Blog católico acerca de la Historia del Cristianismo, en relación con temas actuales.
Como ya vimos anteriormente en otro artículo, a diferencia de las comunidades protestantes, que bajo el principio de la Sola Scriptura abogaban por considerar las Sagradas Escrituras como único sustento de la verdad divina, la tradición cristiana primitiva, mantenida por la Iglesia Católica, ya consideraba que aún ocupando los mismos Evangelios un lugar primordial en la Revelación, las palabras y obras de Nuestro Señor Jesucristo no se reducen a ellos: por tanto, Palabra de Dios no sería sólo las Escrituras, sino la Tradición originada con los Apóstoles, y el Magisterio de la Iglesia, heredera de dicha Tradición, y guiado por el Espíritu Santo, que como dijo Cristo, nos guiaría hasta el verdad completa -cf. Jn 16, 13-.
Así nos lo recuerda acertadamente Juan Pablo II en su Carta Apostólica Duodecimun saeculum, con motivo del 12º. centenario del II Concilio de Nicea. Al respecto son bastante claros varios pasajes evangélicos, como el final del Evangelio de Juan -21, 25-: Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran. Hay otros, pero creo que este es bastante concluyente. Aquí estamos ante la llamada tradición apostólica, tal y como nos relata 2Pe 3, 1-2: Esta es ya, queridos, la segunda carta que os escribo; en ambas, con lo que os recuerdo, despierto en vosotros el recto criterio. Acordaos de las predicciones de los santos profetas y del mandamiento de vuestros apóstoles que es el mismo del Señor y Salvador.
En este sentido se fueron manifestando los Padres de la Iglesia. San Agustín (siglos IV y V) afirmó: Una observancia mantenida por toda la Iglesia y conservada siempre sin haber sido instituida por los Concilios, pasa por ser, con pleno derecho, una tradición derivada de la autoridad de los Apóstoles. Por su parte, San Basilio Magno (330 aprox.-379), hablaba de las doctrinas, tanto a las que han llegado a nosotros a través de las Escrituras, como a las no escritas que hemos recibido a través de la tradición de los Padres, nacida esta del testimonio de los Apóstoles. También se refirió a la validez de esta tradición apostólica San Juan Damasceno (siglos VII y VIII), el gran defensor del culto a las imágenes -iconos-, al indicar que si alguno os presentase un evangelio diverso del que la Iglesia Santa católica ha recibido de los Santos Apóstoles, de los Padres y los Concilios, y que ella ha conservado hasta ahora no le prestéis oído.
Esta doctrina se declaró como dogma en el II Concilio de Nicea, último ecuménico, acaecido en el año 787, para defender la ortodoxia del culto a las imágenes, que era ferozmente atacada en el Imperio Bizantino por la herejía iconoclasta. Había que conservar todas las tradiciones eclesiásticas (derivadas siempre de los Apóstoles), ya fueran escritas o no escritas, como ocurría con los iconos.
Y es que nuestra fe es la misma que la de los santos Apóstoles... Una, Santa, Católica y Apostólica. ¡Gracias por el don del Espíritu, Señor!
Fuentes:
Juan Pablo II; Carta Apostólica Duodecimum Saeculum; 1987, www.vatican.va.