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15 enero 2013 2 15 /01 /enero /2013 01:34

      Siempre me ha llamado la atención los inmensos frutos que el Catolicismo inglés ha proporcionado a la Iglesia tras el absurdo cisma provocado por Enrique VIII en 1531, no siendo la religión mayoritaria de los ciudadanos del país insular. Es impresionante la cantidad de gente egregia que ha regalado a la posteridad. Independientemente del análisis de las causas de este singular fenómeno, repasemos algunos de esos personajes que la Iglesia fiel a Roma ha dado en Inglaterra:

 

Santo Tomás Moro: ¡qué decir del ilustre humanista y Canciller de Inglaterra! Considerado uno de los hombres más cultos de su tiempo, y autor de obras como Utopía, murió el 6 de julio de 1535 precisamente por negarse a dar su consentimiento al divorcio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón, y por no jurar el Acta de Supremacía que reconocía al rey inglés como cabeza de la Iglesia Anglicana.

 

Cardenal J.H. Newman (1801-1890): pasó de ser sacerdote anglicano a, tras su conversión, presbítero católico y obtener la dignidad de cardenal en 1879. En su tierra natal, Reino Unido, fundó la Congregación del Oratorio. No hará falta recordarle a los lectores que estamos ante uno de los más altos teólogos de la Edad Contemporánea.

 

Hilaire Belloc (1870-1953): historiador inglés, autor de obras como Personajes de la Reforma y La crisis de nuestra civilización.

 

G.K. Chesterton (1874-1936): poeta, novelista, periodista... Una de las grandes figuras de la literatura del siglo XX, se convirtió al Catolicismo en 1922. Autor y polemista de inspiración y astucia tremendas, creó al famoso Padre Brown, sacerdote y detective que protagonizó algunas de sus novelas.

 

J.R.R. Tolkien (1892-1973): ¡podríamos hablar tanto del gran Tolkien! Creador de la Tierra Media (destacando obras como El Hobbit, El Señor de los Anillos y El Silmarillion) y filólogo de primera línea, fue profesor en la Universidad de Oxford. Privadamente, llevó una vida sencilla y honesta, con una arraigada fe católica, la cual se rastrea perfectamente en su obra.

 

Alec Guinnes (1914-2000): actor de cine y teatro, uno de los grandes en la Historia del Séptimo Arte. Tuvo una preciosa conversión, en la que curiosamente jugó un papel importante su interpretación de Padre Brown. Participó en películas de la talla de El Cisne (junto a Grace Kelly), El puente sobre el río Kwai, Doctor Zhivago y La Guerra de las Galaxias.

 

¡Dios bendiga a aquella Iglesia local, y escuche nuestras oraciones pidiendo el pleno reingreso del Reino Unido en el seno de la Madre Iglesia Católica! ¡Que todos seamos uno! 

 

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11 septiembre 2012 2 11 /09 /septiembre /2012 01:17

    Sobre el tribunal de la Inquisición se han escrito ríos de tinta, con dos objetivos claros. Por un lado, fue uno de los caballos de batalla de la famosa leyenda negra que los enemigos del poderío español fabricaron contra nuestra nación hace ya siglos, cuando señoreábamos por Europa y el mundo entero. Por el otro, la crítica a la actividad de la Inquisición.

    Lo que no saben muchos es que, independientemente del mal intrínseco que conllevaba la Inquisición, ésta fue una institución (nos referimos ahora no a la Inquisición medieval, sino a la de la Edad Moderna, más concretamente a la española, fundada en el último cuarto del siglo XV por parte de los Reyes Católicos, con el fin de supervisar si la conversión de los judíos era auténtica o no) que supuso un avance en su tiempo, tanto en lo referente a las garantías jurídicas de los procesos que se llevaban a cabo, como en las penas que se ejecutaban.

     Como historiador que soy, me veo obligado a remarcar algo que por desgracia es error común entre los ávidos críticos de la Iglesia Católica. Hablo de aquello de juzgar el pasado con los parámetros del presente. Mucho ojo: en ningún momento estoy diciendo que objetivamente las condenas que llevó a cabo la Inquisición en casos de herejías, penas de muerte (en sus diferentes variantes), humillaciones públicas (los famosos sambenitos) por motivos religiosos no constituyeran un mal, un pecado, al fin y al cabo. Toda actitud que merma la libertad religiosa de los hombres no puede calificarse de otro modo que no sea el de una mala acción. Pero lo que no se puede hacer es, repito, juzgar aquellos tiempos sin ponernos los zapatos de sus coetáneos, sin situarnos en la mentalidad de aquel tiempo.
     Otro aspecto importante a tratar es el del número de víctimas causadas por la Inquisición (volvemos a referirnos a la Inquisición moderna) en comparación con otras represiones producidas en diferentes países europeos; represiones éstas que nada tuvieron que ver con la institución de la Inquisición, ya fueran territorios católicos, ya fueran protestantes. Resultará esclarecedor echar un vistazo a la siguiente tabla estadística, que resume el número de supuestas "brujas" ajusticiadas durante el final de la Edad Media (éstas aún anteriores a la aparición de la Inquisición postmedieval) y a lo largo la Edad Moderna, hasta el año 1700 aproximadamente. Son cifras proporcionadas por la investigadora Gloria A. Franco Rubio, y que no dejarán indiferentes a nadie:

 

 

PAÍS

Nº. DE VÍCTIMAS

POBLACIÓN TOTAL (MILLONES)

AUSTRIA

5000-7500

4.3

DINAMARCA

1000

0.58

INGLATERRA Y GALES

500-1000

4.4

FINLANDIA

100+

0.3-0.4

FRANCO CONDADO

300

0.4

TERRITORIOS ALEMANES

15.000-20.000

16.0

HUNGRÍA

800+

3.0-3.5

ITALIA

200

13.1

LORENA

3000

0.4

LUXEMBURGO

350+

0.25

P.UNIDAS

150

1.5

PAÍSES BAJOS SUR

250

1.6

NORUEGA

350+

0.44

POLONIA

5000

3.4

PORTUGAL

6

1.1

RUSIA

200+

12.0

ESCOCIA

1337+

0.8

ESPAÑA

200-300

6.6-8.1

SUECIA

300

1.0

SUIZA

6000-10000

1.0

 

       Como vemos, no fue ni mucho menos menor la caza de brujas en los países que recibieron un fuerte influjo de la Reforma. Por otra parte, y esto es muy importante, en los países en los la Inquisición estaba vigente, esta represión fue bastante más liviana: España, Italia, y Portugal; el dato aún cobra más significación si tenemos en cuenta que tanto nuestra nación como el territorio transalpino tenían un alto número de habitantes (entre 6.6-8.1 España, y 13.1 Italia), por lo que la proporción es aún menor. Y en Portugal, tan sólo 6 víctimas. Espeluznantes son en cambio las cifras de Alemania, Austria y Suiza, países en los que la Inquisición no existía.    

       ¿Y por qué ocurría esta cosa tan rara? ¡Menos "brujas" muertas en los países en que la Inquisición campaba a sus anchas! ¡¿Pero cómo es posible que en las oscurantistas naciones católicas que daban cobijo a semejante invento represor -la Inquisición- se mataran a menos mujeres -y a veces hombres- acusadas de hechicería y brujería?! Pues muy sencillo; pese a quien le pese, la Inquisición era muy estricta en sus procedimientos judiciales, y no llevaba a la muerte a ningún cristiano -no hay que olvidar que la Inquisición sólo tenía potestad sobre los bautizados- por simples rumores o supersticiones. Existe un caso, en la España de principios del siglo XVII, que resulta paradigmático. A raíz de una durísima represión surgida contra "brujas" en la región vascofrancesa de Lapurdi, a manos del juez Pierre de Lancre, muchos de estos acusados atravesaron la frontera con España, y se asentaron en la zona del pirineo vasco-navarro. Entonces, empezaron a correr rumores sobre la existencia de brujería en aquellas tierras. Estuvo a punto de cometerse una auténtica atrocidad. La Inquisición se hizo cargo del asunto en 1609, y en un principio fue partidaria de atacar de raíz lo que creían que era un flagrante caso de brujería, aunque eso sí, después de un minucioso estudio, como era común en los procesos inquisitoriales. Pero cuando el inquisidor, religioso y jurista Alonso de Salazar cogió las riendas del asunto, llevó a cabo una investigación que dejó a la luz que lo que a primera vista parecía un auténtico fenómeno brujeril, no era más que una mezcla de superstición, antiguas prácticas populares paganas, remedios medicinales tradicionales, y mucha histeria colectiva.                         

        Me gustaría terminar este post sobre la Inquisición reproduciendo aquí las palabras de la historiadora Rocío García Bourrellier, profesora de Historia Moderna de la Universidad de Navarra:                                                                                                                                     

     Los especialistas en Inquisición hispánica, tanto españoles como extranjeros, aluden a un elemento que según ellos marcó la diferencia entre tribunales católicos y protestantes: el Santo Oficio, en las diferentes fases del proceso (audiencia, interrogatorio, exhortación), buscaba la conversión del preso, de manera que, cuando éste reconocía su "desvarío", se le imponían penas canónicas o corporales y era liberado, si bien cargaría toda su vida con el sambenito (del "saco bendito"o arpillera con que se vestían los procesados) de haber sido sospechoso de herejía.               

      Por el contrario, los tribunales reformados buscaban el exterminio de cualquier oposición a la correspondiente fe (luterana, calvinista, anglicana...); de ahí que los procesos judiciales no se desarrollasen como los civiles, sino con una toma rápida de decisión que suponía casi siempre la hoguera.  

    La Historia, nos guste más o menos, es la que es, y siempre hay que ser fiel a su testimonio, sacando a la luz la verdad, sea ésta la que sea. A veces la Iglesia deberá reconocer que se equivocó -y así lo hace-, faltaría más, pero como intento mostrar en este blog sencillo, el análisis histórico honesto y concienzudo suele ser bastante generoso con la Esposa de Cristo.

        ¡Amemos a nuestra Madre la Iglesia!

 

Fuentes:

  • Esparza, José Javier; Esolen, Anthony; Guía políticamente incorrecta de la Civilización Occidental; Ciudadela Libros, Madrid, 2009.
  • García Bourrellier, Rocío; La Leyenda Negra y la Inquisición. ¡Menudo sambenito!, en Muy Historia, nº. 46; 2013, G y J España Ediciones.
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3 septiembre 2012 1 03 /09 /septiembre /2012 01:19

        El Atlético de Madrid se proclamó el pasado viernes supercampeón de Europa. Como lleva a cabo cada vez que logra un título, el  club colchonero debería haberlo ofreciedo a la patrona de Madrid, y para más inri, patrona también del Atlético de Madrid, la Virgen de la Almudena. Desafortunadamente, por motivos de calendario, no ha podido realizarse aún la ofrenda. Como aficionado rojiblanco desde que era un pequeñín, y como católico que soy, me llena de orgullo que mi club haya guardado esta relación con la Iglesia Católica. Esta unión entre fútbol y religión, hoy día más testimonial que otra cosa (pero no por ello deja de ser sumamente importante), la encontramos en otros muchos clubes. La práctica de dedicar las victorias importantes al patrón/patrona de la ciudad es algo común. 
        En lo que respecta al Atlético de Madrid, cuya historia me interesa muchísimo por ser hincha suyo, he estado investigando estos días para averiguar hasta cuándo se retrotrae esta devoción del club hacia la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid, y como decía anteriormente, también patrona de la sociedad del Manzanares. Pues bien, buceando en la hemeroteca del periódico ABC, disponible por medio de internet (¡fantástico servicio, señores!), he encontrado una noticia fechada el 6 de mayo de 1950, en la página 31, que anuncia para ése mismo día, a las 12 de la mañana, la presencia de jugadores y aficionados en la Iglesia de Santa María, sita en la calle del Sacramento, para escuchar misa en agradecimiento a la Virgen de la Almudena por el triunfo en el Campeonato Nacional de Liga, del que se proclamó campeón el club rojiblanco en la temporada 1949/50. La misma noticia menciona el dato de que la Madre de Dios, en dicha advocación, era la patrona de la entidad. Aquí teneís el enlace para buscar la página de la edición citada del 6 de mayo de 1950 del ABC. Pinchad en él, y en buscas el periódico del día nombrado, y la página señalada.

 

http://hemeroteca.abc.es/detalle.stm

 

        Muchos objetarán a esta práctica que no tiene sentido mezclar deporte con religión, ya que la segunda debe quedar relegada al ámbito de lo privado. Pero esta visión no es más que la correpondiente a un pensamiento laicista imperante sobre todo desde la Ilustración y la Revolución Francesa, y partidario de hacer desaparecer el culto religioso de la escena pública. Se olvidan éstos de cuál es nuestra historia, de la importancia de la fe en nuestro devenir durante siglos y siglos, y del derecho que todos tenemos a expresar libremente nuestras creencias, también abiertamente al mundo. Y los clubes españoles son instituciones estrechamente vinculadas al pueblo, pueblo que en su inmensa mayoría profesa la fe católica.  Por ello da igual que haya jugadores protestantes, musulmanes o ateos; el club se debe a su afición.

         Opinarán otros que resulta incluso irreverente ligar asuntos tan mundanos como el fútbol a la esfera de lo trascendente. ¿Pero acaso no es justo y necesario que un abogado dé gracias por su trabajo al Señor, y busque la guía del Espíritu a la hora de actuar en su labor? ¿No debe ser así también en el caso de un panadero? Y los futbolistas, ¿no están llamados ellos a la santidad? Por supuesto que sí; y no sólo ellos, sino también los dueños o presidentes de los clubes, directivos, utilleros... Otra cosa es que el mundo del fútbol haya perdido un poco los papeles, y muchas de esas personas no lleven una vida santa...

          Siempre ha defendido la Iglesia la posibilidad de alcanzar la santidad en cualquiera de los ámbitos de la vida. No importa la profesión (salvo excepciones, evidentemente), estado civil, o condición del cristiano (laico, religioso u ordenado). Todos estamos llamados a la santidad. Recordemos las palabras del Concilio Vaticano II, el ideario del Opus Dei fundado por San Escrivá de Balaguer, la obra del Apostolado de la Oración, que desde su fundación apostó por la entrega a Dios de toda acción humana, o aquella afirmación tan bella de Santa Teresa de Jesús, que nos decía que Dios se encontraba también entre los fogones. Nada humano es ajeno al Creador. Todo lo que realizamos, debemos llevarlo a cabo en Cristo, guiados por su Amor: hasta el más pequeño gesto.

           También los deportistas son llamados por Dios a la santidad. ¡Alabado sea siempre el Señor!

 

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28 agosto 2012 2 28 /08 /agosto /2012 00:58

    Uno de los fenómenos ocurrido en la vida de muchos santos y que más llama la atención de creyentes y no creyentes, es el de los estigmas. Al contrario de lo que algunos puedan creer, han sido bastantes los hombres (y mujeres) de Dios que a lo largo de la Historia han sufrido -o han sido bendecidos- esta participación tan peculiar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, consistente en la reproducción de las heridas físicas que Cristo experimentó en sus últimas horas de vida.

     Entre estos santos que han vivido en su carne (además de en su espíritu) los dolores de la Pasión del Siervo de Yahveh encontramos a San Francisco de Asís (1181-1226), San Pío de Pietrelcina (1887-1968) o Marta Robben (1902-1981), fundadora de los Foyers de Charité, aunque la lista sería muchísimo más larga. 
     ¡Que este fenómeno nos haga comprender la necesidad de configuarnos con el sufrimiento de Cristo, con su Pasión redentora, y así colaborar en su santa misión de salvar a los hombres! Y nunca olvidemos, con San Pablo, que si no morimos con Cristo, tampoco resucitaremos con Él...

 

Fuentes:

Zavala, José María; Padre Pío. Los milagros desconocidos de santo de los enigmas; LIBROSLIBRES, Madrid, 2010.

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16 agosto 2012 4 16 /08 /agosto /2012 21:51

     El Concilio Vaticano II (1962-1965) fue malinterpretado de una forma descomunal en los años posteriores a su conclusión. Confusión que aún dura hoy día. No fue ni es extraño oír, incluso por parte de teólogos de la Iglesia Católica, que dicho Concilio significó un auténtica revolución en el sentido de que la Iglesia, después de siglos y siglos de absurda confrontación con el mundo, por fin había decidido dedicar una mirada de comprensión hacia el mismo; mundo que ya no sería visto como un enemigo para los cristianos, como una fuente de pecados, sino como un "elemento" positivo. Nada más lejos de la realidad. Cierto es que el Concilio Vaticano II intentó renovar su relación con el mundo; pero siempre lo hizo desde una profunda unidad con la revelación contenida en las Sagradas Escriutras y con toda la tradición eclesiástica anterior, desde los Apóstoles y Santos Padres, pasando por las obras de los grandes santos, hasta los documentos elaborados por el Magisterio de la Iglesia. Así, el Concilio Vaticano II siguió considerando al mundo, a pesar de haber sido creado por Dios y contener aspectos por ello completamente loables, como un enemigo del hombre a causa de la introducción del pecado, que había corrompido la obra del Creador. Baste el siguiente fragmento de la Consitución Pastoral Gaudium et Spes del citado Concilio para corroborar que lo que decimos es así:

 

Deformación de la actividad humana por el pecado

37. La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.

Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este mundo (Rom 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres.

A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro.

El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23).

 

Como podemos observar, el Concilio, pese a quien le pese, sigue hablando de un mundo que encierra muchos peligros para el hombre, y que por tanto, sigue siendo su enemigo. Peligros que el ser humano sólo podrá vencer a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios. Porque como dijo Cristo, sus discípulos no somos de este mundo (cf. Jn 17, 14). El cristiano tiene que llamar la atención, pero no por presunción ni ganas de dar la nota; tiene que llamar la atención por su modo de vida en medio de este mundo que no para de perseguir a Nuestro Señor y a su esposa la Iglesia. Nunca lo olvidemos.

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6 agosto 2012 1 06 /08 /agosto /2012 21:35

      Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46; Mc 15, 34) Este versículo, que encontramos tanto en el Evangelio de Mateo como en el de Marcos, ha sido interpretado de diferentes maneras a partir del siglo XIX. Autores como el teólogo alemán Rudolf Bultmann (1884-1976) han sido partícipes de la teoría según la cual Cristo habría lanzado aquella exclamación en la cruz en un momento de angustia tal que Él mismo se habría sentido olvidado por Dios, y fracasado en su misión. Pero esta interpretación "humanizante" de la figura de Cristo no es acorde con un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras y del modo en que el pueblo judío oraba los salmos. Pienso sinceramente que el análisis realizado por los antiguos Padres de la Iglesia, y que Benedicto XVI ha expuesto en Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, tan brillantemente como siempre, es mucho más acertada.
      Como todos sabemos, el versículo que analizamos es el comienzo del salmo 22, oración del hombre que sufre tremendamente y siente la tentación de sentirse abandonado por Dios. Ciertamente, es un salmo con un fuerte sabor mesiánico, cuyos versículos encajan perfectamente con la "empresa" salavadora del Enviado de Dios. (Yo puedo contar todos mis huesos; ellos me miran con aire de triunfo, se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica).  Pero como Benedicto XVI nos recuerda en la citada obra, cuando un judío rezaba un salmo, no sólo lo oraba en su nombre (que también podía ser, por supuesto), sino que se hacía portavoz de todos sus hermano; sería la figura que han tenido bien a llamar "Personalidad Corporativa". Por ello, parece más adecuado pensar que cuando Cristo exclamó aquel grito desesperado al Padre, estaba, una vez más, como correspondía a su misión redentora, cargando con todo el sufrimiento humano, también de aquéllos que experimentaban en su interior la soledad mayor, la que se siente cuando Dios aparentemente permanece en silencio ante nuestros dolores.

       ¡Leamos atentamente el salmo 22, y alabemos al Mesías, a nuestro Salvador, que cargó con nuestras culpas y nuestro sufrimiento! 

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos?

Te invoco de día, y no respondes,

de noche, y no encuentro descanso;

y sin embargo, tú eres el Santo,

que reinas entre las alabanzas de Israel.

En ti confiaron nuestros padres:

confiaron, y tú los libraste;    

clamaron a ti y fueron salvados,  

confiaron en ti y no quedaron defraudados.  

Pero yo soy un gusano, no un hombre;  

la gente me escarnece y el pueblo me desprecia;

los que me ven, se burlan de mí,  

hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:

«Confió en el Señor, que él lo libre;  

que lo salve, si lo quiere tanto».  

Tú, Señor, me sacaste del seno materno,  

me confiaste al regazo de mi madre;  

a ti fui entregado desde mi nacimiento,  

desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios.    

No te quedes lejos, porque acecha el peligro  

y no hay nadie para socorrerme.

Me rodea una manada de novillos,

me acorralan toros de Basán;  

abren sus fauces contra mí  

como leones rapaces y rugientes.  

Soy como agua que se derrama  

y todos mis huesos están dislocados;  

mi corazón se ha vuelto como cera  

y se derrite en mi interior;

mi garganta está seca como una teja  

y la lengua se me pega al paladar.  

Me rodea una jauría de perros,  

me asalta una banda de malhechores;  

taladran mis manos y mis pies

y me hunden en el polvo de la muerte.

Yo puedo contar todos mis huesos;    

ellos me miran con aire de triunfo,

se reparten entre sí mi ropa  

y sortean mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;  

tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme

Libra mi cuello de la espada  

y mi vida de las garras del perro.

Sálvame de la boca del león,  

salva a este pobre de los toros salvajes.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,  

te alabaré en medio de la asamblea:

«Alábenlo, los que temen al Señor;

glorifíquenlo, descendientes de Jacob;  

témanlo, descendientes de Israel.

Porque él no ha mirado con desdén  

ni ha despreciado la miseria del pobre:

no le ocultó su rostro

y lo escuchó cuando pidió auxilio»

Por eso te alabaré en la gran asamblea

y cumpliré mis votos delante de los fieles:

los pobres comerán hasta saciarse  

y los que buscan al Señor lo alabarán.  

¡Que sus corazones vivan para siempre!

Todos los confines de la tierra  

se acordarán y volverán al Señor;  

todas las familias de los pueblos  

se postrarán en su presencia.  

Porque sólo el Señor es rey

y él gobierna a las naciones.

Todos los que duermen en el sepulcro   

se postrarán en su presencia;

todos los que bajaron a la tierra

doblarán la rodilla ante él,

y los que no tienen vida  

glorificarán su poder.   

Hablarán del Señor a la generación futura,

anunciarán su justicia a los que nacerán después,    

porque esta es la obra del Señor.

 

Fuentes:

Benedicto XVI; Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección; Encuentro, 2011, Madrid. 

 

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19 julio 2012 4 19 /07 /julio /2012 21:08

Hay autores, incluso algún historiador de reconocido prestigio, que de una forma ciertamente ligera, al menos eso pienso yo, y lo digo con el máximo de los respetos, opinan que el devenir de Europa, y por ende del mundo, hubiera sido más positivo si en aquellas famosas Guerra Púnicas los vencedores hubieran sido los cartagineses en lugar el Imperio Romano. Fueron tres guerras, y se extendieron desde el  264 al 146 a.C.

Es evidente que el Imperio Romano tenía muchos defectos. Pero si la civilización europea occidental llegó a ser lo que fue (y no me refiero a nuestra actual Europa apóstata del Cristianismo) fue gracias al legado clásico grecoromano y al Cristianismo; también tuvo mucha influencia la Revolución Francesa, pero pienso que ésta aportó más elementos negativos que positivos (individualismo, racionalismo que aparta lo religioso del mundo público -¡ése Dios del Deísmo, tan lejano al hombre, como diría el gran teólogo navarro don José Antonio Sayés!-). Fue el Imperio Romano el que nos legó una lengua moderna, una legislación actualizada, y un territorio que ya vivía con la esperanza que da el Cristianismo. ¿Y qué diremos de la institucionalización del sacrificio humano llevada a cabo por los cartagineses?

Pensemos un poco, por favor, y demos gracias a la Divina Providencia. 

 

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7 julio 2012 6 07 /07 /julio /2012 15:48

           Este artículo guarda mucho en común con otro que dediqué a la famosa Batalla de Lepanto contra los turcos en el siglo XVI. Ambos choques se libraron entre cristianos y musulmanes, y ambos enfrentamientos tuvieron una importancia crucial en el devenir de la civilización europea, aunque la batalla de las Navas de Tolosa centra más su legada en la Península Ibérica, en nuestra España (y Portugal); además, ambas batallas quedan hoy abandonadas en el olvido consciente por lo políticamente incorrecto de ambas. El próximo 16 de julio se cumplen nada más y nada menos que 800 años de aquel magno acontecimiento, y los poderes públicos del estado no parecen muy dispuestos a celebrar por todo lo alto tal efeméride.

          Pongámonos en situación para comprender la importancia de dicha batalla: tras desmoronarse el Imperio Almorávide en la Península Ibérica y el posterior período de segundas taífas, entran los almohades en territorio hispano con el Califa al-Mu'mín (1130-1163). Los almohades constituyeron en principio un movimiento religioso; fue fundado por Ibn Tumart (1084-1130), el cual se había formado en Oriente y en Occidente, más concretamente en la ciudad de Córdoba. Procedentes del Noroeste de África, y rivales encarnizados de los almorávides, los almohades fueron conquistando los territorios que poseían aquéllos.

           El momento culmen del poderío almohade llegó con la batalla de Alarcos de 1195, muy cerca de Ciudad Real; batalla que acaeció durante el mandato del califa Yaqub (1184-1199). En este encarnizado enfrentamiento, las huestes mahometanas arrasaron a las tropas castellanas, y dejaron en una situación más que comprometida a los reinos hispanos.

           Ante tan desalentador panorama, la alarma cundió en unos reinos crisitanos peninsulares que no hacía mucho años habían estado más interesados en  luchar entre ellos que en hacer frente al enemigo común: tal fue el caso de León, que llegó incluso a pactar con los musulmanes. Alentados por Inocencio III, empezaron las negociaciones para intentar llegar a un acuerdo que les permitiera unirse ante el empuje almohade. Así, los cristianos se prepararon para combatir juntos, y el Papa concedió a la contienda la categoría de cruzada. En 1212, en las Navas de Tolosa, provincia de Jaén, un contingente cristiano formado por los castellanos de Alfonso VIII, los aragoneses de Pedro II, los navarros de Sancho VII, caballeros portugueses y leoneses (aunque no sus monarcas, que antepusieron sus intereses particulares a los generales de la Cristiandad, a pesar de que su misma seguridad hubiera quedado en entredicho si no se frenaba el avance almohade) vencieron a las tropas de Yusuf II, asegurando la supervivencia del Cristianismo en nuestras tierra. Poco después, Fernando III el Santo conquistaría la Andalucía Bética y Murcia, dejando ya tan sólo el Reino de Granada en manos musulmanas.

          ¡Celebremos -siempre en son de paz- tan magno aniversario!

 

Fuentes:

  • Iradiel, Paulino; Moreta, Salustiano; Sarasa, Esteban; Historia medieval de la España cristiana; Cátedra, Madrid, 1995.
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30 junio 2012 6 30 /06 /junio /2012 19:49

         Estoy convencido de que todos nuestros lectores conocerán en qué consistía supuestamente el llamado derecho de pernada o de la primae noctis aunque sea por haber visto la fantástica película Brave Heart, dirigida por Mel Gibson en 1995, o la novela histórica de aires catalanistas La Catedral del Mar, escrita por Ildefonso Falcones. En virtud de este privilegio, los señores feudales del occidente cristiano medieval podían exigir pasar la noche de bodas de una pareja de siervos residentes en sus tierras con la novia; era, por tanto, el derecho de la primera noche.

         El problema es que este supuesto derecho constituye un auténtico mito histórico, ya que nunca existió. Fue todo un invento propagandístico de la Revolución Francesa, cuyos representantes, ávidos por atacar el antiguo régimen, intentaron demostrar la intrínseca perversión del mismo.

         Hay que reconocer que este supuesto derecho se presta para grandes argumentos de novelas y películas; pero todo historiador honrado debe decir siempre la verdad, y ésta no es mas que la inexistencia de dicha institución medieval. Otra cosa es que existieran abusos. Evidentemente, en la Edad Media hubo muchos excesos por parte de los señores feudales hacia los campesinos que humildemente trabajaban en sus tierras; pero como tal derecho, nunca existió, y hay que decirlo. El Milenio de Cristiandad, tal y como llama el padre José María Iraburu a la Edad Media, a pesar de sus errores (que los hubo, y en abundancia, por supuesto), fue un período cuyos inmensos frutos de santidad y legados dejados a la humanidad ya quisiéramos para nuestro tiempo.

        ¡Conozcamos nuestra historia hermanos, que hay mucho de lo que enorgullecerse!

 

Fuentes:

Falcones, Ildefonso; La Catedral del Mar; Random House Mondadori, Barcelona, 2008.

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15 junio 2012 5 15 /06 /junio /2012 21:32

       La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) dejó tras de sí un reguero de muerte y destrucción tan tremendo (no por otra cosa algunos autores la consideran un antecedente de las guerras mundiales), que la sociedad europea quedó conmocionada profundamente. Esto fue aprovechado por ciertas élites intelectuales y políticas, defensoras de un aumento del poder del estado que continuara con el proceso que se había originado con el Renacimiento, y que había significado el nacimiento del estado moderno. Apostaban por relegar a la religión a un segundo plano. ¿Para qué quería el hombre algo que no causaba más que muestre y desgracia, como se había observado tras la Guerra de los Treinta Años? Lo primero que habría que aclarar es el supuesto carácter religioso de la Guerra de los Treina Años, ya que curiosamente la Francia católica de aquél entonces se alió con los estados protestantes para hacer frente común contra España; encontramos evidentemente elementos de lucha religiosa, pero no es tan sencillo como eso. Un fragmento de la carta escrita por Francisco de Quevedo al Rey francés Luis XIII con motivo del apoyo galo al bando protestante nos muestra la complejidad del asunto: ocasionaréis que digan que los herejes que en Francia desarmasteis para vuestra quietud y gloria los armáis en Flandes para opresión de los católicos y agravios de Jesucristo; que os armasteis inquisidor contra herejes, para armar herejes contra inquisidores... Como bien se desprende de estas palabras salidas de la pluma de uno de los grandes genios del siglo de oro español, el carácter religioso de la contienda es manifiesto, pero también lo es que había otros intereses aún más oscuros si cabe, que llevaron a una nación católica como Francia a aliarse con los protestantes.

       Dejemos ahora este  punto de controversia. El caso es que muchos interpretaron esta "batalla de iglesias" como un ejemplo de la necesidad que existía de imponer la voluntad del estado sobre las creencias religiosas de los hombres. Comenta José Javier Esparza en su Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental que las soluciones que estos pensadores barajaban eran dos: de un lado, que el estado devorara a la religión, y la conviertiera en títere suyo; del otro, separar el elemento religioso del estado, dejándolo a la libre elección del individuo. Yo me atrevería a decir que el primer camino fue el seguido por la Inglaterra que se separó de la obediencia a Roma, conviritiéndose el monarca en la cabeza de la nueva iglesia nacional; y el segundo el escogido por muchas de las naciones protestantes, que aunque en un primer momento no pudieran sospecharlo, abrieron el camino a la relegación del fenómeno religioso al ámbito de lo privado, expulsándolo del mundo público, que se consolidaría siglos después.

       El filósofo inglés Thomas Hobbes, autor del famoso Leviatán (1651), consideraba necesario el abandono de los derechos individuales por el bien común, como única forma de sobrevivir en este mundo, auténtica jauría humana. Dicho así, suena estupendo. El problema es que esta renuncia a los derechos personales en pos de un servicio a la comunidad (en un sentido amplio) no es en virtud de la defensa de una ley natural universal que todo hombre debe respetar, porque a fin de cuentas procede de Dios, sino que simplemente es un modo de superar el estado salvaje en el que el hombre se encuentra, cediendo al estado todo el poder. Éste sería el encargado de dictar lo que era correcto y lo que no, lo que estaba permitido, y lo que no podía hacerse. Como vemos, es una tentación muy moderna, que ya incluso se ha extendido a cada persona particular: hoy día se pretende que cada ser humano pueda decidir, en lo profundo de su moral, qué es bueno y qué malo; en definitiva, el relativismo absoluto del que tanto nos previene el Santo Padre Benedicto XVI.

       Tras un primer análisis pude parecernos que la teoría política desarrollada a partir del Renacimiento -aunque no en un nivel tan perverso como al que llegaría posteriormente- y defendida por Hobbes entre otros muchos partidarios del poder absoluto del estado, corresponde tan sólo a los regímenes totalitarios que desde entonces se han ido sucediendo a lo largo de la Historia: Reinado del Terror en la Francia revolucionaria, Dictadura del Proletariado comunista, Fascismo y Nazismo... Pero esto no es así. Los estados totalitarios son, al menos desde fuera de su entorno, fácilmente reconocibles como abominables: ¿alguien en su sano juicio habla bien del Tercer Reich, o de la Rusia de Stalin -bueno, en este último punto, algunos siguen erre que erre, jeje-? ¿Pero qué ocurre con las democracias liberales? ¿No hace falta una crítica profunda y sincera hacia este sistema político difundido por la civilización occidental? No se me entienda equivocadamente. Con esto no quiero decir que me parezca nocivo el sistema político de la democracia; creo sinceramente que es el más justo y el que más respeta la libertad del hombre. El problema no es la democracia en sí: el problema es que hay cuestiones que no pueden estar sujetas a lo que diga una mayoría; derechos pertenecientes a una ley natural que están por encima de cualquier ley humana, por muy refrendada que esté ésta por el Parlamento y el pueblo soberano. El estado debe encargarse de asegurar estos derechos inherentes al ser humano, y no ceder ante la opinión pública; si el aborto o la eutanasia constituyen asesinato, ya puede una mayoría de los ciudadanos con capacidad de voto pensar que no, que seguirán siendo asesinato, y como tales deben ser perseguidos por la justicia de aquél estado.

         El problema, por tanto, es que, sobre todo a partir de la Ilustración, pero hundiendo sus raíces a fines de la Edad Media y en el Renacimiento, hemos ido sustituyendo al Dios personal cristiano, por el dios del estado que todo lo controla, y que bajo el barniz de una supuesta demanda democrática popular, se coloca ideológicamente como el ente que puede establecer lo que es bueno y lo que es malo. Y mientras, el Dios que cimentó la civilización occidental junto al legado clásico de Grecia y Roma, cada vez se va convirtiendo más en ése Dios del Deísmo promovido por la Ilustración; un Dios que está ahí, que es necesario para explicar el mundo, pero que vive distante, que nada tiene que ver con nostros. El mismo E. Fromm (1900-1980), filósofo estadounidense de ascendencia judía, y que recibió una fuerte influencia de Freud -¡no es por esto precisamente por lo que nos parece interesante su pensamiento!-, señaló la carga de renuncia a las libertades personales en favor de un mayor control estatal para obtener más seguridad que se esconde detrás de las democracias liberales.

        Muchos autores fueron y son conscientes del peligro que guradaban los estados a la hora de intentar establecerse como los únicos dirigentes de la existencia de los ciudadanos. Así tienemos al británico George Orwell con su famosa Rebelión en la Granja, en la que los animales levantados contra sus amos tiranos, acaban siendo oprimidos por sus mismos hermanos. Se ve en esta obra claramente la negativa experiencia que Orwell tuvo en las brigadas Internacionales en las que defendió al Bando Republicano de la Guerra Civil española; quedó literalmente espantado por el control que el Partido Comunista de la URSS llevaba a cabo sobre sus camaradas españoles. También tenemos Hoja de Niggle de Tolkien que pone ciertamente los pelos de punta, y El Padre Elías. Un Apocalipsis, del escritor contemporáneo Michael D. O'Brien, obra que todo católico debería leer.

        ¡Benditos sean Cristo y su Santísima Madre María la Virgen!

 

Fuentes:

  • Esparza, José Javier y Esolen, Anthony; Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental; Ciudadela, Madrid, 2009. 

  • O'Brien, Michael D.; El Padre Elías. Un Apocalipsis; LIBROSLIBRES, Madrid, 2006.

  • Orwell, George; Rebelión en la Granja; Destino, Barcelona, 1995.

  • Sayés, J.A.; Principios filosóficos del Cristianismo; URL: www.obracultural.org  

  • [Sin autor]; La Guerra de los Treina Años, en El Árbol de la Sabiduría, V; Brugera, Parets del Vallés (Barcelona) -impr.-, 1981.

  • Tolkien, J.R.R.; Cuentos desde el Reino Peligroso; Minotauro, Barcelona, 2009.

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