varias versiones del texto de las cartas.

           Nótese también, que ninguno de los dos autores, ni Eusebio ni Egeria, mencionan la Imagen de Edesa.

               

           ¡Bendito sea Cristo Nuestro Señor, que padeció por nosotros para sanarnos!   

 


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6 abril 2013 6 06 /04 /abril /2013 02:40

      San Alberto Magno (1193-1280) fue uno de los grandes autores escoláticos. Dominico alemán y maestro de Santo Tomás de Aquino, se mereció el título de Doctor Universalis ya por parte de los que lo conocieron. Estudiante en Padua y París, donde se doctoró, fue también obispo de la ciudad de Ratisbona, aunque posteriormente decidió renunciar a tal nombramiento. Defensor como el resto de filósofos y teólogos escoláticos de la unión entre fe y razón, fue, tal y como hemos dicho, hombre de inmensa sabiduría, en la cual tuvieron cabida amplios conocimientos de botánica, por lo que, entre otras cosas, traemos a San Alberto Magno a esta sección sobre Ciencia e Iglesia Católica. 

     Y es que nada  humano es ajeno a Dios...

Fuentes:

  • Alfonseca Moreno, Manuel; Grandes científicos de la humanidad, a-l; Espasa Calpe, Madrid, 1998.
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23 marzo 2013 6 23 /03 /marzo /2013 15:32

      Se ha extendido la opinión de que Giordano Bruno fue ejecutado por la Inquisición a causa de sus ideas científicas. Es cierto que murió en la hoguera  condenado por un tribunal inquisitorial, pero fue por motivos puramente religiosos, y no por su concepción acerca de la estructura del Universo.

 

       El filósofo y escritor italinao Giordano Bruno (llamado verdaderamente Filippo Bruno), nació en Nola en 1548 y murió en Roma, en el año 1600. Era un admirador del sistema copernicano, defendía la extensión infinita del Universo y la existencia de otros mundos habitados. Pero también mostraba a la vez un pensamiento con pinceladas de panteísmo y gnosticismo, además de negar el pecado original, la divinidad especial de Cristo, y su Presencia Real en la Eucaristía. Como ya vimos en otros artículos, la Iglesia Católica no mandó a la hoguera a nadie por defender el Heliocentrismo, sino que incluso algunos de sus máximos defensores eran clérigos: el sacerdote y cardenal Nicolás de Cusa, el canónigo Copérnico... El verdadero motivo fueron sus ideas religiosas heréticas: un crimen atroz, desde luego, pero que nada tenía que ver con el supuesto oscurantismo científico de la Madre Iglesia.

 

       Cada cosa,en su sitio.

 

Fuentes:

  • Alfonseca Moreno, Manuel; Grandes Científicos de la Humanidad, a-l; Espasa Calpe, Madrid, 1998. 

 

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9 marzo 2013 6 09 /03 /marzo /2013 23:03

            Una curiosidad histórica: los obispos de la diócesis valenciano-catalana de Tortosa tienen el derecho de usar el solideo rojo que portan los que poseen la dignidad cardenalicia. ¿A qué se debe este privilegio? La dignidad procede de tiempos del Papa Adriado VI. Nacido en Utrecht en 1459 y muerto en Roma en 1523, este sacerdote fue antes que Papa (1522-1523 -tan sólo un año como Sumo Pontífice) cardenal y obispo de Tortosa; por este motivo, cuando accedió al trono de Pedro, concedió este derecho a los prelados de dicha antiquísima diócesis. 

        A parte de este dato más o menos anecdótico, no estaría de más recordar que Adriano fue el tutor del Emperador Carlos V, Inquisidor General en Castilla y Aragón, y regente de Castilla cuando Carlos tuvo que dejar nuestro país para procurarse el apoyo de los príncipes alemanes de cara a la elección del nuevo Emperador. Fue, a más inri, el último Papa no italiano hasta tiempos de Juan Pablo II. 

           ¿No son maravillosas la tradiciones de nuestra fe?

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3 marzo 2013 7 03 /03 /marzo /2013 22:20

     Curiosamente, el término sambenito, que alude a esa especie de túnica que vestían los que eran juzgados culpables por la Inquisición, no tiene nada que ver con la Orden de los Benedictinos, ni nada por el estilo, aunque cueste creerlo. Al parecer, el nombre proviene de las palabras "saco bendito", ya que esos culpables de herejía eran revesitidos por un saco de lana que previamente había sido bendecido; el parecido con el nombre del santo fundador del monacato en Occidente hizo que permaneciera ese término.

     Y es que la Inquisición, a pesar de sus atrocidades (ya hablé bastante en otro artículo acerca del tema), siempre buscaba (desde su punto de vista, claro) la redención del hereje, al contrario de los tribunales reformados (ya fueran luteranos, calvinistas, anglicanos...), que no perseguían otra cosa sino la aniquilación de toda disidencia religiosa.

 

Fuentes:

  • García Bourrellier, Rocío; La Leyenda Negra y la Inquisición. ¡Menudo sambenito!, en Muy Historia, nº. 46; 2013, G y J España Ediciones.
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18 febrero 2013 1 18 /02 /febrero /2013 21:45

          Tras la renuncia de Su Santidad Benedicto XVI al trono de Pedro, estamos a las puertas de un nuevo cónclave para elegir Papa. Como todos sabemos, el Cónclave encargado de tan magna tarea (inspirado, eso sí, por el Espíritu Santo) está formado sólo por cardenales, y más concretamente por los cardenales menores de 80 años en el momento de la renuncia del Pontífice (o de la muerte del mismo, en su caso). Anotemos, en todo caso, que este límite de los 80 años fue impuesto por Pablo VI ¿Pero por qué es éste el sistema de elección del nuevo Papa? ¿Cuál es el origen de esta práctica?

          En primer lugar, recordemos que Cristo no fijó ninguna norma para elegir a los sucesores de San Pedro. En los primeros tiempos de la Iglesia, la decisión pisiblemente recaía en el mismo Papa, que escogía a su sucesor. Tiempo después, esta práctica iría derivando hacia la elección por parte del clero y del pueblo romano, como sucedía en las demás diócesis; no podemos olvidar que el Papa es el Obispo de Roma. Por desgracia, las ingerencias políticas fueron aumentando con el paso de los siglos, así como las disputas entre diferentes sectores de dentro de la Iglesia. De este modo, en 1059, el Papa Nicolás II mandó que tan sólo los cardenales podrían elegir al nuevo Pontífice. ¿Y quiénes eran en verdad los cardenales? ¿Cuál es el origen de este cuerpo? Al parecer los cardenales eran los sacerdotes vinculados a las parroquias romanas. La palabra cardenal posiblemente proviene de la latina cardium, corazón, haciendo referencia al corazón de la Iglesia, Roma; por tanto los cardenales eran los sacerdotes romanos. Es por este motivo que aún hoy día los cardenales tienen que estar adscritos como parrócos honorarios a las diferentes parroquias de Roma. Así, mediante este sistema de elección, se siguió conservando en cierto modo la antigua costumbre por la que era el clero romano el que elegía al nuevo Obispo de Roma.

         ¿Y el concepto de Cónclave, de dónde procede? Pues significativamente, del término latino cum clavis, con llave. La historia que narra el porqué de este nombre para la reunión de los cardenales que elegirán al Santo Padre es preciosa. Cuando en 1268 Clemente IV murió, los 18 cardenales reunidos en Viterbo tardaban demasiado en elegir nuevo Papa; tanto, que el pueblo católico no tuvo jefe hasta tres años después, en 1271. El pueblo, harto de la demora, selló las puertas del palacio (cum clave, con llave) en el que se reunían los cardenales, además de racionarles la comida, e incluso privarles del techo de la sala en pleno invierno. Finalmente, las medidas surtieron efecto, y salió Papa del cónclave Gregorio X, quien escarmentado por los problemas que había vivido en Viterbo, decretó en el Segundo Concilio de Lyon celebrado en 1274, que los cardenales debían encerrarse con llave para elegir al sucesor.

 

        ¡Ahora nos toca a nosotros orar para que el Espíritu Santo ilumine a los cardenales electores en el momento de escoger nuevo huésped del trono petrino! ¡Cristo bendiga a Benedicto XVI, al nuevo Papa, y a la Santa Madre Iglesia que Él fundó!

 

Fuentes:

  • Bastante, Jesús; Benedicto XVI. El nuevo Papa; La Esfera de los Libros, 2005, Madrid.
  • Miret Magdalena, Enrique (prol.); Diccionario de las religiones; a-j; Espasa Calpe, 1998, Madrid.
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15 febrero 2013 5 15 /02 /febrero /2013 13:04

       Como ya escribí hace un par de años en el primer artículo de esta serie acerca del antiguo culto a la Virgen María, aunque se piensa que en las Sagradas Escrituras las alusiones a la devoción mariana son nulas, esto no es así, ya que a pesar de presentarse forma velada, vemos en ellas el germen de la posterior veneración a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo. Analicemos un claro ejemplo concerniente al libro del Apocalipsis:

 

Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz. Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio para que allí fuera alimentada durante mil doscientos sesenta días. Entonces se libró una batalla en el cielo: Miguel y sus Angeles combatieron contra el Dragón, y este contraatacó con sus ángeles, pero fueron vencidos y expulsados del cielo. Y así fue precipitado el enorme Dragón, la antigua Serpiente, llamada Diablo o Satanás, y el seductor del mundo entero fue arrojado sobre la tierra con todos sus ángeles. Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: «Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios. Ellos mismos lo han vencido, gracias a la sangre del Cordero y al testimonio que dieron de él, porque despreciaron su vida hasta la muerte. ¡Que se alegren entonces el cielo y sus habitantes, pero ay de ustedes, tierra y mar, porque el Diablo ha descendido hasta ustedes con todo su furor, sabiendo que le queda poco tiempo!». El Dragón, al verse precipitado sobre la tierra, se lanzó en persecución de la Mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero la Mujer recibió las dos alas de la gran águila para volar hasta su refugio en el desierto, donde debía ser alimentada durante tres años y medio, lejos de la Serpiente. La Serpiente vomitó detrás de la Mujer como un río de agua, para que la arrastrara. Pero la tierra vino en ayuda de la Mujer: abrió su boca y se tragó el río que el Dragón había vomitado. El Dragón, enfurecido contra la Mujer, se fue a luchar contra el resto de su descendencia, contra los que obedecen los mandamientos de Dios y poseen el testimonio de Jesús (Apocalipsis, 12, 1-17).

 

        ¿Pero quién es esa mujer que aparece en el cielo revestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada con doce estrellas, como símbolo de los doce apóstoles y de las doce tribus de Israel? ¿A qué mujer se refiere el Apocalipsis cuando menciona que tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones, y de la cual todos los que obedecen los mandamientos de Dios y poseen el testimonio de Jesús son también descendientes? ¿No será esta mujer María, madre del Mesías y de todos los miembros de la Iglesia, el Nuevo Israel? Los detractores de esta interpretación mariana de dicho pasaje apocalíptico alegan que aquella mujer no sería sino una metáfora de la Iglesia, que debe dar a luz al Mesías  siempre con sufrimiento, y cuyos hijos, es decir, nosotros, sufriríamos inevitablemente persecuciones. Pero una vez más debemos acudir a los finos argumentos de Benedicto XVI, que en el segundo tomo de su Jesús de Nazaret, nos habla de un concepto importante para la interpretación tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que es el de la personalidad corporativa. El pueblo judío sabía perfectamente que muchas alusiones a personajes concretos y oraciones realizadas a lo largo de la Biblia no sólo tenían un significado personal, individual, sino que hacían referencia a toda la comunidad. Así ocurre con los salmos, tal y como ya comenté en el artículo acerca del significado del grito de Cristo en la cruz ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" -Mc 15, 33-34-), que sería un asumir el sufrimiento de todos los hermanos abandonados por parte de Jesús. Por ello la Iglesia de los primeros siglos, nos recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, no tuvo problema alguno en ver a la mujer del Apocalipsis, siguiendo el esquema típico de la personalidad corporativa, como la Virgen María, y a la vez como la naciente Iglesia, de la cual María es figura. 

        Es este un aspecto importantísimo, porque si como hemos expuesto en este post, la mujer del Apocalipsis es María, la Madre de Dios, estaríamos ante un auténtico ejemplo de devoción mariana en las Sagradas Escrituras: no olvidemos que el pasaje expuesto anteriormente menciona que es la madre de todos los cristianos.

       ¡Bendita sea la Inmaculada siempre Virgen María, Madre de Dios y de los hombres! ¡Intercede por nosotros, pecadores!

 

Fuentes:

  • Benedicto XVI; Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Encuentro, Madrid, 2011.
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