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13 agosto 2013 2 13 /08 /agosto /2013 21:29

        Veamos hoy un ejemplo de cómo la investigación científica puede llevar a la fe y a la conversión de un hombre. Traemos para ello a un científico de primera línea, muerto hace pocos años: John Eccles. Nacido en Melbourne (Australia) en 1903, y fallecido en 1997, fue Premio Nóbel de Medicina en 1963 gracias a su investigación en el campo de la fisiología cerebral. Estos estudios le llevaron a plantearse que debía existir algo más en el ser humano que no estaba predeterminado por la codificación genética. Por ejemplo, el caso de los gemelos le daba mucho que pensar: ¿por qué, se decía, si los gemelos tienen la misma carga genética, cada uno siente que es un "yo" completamente único, alguien irrepetible? Debía, por tanto, haber un espíritu, un alma, que tenía forzosamente que provenir por creación directa de Dios, al contrario de nuestro cuerpo, que sí sería fruto de la evolución. Esa espiritualidad sería la causante de toda la creatividad del ser humano, de sus sentimientos...

        ¡Credo ut intelligam, intellego ut credam!

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6 abril 2013 6 06 /04 /abril /2013 02:40

      San Alberto Magno (1193-1280) fue uno de los grandes autores escoláticos. Dominico alemán y maestro de Santo Tomás de Aquino, se mereció el título de Doctor Universalis ya por parte de los que lo conocieron. Estudiante en Padua y París, donde se doctoró, fue también obispo de la ciudad de Ratisbona, aunque posteriormente decidió renunciar a tal nombramiento. Defensor como el resto de filósofos y teólogos escoláticos de la unión entre fe y razón, fue, tal y como hemos dicho, hombre de inmensa sabiduría, en la cual tuvieron cabida amplios conocimientos de botánica, por lo que, entre otras cosas, traemos a San Alberto Magno a esta sección sobre Ciencia e Iglesia Católica. 

     Y es que nada  humano es ajeno a Dios...

Fuentes:

  • Alfonseca Moreno, Manuel; Grandes científicos de la humanidad, a-l; Espasa Calpe, Madrid, 1998.
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23 marzo 2013 6 23 /03 /marzo /2013 15:32

      Se ha extendido la opinión de que Giordano Bruno fue ejecutado por la Inquisición a causa de sus ideas científicas. Es cierto que murió en la hoguera  condenado por un tribunal inquisitorial, pero fue por motivos puramente religiosos, y no por su concepción acerca de la estructura del Universo.

 

       El filósofo y escritor italinao Giordano Bruno (llamado verdaderamente Filippo Bruno), nació en Nola en 1548 y murió en Roma, en el año 1600. Era un admirador del sistema copernicano, defendía la extensión infinita del Universo y la existencia de otros mundos habitados. Pero también mostraba a la vez un pensamiento con pinceladas de panteísmo y gnosticismo, además de negar el pecado original, la divinidad especial de Cristo, y su Presencia Real en la Eucaristía. Como ya vimos en otros artículos, la Iglesia Católica no mandó a la hoguera a nadie por defender el Heliocentrismo, sino que incluso algunos de sus máximos defensores eran clérigos: el sacerdote y cardenal Nicolás de Cusa, el canónigo Copérnico... El verdadero motivo fueron sus ideas religiosas heréticas: un crimen atroz, desde luego, pero que nada tenía que ver con el supuesto oscurantismo científico de la Madre Iglesia.

 

       Cada cosa,en su sitio.

 

Fuentes:

  • Alfonseca Moreno, Manuel; Grandes Científicos de la Humanidad, a-l; Espasa Calpe, Madrid, 1998. 

 

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24 noviembre 2012 6 24 /11 /noviembre /2012 00:49

      Johann Kepler (1571-1630) fue un astrónomo, matemático y teólogo protestante alemán. No vamos a entrar aquí a desarrollar todos los logros que en el campo de la Astronomía alcanzó el autor que ahora nos ocupa. Recordemos simplemente dos puntos importantes: el primero, que demostró que las estrella fijas podían sufrir cambios al presenciar la aparición de una supernova, lo cual rompía los esquemas de Aristóteles. El segundo, y más importante, que también fue defensor del Heliocentrismo; pero a diferencia de Copérnico, abogaba (y con razón) que las órbitas de los planetas no eran circulares, sino helípticas.

       Como vemos, un gran científico, astrónomo para más señas, con un puesto importante en la Historia de la Ciencia. Pero ya hemos dicho anteriormente que era protestante; entonces, ¿por qué hemos traído a este espacio de Ciencia e Iglesia Católica a Johann Kepler? Pues porque al contrario de la opinión tan extendida hoy día de que la Reforma Protestante vino a acabar con el oscurantismo de la Iglesia Católica en materia científica, el caso de Kepler demuestra todo lo contrario: cuando el astrónomo alemán tuvo que abandonar Tubinga por la persecución a la que se vio sometido por parte de sus hermanos protestantes al exponer teorías contrarias a la interpretación literal de la Biblia, recibió de la Universidad de Bolonia, sita en los Estados Pontificios, una invitación a enseñar allí. Muy curioso al venir de parte de la cavernícola Esposa de Cristo...

       ¡Cristo conceda unidad a todo el pueblo cristiano! Ésa fue y es su voluntad...

 

Fuentes:

  • Alfonseca Moreno, Manuel; Grandes científicos de la humanidad; a-l; Espasa Calpe, Madrid, 1998.
  • Messori, Vittorio; Leyendas Negras de la Iglesia; Planeta, Barcelona, 2004.
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15 noviembre 2012 4 15 /11 /noviembre /2012 20:51

       Habla la leyenda negra: el astrónomo Galileo Galilei (Pisa, 1564-Arcetri, Florencia, 1642), tras exponer su revolucionaria teoría que abogaba por que La Tierra no era el centro del universo, como se creía, sino que era ella la que giraba alrededor del Sol, fue víctima de la persecución de una oscurantista Iglesia Católica, que mediante la Inquisición, se oponía a cualquier avance científico. Hay incluso quien cree que fue torturado, y por qué no, quemado en la hoguera.

       Habla ahora la verdad histórica: cuando Galileo se adhiere al Heliocentrismo -no completo- del polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), no había expuesto ninguna teoría desconocida por sus contemporáneos. No sólo porque Copérnico hubiera expuesto aproximadamente ese sistema astronómico con anterioridad, sino porque ya el astrónomo griego Aristarco de Samos, en el siglo III a.C., había defendido que el Sol no giraba alrededor de nuestro planeta, sino que era al contrario. Por no hablar de que poco antes que Copérnico, en el siglo XV, ya el cardenal Nicolás de Cusa, como vimos en otro post anterior, abogó por la misma teoría.

        El problema de Galileo, tal y como nos recuerda el erudito jesuita Manuel Carreira, no fue la oposición de la Iglesia al avance científico. Al contrario de lo que piensa muchísima gente, el argumento principal para afirmar que La Tierra era el centro del cosmos no era que nos creyésemos muy importantes, sino que al elemento tierra (había cuatro elementos -fuego, aire, agua, tierra- más un quinto -la quitan esencia- del cual estaban formados los astros), como el más innoble de todos, le correspondía estar en el fondo de toda la creación. El verdadero problema de Galileo fue que durante el proceso por el que se juzgaron sus teorías en 1633, el astrólogo italiano no supo dar ni una sola prueba de que La Tierra giraba alrededor del Sol, lo cual hubiera sido aceptado por la Iglesia Católica si se hubiera demostrado; pero Galileo Galilei sólo argumentó que era por este movimiento terrestre que existían las mareas, lo cual como todos sabemos, es completamente erróneo.

       Y es que, siguiendo el estudio realizado por el investigador italiano Vittorio Messori, hay que reconocer que en aquel siglo XVII, tan "científica" era la postura ptolemaica, que abogaba por que la Tierra era el centro, y la postura copernicana heliocentrista, que era apoyada por muchos clérigos -y atacada por Lutero, dicho sea de paso-. No había pruebas concluyentes para decantarse ni por una ni por otra. Prueba de esto que decimos, es que el gran astónomo danés Tycho Brahe (1546-1601), que frente al Heliocentrismo de Copérnico, situaba a Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno orbitando alrededor del Sol, pero a su vez, posicionaba a éste girando en torno a La Tierra. Se pudo probar que La Tierra giraba alrededor del sol tan sólo en 1748, confirmándose ya definitivamente en 1851.

       Por lo tanto, queda claro lo injusta que resulta la acusación de oscurantismo que se adjudica a la Iglesia Católica, ya que ésta nunca ha estado en contra del avance científico y cultural; al contrario, ha contribuido fehacientemente, y no de forma escasa, al desarrollo de aquél.

      Eso sí, hay que reconocer, tal y como hizo la Iglesia posteriormente, la importancia de no hacer ciencia a partir de las Sagradas Escrituras, respetando la autonomía (pero a su vez mutua relación) de los diferentes campos del saber, incluida la Teología. Bien aprendimos los católicos, comenzando por nuestra jerarquía, de este error.

      Siguiendo con el caso concreto de Galileo, en el que algunos piensan que tan cruelmente actuó la Iglesia, creo que sería muy curioso ver cómo terminó el proceso, y cuál fue esa terrible condena que se le impuso al científico: tras la sentencia, fue llevado a la Villa Medici en el Pincio,  luego al palacio arzobispal de Siena, cuyo ocupante era un gran admirador de Galileo; al final, fue trasladado a su formidable villa de Arcetri, conocida como La joya. Pudo continuar sus investigaciones y seguir publicando, e incluso de seguida se le retiró la obligación de no alejarse de dicha villa de Arcetri. Sólo le quedó el gran castigo inhumano de rezar una vez a la semana los siete salmos penitenciales, el cual "prescribió" a los tres años; ahora bien, es curioso ver cómo él decició de motu proprio continuar con esta práctica. La hora de la muerte le llegó con 78 años, en Arcetri, el 8 de enero de 1642, contando con la bendición papal y la indulgencia plenaria.

      Será conveniente terminar este artículo recordando algo que escribió ya cercana su muerte, y que de nuevo nos lo cita Messori: En todas mis obra no habrá quien pueda encontrar la más mínima sombra de algo que recusar de la piedad y reverencia de la Santa Iglesia.

      Ahí queda eso, leyenda negra. 

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14 noviembre 2012 3 14 /11 /noviembre /2012 00:52

    Continuemos con esta sección de Ciencia e Iglesia Católica, y más concretamente con la cuestión del Heliocentrismo. Ya hemos hablado del cardenal Nicolás de Cusa; pasemos ahora a hablar de otro gran astrónomo, como fue el polaco Nicolás Copérnico.

    Nicolás Copérnico (1473-1543) es un ejemplo más de la alta unión existente entre la Iglesia Católica y la razón (en este caso, más concretamente con el desarrollo científico): sacerdote, astrónomo, matemático y médico polaco, dio clases en Roma, y fue canónigo de la Catedral de Frombork (Polonia). Se suele presentar a la Iglesia Católica, como ya hemos indicado en otras ocasiones, como enemiga ancestral de cualquier avance científico. Pues bien; resulta cuanto menos curioso que Copérnico fuera sacerdote de la Iglesia y canónigo de una catedral. Pero no queda ahí la cosa: cuando el astrónomo polaco optó por defender la teoría Heliocéntrica que ya Aristarco de Samos había propugnado en el siglo III a.C., expuso sus ideas ante el Papa Clemente VII en 1533, quien aconsejó a Copérnico que publicara sus ideas. En un principio no se decidió a hacerlo, por miedo a la confrontación que produciría su esquema astronómico con la visión de Aristóteles, el cual creía firmemente que La Tierra permanecía inmóvil. Pero años después, en 1540, Copérnico pensó que había llegado el momento, y dedicó la obra -Las revoluciones de los mundos celestes- al Papa Pablo III; parece que fue publicada finalmente en 1543, año de su muerte. Y otro detalle importante: nos recuerda Vittorio Messori en su libro Leyendas Negras de la Iglesia que el imprimatur fue otorgado por un cardenal dominico, orden que se encargaría de la condena tiempo después a Galileo. Como bien dice José Javier Esparza, no parece que nadie viera su fe turbada por estas teorías heliocéntricas. Bueno, mejor dicho, ningún católico, porque no se puede decir lo mismo de algunos cristianos reformados, que no opinaban precisamente bien ni de Copérnico ni de sus ideas astronómicas. El mismísimo Lutero reaccionó así ante tales tesis: La gente le presta oídos a un astrólogo improvisado, que trata de demostrar en cualquier modo que no gira el Cielo, sino la Tierra. Para ostentar inteligencia basta con inventar algo y darlo por cierto. Este Copérnico, en su locura, quiere desmontar todos los principios de la astronomía. 

    Muy pero que muy interesante. ¡Que Cristo bendiga a su Esposa, la Santa Madre Iglesia Católica, guardiana de la verdadera Palabra, del Logos, de la Razón Creadora!

 

Fuentes:

  • Alfonseca Moreno, Manuel; Grandes científicos de la humanidad; a-l; Espasa Calpe, Madrid, 1998.
  • Messori, Vittorio; Leyendas Negras de la Iglesia; Planeta, Barcelona, 2004.
  • Esparza, José Javier; Esolen, Anthony; Guía políticamente incorrecta de la Civilización Occidental; Ciudadela Libros, Madrid, 2009.
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7 noviembre 2012 3 07 /11 /noviembre /2012 01:01

         Nicolás de Cusa fue un sacerdote, obispo y cardenal de la Iglesia en el siglo XV. Nació en 1401, y murió en 1464. Hombre típico del Renacimiento, destacó en Filosofía, Matemáticas, Derecho, Teología y en la concepción del universo. Se adelantó a Copérnico (que por cierto también era sacerdote), Galileo y Giordano Bruno en la defensa del Heliocentrismo.

         Una vez más, vemos unidas ciencia y fe, hombre de Iglesia y actividad científica: no olvidemos que estamos hablando de alguien que fue legado papal y vicario general del Santo Padre. Y sus teorías acerca del universo, al contrario de lo que muchos puedan pensar, fueron recibidas más con cierto aburrimiento que con la excitación supuesta ante tales "pensamientos revolucionarios". ¿No da qué pensar?

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28 octubre 2012 7 28 /10 /octubre /2012 00:02

        De todos es sabido que la Iglesia Católica siempre ha sentido gran interés por el estudio del universo y de los innumerables cuerpos celestes que lo pueblan por doquier. Observándolo, el hombre se da cuenta de lo maravilloso de la creación de Dios.

           Desde tiempos inmemoriales el hombre ha intentado escrutar en los astros el devenir de su existencia (de forma supersticiosa, qué duda cabe, aunque es fácil decirlo con los ojos de nuestra civilización científica); también procuró estudiarlos para ver su influencia en la naturaleza terrestre, o, y este es el asunto que ahora nos ocupa, para fijar el transcurso del tiempo. Para ello se fueron estableciendo calendarios, bien basados en el movimiento lunar, o en el desplazamiento del sol. Los calendarios lunares constaban de 10 meses, tales como el judío -o también el musulmán- y los de tradición greco-romana (estos a veces eran solilunares). Pero en el 45 a.C., Julio César decidió que el mundo romano se rigiera por un calendario solar; es decir, que contara el tiempo en años solares: esto no es ni más ni menos que el tiempo que tarda La Tierra en dar un giro completo alrededor del Sol (o como creían por aquel entonces, en rodear el Sol a nuestro planeta). Este calendario estaba formado por 12 meses y un total de 365 días al año, ó 366 cada cada cuatro -los llamados años bisiestos-. Pero a pesar de lo importante que fue este cambio, el Calendario Juliano seguía manteniendo un defecto que aunque a corto plazo no tenía la menor importancia, a la larga terminó constituyendo un auténtico problema; presentaba un desfase respecto al calendario solar natural de diez minutos de retraso, lo que conllevaba perder un día cada 128 años. Cuando en 1582 la Pascua cayó 10 días antes de lo que debía a causa de ese retardo, el Papa Gregorio XIII mandó estudiar el tema a fondo, y se llegó a la conclusión de que el calendario requería una modificación: nacía así el Calendario Gregoriano, que retocaba el sistema de años bisiestos, perdiendo ahora tan solamente 26'3 segundos al año respecto al solar natural. De esta forma, para que se llegara a un día de retraso, debían transcurrir más de 4.300 años. En cuanto a los diez días que se habían perdido a causa de la imperfección del Calendario Juliano, se solucionó ese mismo año de 1582, saltando el mes de octubre del 4 al 15. ¡Asunto solucionado!

          Como vemos, la Iglesia Católica, desde sus más altas instancias, siempre ha promovido la investigación científica, pese a quien le pese. Es obligación de todo historiador imparcial aclarar la mentira tan extendida sobre el supuesto oscurantismo secular de la Esposa de Cristo.

 

Fuentes:

  • Burgueño, José Manuel; El Libro de la Navidad; Luna Books, 2008.
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21 octubre 2012 7 21 /10 /octubre /2012 01:17

      Ya he hablado en otros artículos acerca del gran San Isidoro de Sevilla (560-636), Padre de la Iglesia, Doctor de la misma, y arzobispo de Sevilla. Figura clave sin la que no podríamos entender la España visigoda, fue uno de los hombres más cultos de su tiempo. No sólo destacó por sus conocimientos filosóficos, históricos, teológicos o por su vis poética, sino que también mostró un gran saber en lo que hoy podríamos llamar ciencias naturales. Así, en su trabajo más conocido, las Etimologías, posiblemente la más importante de todo el Medievo junto a La Ciudad de Dios de San Agustín, y compendio de todo el saber clásico, dedica un libro a Medicina, otro a Mineralogía, entre otras especialidades.

       Podemos decir sin temor a errar, que San Isidoro, además de un hombre santo y excelente teólogo, fue una auténtica enciclopedia viviente, también en lo concerniente a las ciencias naturales; eso sí, teníendo en cuenta que la división entre ciencias y humanidades que existe hoy día, no tenía ni mucho menos el mismo sentido en aquellos tiempos, cuando se consideraba que un hombre sabio debía manejar ambas ramas. Aún no se había producido la triste división del saber que llegaría a finales de la Edad Media, profundizándose en el Renacimiento, y que tanto daño hizo a las relaciones entre fe y razón.

 

Fuente:

Martínez Cachero, José María (dir.); Grandes figuras de la literatura, a-k; Espasa Calpe, Madrid, 1998.

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4 octubre 2012 4 04 /10 /octubre /2012 02:02

   Vayamos con otro insigne personaje. Se trata del Papa Silvestre II, de nombre de pila Gerberto de Aurillac. Nació en Auvernia, en el sur de Francia, hacia el 938, y murió en Roma, en el 1003. Como hemos dicho, ocupó la Sede de Pedro desde el año 999 hasta su muerte. Formado con los benedictinos, de cuya orden era miembro, fue posiblemente el hombre más culto de su tiempo. En su haber encontramos nada más y nada menos la introducción de los números arábigos (¡con las ventajas que traía el uso del 0, para nada cuestión baladí!); desgraciadamente, su iniciativa no recibió en el mundo occidental el eco que debía, y no se adoptó dicho sistema de numeración arábiga hasta más tarde. También realizó varios ingenios, entre los que destacan el balancín para medir el paso del tiempo, y un ábaco muy avanzado, que permitía realizar cuentas cuyos resultados podían ser cifras larguísimas.

   Curiosamente, frente al falso tópico tan extendido de una Iglesia medieval perseguidora de los científicos y enemiga de todo avance, fue el Papa Silvestre II el que fue acusado de todo por sus conocimientos: de pactar con el Diablo, de practicar la brujería... ¿Y esto, por qué y de parte de quién? Evidentemente, no fue un ataque procedente de la Iglesia, ya que él mismo era su cabeza en La Tierra. El motivo hay que buscarlo en la labor de reforma política que llevó también acabo nuestro Gerberto. Frente a una Europa medieval que desde el siglo X cada vez iba fragmentándose más en una deriva feudalista que rechazaba el poder de los Reyes y del Emperador del Sacro Imperio, Silvestre II defendió la legitimidad y supremacía de éstos. Por tanto, no fueron pocos los nobles que vieron su poder y privilegios peligrar, y así decidieron levantar una leyenda negra en torno al Santo Padre. Si a esto le sumamos que uno de los privilegios de los señores feudales era el de poder actuar a su antojo en las altas esferas eclesiásticas y disponer de sus bienes y riquezas (compraventa de sedes episcopales -simonía-, expolio de monasterios, etc.), nos parecerá aún más comprensible que el Papa se opusiera a esta aristocracia abusiva.

   ¡Por Dios! ¡Un Papa, jefe de esa institución oscurantista que todos conocemos, perseguido por su saber! ¡Habráse visto! ¿No habrá que revisar un poquito esas leyendas negras en torno a la Madre Iglesia?

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