Blog católico acerca de la Historia del Cristianismo, en relación con temas actuales.
San Juan Bosco (1815-1888), sacerdote nacido cerca de Turín, fue una figura clave en la Iglesia del convulso y agresivo siglo XIX. Pedagogo (revolucionario en su época, ya que rechazaba el castigo corporal) y gran devoto de María Auxiliadora, fue el fundador de la congregación salesiana, en un tiempo en el que el anticlericalismo se hacía sentir en Italia de una forma arrolladora. Apóstol de la alegría, y gran promovedor de construcción de templos, además de libros aconsejables, su huella es imborrable aún en el siglo XXI.
Fue famoso también por la cantidad tan inmensa de sueños proféticos que tuvo. Por ejemplo, aquel en el que un gran barco en medio del mar se veía amenazado por el temporal y por naves enemigas que lo acechaban con sus cañones. Este barco, símbolo de la Iglesia Católica, iba capitaneado por el Papa, y a su alrededor navegaban muchas barcas de menor tamaño, llenas de cristianos. En medio del peligro que constituían los navíos enemigos, surgen del mar dos columnas, una de ellas coronada por la Sagrada Eucaristía, y la otra por la Virgen María. Acudiendo a la protección de ambos pilares, el barco de la Iglesia con el Papa y las navecillas del resto de cristianos quedarán a salvo; a su vez, de las columnas se levanta un viento que hunde o aleja a todos los enemigos de la Iglesia Católica, mientras que nuestros barcos son reparados.
La simbología del presente sueño de Don Bosco es clarísima. A pesar de los peligros que envisten a la Madre Iglesia, si ésta se sustenta en los pilares que constituyen el Santísimo Sacramento y María, nunca llegará a naufragar. ¿Somos conscientes los católicos de nuestro tiempo de que sin la fuerza sanadora y rejuvenecedora del Pan del Cielo, y la intercesión de María Santísima, la vida espiritual de la Iglesia está muerta?
La verdad es que éste es un aspecto a tener en cuenta cuando tratamos el asunto del Ecumenismo. Nuestra unión con la Iglesia Ortodoxa, aunque se encuentra con el escollo de la autoridad papal, será mucho más sencilla que con las distintas Iglesias protestantes, porque al igual que nosotros, reconocen la doctrina de la transubstanciación, y veneran fervientemente a la Virgen, la Theotokos (la Madre de Dios). Pero en cuanto a nuestros hermanos protestantes, no será tarea fácil, a pesar de los logros obtenidos hasta el momento. Pero a pesar de todo, no perdamos la esperanza. Saquemos a colación aquí las palabras de Pablo VI en su Exhortación Apostólica Marialis Cultus (1974): deseamos expresar nuestra confianza en que la veneración a la humilde Esclava del Señor, en la que el Omnipotente obró maravillas (cf. Lc 1, 49), será, aunque lentamente, no obstáculo sino medio y punto de encuentro para la unión de todos los creyentes en Cristo. ¡Confiemos en que así sea!
¿Y tú, qué piensas? ¿Será María una baza a favor o en contra de la unión de todos los cristianos? Lo que está claro es que la Iglesia no puede ni debe (ni lo hará) renunciar nunca a la merecida y justísima veneración que profesamos a la Madre de Dios, y Madre nuestra. ¡Bendita tú, María!