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24 abril 2012 2 24 /04 /abril /2012 20:37

    Fijémonos en otro dato importante, usado por Josef Blinzler, y recordado de nuevo por el italiano Vittorio Messori, y que de nuevo, de forma ya muy insistente, nos sugiere que los llamados hermanos de Jesús no eran hijos carnales de María Santísima.

    No puede haber ningún historiador ni teólogo serio, ni siquieta los que hablan de una maternidad múltiple de María, que niegue, aún en ese último caso, que Cristo era el primogénito:

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor" (Lc 2, 22-23).

    Pero bien; si leemos Mc 3, 20-22, vemos lo siguiente:

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado». Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios.

    Se ve claramente en estos versículos del Evangelio de Marcos que los familiares de Jesús estaban asustados por las cosas que hacía y decía, y por miedo a lo que pudieran hacer los fariseos, intentaron apartarlo del gentío, diciendo que no estaba en su sano juicio. Y entre estos familiares se supone que deberían encontrarse los hermanos del Señor, ¿no es así? Ahora bien, hemos dicho ya unas líneas más arriba que los famosos hermanos carnales de Cristo sólo pudieron ser menores que Él, ya que sin ninguna duda se trataba del primer nacido. Pero cualquiera que conozca mínimamente las costumbres orientales de la Antigüedad, comprenderá perfectamente que un hermano carnal nunca (y digo bien, nunca) podría llamar la atención del hermano mayor, algo que quedaba reservado únicamente al padre. Por tanto, si entre esos familiares había hermanos del Señor (lo que es de suponer, aunque no se afirme explícitamente en el Evangelio), queda claro que eran mayores que Él, por lo que no podía tratarse de hermanos carnales de Jesús.

 

P.D.: el título de primogéntio en ningún caso quiere decir que María tuviera posteriormente más hijos, como algunos pretenden, ya que era un título otorgado al primer hijo en el momento de su nacimiento, por la importancia que en la tradición judía tenía la cuestión. Como bien señala Vittorio Messori, se han conservado lápidas arameos de aquella fecha que hablan de madres que murieron al dar a luz al hijo primogénito.

 

¡Bendita sea la María, la siempre Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra!

 

Fuentes:

Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; LIBROSLIBRES, Madrid, 2007.

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17 abril 2012 2 17 /04 /abril /2012 23:23

      Tratemos ahora, en los sucesivos posts, argumentos complementarios que indican claramente que los hermanos del Señor nombrados en los Evangelios (nos referiremos ahora tan sólo a los varones: Santiago, José, Simón y Judas) en ningún caso son hermanos carnales, de los mismos padre y Madre, del Señor. Alguno de estos pasajes ha servido incluso para convencer a reacios críticos de la virginidad postparto de María; es el caso del siguiente, brillantemente expuesto por Vittorio Messori a partir de los estudios del exegeta ya mencionado en los anteriores artículos, Josef Blinzler; argumento, como decíamos, que ayudó a abrir los ojos a Ernest Renan (1823-1892), historiador francés, que abandonando su fe católica abrazó con fuerza la creencia positivista y racionalista en el avance científico. Hablamos de la escena en que Cristo, crucificado, antes de morir, encomienda a Juan el cuidado de su Madre María Santísima -y podríamos decir que viceversa-:

Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa (Jn 19, 26-27).

       Analicemos la cuestión, siguiendo el discurso de Messori y Blinzler: si Jesús hubiera tenido hermanos carnales -varones-, ¿habría encargado la custodia de su Madre a San Juan? Sería, desde luego, algo completamente ilógico, y un auténtico desaire a los otros supuestos hijos carnales de María.

 

       ¡Bendita sea Santa María siempre Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra! ¡Ella interceda por nosotros para que consigamos al menos parte de su pureza!

 

Fuentes:

Messori, Vittorio; Hipótesis de María; LIBROSLIBRES, Madrid, 2007.

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12 abril 2012 4 12 /04 /abril /2012 20:21

        Veamos hoy otra de las tesis mantenidas, también muy plausible, para explicar a quiénes se refieren los libros del Nuevo Testamento al hablar de los hermanos (y hermanas, no lo olvidemos) del Señor. Hablamos en este caso de la teoría que defiende el concepto de hermanos como miembros del grupo de discípulos de Cristo.

        Para exponer esta visión, Messori alude a la investigación hecha por el biblista y docente José Miguel García (¡honra ver entre los mayores expertos mundiales en la Sagrada Escritura a un autor español!), quien partiendo del pasaje de las Bodas de Caná (Jn 2, 1-12), observa lo siguiente:

1 Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.

2 Jesús también fue invitado con sus discípulos.

3 Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».

4 Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».

5 Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».

6 Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.

7 Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde.

8 «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.

9 El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su o rigen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo

10 y les dijo: «Siempre se sirve primero el bu en vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».

11 Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

12 Después de esto, descendió a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y permanecieron allí unos pocos días.

 

Como vemos en los versículos 1 y 2, la Virgen María estaba allí, y se dice que fue invitado también Jesús con sus discípulos, pero nada se dice de sus hermanos. En cambio, en el último versículo del pasaje (12), vemos cómo Jesús, tras aquella boda, descendió con su madre, sus hermanos y sus discípulos a Cafarnaum. Como vemos, ahora sí los menciona. ¿Cómo es posible que en un primer momento nada se diga de ellos, y sí al final de la narración? El investigador José Miguel García resuelve esta incongruencia haciendo un análisis lingüístico del texto. Dice el biblista que la partícula griega kai traduce textualmente un waw arameo que, con frecuencia, corresponde a la conjunción copulativa española y. Pero, en este caso, el waw es explicativo y su equivalente español es por tanto, es decir, o sea. Esto se ve claro en otros pasajes neotestamentarios, en los que el texto se hace mucho más comprensible si traducimos esa partícula kai con el sentido de por tanto. Por ejemplo, Marcos 15, 1: Los sumos sacerdotes, los ancianos, y los maestros de la ley y (kai) el tribunal supremo en pleno... Esto no es muy lógico, ya que los sacerdotes, los ancianos, y los maestros de la ley  formaban de por sí el tribunal supremo; en cambio, si traducimos el versículo como Los sumos sacerdotes, los ancianos y los maestros de la ley, es decir, el tribunal supremo en pleno, resulta mucho más plausible. Así expuesto el tema, siguiendo la explicación de  J.M. García, posiblemente la auténtica traducción del versículo 12, capítulo 2 de Juan, sería la siguente: Después de esto, descendió a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos es decir sus discípulos (...).

A esta argumentación, añade el exegeta García un importante detalle, que nos es mostrado por V. Messori. Si estos hermanos fueran auténticos, es decir, de mismo padre y madre, la vuelta, después de las Bodas de Caná, debería ser a la casa familiar, en Nazaret. Pero en cambio van a Cafarnaúm, ciudad en la que Cristo se asentó para realizar su predicación en Galilea; esto es mucho más comprensible si aceptamos que esos hermanos de Jesús no eran familiares, sino discípulos.

Como podermos notar, es una visión diferente a la de los primos, defendida por autores como Bastero de Eleizalde o Blinzler, pero que también es muy respetable y que nos parece magníficamente argumentada. Algunos de los lectores de este artículo pensarán que esta divergencia entre pareceres a la hora de explicar el significado del término hermano se debe a un intento artificial por defender el dogma de la virginidad perpetua de María; a estos lectores, sólo me queda decirles que lean el primero de los artículos dedicados a la virginidad perpetua de Nuestra Señora, donde queda demostrado cómo la creencia en esta virginidad perpetua es anterior al establecimiento del dogma, y cómo las diferentes teorías acerca del significado de la palabra hermano aparecen cuando por el distanciamiento en el tiempo respecto a la época de Jesús y a los años inmediatamente posteriores (cuando no hacía falta explicar nada, ya que todos los cristianos sabían que el término hermano en el mundo semítico tenía un significado mucho más amplio), empiezar a surgir dudas en cuanto a la cuestión.

 

¡Bendita sea la Inmaculada siempre Virgen María, Madre del Resucitado!

 

Fuentes:

Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; LIBROSLIBRES, Madrid, 2007.

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4 abril 2012 3 04 /04 /abril /2012 14:47

      Como dije en el post anterior, vamos a analizar algunas de las posibles relaciones o parentescos que esos hermanos del Señor mantenían con Él, rechazando, evidentemente, la posibilidad de que fueran hermanos de la misma Madre, que queda desmontada, como ya señalamos, y seguiremos señalando con argumentos bien cimentados. Pero empecemos por orden:

       Los autores que interpretan el concepto de hermanos del Señor en el sentido de hermanos carnales, suelen indicar la existencia de una serie de versículos del Nuevo Testamento, entre los cuales estarían los siguientes: Mc 3, 31-35; Mt 13, 53-56 ó Hch 1, 14. Si nos fijamos, todos estos pasajes hacen referencia a la vida pública de Jesús o a la Iglesia nacienteen el cenáculo tras la Ascensión de Jesucristo. Pero ninguno transcurre en los años de la infancia del Mesías. Con toda seguridad, muchos investigadores dirán que es completamente lógico, ya que los capítulos que hablan de la niñez de Jesús son escasísimos, y que por tanto la probabilidad de que en ellos se mencionara a los hermanos carnales de Cristo sería mucho menor. Estaríamos hablando tan sólo de Mateo 1 y 2, y los dos primeros capítulos de Lucas (considerando también la Anunciación, etc.). Además, dirán los investigadores ávidos por desmontar el dogma de la Virginidad Perpetua, es posible que María tardara un tiempo en dar a luz al resto de hijos que tuvo, y que por ello no encontremos restos en esos Evangelios de la Infancia. Pero esto no es exactamente así, ya que en el capitulo 2 del Evangelio de Lucas, encontramos un pasaje que a mi juicio se le ha prestado poca atención en lo referente al tema de los hermanos del Señor. Es el siguiente:

Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando" Él les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" Pero ellos no comprendieron  la respuesta que les dio

Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. (...). -Lc 2, 41-51-.

Cuando Cristo se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, tras la peregrinación de la familia por Pascua, tenía Jesús nada más y nada menos que doce años; María ya debería haberle dado más de un hermano a Cristo ¿Por qué, si el Señor tenía hermanos carnales, no son mencionados en este pasaje lucano, tan propicio para ello? Tan propicio, claro, si verdaderamente estos hermanos de padre y madre hubieran existido. Porque lo que está claro es que el mismo San Lucas conocía a los llamados hermanos de Jesus, tal y como vemos en los Hechos de los Apóstoles, obra redactada por él, y la cual en un principio posiblemente formaba una sóla narración junto a su Evangelio.

Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1, 14).

También en su Evangelio nombra a los hermanos de Cristo:

Se presentaron donde Él su madre y sus hermanos, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: "Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte" (...) -Lc 8, 19-20-

Por tanto, no se puede alegar que San Lucas no mencionara a los hermanos carnales de Jesús en el pasaje del Niño perdido y hallado en el Templo porque no le interesara el tema, ya que sí los nombra en otros pasajes, tanto de su Evangelio como de los Hechos. Entonces, ¿por qué no los menciona en dicho pasaje? Todas las referencias que encontramos en el Nuevo Testamento a los hermanos de Jesús. están en relación con momentos de la vida del Señor en los que se supone (no podemos asegurarlo al 100%, evidentemente) que ya no vivía San José. Creo sinceramente que esta ausencia de mención a los hermanos de Jesús en Lc 2, 41-51 se puede deber a que la relación entre ellos y Cristo no era en esos momentos tan fuerte, ya que no estamos ante hermanos carnales.

¿Qué respuesta podríamos dar entonces a este enigma? ¿Por qué Lucas no los menciona en el episodio del Niño Jesús perdido y hallado, y sí posteriormente? La verdad es que no lo sé. Lo que sí queda claro por lo que hemos expuesto es que en ningún caso se trataba de un parentesco de misma madre y mismo padre. Ahora bien, hay que decir que el exegeta alemán Josef Blinzler ha dado una interesante respuesta a esta cuestión, señalando que estos hermanos de Jesús no eran sino primos, parientes cercanos, pero nunca hermanos carnales (recordemos que los términos aha -arameo- y 'ah -hebreo-, que están detrás del adelfòs griego, significaban hermano, pero de una manera amplia, ya que podían llegar a indicar hermano, primo, sobrino, discípulo...).

Reproduzcamos sus palabras, que las encontramos en la magna obra Hipóstesis sobre María de Messori:

Como se puede deducir del silencio de los Evangelios sobre José, éste debió de morir pronto. Después de su muerte, María, con su hijo, debió de unirse a la familia de su (¿o de sus?) parientes más próximos. Los hijos de esta familia (¿o familias?), crecidos con Jesús, fueron llamados por la población sus hermanos y hermanas, pues en las lengua semíticas no existía otro término conciso para señalarlos.

¿Y cuáles serían exactamente estos parientes llamados hermanos del Señor? El doctor en Sagrada Teología y profesor de la Universidad de Navarra, Juan Luis Bastero de Elizalde, nos expone una sugerente tesis, muy lógica, que podríamos resumir de la siguente manera:

Los exegestas contrarios a la virginidad perpetua de María se basan en pasajes como Mt 13, 55-56, ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago y José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? o Mc 6, 3, ¿No es ésste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y de Joset -José- y de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Por tanto, un buen número de hermanos carnales tuvo Jesús según los autores que niegan la virginidad de María tras el parto. Nos dice Bastero de Elizalde que por el uso reiterativo que de la cópula kay (y) se hace en el texto del apóstol Mateo, podemos deducir, con visos de realidad, que los cuatro personajes -Santiago, Joset (José), Judas y Simón eran hijos de los mismos padres.

Sigamos. Ahora bien, todo parece indicar que Santiago y José, y por ende los cuatro, eran hijos de la llamada otra María, no de la Virgen Madre de Jesús. ¿Por qué? Pues por estos pasajes, que hablan de las mujeres que estaban cerca de Jesús en la cruz del Calvario:

 Mc 15, 40: Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre  de Santiago el menor y de Joset -José-, y Salomé (...).

Mt 27, 55: Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús de Galilea para serviler. Entre ellas estaba María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

Y luego dice Mateo, ya con Cristo enterrado en el sepulcro...

 Mt 27, 61: Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.

Esta otra María posiblemente fuera la madre de Santiago y Juan, pero independientemente de este dato, lo que queda claro es que aquella María madre de Santiago y Juan es una mujer diferente a la Madre de Jesús, ya que, ¿qué sentido tendría referirse a ella de esa manera -madre de Santiago y Juan-, y no como Madre de Jesús.

Si observamos el versículo paralelo del Evangelio de Juan -19, 25-, leemos: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Si comparamos este versículo con Mc 15, 40 y Mt 27, 55, en los que se nombra a María Magdalena y a María la madre de Santiago y José, podemos deducir, con visos de realidad, que la María mujer de Clopás, hermana de la Madre de Jesús, que menciona Juan era la madre de Santiago y José. Pero si esta María fuera hermana carnal de la Virgen María, sería algo extraño, ya que llevarían el mismo nombre; por ello, y debido al amplio significado que en hebreo y arameo tenía el término hermano, es posible que fuera hermana de José (el esposo de Nuestra Señora) -¿o prima de la Virgen?-.

Continuando, hay que decir que según muchos exegetas, tal y como nos cuenta Bastero de Eleizalde, este Clopás podría ser el Alfeo padre de Santiago, apóstol de Jesús -llamado Santiago el del Alfeo o Santiago el menor-, ya que los nombres griegos Alphaios y Klôpas tendrían su origen en el hebreo Halphaï o K(h)olphaï; no hay que olvidar que Alfeo y Clopás contienen las misma consonantes. Interesante hipótesis, desde luego.

Por si todo esto fuera poco, sabemos por la narración de Hegesipo, quien como vimos en el artículo anterior vivió prácticamente en época apostólica y era originiario de Palestina, por lo que debía conocer bien aquel ambiente, que Simón era hijo del tío del Señor (primo por tanto), es decir hijo de Clopás, y fue nombrado obispo de Jerusalén por unanimidad. Se le dio la preferencia, a causa de que era primo (anepsios) del Señor. Luego, de otro de estos hermanos de Jesús dice que era hermano según la carne, pero aquí se refiere más bien a que no era hermano espiritual, como los apóstoles, sino de familia, por lo cual podía indicar a un primo también. Comprenderá el lector que es lo que nos dice el sentido común, ya que si de Simón habla claramente como primo del Señor, ¿iban a tener los demás -Santiago, Judas y José- diferentes parentescos? Sería algo complicado, por toda la reflexión que hemos realizado hasta aquí.

 

¡Bendita sea la Inmaculada María, siempre Virgen! ¡Ella nos acerque al pie de la cruz!

 

Fuentes:

Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; LIBROSLIBRES, Madrid, 2007.

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29 marzo 2012 4 29 /03 /marzo /2012 21:27

         Voy a publicar una serie de artículos acerca del asunto de la virginidad perpetua de María: es decir, antes, durante, y después del  parto. No descubro nada si digo que este dogma mariano es atacado por los cuatro costados, e incluso no defendido con la fuerza que merece por muchos católicos. Tampoco descubriré nada, al menos para los lectores más formados, si afirmo que bastantes autores, adelanto que de forma errónea, consideran que el interés de la Tradición por interpretar la expresión "hermanos del Señor" en un sentido que defienda la idea de una María virgen también después del parto es un intento posterior a la proclamación del dogma de la perpetua virginidad de Nuestra Señora, cimentada con la decisión en el 391 del Papa Siricio, y con el II Concilio de Constantinopla de 553, el cual le otorgó a María el título de aeipàrthenos, siempre virgen.

       En contra de estas teorías, podemos asegurar, tal y como dice Vittorio Messori en su Hipótesis sobre María, valiéndose de los estudios del gran exegeta alemán Josef Blinzler, que esta interpretación católica del concepto "hermanos del Señor" no es una excusa para defender el citado dogma, sino que se encuentra arraigada ya en los primeros momentos de la Historia de la Iglesia. Nunca se dudó en estos primero años de Cristianismo que el término hermano hacía referencia no sólo a los hermanos carnales, sino también a otros parentescos (como el de primos) e incluso a otros miembros del clan, discípulos, o conciudadanos. Está demostrado fehacientemente que detrás de la palabra griega adelfòs (hermano) está el vocablo hebreo 'ah, o bien el arameo aha, los cuales poseen un significado mucho más amplio que el de simple hermano de unos mismos padre y madre; como bien puntualiza Messori, tanto el Antiguo Testamento como en Nuevo están plagados de ejemplos que señalan este sentido del término. La tradición oriental se decantó por considerar que esos supuestos hermanos del Señor eran hijos de José, engendrados por un antiguo matrimonio suyo. Por su parte, la Iglesia Occidental, representada por San Jerónimo (342-420), el mayor exegeta bíblico de su tiempo (no obstante, fue el primero en traducir la Biblia al Latín -la famosa Vulgata-), y estudioso tanto del Griego como del Latín, optaba por considerar a estos "hermanos" como primos de Jesús en su De Perpetua virginitate Mariae.

      Suele señalar la crítica que este argumento acerca del trasfondo hebreo/arameo que poseería el término griego adelfòs (hermano) está carente de fundamento, ya que, por ejemplo, en griego existían palabras específicas para denominar a los primos (anepsios), o a parientes en general (synguenes o synguenys). Pero esta tesis es difícil de mantener, ya que ¿acaso no conocían los autores de la traducción del Antiguo Testamento al Griego, realizada algo más de cien años antes de Cristo -hablamos, evidentemente, de la famosa Biblia de los Setenta- el término anepsios, y en cambio usan en la mayoría de esos casos la palabra adelfòs?. Es cierto que estos términos (synguenes o synguenys) son usados varias veces en el Nuevo Testamento en otros pasajes no referentes a los hermanos de Jesús, pero no menos cierto es lo anterior, por lo que inferir del uso de estos términos que cuando los autores neotestamentarios hablan de los hermanos de Jesús (adelfòs) se refieren a hermanos carnales, es totalmente impreciso.

 

      Volviendo al tema de la anterioridad de esta creencia en la virginidad perpetua de María respecto a la proclamación del dogma, valgan estos dos datos, entre otros muchos:

  •  Ya el Protoevangelio de Santiago, de mitad del siglo II,  afrmaba que estos "hermanos" no eran sino hijos de un matrimonio anterior de San José. ¡Mucho antes de la proclamación del papa Silicio en el 391! Veamos el fragmento: El sacerdote dijo a José: A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor. José replicó: Tengo hijos y soy viejo, mientras que ella es una niña; no quisiera ser objeto de risa por parte de los hijos de Israel.
  •  Aproximadamente en el 160 (notemos que de nuevo nos encontramos en fechas muy anteriores al Santo Padre Silicio), Hegesipo, quien siendo originario de Palestina se supone debió conocer bien aquellas tierras, atestiguaba que había conocido a algunos descendientes de la familia de Jesús, y menciona a uno de esos hermanos como primo, por lo que podemos deducir, siguiendo de nuevo a V. Messori, que los demás podían serlo también perfectamente. Pero hay que incidir en otro aspecto de este testimonio de Hegesipo, y es el de que lo afirma sin duda alguna, como dándolo por "sentado"; es decir, como un dato aceptado por todos.

 

      Dudaba mucho el investigador P. Bonnard, palabras a las que se suma el historiador y teólogo español César Vidal, de que si tanta erudición por mostrar el significado amplio del concepto hermano se habría producido de no existir la necesidad de defender el dogma de la virginidad perpetua. Queda esta tesis claramente desmontada con los ejemplos que hemos comentado anteriormente (Protoevangelio de Santiago y narración de Hegesipo). Además, aún considerando los tiempos anteriores al dogma, si, como dicen Bonnard y Vidal, se hicieron tan arduos esfuerzos para defender la tesis católica, no fue en un intento a posteriori para demostrar una preconcepción infundada, sino porque empezó a ponerse en cuestión lo que antes nadie había dudado: que María no tuvo ningún hijo más aparte de Nuestro Señor. Pensemos que en hasta mediados del siglo II aproximadamente, debían existir aún un recuerdo fresco del verdadero parentesco de estos hermanos del Señor: incluso conocidos descendientes de la familia de Jesús; cuando esta memoria fue desapareciendo, se hizo necesario, ante las dudas que surgieron, ir dando respuesta argumentada a la inexistente maternidad múltiple de María. Así, frene a la incredulidad del por entonces ya montanista Tertuliano (160-220), Orígenes (185-254) fue tajante. Lo mimo ocurriría en el 380, cuando un laico llamado Helvidio expresó su creencia, de forma muy poco fundamentada, de que María no había guardado la virginidad tras Cristo. San Jerónimo publicó en ese momento su famoso (ya mencionado unas líneas más arriba) De perpetua virginitate Mariae, en el que dejaba a Helvidio sin defensa posible gracias a la lucidez de sus argumentos, tal y como nos recuerda V. Messori. Es interesante indicar que posiblemente Helvidio emprendió este camino de ataque a la virginidad perpetua para defender la dignidad del matrimonio, en pleno siglo IV, centuria que vio nacer a nivel global el fenómeno del monaquismo, y con ello la elevación de la virtud de la virginidad.

     Y si hacemos un balance de los autores de estos primeros siglos del Cristianismo, encontramos que sólo poquísmas personalidades, entre ellos los herejes Tertuliano y Helvidio, defendieron la maternidad múltiple de María, mientras que toda una pléyade de grandísimos Padres de la Iglesia (sin robarle importancia a Tertuliano, quede claro) se mostraban partidarios de ver en Cristo el único Hijo de de Nuestra Señora, indicando a todas luces la existencia de una tradición antiquísima que hablaba en ese mismo sentido: San Clemente de Alejandría (150-215), San Hipólito romano (170-235), Orígenes (185-254), San Efrén (306-373), San Siricio (ocupó el Solio Pontificio del 384 al 398), San Ambrosio (339-397), el propio San Jerónimo (342-420), San Agustín (354-430), San Epifanio... Como vemos, muchos de ellos anteriores al nacimiento formal del dogma, y tanto teólogos de raíz griega como latina. 

      Veamos algunos de estos textos:

      San Epifanio (año 374):  el Hijo de Dios se encarnó, es decir, fue engendrado de modo perfecto por santa María, la siempre virgen, por obra del Espíritu Santo (Ancoratus, 119, 5: DS 44).    

      San Agustín (año 400): Al nacer de una madre, que lo fue sin conocer varón y que concibió siendo virgen, vivió y murió virgen (...) -Tratado Catequístico, Parte II, Capítulo VII, 40-.

     

     Evidentemente, el tipo de relación que guardaban estos hermanos con Jesucristo, siempre fuera de una supuesta maternidad múltiple de María, es objeto de discusión. No podemos conocer exactamente cuál era ése parentesco o vínculo afectivo/social que los unía, pero eso sí, queda claro que en ningún caso fueron hermanos carnales de Nuestro Señor.

     En los siguientes posts, iremos viendo algunas de estas diferentes interpretaciones "ortodoxas", además de otros argumentos que derriban el edificio de la supuesta maternidad múltiple de la Madre de Dios, con la que muchos han querido atacar a la Iglesia Católica, y que sorprendentemente es aceptado por multitud de estudiosos católicos (también sacedotes), olvidando la debida fidelidad al dogma, fidelidad nunca reñida con un auténtico conocimiento racional, profundo y completo de las Sagradas Escrituras. La razón nunca la encontramos opuesta a la fe.

 

Fuentes:

  • Messori, Vittorio; Hipótesis sobre María; LIBROSLIBRES, Madrid, 2007.
  • Piñero, Antonio; Los evangelios de la infancia, en Pius-Ramón Tragán (ed.); Los evangelios apócrifos. Origen-Carácter-Valor; Verbo Divino, Estella (Navarra), 2008.
  • San Agustín; Tratado Catequístico; Apostolado Mariano, Sevilla, 1991.
  • Vidal, César; El Documento Q; Planeta, Barcelona, 2007.
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20 marzo 2012 2 20 /03 /marzo /2012 00:24

     El próximo 25 de marzo, como todos los años (no es ninguna novedad, jeje), la Iglesia Católica celebra el día de la Anunciación. El día en que el Arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que por obra y gracia del Espíritu Santo, concebiría al mismísimo Hijo de Dios; el día en que el Verbo adoptó la naturaleza humana y se hizo uno de los nuestros. Antiguamente, en los primeros siglos del Cristianismo, cuando se barajaban varias fechas para el Nacimiento de Cristo (aunque recordemos que en un principio era una cuestión a la que no se le daba excesiva importancia, como recordamos ya en el artículo ¿Pero nació Jesús un 25 de diciembre?), una de ellas era el 25 de marzo. Como se creía que el mundo había sido creado ese mismo día (la primavera señalaba la renovación de la creación...), y Jesucristo murió alrededor de esa fecha, era lógico: el Salvador debió nacer un 25 de marzo. Pero otros, entre ellos Dionisio el Exiguo, monje del siglo VI que a petición del Papa fijó el año del nacimiento de Cristo (con el error que todos conocemos), pensaban que esta fecha (25 de marzo), debía corresponder más bien a la Concepción de Nuestro Señor, que nueve meses después, el 25 de diciembre, vería la luz.

     Y es que todo tiene un sentido...

     ¡Bendita sea María, nuestra tierna Madre, que ante lo imposible, se fio de Dios, y aceptó sus planes de salvación, portando al Redentor del Mundo! ¡Bendito sea Dios, creador de la vida, de este maravilloso milagro!

     P.D.: pidamos el próximo 26 de marzo, celebración de la Jornada por la Vida -el 25 cae en domingo-, para que acabe el asesinato de niños, todos inocentes, en el vientre de sus madres. Igualmente, recemos a María por su intercesión, para que la vida sea respetada en todas sus fases, desde la concepción, pasando por la niñez y la madurez, hasta la vejez y muerte.

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

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12 marzo 2012 1 12 /03 /marzo /2012 20:33

       Veamos ahora una herejía eucarística que formó parte de un movimiento errado mucho más amplio, que se dio durante las controversias cristológicas que intentaron dilucidar, en los primeros siglos de nuestra era, cuál era la auténtica naturaleza de Jesucristo.

       La herejía de la que hablamos es la del Nestorianismo, que nace con Nestorio, en el siglo V. Como todos sabemos, este sacerdote, que llegó a ser Patriarcade Constantinopla en el 428, defendía que en Cristo Jesús había dos personas diferentes, la del Verbo, la divina, y la humana, la de Cristo. Hay que tener en cuenta que Nestorio estaba muy influenciado por la Escuela de Antioquía, con autores como San Gregorio Nacianceno, San Gregorio de Nisa y San Basilio de Cesarea, que tuvieron el logro de distinguir claramente entre la naturaleza humana y la divina en Jesús. Pero mientras estos santos Padres de la Iglesia, aunque no lograron hacer una unión entre esas dos naturaleza en la persona única del Verbo con la perfeción que lo logró la Escuela de Alejandría encabezada por San Cirilo, nunca llegaron a afirmar que en Jesucristo hubiera dos personas, error en el que sí cayó Nestorio.

      Así puestos, el Concilio de Éfeso primero (431), y luego el de Calcedonia (451), afirmaron dogmáticamente que el Verbo (el Hijo en la Santísima Trinidad) y el Hijo nacido de la Virgen María son el mismo.  Más concretamente, el Concilio de Calcedonia declararía que ha de reconocerse un solo y el mismo Cristo HIjo Señor Unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, jamás borrada la diferencia de las naturalezas por causa de la unión, sino más bien salvando su propiedad cada naturaleza y concurriendo en una sola persona y en una sola hypóstasis, no es dos personas partido ni dividido, sino un solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo, Señor Jesucristo (...). Es decir, dos naturalezas, y una única persona, la del Verbo encarnado. En verdad, ambos concilios no hicieron sino ser fieles a la Sagrada Escritura, a los santos Padres, y al Concilio de Nicea de 325.

      ¿Pero qué tiene que ver todo esto con la Eucaristía?, os preguntaréis. Pues todo, ya que siguiendo Nestorio los presupuestos antes señalados, no dudó en asegurar que en la Eucaristía no comemos el Cuerpo del Verbo, sino el de Cristo. Como vemos, su tesis de las dos personas en Cristo, influyó tremendamente en su concepción acerca de la Eucaristía. Evidentemente, los católicos no podemos aceptar esta visión, ya que como dice el Catecismo de la Iglesia:  Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad (CIC, 1413).

       ¡Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

 

Fuentes:

Miret Magdalena, Enrique (prol.); Diccionario de las religiones; k-z; Espasa Calpe, 1998, Madrid.

Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986. 

Sayés, José Antonio; Principios filosóficos del Cristianismo URL: www.obracultural.org

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4 marzo 2012 7 04 /03 /marzo /2012 00:46

          Si los otros días hablábamos del error doctrinal referente a la Eucaristía que pecaba por defecto (negar la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el pan y el vino, tal y como promulgaban Berengario de Tours -aunque no se ponen de acuerdo todos los autores- y más tarde Calvino y Zuinglio), esta vez vamos a analizar el caso contrario: el error por exceso. Estamos hablando de la herejía cafarnaítica, que promulgaba que la presencia de Cristo se producía de forma sensible,  hasta el punto de llegar a afirmar que se estaba masticando el Cuerpo de Cristo de forma casi caníbal. La calificación de cafarnaítica para la herejía que ahora tratamos viene del pasaje del capítulo 6 del Evangelio de Juan, en el que Cristo imparte su polémico discurso acerca del pan de vida, e identifica a este pan con su Persona, todo ello en la sinagoga de Cafarnaún. Como se observa en el fragmento joánico, muchos judíos interpretaron sus palabras con un realismo exacervado.

 

<<(...) Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?».

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza?

¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?

El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.

Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo (Jn 6, 51-66).

 

      Ante ese mismo realismo exagerado con que muchos de los oyentes de aquél discurso interpretaron las palabras de Cristo, Él se encargó de señalar que era una presencia real pero espiritual: El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.

 

      La Tradición de la Iglesia, tanto en los Santos Padres como en autores posteriores siempre fue consciente de esta presencia real bajo la apariencia y cualidades del pan y del vino, que no desaparecían. Era una presencia que se producía cambiando Cristo y su Espíritu Santo el ser profundo de esos elementos, su subsistencia ontológica: cambiando, por tanto, la substancia (ver artículos inmediatamente anteriores, en los que se explica cómo la Tradición y el Magisterio poco a poco fueron profundizando en el misterio de este cambio de substancia); pero no por ello la presencia auténtica de Cristo era menos cierta ni menos real; ahí, bajo las especies del pan y del vino, estaban verdaderamente su Cuerpo y su Sangre.

      Vamos a exponer sólo algunos ejemplos, entre muchísimos, en los que observamos cómo la Iglesia, a lo largo de la Historia, fue interpretando esta presencia real de un modo auténtico, pero sin caer en el error de un realismo desmesurado, incluso muchísimo antes de que se declarara oficialmente el dogma de la Transubstanciación en el IV Concilio de Letrán de 1215.

       San Juan Crisóstomo (347-407). Este autor, uno de los grandes padres de la Iglesia, y llamado Doctor Eucarístico por lo mucho y bien que habló de la Eucaristía, decía lo siguiente: Inclinémonos ante Dios; y no lo contradigamos, aún cuando lo que él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia, sino que su palabra prevalezca sobre nuestra razón e inteligencia. Observemos esta misma conducta respecto al Misterio Eucarístico, no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus palabras. Porque su palabra no puede engañar.

      San Cirilo de Jerusalén (315-386): No los tengas, pues, por mero pan y mero vino, porque son cuerpo y sangre de Cristo, según la aseveración del Señor. Pues aunque los sentidos te sugieran aquello, la fe debe convencerte. No juzgues en esto según el gusto, sino según la fe, que cree con firmeza, sin ninguna duda, que has sido hecho digno del cuerpo y la sangre de Cristo.

      En un apotegma (los apotegmas son los dichos de los antiguos padres del desierto que se nos han transmitido) que hace referencia a supuestas palabras del abba Daniel en relación con la presencia real de Cristo en la Eucaristía, leemos: Le dijeron los ancianos: Dios conoce la naturaleza humana, y sabe que no puede comer carne cruda, por eso transformó su cuerpo en pan y su sangre en vino para los que lo reciben con fe. Tenemos que considerar la antigüedad de estas palabras, ya que Daniel fue discípulo del gran abba Arsenio, viviendo como monje en Escete (Egipto) en el siglo V.

      Para finalizar este breve recorrido histórico, pasemos al caso del Doctor Angélico, el gran Santo Tomás de Aquino (1224/1225-1274), ya posterior al IV Concilio de Letrán. En ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; solamente se cree al oído con certeza. Creo que lo ha dicho el Hijo de Dios, pues no hay nada más verdadero que la Palabra de la verdad. Palabras de Santo Tomás; más claro, agua.

     

      Siendo sinceros, aunque la posición de la Iglesia Católica fue siempre y es, desde los primeros siglos hasta hoy, la que hemos expuesto, la tentación de caer en el realismo cafarnaítico ha rondado alguna que otra vez a la Barca de Cristo. Así, en la confesión de fe que se le hizo firmar a Berengario de Tours (quien según muchos autores negaba la presencia real, y sin ninguna duda, el cambio de substancia) con motivo del sínodo romano de 1059, defendía una presencia real de Cristo con bastante significado cafarnaítico. Pero la Madre Iglesia, sabia siempre, rectificó, y en el sínodo romano de 1079, bajo el pontificado del ínclito Gregorio VII, Berengario de Tours tuvo que aceptar otra fórmula, ésta sí acorde con toda la tradición anterior. 

      A otro autor que ya mencionamos en los artículos anteriores, Pascasio Radberto (s. IX), le atribuyen también haber adoptado una postura cafarnaítica cuando habla de que el Cuerpo de Cristo presente en el pan es el mismo que nació de María y resucitó. Pero como bien indica J.A. Sayés, se trata de un juicio erróneo, ya que el mismo Pascasio dejó claro que en la Eucaristía sabemos mediante la fe, y no a través de la visión. Además, es injusto achacarle esta tendencia cafarnaítica a Pascasio por sus palabras, cuando el propio San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Juan Evangelista, indicaba que la carne de Cristo en la Eucaristía es la misma que sufrió por nosotros, y resucitó.

 

Fuentes:

Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986.

Elizalde, Martín (trad. e introducción); Los Dichos de los Padres. Colección alfabética de los Apotegmas, Vol. I; Reprografía Malagueña, Málaga, 1991.

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28 febrero 2012 2 28 /02 /febrero /2012 20:55

            Como ya comenté en el artículo anterior, pasamos a analizar otros aspectos heréticos de la doctrina eucarística propugnada por la Reforma protestante del siglo XVI. En concreto, vamos a centrarnos en el carácter sacrificial de la sagrada Eucaristía, que fue sistemáticamente rechazado por los reformadores.

             La Tradición y el Magisterio de la Iglesia Católica siempre han reconocido en el Santísimo Sacramento del Altar el memorial y la actualización del único sacrificio redentor de Nuestro Señor en la cruz.

            Como todos sabemos, tanto Lutero como Calvino y Zuinglio, apoyados en una nefasta interpretación de la Carta a los Romanos de San Pablo, consideraban que el hombre, corrompido completamente por el pecado original, nada podía hacer para salvarse. Ningua obra le sería útil para lograrlo; por ello, sólo la gracia de Dios era capaz de darnos la vida eterna: el hombre se justificaba entonces por su fe en Dios, en que Él podía sacarlos de la miseria. Esta salvación llegó al mundo a través del sacrificio de Cristo en la cruz; sacrificio que ocurrió una sola vez. Así puestos, la Eucaristía únicamente podía considerarse memorial en un sentido simple de recuerdo, y nunca sacrificio propiciatorio (para el perdón de los pecados) actualizado ofrecido por Cristo y el hombre a Dios Padre, ya que el ser humano no puede hacer ninguna obra digna de salvación. Creo que estos fragmentos de la obra de Lutero De captivitate babylonica expuestos por Sayés en su Misterio Eucarístico será suficiente para mostrar la visión reformista de la Eucaristía en cuanto sacrificio propiciatorio:

           Advierte, por tanto, que lo que llamamos misa es la promesa que Dios nos hace de la remisión de los pecados; pero es una promesa de tal magnitud, que ha sido sellada con la muerte de su hijo. Y a esta promesa, no se puede acceder a ella con obras, con fuerzas, con mérito de ninguna clase, sino con la sola fe. Donde media la palabra de Dios que promete, se hace necesaria la fe del hombre que acepta, para que quede claro que el comienzo de nuestra salvación es la fe; una fe que está pendiente de la palabra de Dios que promete. Él nos previene sin necesidad de nuestra cooperación en virtud de su misericordia, inmerecida por nuestra parte, y nos ofrece la palabra de su promesa.

           Frente a esta visión, el Concilio de Trento reafirmó la doctrina defendida por toda la Tradición y visible en el Nuevo Testamento: sacramento de la Eucaristía como memorial y sacrificio incruento que actualiza el único sacrificio de Cristo en la cruz; sacrifio de acción de gracias, pero también propiciatorio. En aquél santo Concilio la Iglesia señaló, entre otras muchísimas cosas, lo siguiente:

             Así, pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de su muerte, a fin de realizar para ellos la eterna redención; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muerte (Heb 7, 24.27), en la última cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrifico visible, como exige la naturaleza de los hombres, por el que se hiciera presente aquel suyo sangriento, que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos (1Cor 11, 23ss.) y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente comentemos, declarándose a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el orden de Melquisedec (Sal 108, 109, 4), ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino (...). Así lo enseñó y entendió siempre la Iglesia. Porque, celebrada la antigua pascua que la muchedumbre de los hijos de Israel inmolaba en memoria de su salida de Egipto (Ex 12, 1ss.), instituyó una Pascua nueva, que era él mismo, que había de ser inmolado por la Iglesia por el ministerio de los sacerdotes bajo signos visibles, en memorial de su tránsito de este mundo al Padre, cuando nos redimió por el derramamiento de su sangre y nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó a su reino (Col 1, 14).

    

       No vamos a entrar ahora en el tema, ya que lo comenté con anterioridad, en los posts dedicados a demostrar cómo Cristo en sus palabras de institución del sacramento de la Eucaristía había querido dejar claro que en el pan y el vino se hacían presentes autenticamente su Cuerpo y su Sangre; pero no me resisto a recordar que no se puede negar el carácter sacrificial de la Ecuaristía atendiendo al contexto sacrificial (perdonadme la redundancia) en que se sitúa la celebración de la Última Cena -tan relacionada con la cena pascual del pueblo judío-, y expuesto en los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), y atendiendo también a la aclaración que San Pablo, Apóstol de los Gentiles, hace en 1Co a la comunidad de Corinto, en la que deja fuera de cualquier duda que la Eucaristía es un banquete sacrificial.

       ¡Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar, por el que Cristo presente nos redime de nuestras culpas con la acutalización de su sacrificio en la cruz !

 

Fuentes:

Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986.

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25 febrero 2012 6 25 /02 /febrero /2012 19:01

      Pasemos a analizar hoy los errores doctrinales acerca de la Eucaristía que mantuvieron (y mantienen los que siguen existiendo) los movimientos reformadores surgidos en el siglo XVI. Nos centraremos en este artículo en lo concerniente a la presencia real y al modo en que ésta se hace presente, para pasar en el siguiente artículo a ver los aspectos heréticos de la Reforma en lo referente a otros puntos de la Eucaristía: su carácter de memorial o de sacrificio, etc.

      Examinemos primero el pensamiento del principal y más influyente de los reformadores, Marin Lutero:

      Como el padre Sayés indica en su obra El Misterio Eucarístico, Lutero creía erróneamente que el concepto de Transubstanciación era un invento de Santo Tomás, apoyado en la filosofía de Aristóteles. Por tanto, él abogaba por la Consubstanciación: es decir, el Cuerpo y la Sangre de Cristo estaban verdaderamente presente (Lutero nunca dudó de la presencia real), pero no por ello dejaban de existir el pan y el vino. Como vimos en el artículo anterior, está claro el error de Lutero, ya que aunque el término Transubstanciación no se "oficializó" hasta el IV Concilio de Letrán en 1215, el significado del mismo (cambio de la sustancia) ya existía de mucho antes del uso de la filosofía hilemórfica de Aristóteles con los escolásticos (como dijimos en el anterior artículo, ya San Ambrosio en el siglo IV comentaba: Antes de la bendición de las celestiales palabras, otra es la sustancia que se nombra; después de la consagración se significa el cuerpo; luego lo afirmaron Fausto de Riez en su homilía Magnitudo (siglo V), el abad de Corbie Pascasio (siglo IX) en su obra LIber de corpore et sanguine Christi, y Fulberto de Chartres, Lanfranco y Guitmundo de Aversa, oponiéndose los tres a la herejía de Berengario de Tours (siglo XI), y consituyendo los antecedentes del Sínodo Romano de 1079: (...) el pan y el vino que están en el altar, por el misterio de la oración sagrada y las palabras de nuestro Redentor, se convierten sustancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne de nuestro Señor Jesucristo (...). Y por fin, el futuro Inocencio III, antes de ocupar el solio pontificio, y muy poquito antes del IV Concilio de Letrán (1215), usa la expresión transustancia (ni se añade nada al cuerpo, sino que se transustancia en el cuerpo).

       Hay que decir también que ya antes de Lutero, con la filosofía nominalista de Guillermo de Ockham (1285-1349) o Pedro de Ailly, o con autores como el Beato Duns Escoto (1266-1308), se  había defendido este error doctrinal de la Consusbstanciación.

      Muchos de los lectores de este humilde blog pensarán que qué más da decir que Cristo está verdaderamente presente en el Sacramento cambiando la sustancia del pan y del vino por la del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Transubstanciación), o que lo esté por la coexistencia de las substancia del pan y del vino con la del Cuerpo y la Sangre. La importancia en mayor de lo que a priori pueda notarse, porque si queremos ser fieles a la Palabra de Cristo, revelada en los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, y en la Primera Carta a los Corintios de San Pablo, que nos dijo esto es mi cuerpo, esta es mi sangre (sin olvidar las pequeñas diferencias existentes entre los cuatro relatos), no serían auténticamente puestas en práctica sin consideráramos que detrás de las especies del pan y del vino sigue existiendo su substancia; al contrario, debemos afirmar que ahí encontramos ya sólo la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, aunque se guarden los accidentes del pan y del vino: se ha dado una auténtica conversión.

      

     Calvino, por su parte, criticaba tanto la Transubstanciación como la Consubstanciación: si Cristo residía en el Cielo tras la Resurrección, no podía al mismo tiempo estar presente materialmente en el mundo. Pero a pesar de esto, siempre intentó mantener una postura intermedia, en la que ni optaba por la presencia real, ni por el mero simbolismo vacío. José Antonio Sayés expresa esta ambigua posición recordando las palabras del investigador Baciocchi:

El Cuerpo de Cristo no está materialmente ligado al pan; pero, al comer éste con fe, se recibe aquél en alimento. La acción material es signo e instrumento de un don espiritual.

 

     El tercer gran reformador, Zuinglio, abogó por una mera interpretación simbólica de las palabras instituyentes de Cristo. Para él, el es de los cuatro relatos vendría a significar tan sólo "representa" o "significa". Quede claro que esta interpretación de Zuinglio resulta muy difícil de defender tras un análisis exhaustivo del Nuevo Testamento.

 

     Ex cursus:

     En un artículo escrito hace unos meses acerca de los argumentos que claramente indicaban el significado de presencia real de los cuatro relatos de la institución de la Eucaristía, comenté que los protestantes no creían en la presencia real. Me equivoqué, ya que el contacto que tuve fue con cierto grupo que la negaba; pero no es la interpretación general. ¡Mea culpa! Perdonad todos, queridos lectores.

      

     ¡Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar! ¡Dios nos aumente nuestra fe en su presencia real!

 

Fuentes:

Sayés, José Antonio; El Misterio Eucarístico; Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986.

 

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