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24 mayo 2012 4 24 /05 /mayo /2012 19:16

     Aunque el hombre de hoy no quiera escuchar nada acerca del sacrificio, de la entrega, del sufrimiento, y lo que es aún peor, aunque los mismos cristianos se hayan acomodado al mundo, y rehuyan completamente del testimonio hasta el extremo, nadie puede negar que la historia del Cristianismo, y por tanto de la esposa de Cristo, la Santa Iglesia Católica, ha estado indisolublemente unida a la cruz. Nadie, por muy cegado que esté, o aún siendo miembro de otra religión, puede negar el valor de tantos y tantos cristianos que han preferido dejarse cazar por la muerte antes que renegar de su fe, o dejar de llevar la Buena Nueva a cualquier rincón del orbe. Estremece y llena de emoción leer los testimonios de muchos de los mártires que, parafraseando a Tertuliano, se convirtieron en semilla de nuevos cristianos mediante el riego de su sangre. Podemos decir, sin lugar a dudas, que estos hombres y mujeres encararon la muerte de forma alegre, sabiendo que Cristo estaba esperándolos tras el velo que separa esta vida de la del más allá; más aún, me atrevería a decir que para ellos el martirio era una auténtica bendición, la oportunidad de morir por Cristo, tal y como Él hizo por todos los hombres, continuando así su labor redentora. Veamos algunos ejemplos que señalan hacia esa dirección:

 

San Ignacio de Antioquía, muerto al comienzo del siglo II d.C., en tiempos del Emperador Trajano, dejó escrito en su carta a los romanos: Para mí es mejor morir en (eis) Jesucristo, que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a Aquél que murió por nosotros; quiero a Aquél que resucitó por nosotros... Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios.

 

El Beato Alonso de Mena, fraile dominico, que fue martirizado en Japón en 1622 (hay que subrayar que a finales del siglo XVI y durante todo el siglo XVII -y aún después- murieron miles de cristianos en aquéllas tierras niponas), dejó testimonio de cómo era la cárcel en la que fue encerrado: Nueve palmos de ancho, nueve de alto y once de largo, cuando hace sol nos tostamos, cuando llueve o nieva, pasa, de parte a parte, el agua, viento y nieve, gusanos, piojos, ciempiés, cangrejos, sapos y otras sabandijas. Pero a pesar de esto, dejó claro que es tanto el consuelo que nuestro señor nos comunica en esta jaula semejante, que le certifico que en este mundo no puede haber palacio más suntuoso, ni jardín de más recreación.

 

El Beato Fr. Recaredo de Torrent, martirizado durante la Guerra Civil española, ante las muertes que se estaban produciendo de cristianos, exclamó: ¡Ay, qué suerte!, a lo que añadió, Mueren por Dios. ¡Yo no tendré esa suerte! Finalmente, sí la tuvo.

 

 

En cuanto a otras religiones, cabe decir que no siempre encontramos la misma visión y actitud hacia el martirio. Por ejemplo, en el Islam, existe un precepto, el de la taqiyya, que libraba a los musulmanes de tener que seguir profesando públicamente su fe cuando eran perseguidos y obligados a convertirse; por tanto, podían convertirse, por ejemplo, al Catolicismo (como ocurrió con muchos mudéjares que se bautizaron en la España cristiana), conservando la práctica del Islam en la privacidad como auténtica religión. 

 

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5,11-12).

 

Fuentes:

Alabús, Rosa María; La purga religiosa de los shogunes. Mártires en Japón, en La Aventura de la Historia, nº 164; Unidad Editorial Sociedad de Revistas S.L.U., Madrid.

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15 febrero 2012 3 15 /02 /febrero /2012 19:45

        Queda uno bastante sorprendido al echar un vistazo a la historia de la diócesis italiana de Milán, y ver la gran importancia de ésta en el conjunto de la Iglesia Católica, y los maravillosos frutos de santidad legados por ella. Desde época muy temprana observamos un papel estelar de esta diócesis en la vida de la Iglesia universal. ¿El motivo? Se me ocurre pensar que puede radicar en que durante un tiempo la corte del Imperio residió en aquella bella ciudad, coincidiendo con la ocupación de la sede de la diócesis por el gran San Ambrosio (339-397) desde el año 374. ¡Qué decir de este perenne santo! Considerado uno de los cuatro doctores de la Iglesia Latina junto a San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio Magno, fue nada más y nada menos que el maestro y una de las "causas" de la conversión del obispo de Hipona. Fuerte defensor de la ortodoxia católica frente a la herejía arriana, no dudó en enfrentarse al poder imperial cuando éste apoyó a la facción ya mencionada, y nos dejó como legado, entre otras muchas obras, el llamado rito ambrosiano, que la Iglesia Católica, respetuosa con la diversidad cultural y litúrgica que presenta el pueblo de Dios, ha sabido conservar. Como dato interesante, e incidiendo en el tema de la labor antiarriana que realizó San Ambrosio, resulta muy llamativo observar la clara huella que esta lucha contra la herejía arriana dejó marcada en el rito ambrosiano; pero no sólo en lo concerniente a la época del doctor de la Iglesia Latina, sino aún siglos más tarde, cuando la liturgia ambrosiana todavía estaba en formación, y el Arrianismo continuaba haciendo de las suyas (por eso se elaboraron muchos formularios que expresaban ricamente la divinidad-humanidad de Cristo, etc). Así, tal y como nos recueda el doctor en Teología y experto en Liturgia ya fallecido, A.M. Triacca, los obispos de Milán, salvo en la segunda mitad del siglo VI, debido a la famosa polémica de los Tres Capítulos, siempre destacaron en aquellos primeros siglos de la Cristiandad por su ortodoxia y fidelidad al Santo Padre.

        Son muchas las figuras y grandes obras que la diócesis milanesa ha "donado" al resto de la Iglesia Universal. Hablemos, por ejemplo, de los umiliati, grupo de laicos (en su origen) surgido en el siglo XII y que se extendió por toda la Lombardía, aunque con especial incidencia en su capital, Milán. hemos de tener en cuenta un aspecto del que ya hablamos en el artículo dedicado a San Francisco de Asís. A partir del año 1000, con la desaparición de la amenaza de los vikingos y el aumento de temperaturas que se vivió en Europa, hubo un desarrollo económico importante, entre otros motivos debido al incremento de la producción agrícola, y al auge comercial y urbano que se produjo. Este enriquecimiento (relativo, claro) repercutió también en la vida de la Iglesia Católica, y no fueron pocos los que vieron con malos ojos esta situación. En este sentido, surgieron muchos movimientos que propugnaron una vuelta al antiguo ideal evangélico de la pobreza, frente al poder económico que ostentaba, por ejemplo, la orden de Cluny. Esta comunidad, que había jugado desde su fundación en el siglo X un papel fundamental en la centralización romana dirigida por el Papa, cayó en un excesivo boato. Ante este panorama, muchos laicos cristianos intentaron regrasar a un Cristianismo mucho más espiritual  y humilde; el problema fue que la mayoría de estos movimientos, como los valdenses (nacido en el siglo XII en Lyon) o los seguidores de Arnaldo de Brescia (también del siglo XII) terminaron por caer en la herejía. En cambio, los umiliati, movimiento nacido como puramente laical, supo conjugar esa pobreza y vida en común, casi monacal, con la fidelidad y obediencia hacia la jerarquía católica. Este mismo fue el gran logro obtenido por las llamadas órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, carmelitas, agustinos, mercedarios...): unir pobreza y catolicidad.

         Pero como ocurre en todo lugar, también ha tenido sus sombras la historia de la diócesis de Milán. Fue en aquellas tierras donde a mitad del siglo XI surgió otro movimiento popular, éste centrado más en lograr una purificación de la Iglesia en asuntos como la simonía: estamos hablando de la herejía conocida como Patarismo. El historiador Emilio Mitre nos recuerda que en un principio fue bien vista por el papado, pero que finalmente la condenó por desembocar en una auténtica anarquía.

        Mención especial merecen dos entreñables devociones populares que nos ha legado la diócesis de Milán: la oración de los viernes a las tres de la tarde, y las llamadas Cuarenta Horas. No se conocen sus orígenes remotos con exactitud; lo que sí se sabe con seguridad es que fue en Milán donde adquirieron auténtica fuerza y se expandieron por el resto de la cristiandad. La primera de ellas, consistía en rezar el viernes a la hora que Cristo exhaló su Espíritu: las tres de la tarde. La segunda, recordaba las cuarenta horas que Cristo estuvo muerto; por ellos, aunque se podía celebrar tal devoción en varios momentos del año, principalmente se practicaba durante el Triduo Pascual. En el afianzamiento de ambas pías prácticas jugó un papel primordial el insigne arzobispo de Milán San Carlos Borromeo (1538-1584).

        Otra insigne figura de aquel santo rebaño fue la del beato sacerdote don Carlo Gnocchi, que entregó su vida a atender a los jóvenes huérfanos y mutilados a causa de la II Guerra Mundial; hoy día, esta labor, extendida ya a toda persona que necesite rehabilitación, continúa realizándose por parte de la Fundación Don Gnocchi.

        ¡Y cómo olvidarnos de los papas que pasaron antes por la sede milanesa! Tanto Pío XI (1857-1939; Papa de 1922 a 1939) como Pablo VI (1897-1978; Papa de 1963-1978) fueron con anterioridad arzobispos de Milán.

        ¡Dios continúe bendiciendo con tantos frutos de santidad a la Iglesia Católica a través de tan magna diócesis! ¡Gloria a Cristo por siempre!

 

Fuentes:

Claramunt, Salvador, Portela, Ermelindo, González, Manuel y Mitre, Emilio; Historia de la Edad Media; Ariel, Barcelona, 1999.

Esparza, José Javier y Esolen, Anthony; Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental; Ciudadela, Madrid, 2009. 

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7 febrero 2012 2 07 /02 /febrero /2012 19:17

      Decía Tertuliano (160 d.C.-220 d.C. aproximadamente) que la sangre de los mártires era semilla de nuevos cristianos. Y no le faltaba ni chispa de razón. Tal vez el número de cristianos no aumente sólo en época martirial, ya que por ejemplo, en los siglos IV y V, tras la legalización (313, Edicto de Milán) y el ascenso como religión oficial (380, Edicto de Tesalónica) del Cristianismo, el número de conversos subió como la espuma, entre otros motivos debido a las ventajas sociales que acarreaba formar parte de la nueva creencia obligatoria del Imperio Romano. Pero qué duda cabe que cuando la fe es puesta a prueba hasta el punto de exigirnos dar testimonio con nuestra sangre, se vuelve mucho más pura y fuerte. En este sentido, es increíble que en un ambiente tan hostil como el de los tres primeros siglos de Cristianismo, los fieles fueran en aumento de una forma considerable; ni los perjuicios que la fe en Nuestro Señor podía acarrear en la vida social o laboral, ni la constante amenaza de muerte fueron suficientes para hacer desaparecer el nuevo culto.

     Con el siglo IV cambió todo. Tal y como brillantemente explica el padre y teólogo José María Iraburu, su legalización y posterior conversión en religión oficial imperial hicieron que el mundo secular dejara de ser enemigo del Cristianismo. Cesaron las persecuciones, y lo que antes constituía un handicap para el ascenso en todos los órdenes sociales, pasó a convertirse en requisito indispensable. Ahora, en un mundo que ha dejado de ser hostil, el peligro de éste es de otro tipo: las tentaciones mundanas a las que tiene que hacer frente el cristiano son mucho mayores: posibilidad de riquezas, de acomodamiento, de fama, de obtención de poder, de sexo... Por tanto, a partir del siglo IV el Cristianismo sufre una pérdida de pureza y vitalidad. Ello fue criticado por autores como San Juan Crisóstomo y San Jerónimo. Ante esta relajación en las costumbres, muchos fervorosos cristianos, conscientes de los nuevos obstáculos que el mundo secular presentaba para poder alcanzar la perfección evangélica, decidieron dejarlo todo y seguir a Jesús, recordando sus palabras, y se apartaron de la vida corriente, marchando al desierto. Hay que destacar aquí a los dos padres del monacato oriental, San Antonio Abad (+355) y San Pacomio (+346). Ya con anterioridad se conocían los casos de ascetas y vírgenes que se apartaban del mundo para vivir más santamente, pero es en el siglo IV, con el nacimiento del monacato, cuando la práctica adopta cotas impresionantes. Por decirlo así, los monjes se convirtieron en los nuevos mártires, en el modelo, para todo el pueblo cristiano, de cómo había que amar a Cristo hasta el extremo.

      Hubo muchos autores cristianos de la época que criticaron esta nueva práctica monacal. El origen de esta opinión tan negativa parece estar en que a la par que muchos abandonaban sus riquezas para escapar de un mundo tan tentador y seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias, otros optaron por esta vía por un motivo bien diferente: librarse de la fuerte presión fiscal sufrida en las ciudades; en este último caso, la vocación de dichos monjes dejaba bastante que desear, dedicándose a otros menesteres mucho menos loables. Ésta es por ejemplo la crítica que hace San Jerónimo. Evidentemente, hay que tener claro que muchísimos de los miembros del monacato naciente eran llevados al desierto sintiendo la llamada del Espíritu Santo, al igual que le ocurrió a Cristo cuando marchó al desierto para ser tentado por el Diablo. Mientras, otros autores como San Juan Crisóstomo guradaba una opinión mucho más favorable del monacato, y, frente a todos los que criticaban esta huida del mundo, considerando que también era posible lograr la perfección evangélica en el mundo secular, en las mismas ciudades, él dejaba claro que el mundo se había convertido en un lugar poco apto para alcanzar esas cotas tan altas de pureza cristiana.

      Ya en este punto, hay que recordar el papel que el monacato jugó en la forja de la civilización europea, especialmente gracias a los fundadores del monacato occidental, San Agustín (354-430) y San Benito de Nursia (480-547). Fue en los monasterios donde se conservó todo el saber de la Antigüedad, y fueron ellos los que permitieron el tránsito de personas a lo largo de la Europa occidental. Aquí hay que tener en cuenta también otro aspecto importante: ambos autores (San Benito y San Agustín) considereban necesarios que los monjes se dedicaran, además de a rezar, a ganarse el sustento mediante la labranza directa a través de sus manos. San Bernardo de Claraval (1090-1153), reformador de la Orden del Cister y del monacato en general, llevará estos presupuestos a niveles más evolucionados, formando un monacato mucho más comprometido con el mundo, en el que no se consideraba la actividad de los monjes como una simple huida del mundo, sino que quedaban tan incardinados en la Historia de la humanidad como lo estaba la existencia de un cristiano laico de cualquier ciudad.

       ¡Que Dios siga surtiendo a la humanidad de estos fieles siervos que dejándolo todo, siguen a Cristo hasta el fin del mundo!

 

Fuentes:

Bravo, Gonzalo; Historia del mundo antiguo. Una introducción; Alianza Universal. 

Miret Magdalena, Enrique (prol.); Diccionario de las religiones; k-z; Espasa Calpe, 1998, Madrid.

Benedicto XVI; Spe Salvi; San Pablo, 2007, Madrid.

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2 febrero 2012 4 02 /02 /febrero /2012 18:41

        Esta impotante fiesta, también conocida como Purificación de la Virgen María, o simplemente como Candelaria, cerraba antiguamente el período de la Navidad. Según la ley judía, las mujeres tenían que purificarse cuarenta días después de dar a luz, y se producía también la presentación del recién nacido en el Templo de Jerusalén. Si hacemos las cuentas, después de Nochebuena (entre el 24 y 25 de diciembre), los cuarenta días se cumplen el 2 de febrero.

        La denominación de este día como el de la Candelaria procede del siguiente versículo del Evangelio de Lucas (2, 32): luz para iluminara los gentiles (...), que el autor pone en boca del anciano Simeón cuando Cristo es presentado en el Templo de Jerusalén; existía por ello la costumbre de repartir entre el pueblo cristiano velas (calendas) bendecidas.

        Como decíamos anteriormente, hubo un tiempo en el que el 2 de febrero marcaba el final de las Navidades; aún hoy día, aunque el calendario litúrgico de la Santa Madre Iglesia Católica señale como final del tiempo navideño el domingo siguiente a la Epifanía, con la fiesta del Bautismo del Señor, en algunas zonas de Europa se sigue conservando la costumbre de no quitar el Belén hasta el día de la Presentación de Jesús en el Templo. En la misma Málaga (España), este año la Catedral ha obsequiado un guiño hacia esta vieja tradición, y no ha quitado el Belén expuesto en la misma hasta el 2 de febrero.

       ¡¡Que Cristo ilumine nuestra existencia y la purifique!!

 

Fuentes:

Burgueño, José Manuel; El libro de la Navidad; Luna Books [sin lugar de edición], 2008.

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28 enero 2012 6 28 /01 /enero /2012 16:16

      Hay un aspecto de la Revolución Francesa que llama increíblemente la atención, y que a su vez, si se analiza concienzudamente, resulta muy revelador. ¿Por qué éste período tan lleno de revoluciones que siguió a la Ilustración sólo vio cómo se derribaban monarquías católicas, y no protestantes? Por qué los revolucionarios atacaron a los reinos católicos, y no a los reformados? ¿Es que en los países católicos había más miembros del pueblo llano (o habría que decir también de la burguesía) muriéndose de hambre?

       Sinceramente, creo que la última de las preguntas no es explicación para entender el por qué las revoluciones triunfaron especialmente en los reinos católicos. Para comprender en su justa medida este asunto hay que retrotraerse al mismo germen de la Reforma Protestante, y más concretamente, en la figura de Lutero.

       Dejando a un lado los aspectos dogmáticos y doctrinales, el monje agustino alemán Martín Lutero (1483-1546) fue evolucionando en sus concepciones acerca de cómo debía estructurarse la nueva iglesia dentro del mundo. Al principio, según nos cuenta el padre José María Iraburu, la posición de Lutero era muy cercana a la de otro reformador protestante, Calvino, coetáneo del alemán: la nueva comunidad de auténticos fieles debía impregnar todo el orden secular, cristianizar las diferentes estructuras de la sociedad. Pero las tesis de Lutero poco a poco fueron virando hacia una separación nítida entre fe y mundo, entre Gracia y ley civil. El Evangelio debía regir la intimidad de la persona, su alma, pero no era competencía de éste regular el mundo secular, que debería estar sólo bajo el imperio del derecho y la razón. Como vimos en el artículo Libertad, voluntad e inteligencia, Lutero creía que la razón humana, al igual que el resto del ser humano, permanecía completamente corrompida; por tanto, era mejor para la misma fe no verse mezclada con el mundo de la razón y la ley civil. La Revelación de la Gracia de Dios recogida en los Evangelios nada decía acerca de cómo debía regirse la sociedad, por lo que la fe debía quedar reducida al ámbito privado de la persona, con lo cual, como ya hemos indicado, saldría incluso beneficiada. Si la justificación se obtenía por la fe, y las obras poco tenían que decir, era normal que los luteranos pensaran que el Reino de Dios debía implantarse en el corazón del hombre, pero no necesariamente en la vida práctica.

       Como ya habréis pensado todos vosotros, he aquí el motivo por el que los revolucionarios atacaron fundamentalmente a los reinos católicos. Una iglesia que no se "entrometía" en asuntos de estado, ni en cómo debían ser las relaciones sociales en el ámbito secular, no constituía objetivo alguno para aquéllos que queriendo subvertir el orden establecido, soñaban con tumbar la influencia del Cristianismo en la sociedad. En cambio, una Iglesia fuerte como la Católica, que ejercía un influjo tremendo sobre la sociedad aún a finales del siglo XVIII y principios del XIX (cuando ocurren las principales revoluciones), y que estaba convencida de que el Reino de Cristo debía implantarse en todos los sectores de la sociedad (en el mundo político, en la economía, etc.), constituía un incómodo grano para los que pugnaban por un orden social completamente desvinculado de la religión. Hay que tener en cuenta que el cristiano no debe imponer su fe, claro está, pero no debe dejar de luchar por sembrar el Reino de los Cielos allí donde él se encuentre, en su trabajo, en su ámbito social, entre sus amigos: en fin, en todas las aristas del orden social.

        A mi parecer, estas persecuciones no hicieron más que mostrar que la Iglesia Católica es el auténtico arca que ha guardado fielmente a lo largo de los siglos la Palabra de Dios: Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo (...) -Mt 5, 11-12-.

          

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13 enero 2012 5 13 /01 /enero /2012 20:50

            Hace mucho tiempo que vengo dándole vueltas a la cabeza acerca de un aspecto concreto de la unidad entre fe y razón que se desarrolló en la Historia del Cristianismo (aunque después los protestantes renegaron de esta unión, al menos así hizo Lutero), y es el de la relación entre libertad, voluntad e intelecto.

            Pero empecemos desde el principio, para que quede la cuestión meridianamente clara:

            Como todos sabemos, el Cristianismo (y ya antes de él otras religiones, especialmente el judaísmo) lleva en su misma esencia el germen de la unión entre fe y razón. La tradición cristiana consiguió realizar una auténtica síntesis entre ciencia -conocimiento- y religión. No es éste tema baladí, ya que sin ir más lejos, tal y como expresó Benedicto XVI, estamos ante una de las causas que explican el rápido triunfo del Cristianismo: el estrecho vínculo que la nueva fe presentaba entre fe, razón, y caridad. Sólo una fe que se presenta como completamente razonable, y que es llevada a la práctica por medio del amor, demostrando su factibilidad, puede llegar al corazón del hombre.

            Esta simbiosis ya la encontramos en el mismo discurso de San Pablo en el Areópago (Hch 17, 22-31), en el que reconoce la capacidad del ser humano de buscar a Dios aún sin conocer la Revelación; eso sí, dejando claro que no es suficiente:

 

22 Pablo, de pie, en medio del Aréopago, dijo: Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, los más religiosos de todos los hombres.

23 En efecto, mientras me paseaba mirando los monumentos sagrados que ustedes tienen, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: «Al dios desconocido». Ahora, yo vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer.

24 El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él no habita en templos hechos por manos de hombre, porque es el Señor del cielo y de la tierra.

25 Tampoco puede ser servido por manos humanas como si tuviera necesidad de algo, ya que él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas.

26 El hizo salir de un solo principio a todo el género humano para que habite sobre toda la tierra, y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y sus fronteras,

27 para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo. Porque en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros.

28 En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: «Nosotros somos también de su raza».

29 Y si nosotros somos de la raza de Dios, no debemos creer que la divinidad es semejante al oro, la plata o la piedra, trabajados por el arte y el genio del hombre.

30 Pero ha llegado el momento en que Dios, pasando por alto el tiempo de la ignorancia, manda a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan.

31 Porque él ha establecido un día para juzgar al universo con justicia, por medio de un Hombre que él ha destinado y acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos».

 

            Y es que ciertamente todo hombre guarda en su interior el deseo ferviente de ir más allá, de buscar la Verdad que dé sentido a su vida. Fe y razón se complementan; la fe, el conocimiento que otorga la Revelación de Dios, ayuda a la razón a llegar donde ella por sí sola no puede, mientras que la razón hace más comprensible el mensaje divino, lo asimila y lo ve como claramente coherente.

           Un punto importante en el que la tradición católica ha visto siempre una estrecha relación entre fe y razón, es el referente a la intuición de la existencia de Dios a partir de la observación de las maravillas de la creación; sólo de un Ser completamente trascendente ha podido surgir tanta belleza. Para muestra, un botón:

 

           Reflexionemos, amados, cómo el Señor nos muestra sin cesar la resurrección que tendrá lugar, cuyas primicias nos ha dado en el Señor Jesucristo, resucitándolo de los muertos. Veamos, hermanos, la resurrección realizada según el tiempo. El día y la noche nos hacen patente la resurrección; se duerme la noche, se levanta el día; el día se va, viene la noche. Tomemos (el ejemplo de) los frutos: ¿cómo y de qué manera se realiza la siembra? Salió el sembrador y echó en la tierra cada una de las semillas; algunas, cayendo en la tierra, secas y desnudas, se pudren; después de la descomposición, la magnificencia de la providencia del Señor las resucita y de uan brotan muchas y llevan fruto.

 

           Este texto lo encontramos en la Carta de San Clemente I Papa a los Corintios, de finales del siglo I. Tal vez prodrá parecernos una analogía simplista la que hace entre la Resurrección de Cristo (y la que por tanto viviremos los hombres el último día) y algunos procesos evidentes de la naturaleza, pero no cabe duda de que es una prueba clara del tradicional pensamiento cristiano (aunque también lo encontramos en otras religiones de la Antigüedad, como decía anteriormente) en cuanto a la dirección que nos marca la creación: Dios.

           Constantemente encontramos en la historia del pensamiento cristiano (hasta el siglo XVI, que se reducirá a la Iglesia Católica por culpa de la Reforma protestante, como veremos más adelante) esta fecunda relación entre fe y razón. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que los Padres de la Iglesia llevaron a cabo una auténtica cristianización de la Filosofía Clásica griega y romana. Ahí tenemos el ejemplo de San Justino, considerado por el jesuita Albert Keller como el primer filósofo del Cristianismo, y el cual tras su conversión siguió guardando gran estima hacia la Filosofía.  Este autor del siglo II (murió mártir aproximadamente en el año 165), pensaba firmemente que el Logos, la Razón Creadora, es decir, el mismo Jesucristo, había sembrado semillas (logoi spermatikoi) a lo largo de la Historia, no sólo en los profetas del antiguo Israel, sino también entre los filósofos griegos; así, llegó a afirmar que todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos (2 Apología XIII, 4).

           Hay que tener en cuenta que el Cristianismo de los primeros siglos siempre se encontró más a gusto dialogando con las diferentes escuelas filosóficas (especialmente con los estoicos y platónicos/neoplatónicos) que con la religión pagana, ya que aquéllas eran mucho más respetuosas con el concepto de divinidad que los mitos de ésta. Podríamos citar muchos otros autores de estos primeros tiempos cristianos: Orígenes, San Ambrosio, San Basilio... Pero nos extenderíamos mucho, por lo que nos bastará hacer un pequeño recorrido por la figura de San Agustín (354-430), posiblemente el mayor filósofo de aquéllos pretéritos siglos de la fe cristiana.  Buscador incansable de la Verdad, había engrosado con anterioridad las filas de los maniqueos y entablado relación con el Neoplatonismo, aunque no consiguió la paz interior que tanto ansiaba hasta que de la mano del gran San Ambrosio se bautizó y comprendió que la fe católica presentaba la armonía entre el amor a Cristo y la razón que él tanto deseaba. Se dice del filósofo de Tagaste que fue el cristianizador de la filosofía platónica, y no les falta razón a aquéllos que lo afirman. Aceptó la teoría de las ideas de Platón, pero al contrario de éste, dignificó la creación, y valoró más positivamente de lo que se cree el cuerpo humano (ver el post que titulé Alma y cuerpo). Otra diferencia importante con Platón fue la que concierne a la búsqueda de la verdad, del conocimiento verdadero. Platón creía que el alma tendía siempre a buscar la verdad porque la conocía con anterioridad; Agustín estaba de acuerdo, pero este conocimiento previo no se producía debido a la preexistencia de las almas en el mundo de las ideas, ni a la reencarnación, como argumentaba Platón, sino por otro acontecimiento: el hombre conocía en lo más profundo de su ser a Dios, y sabía que debía buscarlo, porque Él ya estaba con nosotros. De este modo, no dudará al plantearse la cuestión de la siguiente manera en su obra Confesiones¿Dónde, pues, te encontré para poder conocerte? Porque tú no estabas en mi memoria antes de que yo te conociera. ¿En dónde, pues, te hallé para conocerte, sino en ti mismo, que estás sobre mí? Así mismo, a pesar de la alta estima que sentía hacia los neoplatónicos, los criticaba porque habiendo conocido la meta a la que dirigirse, no habían logrado nada en claro. Más concretamente, cristianizó la teoría del neoplatónico Plotino (208-270 d.C.), el cual afirmaba que el conocimiento llegaba a través del sol de lo inteligible, el Único; para el santo obispo de Hipona, éste Sol no era ni más ni menos que Jesucristo, el Verbo hecho carne.

         En definitiva, podemos decir que San Agustín realizó una síntesis del pensamiento greco-latino al servicio de la Revelación que marcaría la reflexión teológico-filosófica de los siglos posteriores. Era tan fuerte su creencia en esta dualidad (siempre reconociendo la supremacía del conocimiento de la fe, claro), que nos legó dos máximas en sus Sermones que bien resumen su visión en este asunto: crede ut intelligas, e intellege ut credas; es decir, cree para comprender, y comprende para creer.

            Esta fértil matrimonio entre razón y Revelación, que tanto bien ha proporcionado al hombre a lo largo de los siglos, llegó a su plenitud con los siglos de la teología escolásica (siglos XII-XIV), especialmente con la gran triada de San Anselmo de Canterbury (1033/1034-1109), San Buenaventura (1217-1274), y Santo Tomás de Aquino (1224/1225-1274). Fueron unos tiempos en que se expresó de manera aún más sublime lo que ya desde los orígenes de la Iglesia se creía firmemente: que la razón dirigía hacia el conocimiento de Dios, y que debía estar al servicio de la fe; que la existencia de Dios era completamente demostrable (recordar las famosas cinco vías de Santo Tomás). Como todos sabemos, el mayor de todos ellos fue Santo Tomás, cuyo discernimiento teológico sigue hoy tan vigente como antaño. Si de San Agustín decíamos que cristianizó a Platón, un tanto de lo mismo podríamos comentar del aquinate en relación a la figura de Aristóteles; en una época en que la tradición del pensamiento clásico griego y romano se hizo aún más presente en el Cristianismo europeo, Santo Tomás consiguió aprovechar todo lo que de positivo había en la obra del sabio biólogo griego. 

             Se podrían comentar tantas cosas de Santo Tomás, que sería imposible abarcarlas con este breve artículo: la lucha que emprendió contra el Averroísmo y sus tesis acerca de la eternidad del mundo y la existencia de una doble verdad, etc. En cuanto a esta teoría de la doble verdad, debemos incidir, ya que es esencial para comprender la postura que adoptó Santo Tomás acerca del binomio fe-razón. Pensaban los averroístas que una cosa era la verdad revelada por Dios, y otra diferente, la verdad a los ojos de la ciencia. Evidentemente, Santo Tomás no aceptó estos principios, y defendió a ultranza que la verdad indicada por la razón y la otorgada por el Creador mediante el don de la fe eran la misma.  Pero vamos a centrarnos en un aspecto concreto de esta relación entre fe y razón en la que Santo Tomás, siguiendo la tradición agustiniana, reforzó la visión cristiana acerca de la libertad. Este tema fue abordado por Benedicto XVI en su famosa y polémica (pero acertadísima) conferencia en la Universidad de Ratisbona.

           Situémonos:

           El intelectualismo agustiniano había defendido que la libertad no dependía sólo de la voluntad, sino también del intelecto. Ello conllevaba que la obra de Dios estaba sujeta no sólo a su voluntad, sino a la razón. Como bien claro dejó San Juan, Cristo era el Logos, que podemos traducir como la Palabra, pero también como la Razón. Por tanto, toda palabra surgida de Dios era un acto libre de su voluntad, pero también estaba sujeta a su intrínseca racionalidad; por decirlo de forma más clara: el Creador nunca podría pedirnos algo que fuera en contra de la razón, de nuestro entendimiento; la propia Palabra de Dios, Cristo, es la Razón creadora. Santo Tomás de Aquino defendió esta visión de San Agustín de forma magistral. Pero en aquellos mismos años se llegó a discutir estas tesis, especialmente con la obra del teólogo franciscano Juan Duns Escoto (1266-1308). El Beato Duns Escoto (que por otra parte fue un gran teólogo, defensor de la Inmaculada Concepción de María, la cual explicó por medio del cocepto de "redención preventiva") era partidario de ver este asunto desde otra perspectiva; una perspectiva volutarista, como se le ha llamado: la libertad sería únicamente cualidad de la voluntad, y no del intelecto, lo cual abría el camino para pensar que Dios podría haber creado el mundo de forma distinta a cómo lo hizo; es decir, que no estaba sujeta la creación a su misma racionalidad intrínseca. Por ello, sólo podríamos conocer la voluntad de Dios, por medio de lo que Él nos había revelado a través de su palabra y mediante la creación; pero Él estaría mucho más elevado que esa voluntad, no estaría ligado a un sentido racional. Así puestos, debíamos obedecer la voluntad de Dios fuera la que fuera, aún siendo completamente irracional, tal y como ocurre en determinadas corrientes del Islam. Eso sí, habrá que decir en defensa del Beato Duns Escoto que no calibró las consecuencias que su afirmación podía provocar. Pero he aquí que aparece a la escena otro teólogo franciscano, Guillermo de Ockham (1285-1349), perteneciente a la corriente nominalista, que negaba que los "universales", los conceptos "genéricos" tuvieran un auténtico significado; por ejemplo, no se podía hablar de la naturaleza humana, sino de la de cada hombre, individualizado: ello significaba, evidentemente, que no existía una ley natural. Los principios morales sólo podían obtenerse de las Escrituras, que estarían basadas en el criterio arbirario del Creador. Con su famos principio de la Navaja, que abogaba por utilizar la explicación más simple en la resolución de los problemas, Ockham abrió una auténtica brecha entre las distintas ramas del conocimientos, y cimentó la dramática división entre fe y razón: ¿por qué mezclar ciencia y fe si la mayoría de los fenómenos podían ser sencillamente explicados? Afortunadamente, y eso es lo que nos interesa, a pesar del daño que terminarían por hacer las tesis de Guillermo de Ockham, se impondría la visión que siempre había mantenido la Iglesia Católica: es decir, la de San Agustín, y sobre todo, Santo Tomás. Cristo era el Logos, la Razón eterna, y su mensaje constituía un discurso completamente racional. Creo sinceramente que la civilización cristiana occidental nunca agradecerá lo suficiente que fuera esta línea la que prevaleciera; así conseguimos alejarnos de la visión excesivamente trascendente del Islam, en la que los preceptos divinos pueden ir por caminos diferentes a los del intelecto.

           La Iglesia seguiría defendiendo siempre esta fértil relación entre la fe y la razón; postura que abandonó, eso sí, el Protestantismo tras su aparición en el siglo XVI. Lutero, que consideraba al hombre como un ser completamente corrompido a causa del pecado original, extendía esta opinión también a la razón humana; de ella dijo la siguiente "lindeza": la razón es la gran meretriz del diablo. Por su esencia y su modo de revelarse es una ramera nociva, una prostituta, la poltrona oficial del diablo, una meretriz corroída por la sarna y por la lepra que ha de ser pisoteada y muerta... Cubridla de estiercol para hacerla más repugnante. Está y debería estar relegada a la parte más sucia de la casa, la letrina.

 

           Excursus: en el Islam hubo también autores que abogaron por una fructífera unión entre fe y razón. Tal es el caso del filósofo nacido bien en Kufa o Basora, llamado al-Kindi (800-870 aprox.), que conjugaba en sus obras tanto elementos aristotélicos como neoplátónicos. Era una época en la que el Imperio Musulman, tras los contactos con la cultura griega y persa, adoptó muchos aspectos de éstas filosofías para realizar una defensa de su religión. Siguiendo con el mismo autor, no vendría mal recordar su defensa respecto a que, a pesar de la superioridad del saber revelado, la razón podía llegar a las misma verdad comunicada por la fe. Hubo más autores, aparte de al-Kindi, que eran partidarios de esta vía. El problema es que otras corrientes dentro del Islam, como la encabezada por el cordobés Ibn Hazm (993-1064), se decantaron por una visión volutarista de la libertad (como la del Beato Duns Scoto), en la que se hablaba de un Alá tan trascendente, que no identificándose con la razón (Dios no es el Logos para ellos), podía obligar al hombre a realizar actos completamente irracionales, si ésa era su intención. Por desgracia, hoy día no son pocos (no diré una mayoría) los que se decantan por esta visión voluntarista. Ojalá el pensamiento de grandes filósofos como al-Kindi termine por imponerse entre el pueblo musulmán.

 

Fuentes:

Berlanga López, José María (trad. y notas); Padres Apostólicos. Tomo I; Apostolado Mariano, Sevilla, 1991.

 

Esparza, José Javier y Esolen, Anthony; Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental; Ciudadela, Madrid, 2009. 

 

Juan Pablo II; Fides et Ratio; San Pablo, Madrid, 1998.

 

Keller, Albert; Teoría General del Conocimiento; Herder, Barcelona, 1988.

 

Ratzinger, Joseph; d'Arcais, Paolo Flores; ¿Dios existe?; Espasa Calpe, Pozuelo de Alarcón (Madrid), 2008.

 

Roldán, Bruno; Tomás de Aquino, en Haciendo memoria. La Historia de cerca, nº. XXXII; Fundación Dalpa para la creación, septiembre de 2010.

 

San Agustín, Confesiones, Alianza Editorial, Madrid, 1999, p. 269.

 

Sayés, J.A.; Principios filosóficos del Cristianismo; URL: www.obracultural.org  

 

 

 

 

             

            

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 20:05

        A petición de nuestro gran amigo Emilio, que tanto está participando en el blog, voy a incidir en el famoso principio de la "Sola Scriptura", tan defendido por los reformadores protestantes. Como ya vimos en otros posts anteriores, los padres de la Reforma protestante pensaban que el seguimiento de las Sagradas Escrituras debía hacerse sin mediación de la jerarquía eclesiástica, de forma personal, y olvidando a su vez la tradición de los Padres y el Magisterio de la Iglesia Católica. Aquellos hombres que rompieron con la Santa Madre Iglesia creían que había que eliminar de la interpretación bíbilica todo rastro filosófico, tal y como explicó brillantemente Benedicto XVI en su famosa y ¡polemíca! conferencia de la Universidad Ratisbona. Como bien sabemos, ya desde los tiempos helenísticos de la Biblia de los 70, y en los últimos siglos de la Antigüedad, con la prolongación que al respecto constituyó la Edad Medía, se produjo una fuerte colaboración entre fe y cultura (éste es uno de los auténticos logros del Cristianismo), más concretamente entre fe cristiana -con antecedentes claros en el Judaísmo- y filosofía clásica, griega y romana. ¡Qué decir de figuras como San Pablo, San Justino, San Basilio, San Agustín, San Anselmo de Canterbury, San Buenaventura, o el gran Santo Tomá de Aquino! Estos autores, aún teniendo presente siempre la primacía de la fe, reconocían la importancia de la razón en el camino que lleva hacia Dios mismo, y para explicar toda esta unión, se sirvieron de los postulados filosóficos de los autores griegos y romanos, sobre todo Platón y Aristóteles.

        Pero Lutero era de la opinión de que esta unión había sido de todo menos favorable. Había que "liberar" a la Palabra de Dios de toda influencia ejercida por el pensamiento filosófico; había que escucharla sin una participación activa de la razón. Más aún, Lutero tenía un concepto muy negativo acerca de la razón humana; creía que al igual que el resto del hombre, aquélla estaba también corrompida, por lo que la unión entre fe y razón era completamente desaconsejable. Esta visión tan pesimista del hombre y de su razón que defendieron los reformadores protestantes fue una de las causas que abrieron un tajo amplísimo entre fe y razón, división que ya había comenzado aproximadamente en el siglo XIV, con la escuela filosófica del Nominalismo (Guillermo Ockham fue su principal exponente) o con autores tales como el beato Duns Escoto.

       Mientras, los católicos seguimos creyendo en aquel entonces, y también hoy día, que la razón es obra creada por Dios, y que su participación y colaboración con la fe es esencial para alcanzar la Verdad auténtica, la Verdad con mayúscula, Dios. Y seguimos creyendo, como bien demuestran los Evangelios, que Cristo dio a la Iglesia por Él fundada la potestad de interpretar la acción reveladora de Dios, que por otra parte no acababa con las Sagradas Escrituras, sino que sería afianzada por el Espíritu Santo.

      ¡Espero haberme explicado, dentro de mi torpeza, de forma relativamente clara!

      ¡Muchas gracias de nuevo por tu colaboración, Emilio; que Dios te bendiga!

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31 octubre 2011 1 31 /10 /octubre /2011 13:03

        Cuenta José Antonio Sayés que el concepto más bonito de todo el Antiguo Testamento es el de Anawin, que podríamos traducir como los Pobres de Yahveh (relacionándose también con el Resto de Israel). Este término aparece en muchos de los libros veterotestamentarios. Hace referencia a los humildes, a los que incluso en medio de la tribulación (en un sentido amplio) y las dificultades saben dejar sus preocupaciones en manos de Dios, confiados en que Él los sacará adelante. Por ejemplo, lo encontramos en el destierro de Babilonia (siglo VI a.C.), cuando un Resto del Israel deportado, frente a la tentación de poder llevar una vida opulenta dedicados a los negocios si se dejaban inculturar por las costumbres paganas babilonias, decidieron permanecer fieles al Señor, con la esperanza segura en que Él los sacaría adelante. Ciertamente, así fue, y de esos Pobres de Yahveh, de ese Resto de Israel, de los humildes que supieron dejar sus preocupaciones en manos de Dios, surgió la salvación del pueblo elegido; por su fidelidad Dios continuó la historia de la salvación, y de su más sublime representante, una joven virgen de Nazaret, María, nacería el Mesías prometido, el Hijo de Dios, el cual viviría auténticamente como un Pobre de Yahveh.

         ¿Somos los cristianos conscientes hoy día de la deriva a la que nos lleva la corriente de este mundo? ¿Permanecemos fieles a Dios, seguros de que nos protegerá en todo momento, a pesar del chantaje que nos hace el mundo? Porque constantemente nos está diciendo esta sociedad (manejada por el Demonio): ¡Oh, si quisieras, qué éxito tendrías, qué bien visto por el mundo serías; tan sólo póstrate ante mí, y lo tendrás todo! ¿Os suena? La historia se sigue repitiendo una y otra vez... pero nosotros, miembros de la Iglesia Católica, el auténtico Resto, debemos ser conscientes de que la salvación del mundo traída por Cristo pasa por nuestras manos, y que nos corresponde mantenernos fieles a Dios, con la esperanza puesta en Él ante toda adversidad. ¡Así sea!

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18 octubre 2011 2 18 /10 /octubre /2011 19:48

Creen los apologistas de la Teoría de la Evolución que con ella todo el "tinglado" de la religión (especialmente de la católica, claro está; siempre da más morbo si la que sale perjudicada es la Santa Madre Iglesia) queda demontado. Un relato como el del Génesis, en el que la creación del mundo y del hombre se cuenta como se cuenta, desacreditaría totalmente la fe en un Dios Todopoderoso que creó a los seres vivos, especialmente al hombre, de forma inmediata. Pero todos estos críticos no caen en la cuenta que la verdad que narra el Génesis en sus dos relatos acerca de la creación del hombre no es histórica, sino teológica. Ya autores tan antiguos como San Agustín reconocían que no había que tomarse al pie de la letra el relato de la creación en seis días (Gn 1, 2, 1-4). Y sin ir más lejos, recordemos lo que decía el Santo Padre Pío XII en su Encíclica Humani Generis (1950):

Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios— (Humani Generis, 29).

Como vemos, el Magisterio de la Iglesia Católica acepta completamente la Teoría de la Evolución, en lo concerniente al cuerpo humano, y a todo el mundo material; eso sí, no podrá dar nunca su asentimiento -no podría ser de otra manera- a que la dimensión trascendente del ser humano, es decir, la aparición del alma humana, es resultado de dicha evolución, ya que ésta procede directamente de Dios, como ya dijo Santo Tomás de Aquino.

A su vez, Pío XII deja claro que la doctrina del Pecado Original no permite dudar de la creencia en una primera pareja de hombres -Adán y Eva-, de cuya unión surgieron generación tras generación, toda la humanidad:

Mas, cuando ya se trata de la otra hipótesis, es a saber, la del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un solo Adán individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generación, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio (Humani Generis, 30).

 

¿Pero cuál era la verdad teológica que el autor sagrado recibió por inspiración del Espíritu Santo y que dejó escrita en el Génesis? Lo primero que hay que recalcar es que el  Génesis contiene dos relatos acerca de la creación del hombre. Veamos cada uno de ellos:

El primero es el de Gn 1, 1-31.

Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas.

Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió.

Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas;

y llamó Día a la luz y Noche a las tinieblas. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el primer día.

Dios dijo: «Que haya un firmamento en medio de las aguas, para que establezca una separación entre ellas». Y así sucedió.

Dios hizo el firmamento, y este separó las aguas que están debajo de él, de las que están encima de él;

y Dios llamó Cielo al firmamento. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el segundo día.

Dios dijo: «Que se reúnan en un solo lugar las aguas que están bajo el cielo, y que aparezca el suelo firme». Y así sucedió.

Dios llamó Tierra al suelo firme y Mar al conjunto de las aguas. Y Dios vio que esto era bueno.

Entonces dijo: «Que la tierra produzca vegetales, hierbas que den semilla y árboles frutales, que den sobre la tierra frutos de su misma especie con su semilla adentro». Y así sucedió.

La tierra hizo brotar vegetales, hierba que da semilla según su especie y árboles que dan fruto de su misma especie con su semilla adentro. Y Dios vio que esto era bueno.

Así hubo una tarde y una mañana: este fue el tercer día.

Dios dijo: «Que haya astros en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche; que ellos señalen las fiestas, los días y los años,

y que estén como lámparas en el firmamento del cielo para iluminar la tierra». Y así sucedió.

Dios hizo que dos grandes astros –el astro mayor para presidir el día y el menor para presidir la noche– y también hizo las estrellas.

Y los puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra,

para presidir el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios vio que esto era bueno.

Así hubo una tarde y una mañana: este fue el cuarto día.

Dios dijo: «Que las aguas se llenen de una multitud de seres vivientes y que vuelen pájaros sobre la tierra, por el firmamento del cielo».

Dios creó los grandes monstruos marinos, las diversas clases de seres vivientes que llenan las aguas deslizándose en ellas y todas las especies de animales con alas. Y Dios vio que esto era bueno.

Entonces los bendijo, diciendo: «Sean fecundos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares y que las aves se multipliquen sobre la tierra».

Así hubo una tarde y una mañana: este fue el quinto día.

Dios dijo: «Que la tierra produzca toda clase de seres vivientes: ganado, reptiles y animales salvajes de toda especie». Y así sucedió.

Dios hizo las diversas clases de animales del campo, las diversas clases de ganado y todos los reptiles de la tierra, cualquiera sea su especie. Y Dios vio que esto era bueno.

Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo».

Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.

Y los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra».

Y continuó diciendo: «Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento.

Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde». Y así sucedió.

Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el sexto día.

 

El segundo, a continuación del otro, lo encontramos en Gn 2, 4-23.

Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo,

aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra ni había brotado ninguna hierba, porque el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra. Tampoco había ningún hombre para cultivar el suelo,

pero un manantial surgía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.

Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado.

Y el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, que eran atrayentes para la vista y apetitosos para comer; hizo brotar el árbol del conocimiento del bien y del mal.

De Edén nace un río que riega el jardín, y desde allí se divide en cuatro brazos.

El primero se llama Pisón: es el que recorre toda la región de Javilá, donde hay oro.

El oro de esa región es excelente, y en ella hay también bedelio y lapislázuli.

El segundo río se llama Guijón: es el que recorre toda la tierra de Cus.

El tercero se llama Tigris: es el que pasa al este de Asur. El cuarto es el Eufrates.

El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara.

Y le dio esta orden: «Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín,

exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte».

Después dijo el Señor Dios: «No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada».

Entonces el Señor Dios modeló con arcilla del suelo a todos los animales de campo y a todos los pájaros del cielo, y los presentó al hombre para ver qué nombre les pondría. Porque cada ser viviente debía tener el nombre que le pusiera el hombre.

El hombre puso un nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo; pero entre ellos no encontró la ayuda adecuada.

Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío.

Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre.

El hombre exclamó: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre».

 

Curiosamente, el segundo relato, es mucho más antiguo que el primero. Áquel, el segundo, el más antiguo, corresponde a la llamada fuente yahvista, y se centra en la creación del hombre. Pero el primero, el más moderno, data aproximadamente del siglo VI, cuando el pueblo elegido estaba cautivo en Babilonia: es la denominada fuente sacerdotal o elohista; en este primer relato, el autor sagrado quiso desmarcar la fe de Israel completamente de las tradiciones religiosas de los pueblos circundantes, ya fuera la egipcia, la babilonia, etc.. -pensemos en lo duro que fue para Isarel vivir en el mundo pagano de los babilonios-. Así, mostrando una cosmogonía, lo primero que hace es explicar que Dios existía antes que nada: no surgió a partir de un caos previo, como ocurría en algunas de esas religiones paganas, sino que Él era anterior a ese mismo caos  (Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas.

Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió). Es un Dios al que se le atribuye el verbo hebreo bará, crear: crear de la nada, no a partir de lo existente. Ninguna de las civilizaciones de alrededor afirmaban tal cosa; ni siquiera los mismo griegos, cuya sabiduría fue altísima, disponían del concepto de creación.

A su vez, es un Dios único, omnipotente, que no disputa con otros dioses; todo procede de Él; así, el autor de la fuente elohista incide en que la naturaleza es creación de Dios, no un dios o varios en sí misma: el sol, la luna, las estrellas... (Dios dijo: «Que haya astros en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche; que ellos señalen las fiestas, los días y los años, y que estén como lámparas en el firmamento del cielo para iluminar la tierra». Y así sucedió.  Dios hizo que dos grandes astros –el astro mayor para presidir el día y el menor para presidir la noche– y también hizo las estrellas). Nada hay que temer, ya que los mismos demonios tienen su origen existencial en Dios; ninguno puede hacerle frente: así, de un plumazo, fulmina las doctrina dualistas del combate eterno entre bien y del mal. Y, como no, coloca al hombre como culmen de la obra creadora de Dios.

¡Abandonémonos a su divina Misericordia, y a su poder infinito! ¡Nada hay que temer en los brazos de Cristo, ni al mismísimo Diablo!

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13 octubre 2011 4 13 /10 /octubre /2011 20:08

       Postrema Christus. Esta sentencia la encontramos en la pared de una de las mazmorras de la Torre de Londres, donde encerraron y torturaron en el siglo XVI a muchos ingleses (entre ellos el gran Santo Tomás Moro) que permanecieron fieles a Roma, a la Iglesia Católica, y no aceptaron el cisma causado por Enrique VIII. Postrema Christus, Al final Cristo: aquellos hombres dieron su vida por su fe, pero sentían a pleno corazón que no saltaban al vacío, sino que se dirigieron a la muerte con la esperanza y la seguridad puestas en que tras el adiós a este mundo, Cristo, nuestro Redentor, está al otro lado esperándonos para compartir la vida eterna con nosotros. Postrema Christus, Al final Cristo. Este valiente testimonio nos demuestra que dichas personas no concebían la fe en Cristo fuera de la Iglesia Católica y de su fidelidad al Santo Padre; no era éste un aspecto accesorio, intrascendente, sino que tocaba al mismo mensaje de Cristo recogido en los Evangelios. No cumplían con la Palabra de Dios y no eran fieles a Cristo si rompían su unión con Roma.

       ¿Pero creemos verdaderamente los católicos de hoy en el Cielo? Da toda la impresión de que hemos perdido la fe en la vida eterna; sí, creemos en Dios, en su Hijo Nuestro Señor Jesucristo, y en la Acción del Espíritu Santo. ¿Pero nos compensa la promesa del Cielo ante tanto progreso terreno? Tenemos tantas cosas, tanto avance, tantos placeres mundanos... ¿seguirmos creyendo que el Cielo nos recompensará y nos dará una alegría superior a cualquier otra que los sentidos puedan regalarnos? Dios sigue siendo Dios, y por mucho que el hombre progrese, nunca podrá lograr la felicidad plena fuera de Dios, ni aún dentro de Él pero sólo con la esperanza de que esta vida nunca acabe. Aquí no podremos alcanzar nunca la plena felicidad, la cual nos espera con Cristo en el cielo; eso sí, ya hemos comenzado en La Tierra la vida eterna con la acción salvadora de Dios por medio de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, que nos da la presencia real de Cristo entre nosotros, en cuerpo, alma y divinidad. Pero nunca lo olvidemos: ni temamos la muerte, ni amemos tanto esta vida que nos olvidemos de lo que nos espera en la otra; y es que, como dijo aquél mártir católico del siglo XVI, Postrema Christus...

 

Fuentes:

Sayés, José Antonio; Escatología; Palabra, Madrid, 2006.

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