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15 febrero 2013 5 15 /02 /febrero /2013 13:04

       Como ya escribí hace un par de años en el primer artículo de esta serie acerca del antiguo culto a la Virgen María, aunque se piensa que en las Sagradas Escrituras las alusiones a la devoción mariana son nulas, esto no es así, ya que a pesar de presentarse forma velada, vemos en ellas el germen de la posterior veneración a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo. Analicemos un claro ejemplo concerniente al libro del Apocalipsis:

 

Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz. Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio para que allí fuera alimentada durante mil doscientos sesenta días. Entonces se libró una batalla en el cielo: Miguel y sus Angeles combatieron contra el Dragón, y este contraatacó con sus ángeles, pero fueron vencidos y expulsados del cielo. Y así fue precipitado el enorme Dragón, la antigua Serpiente, llamada Diablo o Satanás, y el seductor del mundo entero fue arrojado sobre la tierra con todos sus ángeles. Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: «Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios. Ellos mismos lo han vencido, gracias a la sangre del Cordero y al testimonio que dieron de él, porque despreciaron su vida hasta la muerte. ¡Que se alegren entonces el cielo y sus habitantes, pero ay de ustedes, tierra y mar, porque el Diablo ha descendido hasta ustedes con todo su furor, sabiendo que le queda poco tiempo!». El Dragón, al verse precipitado sobre la tierra, se lanzó en persecución de la Mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero la Mujer recibió las dos alas de la gran águila para volar hasta su refugio en el desierto, donde debía ser alimentada durante tres años y medio, lejos de la Serpiente. La Serpiente vomitó detrás de la Mujer como un río de agua, para que la arrastrara. Pero la tierra vino en ayuda de la Mujer: abrió su boca y se tragó el río que el Dragón había vomitado. El Dragón, enfurecido contra la Mujer, se fue a luchar contra el resto de su descendencia, contra los que obedecen los mandamientos de Dios y poseen el testimonio de Jesús (Apocalipsis, 12, 1-17).

 

        ¿Pero quién es esa mujer que aparece en el cielo revestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada con doce estrellas, como símbolo de los doce apóstoles y de las doce tribus de Israel? ¿A qué mujer se refiere el Apocalipsis cuando menciona que tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones, y de la cual todos los que obedecen los mandamientos de Dios y poseen el testimonio de Jesús son también descendientes? ¿No será esta mujer María, madre del Mesías y de todos los miembros de la Iglesia, el Nuevo Israel? Los detractores de esta interpretación mariana de dicho pasaje apocalíptico alegan que aquella mujer no sería sino una metáfora de la Iglesia, que debe dar a luz al Mesías  siempre con sufrimiento, y cuyos hijos, es decir, nosotros, sufriríamos inevitablemente persecuciones. Pero una vez más debemos acudir a los finos argumentos de Benedicto XVI, que en el segundo tomo de su Jesús de Nazaret, nos habla de un concepto importante para la interpretación tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que es el de la personalidad corporativa. El pueblo judío sabía perfectamente que muchas alusiones a personajes concretos y oraciones realizadas a lo largo de la Biblia no sólo tenían un significado personal, individual, sino que hacían referencia a toda la comunidad. Así ocurre con los salmos, tal y como ya comenté en el artículo acerca del significado del grito de Cristo en la cruz ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" -Mc 15, 33-34-), que sería un asumir el sufrimiento de todos los hermanos abandonados por parte de Jesús. Por ello la Iglesia de los primeros siglos, nos recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, no tuvo problema alguno en ver a la mujer del Apocalipsis, siguiendo el esquema típico de la personalidad corporativa, como la Virgen María, y a la vez como la naciente Iglesia, de la cual María es figura. 

        Es este un aspecto importantísimo, porque si como hemos expuesto en este post, la mujer del Apocalipsis es María, la Madre de Dios, estaríamos ante un auténtico ejemplo de devoción mariana en las Sagradas Escrituras: no olvidemos que el pasaje expuesto anteriormente menciona que es la madre de todos los cristianos.

       ¡Bendita sea la Inmaculada siempre Virgen María, Madre de Dios y de los hombres! ¡Intercede por nosotros, pecadores!

 

Fuentes:

  • Benedicto XVI; Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Encuentro, Madrid, 2011.

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13 febrero 2013 3 13 /02 /febrero /2013 02:42

         Desgraciadamente, el Concilio Vaticano II vio cómo enarbolando la bandera de defensores del "espirítu" del Concilio, muchos teólogos católicos malinterpretaron inmediantamente después sus conclusiones. En este ambiente de confusión encontraron cabida multitud de tesis teológicas más o menos disparatadas, pero todas alejadas de la ortodoxia. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de un tiempo en el que el Modernismo (al que San Pío X calificaría en la Encíclica Pascendi -1907- como el conjunto de todas las herejías) hace estragos en el mismo seno de la Iglesia Católica, tal y como iba sucediendo desde la segunda mitad del siglo XIX.

           Esta deriva teológica afectó también a la cuestión de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Influidos por la filosofía Fenomenológica, teólogos como el dominico belga Schillebeeckx (1914-2009), coautor del famoso y polémico Catecismo Holandés, optaron por expliar la Presencia Real mediante el término Transignificación, frente al usado desde el IV Concilio de Letrán de 1215, que no era otro que el de Transubstanciación: a través de las palabras de la institución de la Eucaristía y la acción del Espíritu Santo, el pan y el vino cambian de sustancia, pasando a ser a partir de entonces Cuerpo y Sangre de Cristo, aunque las especies permanezcan.

          La filosofía Fenomenológica tuvo como principal exponente al alemán Edmund Husserl (1859-1938), y abogaba por considerar el auténtico ser de las cosas no como la sustancia aristotélica, sino como el sentido. Las cosas son lo que significan para nosotros; no se puede separar el objeto del sujeto. Esto no quiere decir, como bien indica José Antonio Sayés en El Misterio Eucarístico, que los teólogos católicos que acuden a la Fenomenología para explicar el ser de las cosas piensen que es el hombre el que crea la realidad; pero se corre el riesgo, como le ocurrió a Schillebeeckx, de creer que la Presencia Real de Cristo en el pan y en el vino es tal en cuanto a su significado, el cual requiere la fe del que contempla el misterio eucarístico: por tanto, para el teólogo belga Cristo estaría presente en las especies sólo para el que tiene fe, porque Cristo realizaría para el sujeto el cambio de significado, la Transignificación. Schillebeeckx pensaba que el mismo Concilio de Trento había usado el concepto de Transubstanciación para utilizar la terminología aristotélico/escolástica; así puestos, como el Hilemorfismo aristotélico había perdido vigencia, según estos autores, ya no tenía mucho sentido mantener los mismo términos. Pero aquí se equivocaba Schillebeeckx y el resto de autores que defendían la misma tesis, porque San Ambrosio (s. IV) y Fausto de Riez (s. V) usaban el concepto de sustancia con bastante anterioridad.

          Por fortuna, Pablo VI reaccionó enérgicamente ante esta doctrina de la Transignificación. Así, en la Mysterium Fidei (1965), se expresaba de la siguiente manera:

En efecto, no se puede —pongamos un ejemplo— exaltar tanto la misa, llamada comunitaria, que se quite importancia a la misa privada; ni insistir tanto en la naturaleza del signo sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de Cristo en este sacramento; ni tampoco discutir sobre el misterio de la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su sangre, conversión de la que habla el Concilio de Trento, de modo que se limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización (...) -Mysteriun Fidei, 2-.

Mas para que nadie entienda erróneamente este modo de presencia, que supera las leyes de la naturaleza y constituye en su género el mayor de los milagros, es necesario escuchar con docilidad la voz de la iglesia que enseña y ora. Esta voz que, en efecto, constituye un eco perenne de la voz de Cristo, nos asegura que Cristo no se hace presente en este sacramento sino por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la sustancia del vino en su sangre; conversión admirable y singular, que la Iglesia católica justamente y con propiedad llama transustanciación. Realizada la transustanciación, las especies del pan y del vino adquieren sin duda un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, y signo de un alimento espiritual; pero ya por ello adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica (Mysterium Fidei, 6).

Porque bajo dichas especies ya no existe lo que antes había, sino una cosa completamente diversa; y esto no tan sólo por el juicio de la fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino tan sólo las especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, pero no a la manera que los cuerpos están en un lugar (Mysterium Fidei, 6).

 

          Por otra parte, no fue el único error doctrinal que el teólogo dominico Schillebeeckx mantuvo acerca de la Eucaristía. Nos recuerda José María Iraburu en su blog Reforma o Apostasía que dicho autor apoyaba la posibilidad de que, ante la ausencia de sacerdotes en una comunidad, pudieran nombrarse "ministros" extraordinarios que saltándose la sucesión apostólica que encarna el sacramento del orden, fueran elegidos por la misma comunidad local de forma "extraordinaria". La Eucaristía celebrada por estos "ministros" sería completamente válida según Schillebeeckx.

          Como vemos, las desviaciones dogmáticas en torno a la Eucaristía siempre están vinculadas con otras equivocaciones doctrinales: en este caso, concepción del sacerdocio, administración del resto de sacramentos...

          ¡Que María nos proteja de toda herejía! ¡Santa Madre de Dios, haznos fieles a Cristo y a su Esposa la Madre Iglesia Católica!    

 

Fuentes: 

  • Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986.



 

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7 febrero 2013 4 07 /02 /febrero /2013 23:54

       ¡Otra fantástica anécdota acerca de Juan Pablo II! ¡Y van nueve...! Como en casi todas las anécdotas versadas sobre el Beato que hemos contado anteriormente, el texto expuesto a continuación procede de la biografía del Santo Padre escrita por Miguel Álvarez (El Joven que llegó a Papa). Pero antes, situémonos: estamos en Estados Unidos, en octubre de 1979, al poco de ser elegido Papa; el Santo Padre ha realizado una visita a la nación norteamericana, y como suele hacer siempre, ha reservado tiempo para reunirse con los más jóvenes, cosa que en esta ocasión realiza en el Madison Square Garden de New York:

          Su buen humor está presente hasta el final. Al despedirse, les manifiesta su alegría por este encuentro con la gente joven. Con the young people, dice en inglés, pronunciando mal esta última palabra. Inmediatamente se corrige, la pronuncia bien y bromea sonriente:

             -¡Es que, chicos, el Espíritu Santo no ha ido al Instituto Berlitz!

 

        ¡Bendito sea Cristo en su Beato Juan Pablo II! ¡Que el papa de los jóvenes interceda por todos nosotros! 

 

Fuentes:

  • Álvarez, Miguel; El joven que llegó a Papa; Casals, Barcelona, 1999.

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23 enero 2013 3 23 /01 /enero /2013 18:58

       Hoy traemos a la palestra a un personaje que jugó un papel esencial en el marco de la Contrarreforma. Francisco de Sales nació en Francia en 1567, y murió en 1622. Fue nombrado obispo de Ginebra en 1602, ciudad que había constituido el epicentro de la Reforma llevada a cabo por Calvino. Realizó una labor impresionante en oposición a los herejes protestantes, y fue un maravilloso director espiritual, lo que le llevó a escribir la Introducción a la vida devota (1607), "uno de los libros más leidos en la edad moderna", en palabras de Benedicto XVI. Por otra parte, de su relación con Santa Juana Francisca de Chantal nació la Orden de la Visitación, congragación femenina que incidía en uno de los caballos de batalla del santo francés: siempre con  humildad, la santidad puede ser alcanzada en las cosas sencillas del día a día. Así, en la obra antes mecionada, Introducción a la vida devota, expresa la necesidad de implantar en los laicos, en definitiva, en todos los hombres, sea cual sea su condición, el deseo de seguir fielmente al Señor. Como vemos, una idea completamente actual, a la cual el Concilio Vaticano II proporcionó un gran empuje. Posteriormente, en 1616, escribió el famoso Tratado del amor de Dios, obra de alto contenido místico, que también trataba la relación intrínseca entre razón y fe. Fue proclamada Doctor de la Iglesia por Pío IX en la segunda mitad del siglo XIX. 

         Pero dicho todo esto, ¿por qué es considerado entonces San Francisco de Sales patrón de los periodistas y escritores? Se cuenta de él que intentando convertir a los protestantes, al ver que por miedo o por otros motivos éstos no se dejaban predicar, preparó unas hojitas que por la noche repartía en las puertas de las casas. A esta inteligente estrategia apostólica, se suma también su obra Controversias, ejemplo de periodismo católico certero y astuto.

        ¡Que San Francisco de Sales, patrón de los periodistas y escritores católicos, cuya fiesta celebramos hoy 24 de enero, interceda por todos los miembros de estos dos oficios tan importantes en la labor evangelizadora de la Iglesia!

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15 enero 2013 2 15 /01 /enero /2013 01:34

      Siempre me ha llamado la atención los inmensos frutos que el Catolicismo inglés ha proporcionado a la Iglesia tras el absurdo cisma provocado por Enrique VIII en 1531, no siendo la religión mayoritaria de los ciudadanos del país insular. Es impresionante la cantidad de gente egregia que ha regalado a la posteridad. Independientemente del análisis de las causas de este singular fenómeno, repasemos algunos de esos personajes que la Iglesia fiel a Roma ha dado en Inglaterra:

 

Santo Tomás Moro: ¡qué decir del ilustre humanista y Canciller de Inglaterra! Considerado uno de los hombres más cultos de su tiempo, y autor de obras como Utopía, murió el 6 de julio de 1535 precisamente por negarse a dar su consentimiento al divorcio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón, y por no jurar el Acta de Supremacía que reconocía al rey inglés como cabeza de la Iglesia Anglicana.

 

Cardenal J.H. Newman (1801-1890): pasó de ser sacerdote anglicano a, tras su conversión, presbítero católico y obtener la dignidad de cardenal en 1879. En su tierra natal, Reino Unido, fundó la Congregación del Oratorio. No hará falta recordarle a los lectores que estamos ante uno de los más altos teólogos de la Edad Contemporánea.

 

Hilaire Belloc (1870-1953): historiador inglés, autor de obras como Personajes de la Reforma y La crisis de nuestra civilización.

 

G.K. Chesterton (1874-1936): poeta, novelista, periodista... Una de las grandes figuras de la literatura del siglo XX, se convirtió al Catolicismo en 1922. Autor y polemista de inspiración y astucia tremendas, creó al famoso Padre Brown, sacerdote y detective que protagonizó algunas de sus novelas.

 

J.R.R. Tolkien (1892-1973): ¡podríamos hablar tanto del gran Tolkien! Creador de la Tierra Media (destacando obras como El Hobbit, El Señor de los Anillos y El Silmarillion) y filólogo de primera línea, fue profesor en la Universidad de Oxford. Privadamente, llevó una vida sencilla y honesta, con una arraigada fe católica, la cual se rastrea perfectamente en su obra.

 

Alec Guinnes (1914-2000): actor de cine y teatro, uno de los grandes en la Historia del Séptimo Arte. Tuvo una preciosa conversión, en la que curiosamente jugó un papel importante su interpretación de Padre Brown. Participó en películas de la talla de El Cisne (junto a Grace Kelly), El puente sobre el río Kwai, Doctor Zhivago y La Guerra de las Galaxias.

 

¡Dios bendiga a aquella Iglesia local, y escuche nuestras oraciones pidiendo el pleno reingreso del Reino Unido en el seno de la Madre Iglesia Católica! ¡Que todos seamos uno! 

 

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3 enero 2013 4 03 /01 /enero /2013 00:02

         En Siria existe una peculiar leyenda, que nos es relatada de nuevo por José Manuel Burgueño. Cuentan que el camello más joven de la comitiva de los Reyes Magos camino a Belén no podía seguir el ritmo de sus compañeros; a pesar de eso, decidió continuar afanosamente, para poder adorar al Niño Jesús. Cuando, aunque con retraso, finalmente llegó a Belén, el Hijo de Dios se lo agradeció bendiciéndolo y otorgándole la inmortalidad para que pudiera entregar regalos a los niños año tras año. El reparto de este singular personaje de la Navidad siria lo realizaría el mismo día  6 de enero.

 

Fuentes:

  • Burgueño, José Manuel; El Libro de la Navidad; Luna Books, 2008.

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30 diciembre 2012 7 30 /12 /diciembre /2012 02:30

           Como ya he explicado en algún artículo anterior, siempre me llama la atención la acertada actitud integradora de la Iglesia Católica hacia las costumbres y tradiciones de los pueblos que ha ido evangelizando a lo largo de más de 2000 años. Cierto que no siempre fue así, ya que podemos rastrear ejemplos en la Historia que hablan de una visión menos respetuosa. Esto no se puede negar; pero tampoco que en la mayoría de las ocasiones la Iglesia supo ver lo bueno que había en las culturas que iba encontrándose en su acción misionera: así ocurrió con la filosofía greco-latina, con la mitología nórdico-germánica, o las tradiciones precolombinas. Se podrían citar tantos y tantos ejemplos... pese a quien le pese. La verdad histórica es esa: la Iglesia siempre defendió (y defiende) que Dios dejó en el corazón de los hombres el anhelo de buscarlo, por lo que cualquier cultura, aunque de manera incompleta ya que no conocían la Revelación, podía contener elementos parciales de la Verdad plena.

           Traigo de nuevo a colación este perenne tema de la relación entre la fe y una razón que también, aunque de forma incompleta, puede buscar a Dios, porque vamos a hablar hoy de la leyenda italiana acerca de la Bruja Befana, repartidora de regalos la noche del 5 al 6 de enero, y que parece que es una cristianización de otra tradición pagana anterior. Cuentan que cuando los Reyes Magos se dirigían a Belén a adorar al Niño Jesús, se encontraron con la Bruja Befana, que barría su casa. Sus Majestades de Oriente la invitaron a venir con ellos, pero ella rechazó la oferta, diciéndoles que tenía mucho trabajo. Arrepentida luego, no pudo alcanzarlos, y en compensación, parte todos los años en su escoba hacia Belén para adorar al Mesías, dejando por el camino muchos regalos a los niños que se encuentra. Hay que destacar como dato curioso que esta leyenda es anterior a la de San Nicolás como repartidor de regalos, la cual no encontramos hasta los finales de la Edad Media aproximadamente. 

            Esta entrañable leyenda es típica de Italia, donde suele ser Befana (notar que Befana proviene de Epifanía), al menos en determinadas zonas, la que obsequia a los niños la noche de Reyes. 

 

Fuentes: 

Burgueño, José Manuel; El Libro de la Navidad: Luna Books, 2008.

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27 diciembre 2012 4 27 /12 /diciembre /2012 15:24

        El 27 de diciembre la Iglesia Católica celebra la festividad de San Juan Apóstol y Evangelista, el discípulo amado de Jesús. Ya vimos cómo el día de Santa Lucía (13 de diciembre) o el de San Esteban (26 de diciembre) o San Silvestre (31 de diciembre) poseían un fuerte significado navideño (ver los artículos correspondientes). ¿Pero tiene algún sentido celebrar en estas fechas tan señaladas la fiesta de San Juan Evangelista, a parte de la importancia propia que presenta tan magno personaje? Pues por supuesto que sí; pocas veces da la Iglesia puntada sin hilo.

      El Apóstol San Juan, autor del Evangelio que lleva su nombre (al menos como padre de la llamada escuela jóanica, si no como redactor directo), fue el que de forma más bella expresó el misterio de la Encarnación, del Dios hecho hombre: 

 

 

Al principio existía la Palabra, 
y la Palabra estaba junto a Dios, 
y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra 
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. 

 

Vino a los suyos, 

y los suyos no la recibieron.


Y la Palabra se hizo carne 

y habitó entre nosotros. 
Y nosotros hemos visto su gloria, 
la gloria que recibe del Padre como Hijo único, 
lleno de gracia y de verdad.

(Jn 1, 1-3, 11, 14).

 

        Leyendo estos pasajes del primer capítulo del Evangelio de San Juan podemos comprender perfectamente porqué en estas fechas Navideñas, cuando la Iglesia celebra el Nacimiento del Salvador, encontramos también la fiesta de San Juan Evangelista. En un misal de 1954 (aunque en su 6ª edición de 1962), preparado por el Padre Luis Ribera, C.M.F., leemos lo siguiente al llegar al 27 de diciembre:

 

        San Juan Evangelista es el Apóstol que más nos habla de la Divinidad de Jesús. Basta leer su Evangelio y se verá que, aun contando la vida y doctrina del Señor, toma un camino muy diferente de los otros Evangelistas. Manifestándose en estos días el Hijo de Dios a los hombres, no podía faltar, junto a las fiestas de Navidad, la fiesta de quien tan altamente nos habló de Dios hecho Hombre.

 

¡Bendito sea Cristo, el Hijo de Dios hecho uno de los nuestros, nacido del seno virginal de María Santísima! ¡Bendito sea en sus santos! ¡San Juan Evangelista, el discípulo amado, interceda por los hombres!

 

 

 

 

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26 diciembre 2012 3 26 /12 /diciembre /2012 15:52

    Otra bella tradición relacionada con la Nochebuena, esta vez más concretamente con la Misa del Gallo. Nos cuenta Burgueño, un clásico ya en esta sección del blog acerca de las costumbres navideñas, que en Malta es un niño, previo ensallo de la mano de adultos, evidentemente, quien en la Misa del Gallo da la homilía a los feligreses. 

   Me encanta la variedad de tradiciones que existe en la Cristiandad en torno a la Navidad...

   ¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo queridos lectores!

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books, 2008.

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23 diciembre 2012 7 23 /12 /diciembre /2012 02:23

       La Cristiandad está llena de tradiciones entrañables en torno a las fiestas navideñas: en cada país, región, ciudad o incluso pueblo existe una leyenda o práctica que hunde sus raíces años y a veces siglos y siglos atrás. Hoy volveremos la mirada a una costumbre de la Nochebuena polaca que proviene del siglo XIX. En la cena familiar de tan señalada fiesta, se parte la oplatki, u oblea de la paz, y es repartida entre los comensales, a veces por parte del padre de familia. Para que todos nos entendamos, es una pan muy finito, como el que se consagra en la Santa Eucaristía. La tradición proviene de cuando muchos ciudadanos polacos estuvieron presos en Siberia, en poder de los rusos como consecuencia de las revoluciones de los años 1830 y 1863; adquirieron entonces la costumbre de enviar a sus familias residentes en Polonia un pan muy económico elaborado por ellos mismos. 

        Y es que el pueblo polaco ha sabido preservar sus tradiciones cristianas a pesar de las fuertes persecuiones que ha sufrido a lo largo de la Historia... Cristo conceda a nuestra patria una fe tan férrea como la suya, y nos dé la gracia de seguir el ejemplo polaco para no avergonzarnos de nuestras raíces.

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books, 2008.

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