Blog católico acerca de la Historia del Cristianismo, en relación con temas actuales.
Vamos a tratar ahora uno de los dogmas más polémicos (la verdad no sé por qué, ya que el Nuevo Testamento es bastante claro al respecto) en el credo de la Iglesia Católica, que es el de la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en las especies del pan y del vino ofrecidas en la Eucaristía, defendida por la Iglesia Católica desde sus mismos orígenes -aunque el dogma de la Transubstanciación no fuera declarado oficialmente hasta el IV Concilio de Letrán de 1215, y reafirmado en Trento, ello no niega lo anterior-. Ciertamente, los cuatro relatos de la institución del santo sacramento (Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-29; Lc 22, 19-20; 1Co 11, 23-26) no dejan lugar a dudas, pero debido al rechazo que algunos de nuestros hermanos reformados (no el común de los protestantes, ni mucho menos) presentan hacia dicha creencia, aún yendo en contra del pensamiento de Martín Lutero, que aunque no aceptaba el dogma de la Transubstanciación, no dudaba que Cristo verdaderamente estaba presente en la Eucaristía (él abogaba por la Consubstanciación, presencia a la vez de la substancia del Cuerpo de Cristo, y de las substancias del pan y del vino).
En esta serie de posts en que trataré el tema, voy a usar argumentos de diversa índole; unas veces serán históricos, otras veces se situarán dentro del análisis lingüísitco (no sé si éste sería el término más adecuado); en unas ocasiones externos a los mismos relatos, y otras veces internos. Espero, si el Espíritu Santo me ilumina, poder mostrar la evidencia de que Cristo, mediante esas palabras de institución de la Eucaristía, verdaderamente quiso dejarnos su Cuerpo y su Sangre en las especies del pan y del vino como presencia permanente de Él entre nosotros, y no sólo encargarnos el memorial de su Pasión.
Empecemos precisamente con la calificación de memorial que recibe la Eucaristía. Este término proviene del vocablo hebreo zikkarón, y hacía referencia a la característica de "recuerdo" que poseían las fiestas judías para la intervención salvadora que Dios había realizado en la historia del pueblo elegido. Así, por ejemplo, Yahveh había mandado a su pueblo que recordara de generación en generación, para siempre, la liberación de la esclavitud y su salida de Egipto mediante la celebración de la Pascua (Éx 12, 14). Pero este recuerdo-memorial (zikkarón), tal y como han señalado exegetas entre los que se encuentran José Antonio Sayés (doctor en Teología por la Universidad Gregoriana, y profesor de Teología Fundamental en la Facultad de Teología del Norte de España) o Gerardo Sánchez Mielgo, o.p. (catedático de Nuevo Testamento en la Facultad de Teología de Valencia), este término no aluda simplemente a un recuerdo de hechos que sucedieron en el pasado, sino que conlleva a su vez una actualización de la acción salvadora de Dios en medio de su pueblo. Por ello, la idea de que en el sacramento de la Eucaristía, la Nueva Pascua cristiana, en la que celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor, Él mismo se hace presente actualizando su sacrificio expiatorio, concuerda con la visión que el pueblo judío tenía de sus fiestas, entre ellas, la Pascua. Pero mucho ojo: con ello no quiero decir que en la Pascua hebrea el pueblo de Israel creyera que Dios se hacía presente de un modo tangible, en Cuerpo, Alma y Divinidad, tal y como ocurre en la Eucaristía; ellos ni siquiera tenían esa concepción en cuanto al Arca de la Alianza (además, para ellos, la Encarnación de Dios era algo que no podían ni imaginar a causa de su concepto totalmente trascendente del Creador). Lo que quiero decir es que ya el antiguo pueblo judío reconocía el valor actualizante del memorial de sus celebraciones, a través del cual los designios de Yahveh se volvían a hacer presentes en el hoy en favor de su pueblo, ayudándonos esto a entender no sólo la consideración católica de la actualización de la acción salvadora de Dios en el Santísimo Sacramento del Altar, sino la intervención directa de Dios en nuestra historia, en el día a día, a través de los siete sacramentos.
Creo que esta vinculación con la Antigua Alianza de la Torá es necesaria indicarla como primer paso para la comprensión del profundo significado que Cristo quiso que la Eucaristía, la Nueva Alianza en su Cuerpo y en su Sangre, guardara para su Iglesia.