Blog católico acerca de la Historia del Cristianismo, en relación con temas actuales.
Está claro que el origen de la fiesta de fin de año es pagano. Debemos considerar que en un principio ésta nada tenía que ver con la Navidad, ya que el año nuevo tenía su inicio más bien el 25 de marzo (en algunos lugares permaneció esta costumbre hasta bastantes siglos después, con la entrada de la primavera (aproximadamente), que era cuando la naturaleza se regeneraba. En el Imperio Romano no se estableció el 1 de enero como entrada del nuevo año hasta el siglo II a.C. Éste mes (Ianuarius en latín) estaba dedicado a Jano (esto se ve más claramente en el nombre inglés del mes, January), Dios que era representado con dos caras, de las cuales se suponía que una miraba al recién que había terminado y la otra, al que acababa de empezar. Dedicadas a Jano se celebraban con las kalendas de enero unas fiestas en las que se comía y bebía en exceso. Para cristianizar estas fiestas, la Iglesia potenció la fiesta de San Silvestre (314-335) el 31 de diciembre, que no era ni más ni menos que el primer Papa elegido después de que Constantino legalizara el Cristianismo con el Edicto de Milán (313); era el Papa que simbolizaba el paso de un mundo viejo a un mundo nuevo, por lo que encajó perfectamente con la simbología del dios Jano.
Es con lo que los católicos nos debemos quedar. Para nosotros no tiene ningún sentido festejar un simple cambio cíclico, sin más ni más. Debemos verlo desde la óptica del reciente nacimiento de Jesús; Él nos trae una vida nueva, su nacimiento significa verdaderamente el comienzo de una nueva etapa en la Historia del hombre. La fiesta de Año Nuevo no tiene ningún sentido si no la incardinamos en el contexto de la Navidad, del renacer del hombre, que se verá culminado con la muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
¡Que Dios os conceda por medio de la intercesión de su Santísima Madre María y del Santo Padre San Silvestre I un feliz año!