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8 agosto 2011 1 08 /08 /agosto /2011 20:49

 

Otro concepto sin el que no se puede entender la visión cristiana de la Filosofía, y mucho menos en San Agustín, es el de Historia. La cultura griega, que desconocía los conceptos de creación, y de fin de la Historia, a pesar de sus progresos en dicha ciencia, y aunque a algunos les duela reconocerlo, no poseía verdaderamente un sentido de la Historia. Éste lo proporcionó el Cristianismo (heredado del Antiguo Israel), que con su idea de un mundo que tuvo un comienzo, y que camina hacia un final, le dio a la Historia una visión lineal. Como dijo H.I. Marrou, en su Theólogie de l´historie, “para poder responder con seriedad a la pregunta: ¿cuál es el sentido de la historia, sería necesario poder abarcar con una sola mirada la totalidad de lo que ha pasado, de lo que pasa y de lo que pasará. Haría falta ser Dios”. Y ciertamente que esta mirada la proporcionaron la fe en Cristo y la aceptación de su Revelación; el tiempo sería ordenado en torno al Nacimiento de Jesucristo.[1]

 Esta centralidad de la Revelación en la Historia constituye el núcleo de La Ciudad de Dios. En dicha obra, el obispo de Hipona, haciendo frente a la visión cíclica que del devenir histórico tenía el mundo griego, y al concepto de destino que lo impregnaba, nos habla de un primer tiempo anterior a la caída por el pecado, un segundo tiempo de perdición, debido a dicha caída, y un tercero, el de la Redención, en el cual el hombre tiene la posibilidad de progresar hacia la perfección gracias al don de Dios (aquí están otros dos principios fundamentales en san Agustín, gracia y libre albedrío). La Ciudad de Dios, no sería tanto un tratado que reflejara cómo podía instalarse un poder temporal cristiano en el mundo, sino la diferenciación entre dos ciudades: por una parte, la terrenal, que por la negación de Cristo causaba el mal, y por otra, la celestial, que camina hacia la eternidad, hacia la definitiva incorporación a Cristo: “Dos amores hicieron dos ciudades. El amor a sí mismo hasta el olvido de Dios hizo la ciudad terrestre; el amor a Dios hasta el olvido de sí mismo hizo la ciudad celeste” (De Civitate Dei, XIV, 28). Por tanto, en el pensamiento cristiano, y especialmente en San Agustín, la Historia es Historia de salvación; no tendremos un verdadero sentido de ella si no la trascendemos.[2]

 



[1] Cf. Martínez Porcell, Joan, El Sentido de la historia en San Agustín, URL: www.mercaba.org.

[2] Cf Ibid.

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